nº 123
MARZO 2005
 
 
Debates
 

De la crítica literaria como género autobiográfico
MARÍA JOSÉ FURIÓ

Esta es otra pieza del debate sobre la crítica literaria que comenzó en Lateral en el mes de enero. Si en el número anterior publicamos la reseña de Ignacio Echevarría que fue “congelada” por El País, y también la opinión de Lucía Exebarria, esta vez es otra escritora la que toma la palabra.

Alcanzado un determinado nivel de cultura y de experiencia, la crítica literaria deviene un género autobiográfico”. La cita procede de una reseña dedicada a Sergio Pitol y la firmaba Ignacio Echevarría en un Babelia de mayo de 1997. Caí en ella por casualidad, en la hemeroteca, buscando información para una novela en curso. La polémica creada por su salida de El País estaba en su apogeo. Creo que esa definición justamente no puede ser más acertada para describir el trabajo que vino desarrollando hasta su “silenciamiento”. Porque es precisamente la conjunción de experiencia personal y de cultura lo que decide cómo responde uno ante un texto literario, y en la medida en que como crítico se trabaja desde esa premisa, se concede al lector una libertad de entendimiento pareja. El tipo de crítica que ha venido haciendo Echevarría se sustenta en la idea del criterio personal como argumento soberano y la argumentación en favor o en contra de un texto se atiene a ese criterio. En las críticas de Ignacio Echevarría me ha gustado siempre la arrogancia de vida que contienen porque refleja la forma de leer de muchos (cada vez menos): mirada inquisitiva, pero dispuesta a rendirse. No a cualquier precio. Hay unas preguntas en nuestras experiencias, necesidades, y los libros responden, se hacen eco de ellas, o no; cómo lo hace y a qué profundidad, eso es lo que importa.
En general, se defiende un canon desde premisas que vienen de muy lejos, una Historia de la Literatura apenas cuestionada. Demasiados críticos hablan desde un púlpito y entienden sus colaboraciones en prensa como una prolongación del púlpito de la cátedra universitaria o editorial. Más que elucidar un texto, lo descarnan, se sientan en él para erigir un monumento a su erudición, para mantener las constantes del canon, siempre patriarcal, mesurado, con leves notas de goce; todo, homologado por el buen gusto literario, las digestiones bien hechas, los prejuicios consolidados, el sueldo a buen resguardo. (Hay un papanatismo y una hipocresía que han quedado de manifiesto en las lecturas escandalizadas de lo último de García Márquez).
Creo que en el tiempo lo que Echevarría ha trazado es un comentario dinámico y coherente sobre el “estado de la literatura en castellano”, “las condiciones de la literatura” y “la posición del escritor con respecto a su proyecto”. Entiendo que la prensa es perfecta para crear debate: uno es falible, pero puede rectificar al día siguiente. Sólo que a veces no hay día siguiente. Por eso, si otros críticos, desde otras “tribunas” de la prensa, jugasen con las mismas cartas, es decir, rigor, punch, y conocimiento de las herramientas de la crítica, y al mismo juego: algo más que reseñar novedades, el debate se habría enriquecido, y los artículos de escritores agraviados se verían como lo que son: pataletas de egos lastimados.
Se comentó que ignorar los vínculos multimediáticos de El País es cosa de ingenuidad y cinismo; así se evita analizar las intenciones ciertas del diario, puestas de relieve en los pasos que fue dando desde septiembre.
El País parece que mimó la presencia de Echevarría y su independencia, expresada en críticas a veces duras y disonantes, porque beneficiaba a su imagen de marca: bandera de la libertad de expresión, etc. Pero llegó el momento de extraer un rendimiento a esa independencia para respaldar la apuesta literaria de la temporada: Atxaga y su defensa de las esencias vascas. Claramente, se pensaba utilizar alguna de las frases posiblemente elogiosas para publicitar la novela; la intención última era crear una “unidad de sentido”: el aplauso del “mejor crítico” (Echevarría/El País) a la “mejor novela” (Atxaga/Alfaguara) refrendaba culturalmente al grupo puntero (Prisa). A esa comunión de gustos e intereses tenía el lector que sumarse, tranquilo porque el producto le llegaría con el certificado de calidad garantizada extendido por un colaborador “insobornable”. Una operación al estilo de los últimos tiempos de El País, que promueve un vedetismo de izquierda exquisita al que poca gente de la cultura se ha mostrado remisa. Cuando Echevarría ataca la ñoñería cierta del libro y denuncia la inmoralidad que a su juicio subyace en los planteamientos que en él hace Atxaga respecto de lo vasco, y cómo ciertas explicaciones del conflicto están ideadas para acallar análisis menos confortables, se enfurecen los artífices de la operación. La vergonzante lluvia de artículos elogiosos tras el varapalo, el silenciamiento del crítico rebelde, todo delata que para El País la independencia de sus colaboradores es meramente estética. Que un autor “consagrado” es un autor “beatificado”. Escandaloso es que un diario que dice defender el valor de la palabra silencie a quien a lo largo de catorce años ha sabido justamente cargar las palabras de sentido. Escandaloso este hecho generalizado: que el “marco” económico en que actúa el crítico (colaboración esporádica y cobro “por pieza”) no fortalece su independencia sino que induce una docilidad entre los colaboradores a los que importa el “prestigio” que da publicar aquí y no allá. En tales condiciones, el verdadero activo del crítico es su criterio y la coherencia en defenderlo hasta las últimas consecuencias.

María José Furió (Valencia, 1962). Es escritora.
     
   
 
visitas