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noviembre 1999
Nº 59

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ficción

El circo
FRIGYES KARINTHY

El humorista que no bromeaba
MIHÁLY DÉS

Es verdad que yo deseaba ir al circo, y que lo deseaba con fervor, pero también lo es que con idéntico fervor deseaba tener un violín. El caso es que me regalaron un violín y nunca me llevaron al circo. Una y otra vez, pues, seguía soñando con el circo. A veces lo veía a lo lejos, detrás de unas colinas, y era como si alguien me llevara hasta allí, cogido de la mano. Otras veces el sueño me dejaba en el centro de una gran ciudad desconocida, pero siempre se trataba del mismo circo: el mismo vestíbulo, los mismos pasillos. Incluso ya parecía como si tuviera un boleto, y pudiera entrar, pero el sueño se enredó y otra vez quedé fuera.

Al fin, una noche, lo soñé hasta el final. Yo estaba cerca de la puerta, junto a las taquillas. A mi lado apareció un hombre cojo y con barba, muy agitado. Era el director. Apartó con una mano la cortina multicolor de la entrada y gritó: "¡Pasen! ¡Pasen y vean! ¡El espectáculo está por comenzar!" El público llegaba en avalancha. Era una multitud variopinta: criadas, soldados, damas con sombrero y caballeros bien afeitados que se empujaban, reían y hablaban en voz muy alta. Yo sabía que el director iba a reparar en mí, y así fue; me cogió del brazo y, enfadado, me dijo: "¡Pasa si tienes tu entrada! ¡Si no... vete por donde has venido!" Se me oprimió el corazón y, asustado, empecé a balbucear que no tenía entrada, pero que yo no había venido al circo para sentarme en el patio de butacas y presenciar el espectáculo, sino que mi violín..., y, desesperado, le enseñé el violín que, cómo no, llevaba bajo el brazo... Para oírme mejor, se inclinó sobre mí, impaciente. Por fin conseguí explicarle que no tenía entrada pero que había compuesto una canción, yo mismo, para interpretarla con mi violín, y que si me dejaba entrar, la tocaría ante el público...

Se echó a reír a carcajadas; vi su garganta, parecida a un túnel profundo. Después dijo con frialdad: "Está loco, jovencito, le hormiguea el corazoncito." Encontré que la rima era muy acertada, y comprendí que al director le gustaba mi reconocimiento espontáneo; me dio unas palmaditas en el hombro y me ordenó esperar. Quizás se pudiera hacer algo, ya lo veríamos.

Apareció más tarde en el pasillo oscuro donde, tiritando de frío, yo le esperaba. Con bondad y condescendencia me dijo que tocar el violín sin más era un simple paralelepípedo. Enseguida comprendí lo que eso significaba: él no confiaba del todo en mi éxito. Insistí, desesperado, por lo que se puso muy serio y me comunicó que lo intentaríamos, pero que primero tendría que informar a la autoridad militar competente para que estampasen un sello que demostrara mi pertenencia a la comitiva imperial y real. Mientras eso se gestionara, él me enseñaría el circo, incluida la trastienda, los artistas, los animales, todo. Así, yo me haría una idea clara de qué se trataba y de lo que el público deseaba.

El corazón me latía muy fuerte, agitado y feliz, por encontrarme dentro, aunque también sentía miedo. Apretaba mi violín con fuerza bajo el brazo, y me esforzaba por no olvidar la melodía. El director me conducía a través de sucesivos telones con decorados vivientes. Arriba, en lo alto, trabajaban unos hombres vestidos de rojo. Yo esperaba ver a las caballistas, a los artistas, pero no había ninguno; llegamos a unas amplias escaleras. Apenas podía seguir al director, que avanzaba muy rápido. Después, atravesamos unas estancias tapizadas de terciopelo; abrí sin querer una puerta y me cubrió una ola de voces y ruidos; entreví un hormiguero de cabezas humanas. El director me gritó que cerrara la puerta inmediatamente, que eso era el público que esperaba el comienzo de la función y que el público jamás debía ver lo que ocurría de este lado.

Después abrió una pequeña puerta de hierro: apareció una gran sala semicircular, suntuosa y llena de fuentes de mármol y palmeras auténticas. En su centro había un hombre muy guapo que, con los labios apretados y los ojos inyectados en sangre, estrangulaba a una mujer. Ella emitía sonidos guturales, pesados, como un estertor: un espectáculo horroroso; empecé a chillar y a maldecir, exigiendo que la liberaran de aquellas manos. Pero el director me agarró del brazo. "Idiota, me dijo, éstos son mis artistas, todo es un juego, y además tampoco son seres humanos, son figuras de cera, como las del museo." Cuando los miré mejor, resultó que el rostro de la mujer parecía artificial, y que sus ojos eran de vidrio.

Me dio vergüenza y empecé a hablar de otra cosa, pero mi corazón no cesaba de latir con fuerza. El director me condujo a una sala grande y desordenada; allí se encontraban varios muchachos y muchachas de colorido vestuario y con las caras pintadas. Estaban sentados en sus bancos, como en una escuela. Se trataba, efectivamente, de la escuela del circo, me explicaron. También a mí me hicieron sentar en uno de los bancos, mientras el director iba llamando a los muchachos, uno por uno, a la pizarra. Uno de ellos salió andando sobre la palma de sus manos, golpeando el suelo con la cabeza. Tuvo que repetir su número. A continuación, llamaron a un hombre alto que sacó un cuchillo y se abrió el pecho. Por la herida manaba sangre y despuntaban sus pulmones; el hombre gimió hasta desplomarse. El director asintió. "Así está bien, dijo. Esto sí que gustará."

El suicida volvió a su sitio, sacó hilo y aguja de su pupitre y se cosió el pecho, susurrando y haciendo muecas. Yo me dí cuenta de que su pecho estaba lleno de heridas suturadas.

Siguieron otros que sabían hacer cosas distintas. Ventrílocuos que imitaban voces de hombres y de animales con fidelidad tan extraordinaria que yo apenas podía dar crédito a mis oídos. Uno de ellos imitaba la voz de un niño con tanta perfección que rompí a llorar, pues era la voz de un niño moribundo: pero cuando miré su rostro comprobé, incrédulo, que sus ojos y sus labios se mantenían inmóviles. Otro imitaba la voz de una mujer que lloraba y renegaba, y también había imitadores de mujeres que hablaban con voz ronca y reían entre arrullos, con ojos ominosos llameando en la oscuridad.

Entonces, el director consultó su libro y pronunció mi nombre. Me puse de pie junto al banco; él me miró de arriba abajo y me preguntó sin rodeos:

"¿Y tú? ¿Qué sabes hacer tú?"

Le enseñé mi violín, y volví a balbucear algo sobre la melodía que había compuesto. Una risa recorrió la sala; el director golpeó su mesa con furia.

"¡No me importunes más con ese violín! dijo, ¡vaya trasto!"

Quería decirle que la melodía que había compuesto era muy peculiar, y que me gustaría interpretarla, si me lo permitían. Él llamó a uno de los muchachos y le dijo que me acompañara a ver los instrumentos musicales.

Me condujeron a otra estancia. Había allí máquinas grandísimas y diversas herramientas: en realidad se trataba de instrumentos musicales. Vi unas trompetas descomunales, accionadas por fuelles: con cada movimiento de éstos se producía un auténtico trueno. También unos triángulos del tamaño de una habitación, accionados por martinetes a vapor. Encima de un gran tambor, elefantes adiestrados caminaban en círculo y hacían sonar el tambor con los golpes de sus patas. Un órgano maravilloso era accionado por una maquinaria eléctrica; la misma que hacía sonar treinta pianos y mil tubos de acero: el más alto recordaba la chimenea de una fábrica. El director de orquesta se encontraba de pie sobre un puente altísimo: al abrir sus brazos, sonó un único acorde, se levantó un torbellino, y yo pensé que el viento me iba a echar fuera. Delante de los músicos, que llevaban anteojeras y no dejaban de mirar fijamente sus partituras, había unas teclas parecidas a las de linotipias.

Mareado y ensordecido, llegué a otra aula donde me esperaba el director. Le dije que había visto los instrumentos musicales, pero que no conocía ninguno, y que tampoco sabía tocarlos. Él se encogió de hombros; dijo que lo sentía mucho, pero que en ese caso niente.

Entonces, nos encontramos ante dos puertas contiguas, cubiertas con cortinas: conducían al escenario. Los artistas, con máscaras diversas, entraban, apresurados, por una de ellas, y cada movimiento de la cortina dejaba ver brillantes, multicolores luces eléctricas. Yo estaba dispuesto a atravesar aquella puerta, pero el director dijo que si yo no sabía hacer nada, quizás fuera mejor que viese primero el depósito de cadáveres.

Entramos por la otra puerta: llegamos a un pasillo oscuro que conducía al sótano. A lo lejos se oían silbar las oscilantes luces de unas lámparas de gas. A ambos lados, en la penumbra brumosa y espesa, se abrían unas cámaras de las que salían y entraban operarios con la cara sucia, vestidos con batas blancas. Yo temblaba de miedo y no me atrevía a mirar adentro. Al final del pasillo, el director se detuvo para hablar con alguien. A hurtadillas miré a mi alrededor: junto a las paredes estaban agazapadas unas largas camillas de hojalata; sobre ellas se exponían los cadáveres desnudos de ancianos, de niños, y también órganos humanos sueltos, viejos y disecados. De las profundidades se desprendía un pesado y asfixiante olor a formol. Vi otro pasillo totalmente oscuro que conducía más abajo todavía. El director hablaba de mí, como si me recomendase al médico, para que pudiera quedarme allí. El médico miraba hacia el oscuro pasillo.

Entonces empecé a suplicarles que no me dejaran allí; dije que, si no había otra solución, estaba dispuesto a aprender y representar algún número. Negaron con la cabeza; el médico afirmó que la única posibilidad era que yo realizase un número de acrobacia, porque el público ya se estaba impacientando.

Así que me llevaron a una estancia alta, parecida a un desván: yo veía, a través de minúsculas ventanillas, toda la ciudad que se extendía a mis pies. Apoyadas a la pared, se enfilaban unas escaleras estrechas y altas. Había también cuerdas, barras fijas y redes, y sobre las escaleras trabajaban varios artistas: muchachos vestidos con mallas color rosa. Colocaron una escalera delante de mí, para que subiera. Cuando estuve en lo alto inclinaron la escalera, de manera que me encontré fuera, sobre la calle: me agarré con fuerza, y miré hacia abajo. Vi toda la ciudad, y a las personas que caminaban por sus calles como hormigas. Lancé un grito silencioso, agudo, y perdí el conocimiento.

Pero luego me encontré de nuevo en el mismo lugar, y estuve aprendiendo y ensayando con empeño durante meses y meses. Subía y bajaba por aquella escalera; cuando ya no tuve dificultades para ello, cuando ya pude mantenerme de pie allí arriba, me alcanzaron una silla, y yo la cogí con mucho cuidado para no perder el equilibrio, la puse sobre la escalera y trepé por ella. luego practicamos lo mismo con dos sillas, y con tres. Pasaron semanas, varios meses.

Más tarde, mucho más tarde, me encontré por fin sobre el escenario: mi cara se había adelgazado y arrugado, y estaba pintada como las de los artistas que había visto al principio. Ahora era como si ya hubiese pasado allí varios años: conocía cada rincón, cada recoveco del circo. Llevaba puesta una malla rosa, y andaba exhausto en la penumbra, entre bambalinas, por donde corrían operarios sudorosos trayendo y llevando alfombras. Se oía un ruido pesado, constante y zumbante, pero yo me encontraba demasiado cansado para averiguar de dónde procedía. De repente surgió una luz aguda, enfermiza, y los telones de terciopelo se abrieron ante mis ojos. Al otro lado se veía una multitud de cabezas humanas apiñadas; resonó un corto aplauso y se hizo un silencio pleno de expectativas y susurros.

Me encontraba solo sobre las alfombras del gran escenario, bañado por una luz nívea. Corrí hacia el centro con pasos silenciosos: el haz de luz me seguía por todas partes. Me incliné hacia los palcos, saludando con movimientos serpenteantes. Luego me trajeron la escalera y, rápido, silente, con tal ligereza que no sentía ni mi propio cuerpo, subí hasta una altura de cuatro pisos. Allí arriba me enderecé con cuidado sobre un pequeño barrote, tambaleando durante algunos instantes, hasta encontrar el equilibrio. Entonces me alcanzaron una mesita de patas de hierro, sujeta al extremo de una larga vara. Cogí la mesa y, hábilmente, la coloqué sobre dos de sus patas encima de la escalera. Monté a la mesa y me puse de pie, buscando constantemente el equilibrio. Ahora siguieron tres sillas, colocadas una sobre otra: oí un murmullo de satisfacción, y subí a lo más alto de la construcción. La última silla, que me rodeaba oscilando, estaba puesta al revés, con las patas hacia arriba; con el aliento entrecortado, coloqué sobre una de ellas un enorme cubo por uno de sus vértices.

Toda aquella construcción temblaba tan suave debajo de mí que los latidos de mi corazón la recorrían por completo, llegando hasta la base de la escalera. Finalmente le tocó el turno al poste: tardé varios minutos hasta enderezarlo encima del vértice superior del cubo. Entonces, trepé despacio por el poste ­ ya estaba arriba, me detuve y descansé un instante. Un sudor cálido bañaba mi rostro. Todos mis músculos estaban tensos y temblaban ligeramente, cual arco a punto de disparar. Esperé hasta que el balanceo de aquella construcción alcanzó un punto muerto; entonces me enderecé en medio de un silencio mortal, desabroché los botones de mi malla, y saqué mi violín...

Con mano temblorosa cogí el arco, lo apoyé sobre las cuerdas... levanté un pie del extremo del poste, me incliné hacia adelante... busqué el equilibrio... y en medio de un silencio estremecedor que dejaba abiertas las bocas y oprimía los corazones..., despacio y temblando... empecé a tocar la melodía que mucho, muchísimo tiempo atrás había oído resonar y sollozar en mi corazón.