lateral


junio 2000
Nº 66

home

 

Semblanza

María Luisa Bombal
GERMÁN EWART

Veinte años de ausencia y de silencio crearon un mito. El impacto de los dos libros de María Luisa Bombal se produjo en la segunda mitad de la década del treinta. Irrumpió con su prosa poética, emotiva y precisa, en un medio literario donde imperaban fundamentalmente el criollismo y el realismo.

Luego desapareció. Apenas una que otra noticia, escueta y fragmentaria, desde Estados Unidos. A la distancia y a los años se sumó el misterio del silencio. Agotados sus libros hace más de una década, quedó envuelta en una nebulosa, pero no cubierta por el olvido. Muchos hasta la creían muerta, presunción que no hace sonreír a la escritora. La enfurece.

La realidad de María Luisa Bombal es tan extraña como la leyenda. Cree en Dios y su ángel guardián. También en la hechicería y la magia. Sabe ser hada delicada, suave y tímida. Y, asimismo, tornarse bruja violenta, agresiva e intolerante. Dice:

­Mi vida es una extravagancia a la que estoy resignada.

Vehemente y vital, conversa con las manos y la cara. Articula con violentos énfasis en determinadas sílabas y sus "erres" retumban como redoble de tambor.

 

Viña del mar

Nació en la lánguida y tranquila Viña del Mar de 1910. [...]

No tuvo mayor interés en las muñecas. Vivía con sus libros y, para que no se los pidieran prestados, los guardaba bajo llave en un gran cofre. La dejaban leer de todo. A los diez años conoció a Knut Hamsun y el Werther de Goethe, pero su pasión fueron los cuentos de Andersen.

­Es un mago de la palabra. Se le cree escritor para niños, pero no es así. Aún lo releo todos los años. Grimm, en cambio, me parecía demasiado realista. [...]

Estudió en las Monjas Francesas de Viña. Sin ser alumna brillante, solía obtener los premios de Francés e Historia Sagrada.

Falleció su padre y, a los trece años, partió a estudiar a Francia con su madre y hermanas.

La infancia viñamarina había llegado a su fin.

 

París

Las monjas de París fueron más estrictas que las de Viña, pero el ambiente y las compañeras, parecidos. El idioma no le ofreció dificultades. Lo asimiló tan rápidamente que pronto escribió en francés: "Cosas personales, cuentos y teatro. Nada para ser publicado".

Ingresó a la Sorbonne, donde se licenció en letras con una tesis sobre Mérimée. Al mismo tiempo y a hurtadillas estudió teatro con Charles Dullin. Fue un paralelismo relativo porque los horarios coincidían y dos años seguidos quedó con el examen oral de la universidad "para marzo". Recuerda:

­Me ponían siempre en papeles que requerían linda silueta y sonrisa. No habría sido buena actriz. Era muy intelectual y fría, tal vez por timidez.

En los mismos cursos había un muchacho que también hacía teatro a escondidas. Su familia le suponía estudiando medicina. Entonces le conocían por Dominique. Hoy en día se llama Jean Louis Barrault.

Dullin insistía que la práctica proporcionaba el mejor aprendizaje y utilizaba a sus alumnos como comparsas. María Luisa estaba de acuerdo, pero temía las matinés dominicales: podía asistir algún chileno.

Sucedió. Un domingo fue al teatro el tío que estaba a cargo de María Luisa. La reconoció, pero no dijo palabra. En cambio, escribió a Chile indicando que no podía hacerse responsable de la niña. A vuelta de correo le enviaron su pasaje a María Luisa. Seguramente porque ser viñamarina de buena familia y estudiar teatro eran actividades incompatibles.

Así llegó a su fin la adolescencia en París. Corría el año 1931.

 

Buenos Aires

Regresó desesperada, truncados los anhelos de convertirse en escritora francesa. Chile sólo la conoció durante dos años. En 1933 partió a Buenos Aires. Huía de un amor desgraciado. Pablo Neruda, entonces cónsul en la capital argentina, la alentó y la estimuló. En la cocina del poeta comenzó a escribir su primer libro.

En Buenos Aires vivía en pensión y frecuentaba los ambientes literarios. El dinero escaseaba y siempre había alguna prenda empeñada para subsistir. En 1934 publicó La última niebla y se casó con el pintor Jorge Larco. El libro fue un éxito; el matrimonio, no.

La separación legal se produjo en 1936. Un año antes, Sur le publicó La amortajada, que tuvo una repercusión igual y aún mayor que su primer libro.

­No tuve dificultades. Todo el mundo se entusiasmó. Hasta el día de hoy me siento agradecida de lo bien que fueron acogidos mis libros, y todavía me emociono cuando alguien me cuenta que los leyó y que le gustaron.

Ambas obras fueron reeditadas en Santiago, donde tuvieron una acogida similar y, en 1937, le valieron ser enviada a Estados Unidos por un mes, como delegada chilena a un Congreso Internacional del Pen Club. [...]

En 1941 retornó a Chile. Su frustrada vida emocional estalló en un dramático incidente y, un año después, se alejó de nuevo, esta vez en forma definitiva. Viajó a Estados Unidos, de donde sólo regresó ahora, veinte años después.

Apenas una tercera parte de la vida de María Luisa Bombal transcurrió en su patria. Pero es pertinazmente chilena.

 

Amor

Solía exclamar:

­De qué me sirve ser autora de La amortajada cuando mi desesperación es tan grande. Nunca tuve tino en el amor. Ése es un hecho. Al enamorarme perdía a un amigo y lo reemplazaba por una tragedia.

De niña sufría con "amores secretos". La descubrían fácilmente, porque se sonrojaba ante la mención del objetivo de sus afectos. Siempre tuvo una marcada predilección por los hombres mayores.

­Tal vez porque eran más interesantes y sabían más que yo. También eran más celebradores de mis tonterías. Y siempre me ha gustado que me protejan.

Una hermana de María Luisa da otra interpretación: la eterna búsqueda de la imagen paterna.

Añade la escritora:

­Los hombres se enamoraban locamente de mí, pero siempre me iba mal. Tal vez fui muy exclusivista, exigiendo que constantemente estuvieran pendientes de mí. Me ponía celosa de sus amigos, y quizás fui demasiado absorbente y dominante. Nunca me expliqué los motivos de lo que me sucedía.

Su vida sentimental recién se estabilizó al casarse con el conde Fal de Saint-Phalle, en 1944. Es francés nacionalizado en EE.UU., corredor de la bolsa y veinte años mayor que ella. Tuvieron una hija, Brigitte, que actualmente tiene 17 años y estudia en la Universidad de Cornell. El año pasado obtuvo las calificaciones más altas de todos los liceos del estado de Nueva York en Física y Matemáticas.

 

Nueva York

[...] La amortajada también se publicó en EE.UU. (asimismo en Inglaterra y Francia). La editorial Knopf encargó la traducción a un tejano. Resultó pésima y, para rescindir el contrato y rescatar su libro, María Luisa debió pagar mil dólares. Luego se publicó en traducción de su esposo. Esta versión tiene un 50% más de texto que la original. Tuvo éxito de crítica en Boston y Fidaldelfia, pero no en Nueva York.

­Es la única parte donde tuve malas críticas. Me trataron de anticuada, de continental y de peculiar.

La relación de María Luisa con Estados Unidos es una mezcla de amor y odio.

­Le tengo un gran respeto como nación. Individualmente no me gusta; sobre todo literariamente. El ambiente literario de Estados Unidos es un avispero de ignorancia y maldad, con desdén por todo lo latinoamericano. Allá no interesamos.

Me carga lo que escriben. Artísticamente es la gente más atroz que conocí en mi vida. Sus libros están llenos de historias inventadas con caracteres inventados. No hay verdad. Además no saben escribir. No es literatura, sino una cosa telegráfica: taca-taca-tu, taca-taca-tu... Sin sexo, sordidez y crimen, no hay libro. En general hay ahora una tendencia a lo sórdido. Lamento que también haya llegado a Chile. Nuestros escritores eran realistas, pero tenían dignidad.

Las discrepancias de María Luisa con EE.UU. son literarias, no políticas. Va "matemáticamente" a las manifestaciones frente a la embajada soviética y sustenta un anticomunismo violento y emocional:

­Odio al comunismo porque quiere destruir al individuo, a Dios y al arte. Si esas cosas no existen, prefiero morir.

En los asuntos de la vida diaria se adaptó perfectamente a Nueva York. Entre sus amigas se cuentan varias norteamericanas.

­Me aceptan. Les hago gracia y me encuentran exótica.

No sabe manejar auto. Prefiere tener cocineras que dominen el volante y dedicarse a mirar el paisaje. Por lo demás, una vez que iba a aprender, la visitó una delegación de vecinas para implorarle que no hiciera tal cosa.

 

Tres idiomas

En su departamento neoyorquino María Luisa conversa en castellano con su hija y en francés con su esposo, mientras padre e hija charlan en inglés. Esa experiencia trilingüe suele desconcertar a las visitas.

Aunque piensa igualmente en francés e inglés, nunca perdió el dominio del castellano. Pasa de un idioma al otro con la mayor naturalidad.

Como escritora también tiene una trayectoria trilingüe. Del castellano de los versos infantiles pasó a la prosa francesa de la adolescencia. Según filósofos como Henríquez Ureña, el francés le ayudó a escribir su propio idioma en forma más precisa, corta y directa.

Del francés retornó al castellano durante su época argentina. Una vez que se editaron sus obras en inglés, vino una etapa en que quiso ser escritora norteamericana.

Fue el explicable efecto del éxito de La última niebla, de vivir allá y tener una familia norteamericana.

Su silencio de tantos años no significó inactividad literaria. Aunque no publicara, escribió todo el tiempo.

Tres obras de teatro y una larga novela fueron escritas directamente en inglés. La novela se llama El Canciller y la concluyó hace ocho años. Es "la historia de un caso de conciencia y de un gran amor conyugal que transcurre en nuestros días tras la Cortina de Hierro". Es "una novela romántica y terrible, inspirada en el caso de Jan Masaryk". A mediados de año será editada en Chile por Nascimento.

­La estoy traduciendo al castellano. ¡Qué extravagancia! ¡Qué horrenda extravagancia! ¡Qué atroz! Me dio por hacerme escritora norteamericana y lo siento. El profesor Federico de Onís me dijo: "Deje usted de escribir en inglés. Hágalo en castellano, que si no la gente en su tierra la olvidará". Mi presencia aquí es la prueba de que seguí su consejo.

No se crea, sin embargo, que estuvo totalmente entregada al inglés. También tiene una cantidad considerable de originales en castellano. Entre ellos, una serie de Cuentos Mágicos. Es un tema que también le interesa al margen de la literatura.

­Sé mucho de magia. Un día me resultó una experiencia. Casi me morí de susto y yo me dije: esto es del diablo. Cuando me da mucha rabia, se paran los relojes de la casa y si pienso en algo y pienso bien fuerte, suele suceder.

 

Ira y sufrimiento

[...] Su ira no conoce límites. Si le obsequiaran una bomba plástica no dudaría en emplearla. Como no dispone de explosivos, llama todas las noches a los tabloides de oposición, incitándoles a iniciar una campaña. No le hicieron caso. Le duele como el gran fracaso de su visita a Chile.

Durante su permanencia en Santiago preparó la reedición de La amortajada y La última niebla.

­Al editar las obras en inglés les hice agregados con el fin de decir muchas cosas que antes no había tenido la madurez de expresar. Ahora, al verter al castellano, acorté de nuevo.

Fue un trabajo arduo.

­Trabajaba durante una semana y después leía lo que había hecho. Me di cuenta que era una traducción. Tuve que reescribir todo cuatro, cinco y seis veces antes de darme por satisfecha. ¡Qué atroz! Siempre me ha costado mucho escribir. No soy de aquellos para quienes el escribir es una fuente de felicidad. Lo difícil para mí no es concebir una obra, sino construir y elaborarla: el trabajo de precisión. Para mí, el goce está en sentir un libro y fijarlo con notas. Lo siento terminado dentro de mí. Lo que me hastía es escribirlo. Si no tengo un trago al lado, ese trabajo me abruma. Tengo lo que Colette llamó "la fobia del papel blanco". Pongo música, hablo por teléfono, escribo cartas. Todo es pretexto para alejarme del trabajo. Cuando escribí El Canciller, mi marido me desconectó el teléfono durante seis meses para alejar esa tentación. Pulo tanto que de repente tengo que parar y volver al texto original. Me ha sucedido que, a fuerza de pulir, malogro mis cosas. Escribir es para mí un trabajo lento, muy lento. "¿Qué hiciste todo el verano?", me preguntó una amiga hace un par de años. "Escribir un cuento", le respondí. Pero cuando termino una obra me siento feliz y me admiro.

Así pasaron veinte años, escribiendo con dolor y en silencio. Más de alguien le ha preguntado por qué lo hace si le cuesta tanto.

Y ella responde, simplemente:

­Porque es lo único que sé hacer.