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junio 2000
Nº 66

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epistolario

Cartas de Gombrowicz a un amigo argentino
"¡No me mande más certificadas!"

Selección de la correspondencia publicada por primera vez en Lateral.

Witold Gombrowicz (1904-1969) pasó 24 años en Argentina. Aunque ignorado por las altas cúpulas literarias, supo atraer un buen número de devotos discípulos. Juan Carlos Gómez es uno de ellos. Lateral ofrece una selección de la correspondencia que ambos mantuvieron entre 1964-1965 (publicada sólo en Argentina por Emecé). Un prodigio literario que muestra la mordaz ironía del autor de Ferdydurke. La entrevista que M. Damiani realizó a J.C.G.,"el fiel Goma", completa este dossier exclusivo. Otros comparsas de este sainete bonaerense son Arnesto (Ernesto Sabato) y una princesa polaca llamada Ada.

 

Berlín, 21 de julio de 1963

 

Mi estimado Goma:

Su última me procuró cierto disgusto. Primero lo de la homosexualidad y de la inmundicia. Qué homosexualidad y qué inmundicia! Sépalo, yo no soy ni nunca he sido un homosexual, sino que de vez en cuando suelo hacerlo cuando se me da la gana.

Soy persona sencilla y, sobre todo en materia erótica, mi maestro es el pueblo que muy felizmente desconoce totalmente la terrible homosexualidad y se acuesta con quien puede y como puede. Me gustaría que Vds., manga de degenerados, fuesen la mitad tan sanos como esos inocentes y encantadores niños del Ejército o de la Marina.

Sus vociferaciones de inmundicia me suenan archiburguesas. Vds. en general son unos pitucos y también, creo yo, unos reprimidos e hipócritas y les aconsejaría a todos que, en vez de dedicarse a interminables discusiones acerca de mi homo (el tema les interesa, según parece) se acostasen entre sí un día de estos para ver cómo es esto. Qué triste país, tan puto y tan torcido, donde nadie se atreve a darse el gusto. Les aconsejo paternalmente a Vd. Goma y a todos: si notasen que algún instinto reprimido les hace aborrecer a la homo, no se olviden acostarse enseguida con un macho, pues no hay cosa peor que no obedecer a los santos mandatos del cuerpo.

En cuanto a Flor, ya se sabe que no estaba del todo enemistado con esta idea cierto día en el café del León de Francia. Que no me venga, pues, ahora haciendo muecas de asco y de abominación. Qué pavo! En general me imagino el pánico que cunde entre Vds., conejos, después del Eco y de las revelaciones de la Vieja Puta Atorranta. Aprendan a ser valientes y libres y no se dejen asustar por palabras. Esto es ser macho ­y lo demás es pura convención.

Todavía quiero hacerle observar desde el punto de vista estético que la belleza del amor depende únicamente de las personas que lo hacen. Imagínese al maestro Frydman encamado con Frau Schultze y observe si esto no es inmundicia. Aunque fuera santificado aun por el Santo Matrimonio. Vd. Goma no sabe nada de nada.

Otra cosa que me disgustó es que Vd. es poco discreto... y poco caballero con las damas.

Una dama es una dama y hay que saber dónde termina el conventillo. Cuídese un poco en ese sentido.

A la vieja ladrona la castigaré en forma satánica. Acabo de mandarle una carta muy dulzona donde digo que recién ahora puedo contestar a su carta, que gano encima de 6.000 mango diarios y que pienso mandarle un regalito de 200 DM (alrededor de 7 mil $) pero que todavía no encontré tiempo para ir al correo. Qué tortura!

Todavía le quiero significar que si yo trataba estos asuntos con cierta discreción, no es seguramente por miedo sino porque en las condiciones de nuestra convivencia era imposible expresarlos sin exponerse a toda clase de guaranguerías e imbecilidades. Ahora es necesaria una inteligencia tan poderosa como la suya para no darse cuenta en cinco minutos, después de leer p.e. mi diario de Retiro, de qué se trata. Vds. nacieron boludos.

Goma, no es imprescindible que me notifique sus ascos por certificada exprés, tuve que ir al correo, trate de mandarme sólo la correspondencia por certificada. Flor es un imbécil y Vds. una manga de farsantes.

Cordialmente suyo

W.G.

Buenos Aires, 30 de septiembre de 1964

 

Gombrowicz: [...]

Usted es un actor y su vida es una creación pequeña y grande, artificial y obscura, dolorosa. Para usted existir es actuar y padecer hasta la exageración dramática la presencia de las máscaras, como un mártir ciego que a través de la confesón se purificara y liberara, pero ¿existe un arreglo fácil entre el que confiesa y el confesado, entre esa clase de actor que es usted y el mundo? ¿En Europa, digamos, en París o en los Alpes Marítimos? ¿Sí? Escribió una tabla de mandamientos, sus libros, y no cree en ella. ¿O es que, a lo mejor, en Niza se volverá creyente y conseguirá la fe? Está al margen, en la vereda de enfrente, añorando los estados puros de realización y de irrealización, la inteligencia desnuda o la estupidez desnuda, la devoción o la perversidad, la belleza o la fealdad, la seriedad o la irreponsabilidad, pero sin velos. Los disfraces y las mezclas lo paralizan; por fidelidad a sí mismo se vuelve acusador, inquisidor, desde la otra orilla. No le queda más remedio. ¿Existe en Asia o en África algún oasis con estos prototipos de realización y de irrealización? ¿Habrá un lugar en el mundo con un rincón, tan sólo uno, donde le esté permitido cruzar este río? Por su boca entrarán todavía diferentes comidas, algunas nuevas e inesperadas, pero digerirá muy pocas, las de siempre, trabajosamente. Yo sé que no hay para usted ni fiestas ni lujos sino un tren que no regresará jamás al punto de partida [...].

Goma