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junio 2000
Nº 66

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política

Bienvenida y juicio a Pinochet
ROBERTO BRODSKY

Pinochet a debate

Usted, querido lector, ya debe tener su opinión sobre el caso Pinochet y, probablemente, no le costó demasiado formularla. Otra cosa muy distinta es vivirlo en carne propia, como le ocurrió a R. Brodsky. Su artículo es uno de los textos más lúcidos y conmovedores que se ha escrito sobre ese terrible mal que Chile ha padecido en los últimos veintisiete años.

Hace cosa de dos semanas me topé cara a cara con Augusto Pinochet. Era, a no dudarlo, el mismo anciano que en Europa se mostró enfermo de la cabeza o de los nervios y apenas aterrizó en Chile recobró la vieja moral guerrera que partió en dos a este país. El mío fue un encuentro casual, por cierto, aunque con él nunca se sabe: desde hace treinta años los chilenos convivimos con la figura del ex general como si se tratara de un fantasma, una gigantesca falla natural que se nos aparece de improviso y contribuye a nuestra fatalidad y, en parte, también a nuestro renombre.

Hay países que se enorgullecen de sus paisajes o de sus mujeres; nosotros hemos llegado a sacar pecho por nuestros dictadores, a juzgar por el afán con que se lo defiende. La razón quizás está en que Pinochet es uno y múltiple a la vez, casi un ser camaleónico que a fuerza de versiones sobre sí mismo se ha convertido en algo irreal. Mi generación al menos, la que creció y llegó a la edad adulta bajo su régimen de veinte años, lo ha visto desarrollar todos los papeles posibles: desde el oficial cercano a Allende en 1973 al matón de gafas oscuras y brazos cruzados sobre el pecho; desde el abuelito de prole numerosa al feroz animal de poder, vestido con pesada capa de rey o con short de verano y mocasines blancos en los pies. El hombre y sus disfraces han sido muchos, es cierto, pero la actitud permanece inalterable a través del tiempo: obsceno y silencioso, astuto como pocos, paranoico y vengativo hasta lo indecible, ése es Pinochet. Pero de una cierta manera, ése es Chile también.

Dicho esto, no quisiera que se me malinterpretara: yo odio con un odio claro y preciso, punto blanco sobre fondo negro, a Pinochet y a todo lo que incluya su justificación histórica, su defensa política, su estatuto institucional y su perdón u olvido procesal. Nada de esto significa que mi vida gire en torno a su destino, todo lo contrario. Mi odio es algo perfectamente meditado y racional; se ha ido construyendo con el paso de los años hasta liberarse de toda demagogia y no considerar ya la venganza ni la agitación militante, sino sólo su fondo pedagógico como una experiencia de la verdad, esa que restaña en silencio sus heridas y no pretende solucionar el dolor, porque sabe que lo sucedido no tendrá reparación. Es decir, como todo chileno respecto al tema Pinochet, que es el tema del odio en Chile, me considero objetivo para juzgar.

Ni la justicia chilena ni los sucesivos gobiernos de la Concertación lo son, eso se da por descontado. Sus intereses han estado lo suficientemente ligados a la herencia dejada por la dictadura ­herencia institucional, de privilegios económicos y de renuncias políticas­ como para constituirse en agentes de la confianza pública. Los medios de comunicación, por su parte, organizados en torno a una estructura duopólica que no deja espacio alguno al surgimiento de una información libre de censura, están carnalmente ligados al atropello de las causas democráticas y a la impunidad de los crímenes cometidos en el pasado, mientras la Iglesia cambió sus banderas de defensa de los derechos humanos por un reclamo valórico, a instancias del neoconservadurismo vaticano.

Visto así, el trato dispensado en Chile al general adolece de una suerte de catalepsia democrática cada vez que las instituciones han debido hacer frente a este tabú nacional. La reciente elección del socialista Ricardo Lagos como nuevo presidente abre un interrogante al respecto, pero hasta ahora sólo la voz de los ciudadanos organizados autónomamente ha logrado hacer visible la aspiración a un cambio real en la situación. Lo cual no significa mucho, en cualquier caso, porque los ciudadanos, y sobre todo los pálidos ciudadanos consumidores que somos los chilenos ­con algunas honrosas excepciones de varios millones que viven en condiciones de extrema pobreza­ hemos sido flojos a la vez que demasiado defraudados para insistir en el tema, y con bastante razón en vez de organizarnos hemos preferido comentar el fútbol del domingo, rabiar ante los titulares de un modo reservado y partir al almacén de la esquina a comprar cigarrillos, tal como me sucedió a mí ese mediodía que me topé con Pinochet.

La prosperidad del mal

En lo personal yo tenía tantas cosas que decirle sobre esto o aquello, que apenas logré proferir unas cuantas palabras una vez que me lo encontré. No recuerdo otro momento igual en mi vida, tan cerca y a tiro de cañón, por así decirlo. Ni siquiera cuando intentaron matarlo, allá por septiembre de 1986, y su auto cruzó por delante mío mientras huía de las ráfagas que quebraban el atardecer en las montañas del Cajón del Maipo, a cuarenta y cinco minutos de Santiago, donde él se había hecho construir una casa de descanso. Ahora, sin embargo, el escenario era la pacífica calle Pérez Valenzuela, en el acomodado y comercial barrio de Providencia donde vivo. De pronto escuché frenazos en el pavimento y la circulación se hizo más agitada e impredecible que de costumbre. Miré hacia el frente y no necesité más para saber quién era: entre carreras y órdenes, Pinochet bajaba del Mercedes Benz que suele trasladarlo a todas partes, escoltado por una camioneta negra acondicionada como un búnker móvil para cualquier eventualidad, y de tres o cuatro vehículos de seguridad que no se le despegan ni en las misas de la Escuela Militar. Un torbellino de agentes y policías rodeó el Mercedes en el momento en que Pinochet descendía, un Mercedes blindado y muy similar al que lo salvó de la emboscada que le tendieron en 1986 en un lugar llamado Cuesta de Achupallas, camino al Cajón del Maipo.

Esa tarde yo regresaba con mi padre de un paseo a la montaña cuando nos topamos con el atentado a no más de tres kilómetros desde donde estábamos. ¿Qué pasó? preguntamos en medio del dispositivo de seguridad que de inmediato se desplegó en la ruta. Trataron de matar a mi general, dijo alguien en medio del monumental atasco que se había formado. Me volví a mirarlo. Qué lastima, le dije, sin aclararle la razón del desaliento, pero el énfasis con que el sujeto pronunció el posesivo me resultó elocuente: ese tipo joven con su mujer también joven en el Toyota de cuatro puertas, con la camisa arremangada y una especie de estudiada pulcritud que lo convertía en un ejemplar del futuro pagadero en cómodas cuotas mensuales, y cuya legítima preocupación no era otra que asegurar un pasar estable y sin sobresaltos, era el país de Pinochet.

Más que la célebre banalidad del mal con que Hannah Arendt describiera la fenomenología del autoritarismo, en este caso habría que hablar de la prosperidad del mal: es decir, que individuos pensantes y racionales admitan el bienestar material propio como su mayor horizonte aspiracional, sin que importen los medios ni las formas de control social que se deban aplicar y aceptar. Para esa joven pareja, Pinochet era su general porque realizaba la necesidad frente a las cambiantes amenazas del mundo (y las amenazas del mundo son infinitas cuando se libera nuestro sentido de la realidad). Siguiendo una lógica perversa, sustentada en el trauma histórico de la clase media ante el experimento revolucionario de los años setenta, él les aseguraba la tranquilidad y la paz.

Esta forma particular de sometimiento, como lo señalara la propia Arendt en su brillante ensayo Kafka revalorado, que publicara recientemente Círculo de Lectores en el tomo I de las Obras Completas de Kafka, "se alcanza cuando el hombre deja de preguntarse por la culpabilidad y la inocencia, y pasa a desempeñar resueltamente el papel ordenado por el poder arbitrario en el juego de la necesidad", ya considerado como un principio supremo "gracias a la fascinación de los seres humanos por la necesidad".

Es en este punto donde acaso resida la inocultable popularidad interna de Pinochet. A diferencia del régimen judicial descrito en El proceso, que apela al sentimiento de culpabilidad para someter al individuo, la dictadura hizo del ejercicio de la violencia sistemática un método para actualizar la necesidad, desarrolló un cuerpo de leyes que la sustentaba e hizo de la promoción individual el premio mayor a cambio de renunciar a la libertad. De hecho, ¿para qué quiere un hombre la libertad de preguntarse sobre lo justo y lo injusto, si puede realizarse plenamente sin ella y obtenerlo todo como ser humano sin salirse de los marcos de la necesidad? De una cierta manera, para un grupo importante de ciudadanos, la historia de la dictadura en Chile fue una constante reafirmación en torno a esta pregunta, y así como había quienes odiábamos a Pinochet, también existían quienes lo amaban por encima de cualquier otra consideración.

 

La falacia institucional

Hoy ya pocos discuten que el nombre de Pinochet representa el hacha de la guerra en los escarceos de la política. Incluso, quienes hoy siguen amándolo confirman este aserto de los que nunca hemos dejado de odiarlo, y la prueba está en el distanciamiento que el nuevo líder de la derecha, Joaquín Lavín ­una suerte de quintaesencia de la prosperidad del mal­ tomó de su persona en las pasadas elecciones presidenciales.

Pero en 1986 la figura del general no conocía matices y mi padre me obligó a cerrar la boca aquella tarde del atentado. Era médico, uno de los mejores que había en el país en la especialidad de cardiología hasta 1973, luego de lo cual había pasado diez años en el más miserable de los destierros, y tres desde que el ministro del Interior de Pinochet ­hoy convertido en senador designado por obra y gracia de la Constitución que rige al país desde 1980­ lo autorizara a volver a Chile. Entre tanto, muchos de sus amigos habían muerto, su propio padre había fallecido sin que él pudiera obtener una autorización para entrar al país y despedirlo, y cuando al fin pudo regresar, no fue aceptado en ningún hospital a causa de sus antecedentes políticos. Era otro país sin duda que el que alegó razones humanitarias para traer de vuelta a su inquisidor: esa misma noche del fallido atentado, José Carrasco, un periodista a quien yo había conocido y tratado en Caracas, fue sacado de su casa y asesinado a quemarropa por la policía política en respuesta al frustrado magnicidio. Una docena de disidentes sufrió idéntica suerte en apenas cuatro horas, sin acusación ni juicio de por medio. Mi padre tenía razón al hacerme callar la boca, y de hecho durante semanas ningún opositor activo durmió en su casa por temor a las represalias.

Dos años después, un plebiscito abrió el camino para elecciones libres y Chile votó por el primer gobierno democrático después de 17 años de dictadura. Muchos analistas políticos consideran que de no mediar el atentado a Pinochet, el resto de la cúpula militar jamás se habría atrevido a obligar al dictador a respetar el veredicto del plebiscito. Era eso o el catastrófico equilibrio de la guerra irregular, al estilo salvadoreño o colombiano. Los Estados Unidos hicieron también lo suyo y, mediante un nada sutil envenenamiento de una partida de uvas de exportación, dejaron en claro que todo intento de desconocer la votación conllevaría el fin del milagro económico que tanto prestigiaba a las autoridades del régimen.

El 5 de octubre de 1988 se inició así un período de transición a la democracia cuya pauta de conducta quedó establecida un año después, cuando las nuevas autoridades democráticas pactaron en los peores términos posibles el traspaso del poder. Estos incluían, en primerísimo lugar, dejar de lado cualquier iniciativa que pretendiera reabrir los casos de violaciones a los derechos humanos y juzgar los crímenes. A cambio, se estableció una Comisión Especial que recabaría antecedentes entre los familiares de las víctimas para luego elevar un Informe al Presidente, pero con la condición de que el resultado no tuviera valor para una investigación penal posterior. Dicha negociación, que tuvo más de capitulación de la razón democrática frente a la amenaza de la fuerza militar, echó por los suelos la posibilidad de derogar la amnistía de 1978 que hasta el día de hoy protege a los responsables de la represión, dejó en suspenso la aspiración a un Congreso íntegramente elegido por el voto popular ­en la actualidad, ocho senadores son designados por instancias ajenas a la soberanía del sufragio, creando así mayorías ficticias al interior del Legislativo­, legitimó el sistema electoral binominal que aseguró al pinochetismo político una representatividad que no posee, y refrendó la inamovilidad de los comandantes en jefe, limitando de esta forma la autoridad civil sobre el estamento militar.

 

Garzón frente al símbolo

Contra ese pacto no explicitado en ningún documento público ni privado, pero profundamente operativo y cuya máxima expresión se simboliza en el estatuto de Pinochet como senador vitalicio de la República, actuó el juez Garzón. Habían pasado diez años desde que en 1989 un tórrido beso sellara el noviazgo de la transición con la impunidad, y nadie creía ya que esto fuera a cambiar. Como en El proceso de Kafka, una vez más la necesidad (política, institucional, etcétera) había logrado convertir "la mentira en el orden del mundo", dejando que la anormalidad se legitimara. A su vez, la antigua rebeldía se había ahogado como el grito final de K entre sus captores, y la situación tendía a derivar en un statu quo, donde todo el esfuerzo corría tras la adaptación de los ciudadanos a las condiciones de necesidad convertidas en destino natural: la democracia tenía derecho a usar la casa pero a nada más. Las llaves pertenecían al general.

De este estado de cosas, en apariencia inmutable, no sobrevive nada, ni siquiera la vergüenza, comenta Hannah Arendt en el citado prólogo y a propósito de El Castillo, la otra novela de Kafka donde los chilenos podemos mirarnos como en un espejo. Sólo el temor y el respeto eran conductas legítimas, hasta que un desperfecto llamado Garzón desbarató el imperio de la necesidad, cuyo planteamiento central apuntaba a reafirmar la incorporación de Pinochet como factor de estabilidad institucional.

Es bajo este prisma que hay que leer la reacción y cerrada defensa que el gobierno de Frei Ruiz-Tagle hizo de Pinochet una vez conocida la detención en Londres (argumentando la famosa soberanía territorial, ampliamente contestada por la moderna doctrina penal que antepone los derechos de las personas al de los estados). Con ello la falacia quedó al descubierto, y así se explica también la renuncia de las autoridades chilenas a solicitar la extradición ante la Alta Corte de Londres: traer de vuelta a Pinochet en condición de encausado era poner una bomba en la pista que esperaba verlo aterrizar. Las razones humanitarias actuaban, en cambio, como excusa consensual, dejando en suspenso el tema de su responsabilidad criminal. Lo sucedido tras la decisión del ministro inglés Jack Straw fue la mejor prueba de la falta de mando gubernamental: Pinochet bajó del avión y, ante un comité de recepción formado por la alta plana de las Fuerzas Armadas y la crema del empresariado financiero e industrial, el dictador literalmente se puso de pie y, tras saludar a la claque, el modelo de la transición chilena a la democracia perdió simbólicamente su razón de ser (si se acepta que su misión no es otra que alejar a Pinochet del poder).

Un mes antes, ya las elecciones habían prefigurado esta situación, cuando el candidato de la coalición gobernante aventajó en segunda vuelta y por apenas dos puntos a su rival. El electorado había comprendido que si la democracia defendía a Pinochet, también la prosperidad del mal podía permitirse competir en las urnas de igual a igual.

 

Juicio oral

Muy posiblemente, la vergüenza mundial que rodeó el regreso del ex general demostró que uno de los pocos que jugaba sus cartas midiendo con precisión el juego del adversario ­aparte del propio Pinochet­ era Garzón. Por eso vale la pena preguntarse por los motivos del juez español. ¿Existió en verdad la famosa operación Cóndor o se la inflamó artificialmente para solicitar la extradición? ¿Qué tipo de represión fue ésta donde chilenos, uruguayos y argentinos desaparecían no importando el país donde residieran?

Hay gente que lo duda o no sabe qué pensar, pero Atila no es broma, Pinochet existe. Lo vi hace dos semanas en la esquina de mi casa, y aunque él ahora esté viejo mi memoria lo mantiene sano con sólo un par de flexiones cada mañana, cuando me pongo a recordar: estoy en Buenos Aires a fines de 1975 y vivo con mi padre en un edificio de departamentos de la calle Charcas, cerca del barrio Once. El portero es amigo nuestro, un gordo fenomenal. En las semanas precedentes, los cuerpos quemados y sin vida de chilenos, uruguayos y argentinos han sido encontrados en los alrededores del aeropuerto de Ezeiza. Hay alerta entre la comunidad de los exiliados. Una tarde subo al departamento y encuentro todo revuelto, con las persianas echadas y la voz de mi padre que llama desde la habitación. Antes de verlo ya sé exactamente lo que ocurre. Su agitación es extrema: tenemos que irnos, me dice mientras revuelve cajones en busca de pasaportes y agendas de teléfono, vinieron a buscarnos, pero el portero los atajó, insiste y me apura hacia la puerta. No tengo tiempo de preguntar nada más. Sólo sé que van a volver en seguida, en dos o tres autos y sin pedir permiso esta vez. Salimos en menos de lo que canta un gallo, llegamos al sótano y nos quedamos allí, ocultos, hasta que el portero nos avisa que el campo está libre y podemos zafar. En la calle mi padre toma un taxi y yo otro. Quedamos de reunirnos antes del anochecer en la casa de otro médico chileno. Una semana después, la embajada de Venezuela nos otorga documentos de emergencia para salir de Argentina. Pasan tres meses y los generales asumen el poder total. Las cifras de desaparecidos se disparan. Mi primo Fernando Brodsky desaparece, los cinco miembros de la familia Tarnopolsky que me habían acogido en su casa al llegar a Buenos Aires desaparecen, mi amigo El Negro Espina pasa una semana huyendo en los trenes de cercanías y al cabo desaparece. No tengo todavía 17 años, pero mi odio crece más allá del bien y del mal. Me digo que él no se equivocará a la hora de juzgar.

Han pasado veinticinco años, un cuarto de siglo, y en los mismos momentos en que me encuentro en la esquina con Pinochet, los peritos del Servicio Médico Legal excavan en una fosa clandestina a seiscientos kilómetros de allí. Tras hundir las palas durante días en una fosa común conocida como El Sótano, cercano al cementerio municipal de Concepción, encuentran lo que buscaban: 22 cadáveres con impactos de bala y polifracturados, cuyas datas de muerte se fechan entre 1975 y 1978. Parece increíble que estemos en el año 2000, porque cada tanto un nuevo dato, un nuevo secreto revelado, da al traste con el calendario. A pesar del llamado de las autoridades a volver la página, los desaparecidos se resisten a morir con el cambio de siglo. Es cierto que una forma de entrar al futuro es enterrando el pasado, pero para eso primero hay que encontrarlo.

Ejemplo: hace dos años, en abril de 1998, Agave Díaz fue citada a las dependencias del Instituto Médico Legal, donde una unidad especializada trabaja en el reconocimiento de los restos de desaparecidos. Su marido, Fernando Olivares, tenía 27 años cuando fue detenido. Han pasado veinticinco años desde entonces, y ahora Agave es llevada a una sala especialmente acondicionada donde los peritos le explican que Fernando ha podido ser identificado a partir de una compleja técnica de escaneo, donde se superponen fotografías suyas con los restos cráneo-faciales encontrados. La sesión de reconocimiento es registrada por el cineasta Silvio Caiozzi en el documental Fernando ha vuelto (que por cierto, sólo circula en vídeo y no ha querido ser exhibido por ningún canal de la televisión local), y en él Agave finalmente es llevada ante el esqueleto de su marido dispuesto sobre una superficie rectangular. Paso a paso, los expertos detallan las condiciones en que Fernando fue asesinado: hay tres perforaciones de bala que atraviesan el cráneo, y por sus localizaciones se desprende que el cuerpo estaba doblado sobre sí mismo al momento de ser impactado. El conjunto de los restos muestra señales de golpes o contusiones, y las costillas contabilizan en total cincuenta fracturas. Gloria se arrodilla y pone las manos sobre los huesos de su marido. Baja la cabeza y llora en silencio, Fernando ha muerto.

¿Es Pinochet el responsable de todo esto? Es lo que pretendía indagar el juez Garzón, aunque la extradición misma estuviera al final limitada por delitos de tortura posteriores a 1988. Personalmente, tiendo a pensar que Agave Díaz fue torturada hasta ese año de 1998 en que pudo finalmente enterrar a su esposo, y que un género de sufrimiento similar se extiende a todos los familiares que no han podido recuperar a los suyos. Desde el punto de vista del Estado chileno, y despejada la amenaza que significaba la acción de la justicia española, corresponde a los tribunales chilenos pronunciarse sobre el fondo de la culpabilidad de Pinochet, contra quien pesan ya 84 querellas criminales presentadas en su contra, y una petición de desafuero parlamentario que se comienza a resolver. La batalla legal se anuncia larga y dura, y puede que al ex general le falten días para escuchar los alegatos, y más todavía neuronas para comprender en un último atisbo de realidad que él es el Gran Acusado ante la Historia. Pase lo que pase con él desde el punto de vista procesal, parece evidente que abandonará la Historia de la misma forma que entró en ella: empujado por la traición, pero esta vez de parte de sus antiguos subordinados que comienzan a declarar en su contra.

 

Al grito de ¡Asesino!

Ahora, sin embargo, y gracias al ministro Jack Straw, estoy sólo a unos cuantos pasos de Pinochet, y no me aguanto la ocasión: ¡Asesino!, le grito, y me sumo al pequeño coro de voces que comienza a juntarse alrededor de la escolta. La guardia se alerta y, sostenido en vilo por sus colaboradores, Pinochet se apura en entrar al Centro Radiológico que colinda con mi casa y donde ha venido a realizarse unos exámenes de salud. Alcanzo a distinguirlo entre los empujones y gritos, y en seguida me quedo callado, estupefacto, preso de una sensación de irrealidad. Pinochet no es más que un abuelo arrugado por todos lados, Pinochet ya no es Pinochet, de él sólo queda su nombre, como una enfermedad. Al contrario de su legado, él es la decadencia del mal. Por eso la nueva derecha se suena las narices cuando lo escucha nombrar. Por eso el nuevo gobierno se sale del tema y pide que la justicia cumpla su papel. Por eso el ex jefe de Dina ­policía política­ convoca en su celda a dos fiscales norteamericanos que recaban antecedentes inculpatorios en contra de él a propósito del homicidio de Orlando Letelier. Y por eso también los ciudadanos agotan una publicación satírica de doce páginas llamada The Clinic que se ríe de todo cuanto diga relación con Pinochet.

Quedan los militares, que son los únicos que lo odian y lo aman a la vez. ¿Harán algo por él? ¿Un último gesto tipo 23 de febrero en España que haga de parteaguas para una auténtica transición? Quién sabe: aquí no hay rey pero sí un imperio que sujete a los perros del mal.

Entre tanto, los chilenos asistimos a un juicio impensable hace tan sólo dos años, pero que en ningún caso lo va a condenar. Aunque tampoco habrá perdón, sino una solución intermedia que sintonice con lo que ha sido Pinochet en la historia del país: una comedera de Kafka sin fin.