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octubre 2001
Nº 94

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Escritores argelinos
Entre el islamismo y la pared

Mathias Enard

Kaleb Yacine, Assia Djebar o Rachid Boudjedra se enfrentan a la muerte por escribir literatura en Argelia. En las siguientes líneas, Mathias Enard apunta los problemas que estos escritores han tenido que superar; explica la actitud crítica frente a la tradición literaria francófona y árabe, y la repercusión del contradictorio pasado colonial del país.

Después de diez años de guerra civil, de degollamientos atroces, de amenazas que han llevado al exilio a muchos de sus creadores, Argelia experimenta ahora una calma frágil y relativa. No obstante, los cambios políticos esperados todavía no han tenido lugar: desgarrada entre el inmovilismo del ejército, el fanatismo de los islamistas y las reivindicaciones de los bereberes de Cabilia, Argelia, que celebró en julio sus cuarenta años de independencia, se enfrenta también a dificultades económicas y sociales sin precedentes. Los escritores han pagado muy caro su compromiso por una Argelia democrática al luchar primero contra la esclerosis del partido único y luego contra el extremismo religioso. Sin embargo, la delicada "concordia civil" instaurada actualmente por el presidente Bouteflika permite a muchos creadores reanudar sus trabajos: de nuevo se estrenan obras de teatro, exposiciones y, aunque tímidamente, voces que antes hablaban desde el exilio se expresan ahora desde Argel. Es en este periodo clave, tan peligroso como lleno de esperanzas, que aparece en España El repudio, cuya actualidad se vuelve cada vez más relevante.

Rachid Boudjedra y 'El repudio'

Nacido en Ain Beida en 1941, hijo de una familia de terratenientes, Rachid Boudjedra estudió filosofía y publicó su primera novela, Pour ne plus rêver, en 1965. Marxista y comunista desde muy joven, con diez y ocho años se alistó en el Ejército Nacional de Liberación y participó en la guerra. Publicada en París poco después de los acontecimientos del Mayo del 68, El repudio, su segunda novela, fue aplaudida en aquel entonces por la crítica francesa por su fuerza, violencia y originalidad.

El repudio es a la vez una introspección psicoanalítica y una fábula política cruel, dura, sin esperanza, cuyo protagonista cuenta a su amante francesa su historia y sus traumas, desde su infancia hasta su encarcelamiento por motivos políticos. Cuenta cómo, tras el repudio de su madre, su padre se vuelve a casar con una adolescente; cuenta su confrontación con el mundo paternal, con el Clan, la organización tribal que personifica al Partido y cuyos miembros serán responsables de su detención; cuenta su venganza acostándose con la joven mujer de su padre, y, sobre todo, cuenta el acoso, la violencia, la sangre: la sangre de las mujeres, de los corderos degollados durante las fiestas y de todas las heridas físicas o psicológicas sufridas a lo largo de su vida.

Aparte de la fascinación mórbida que provocó la violencia de su escritura, uno de los motivos del éxito de El repudio fue el cambio radical que se percibió entonces en el rumbo de la novela argelina. Tradicionalmente dividida entre dos caminos, uno realista de tipo etnográfico y el otro metafórico y alusivo, Boudjedra representó la renovación, la aparición de un estilo, más violento, más interior y a la vez más real. Su realismo ya no se basaba en la etnografía o el folklore, sino más bien en la denuncia de la esclerosis cultural y social de Argelia, siete años después de la independencia. El tratamiento del estatuto de la mujer, del sexo, de la dureza de un régimen político de "padres", junto a un estilo poderoso y renovador daban a la novela de Boudjedra una fuerza, una violencia cercana al escándalo: contar la intimidad, la más secreta vida de una casa argelina y a través de ella llegar a las más profundas razones del encarcelamiento de la juventud significaba ir no sólo en contra del régimen, sino también en contra de los tabúes de una sociedad patriarcal donde el interior de la casa, la intimidad, el lado femenino de las cosas nunca deben salir a la luz. Frases como "Mi madre es una mujer repudiada. Llega al orgasmo sola con su mano o con la ayuda de Nana. (...) Las mujeres tienen un único derecho: tener un órgano sexual y mantenerlo" y temas como la violación, la homosexualidad, la violencia política o la hipocresía religiosa eran entonces inéditos en la literatura argelina. Asimismo, su tratamiento del estatuto de la mujer le facilitó su éxito en Francia, en un momento en el cual el movimiento y las preocupaciones feministas constituían una parte importante del debate de ideas.

 

Los padres

Si bien hasta Boudjedra la mujer había sido una de las protagonistas predilectas de la novela argelina, jamás se había denunciado de tal manera su situación de esclavitud doméstica. En las obras de los "padres" de la literatura argelina francófona, como Kateb Yacine, Assia Djebar o Muhammed Dib, los personajes femeninos, siempre muy importantes, no representan a la mujer o las mujeres a nivel social, sino más bien a una figura, a una alegoría del amor y del país en lucha o por el cual se lucha. Las mujeres de Boudjedra, vencidas, locas, abandonadas, violadas, encerradas, se oponen a Nedjma (1956), a la mujer ideal de Kateb Yacine (1929-1989), al amor puro de la infancia que llega a representar la patria soñada, irreal, que está por venir. Por un lado la denuncia de la más traumática realidad, por otro, el ideal que, después de animar a luchar por la independencia, representa todo el camino que resta para alcanzar el país soñado.

Yacine es sin duda un escritor mítico, cuyas vida y obra simbolizan la lucha de su pueblo contra la alienación. Poeta, novelista y dramaturgo, sólo una pequeña parte de su obra está disponible en castellano. Al lado de Nedjma, piedra angular de su edificio literario, están traducidas también las obras de teatro recogidas en el volumen El Círculo de las represalias (Cuadernos para el diálogo, 1973) y una recopilación de entrevistas, El poeta como boxeador (Alfons el Magnànim, 1994).

El repudio debe mucho a Nedjma. Ciertamente, ningún autor argelino de los años sesenta podía ignorar la obra maestra de Yacine, ya consagrada desde hacía una década. Rachid, el narrador de El repudio, aparte de ser el homónimo de su autor, es también el nombre de una de las voces de Nedjma, la más "histórica", la que más ayuda a construir el sentido "mítico" de la novela. Como el personaje de Yacine, también Rachid es encerrado por deserción. Pero si Nedjma es el mito, la imagen, la historia atemporal que construye Kateb Yacine de su país, El repudio intenta, a partir de los mismos mitos de origen, enfrentarse y destruir todos los símbolos de una Argelia

ideal para enseñar su realidad.

La diferencia reside en la utilización del tiempo: en Nedjma (en árabe, "estrella") el tiempo es circular, como el de los orígenes; los relatos, las voces que pueblan la obra se cruzan, se suceden como para dibujar una estrella incluida en un círculo, un polígono estrellado, título de la segunda novela de Yacine. En El repudio, el tiempo tiene escala humana; es el de un hombre, el de una vida. Cada vez más, el círculo de la narración va encerrando al protagonista dentro de él mismo. Mientras que Kateb Yacine lucha contra la alienación de un pueblo, Boudjedra muestra el encerramiento del individuo dentro de este mismo pueblo: las dos caras de la misma moneda postcolonial.

 

Escribir en francés

La gran contradicción de la literatura argelina en francés es, precisamente, su expresión en la lengua de la potencia colonial. ¿Cómo justificar cualquier proyecto de

creación de mitos nacionales en una lengua ajena? Yacine, hijo de una familia de letrados y educado en francés explica en El poeta como boxeador su relación con la lengua: "Es una vieja cuenta amorosa que está por saldar. Amor y odio son inseparables."

Esta dualidad, esta ambivalencia es el reto diario del escritor francófono. La francofonía "es el instrumento de alienación de los pueblos colonizados por Francia. Este aspecto negativo ha ido acompañado de un aspecto positivo, pues el conocimiento de una lengua es también un arma. Tómese el ejemplo de la guerra de Argelia. Si la ganamos, es porque conocíamos la lengua de los franceses, que, por su parte, ignoraban la nuestra. Utilizamos la lengua francesa para defender nuestra propia causa. Tarde o temprano, una lengua se vuelve contra los que la utilizan como un medio de opresión."

En cambio, la posición de Boudjedra es diferente. El repudio es, a muchos niveles, una transgresión. La palabra, el discurso, nace del diálogo con una francesa, Céline, que en cierto modo justifica que la narración sea en francés y no en la lengua materna del narrador. Exposición de una doble cultura y no de una alienación, como lo explica el bilingüismo del autor: escolarizado en Túnez, porque en Argelia no había enseñanza en árabe, escribirá en francés hasta 1981 y luego justificará así su cambio de idioma:

"Mi padre me envió a Túnez especialmente para aprender árabe. (...) ¿Entonces, por qué desperdiciar todo esto? [El cambio] fue una gran satisfacción, como cuando se realiza un deseo, un antiguo sueño. Fue también un acto político..."

Acto político, relación compleja de amor y de odio... Por otra parte, las dificultades de la censura han hecho que Francia sea un refugio, un terreno para publicar lo que no se puede publicar en Argel. Ciertamente, hubiera sido difícil que apareciera El repudio en la muy controlada editorial estatal SNED, pero su éxito francés le permitió una difusión en Argelia, aunque, al principio, a escondidas.

Asimismo, los intelectuales franceses siempre tuvieron una relación ambigua con su antigua colonia. No se puede olvidar, por ejemplo, que el recién fallecido Pierre Bourdieu empezó su trayectoria de investigador en Argelia, en Cabilia, y que a través de su relación con el etnólogo, poeta y novelista Mouloud Mammeri siempre mantuvo contactos con los intelectuales argelinos. Los escritores argelinos buscan en Francia un éxito crítico o comercial sobre el cual decide la "inteligencia" parisina, antes de ser consagrados en Argel. El prestigio literario (y el dinero que supone) proviene ante todo de Francia, de la "boca del lobo", como decía Kateb Yacine. El escritor, como su hermano el inmigrante, pasa de ser colonizado y explotado en su propio país a la misma situación en Europa.

 

¿Una posible salvación?

Aparte de la posible alienación proveniente de su "complejo de colonizado", el escritor argelino se enfrenta a un peligro mucho más directo: el islamismo político y el terrorismo. Peligro tan real que muchos han tenido que escoger entre la autocensura, el exilio o la muerte: el mismo Boudjedra fue condenado a muerte por una fatwa que le tachaba de "ateísmo, comunismo y pornografía", a la cual respondió con un panfleto en contra del FIS, el partido islamista vencedor de las controvertidas elecciones del 91. Religión, política y sexualidad siguen formando el triángulo mortal de la creación argelina, los tabúes intocables.

El repudio es, en este sentido, premonitorio. En su tratamiento de la religión como hipocresía social, en su retrato de los tartufes musulmanes y de sus peligros se pueden ver las causas, las semillas de la violencia. Las responsabilidades de la situación actual las tiene, seguramente, el "Clan" y su jefe, que se han aprovechado de la falsedad del "padre" para concluir una alianza atroz, que conlleva la violencia: la terrible escena del Aíd, por ejemplo, es el traumatismo primitivo del narrador. En esta fiesta, que conmemora el sacrificio del hijo de Abraham, tradicionalmente se degüella un cordero... El relato de Rachid, de su primer contacto con la sangre, con la muerte, se puede leer, a posteriori, como una premonición, una metáfora lúgubre de los acontecimientos de hoy.

Del mismo modo, la advertencia se encuentra también en Nedjma, cuando Lakhdar, uno de los protagonistas, ve a gente rezando en una mezquita: "Empezáis por el final. Todavía no os aguantáis de pie, todavía no sois hombres y ya os ponéis de rodillas."

En un intento desesperado de resolver sus conflictos identitarios y de acabar con la esclerosis de un régimen militar sin proyecto, muchos argelinos han visto en los partidos islamistas una salida, una posible salvación. Pero en esta rebelión muchos han acabado, como el protagonista de El repudio, encarcelados, exiliados o muertos. "El Clan" todavía sigue en el poder... Y la condición de la mujer, a pesar de todos los avances de los años anteriores, parece a veces haber regresado al nivel de la novela de Boudjedra. Pero a pesar de todo, la literatura argelina, en francés como en árabe, sigue viva, y, sobre todo, nunca ha conocido una producción tan diversa y de tanta calidad: novela, poesía, teatro combaten las dificilísimas condiciones de difusión y llegan a ser publicadas, en Francia, en el Líbano, en Argelia. Todavía casi sin traducir al castellano, la nueva generación argelina destaca por su diversidad. Diversidad de culturas, con la nueva vitalidad de la expresión en tamazight o en árabe dialectal, pero también diversidad de géneros y de autores: por ejemplo la novela policiaca descubrió a Yasmina Khadra, que, gracias a su éxito en Francia, ha podido dejar su seudónimo de mujer y desvelar su verdadera identidad, la de un comandante del ejército argelino: con su durísima novela Los corderos del señor y luego la autobiografía El escritor (Alianza, 2002) éste consiguió plasmar, más allá de su peculiar dilema personal, las contradicciones más profundas de la Argelia contemporánea.