lateral


diciembre 2002
Nº 96

home

 

Tres poemas
Osías Stutman

La nueva visión

Treinta años sin escribir
me dicta palabras de recién nacido
y "grande es la culpa del recién
nacido" cuando se sueña
con flores frescas, frías, atónitas
que envuelven la frente que
separa el agua fresca. Ahora
son tiempos en que separar
el agua es maravilla y asombro,
parece imposibilidad, impedimento,
pero es el verdadero secreto
de la cabeza sumergida,
respirando agua.

(inédito 2002)

 

La cita (en el 3r y 4º verso) proviene de "Gross ist die Schuld des Geborenon" del poema "Anif" de Georg Trakl.

 

13 de agosto de 2001

Hoy la muerte cardíaca me pide
que toque su teclado. Poso
mis dedos en su marfil y ella
gime suave a mi primer acorde.

­ Mi Mozart ­ me dice
y se menea lúbrica, apasionada.
Cuando es ella quien toca mis marfiles
tengo sensación de agonía

y temo por mi vida melódica,
por mi visión que se borra,
por el silencio de mi boca.

Es rara relación, rara relación,
unión, coherencia, analogía.
Es contacto coherente, dependencia.

La salaz libertina me sacude
y asusta a mis vecinos. Impúdica
me obliga a escribir esta estrofa

sobre mi muerte. Pulcro
acepto sus hechizos y la recuerdo
con cariño pero sin necesidad.

(inédito 2002)

 

Una conjetura


Viajo inmóvil. Soy el viajero
en su sillón, en el banco de plaza,
en el almohadón oriental o cercano. Cuando
miro y veo la encía rosa del jaguar

en la gran boca o el gris reborde elegante
del zorro de las nieves o el diente agudo
y limpio del lince oloroso. ¡Cómo cambian
los tiempos! Hay pudor y elegancia

exigiendo despedidas sin pañuelo
ni lágrimas en tiempos de zapatos
a medida. Son tiempos de bifurcación

y masculino mármol con el brazo levantado,
tiempos de mujer medio gallo y medio
gallina, amazona madre amante.

 (inédito 2000)

 

Entre Witold y el dragón
Ana Nuño

De muy joven publicado en la Antología de la Poesía Nueva, de Juan Carlos Martelli, en compañía de Alejandra Pizarnik y Juan Gelman, Osías Stutman (Buenos Aires, 1933) esperó treinta y siete años antes de ver editado un libro suyo de

poemas: Los fragmentos personales (A work in progress, inolvidable) (Olifante, 1998). Esto es algo más que un rasgo biográfico. En una época desinteresada por la creación y únicamente atenta al creador, la actitud que consiste en no llamar la atención es una forma de suicidio. Esta es la doxa de nuestro tiempo, que resume el lema inscrito en el frontón del templo de la publicidad: Publish or perish, "publica o perece". De algún modo, puede decirse que Stutman se suicidó cuando decidió no seguir la "carrera" de poeta, y también, aunque suene a paradoja, que su decisión es precisamente la que le ha permitido sobrevivir a esa némesis de la poesía que encarna en los poetas profesionales. El hecho de no publicar la propia condición de escritor no quiere decir que no se escriba. Quizá haya sido Joyce el último autor bendito por la dicha de poder tramar su obra envuelto en décadas de silence, exile and cunning sin que le dieran por muerto. Hoy que nos hemos vuelto un poco más bárbaros y pueriles, se piensa que quien escribe y no publica ni se exhibe, es mal o mediocre escritor. La poesía de Stutman bastaría para descalificar esta opinión.

"Ningún poeta es solamente poeta: en cada poeta habita y vive el no-poeta, el que no canta, y a quien no le agrada en absoluto el canto", apunta en su Diario Witold Gombrowicz, también atípico escritor por su detestación de la publicidad, que ahora se ha puesto de moda citar entre los escritores que más cortejan a esta dama. Osías Stutman ilustra perfectamente la verdad de la sentencia, y no únicamente por el azar biográfico que le deparó la suerte de ser poeta y médico. No cualquier clase de médico, por cierto. Stutman ha trabajado en uno de los institutos de inmunología más prestigiosos de Estados Unidos y ha publicado unos 250 trabajos en este campo. Poeta e inmunólogo: la verdad es que ha jugado con ventaja. Saber de inmunodeficiencia no es la peor manera de protegerse de nuestros mores literarios.

Pero hay más: en la misma poesía de Stutman se verifica la validez de lo apuntado por el polaco de Buenos Aires. Pocas obras hay en la poesía escrita en lengua española tan libre de la habitual pose del poeta, de las obsesiones (política, estética o éticamente correctas) del poeta, y al mismo tiempo tan preñada de la oposición señalada por Gombrowicz, tan comprometida con la exploración de sus términos y variantes como los poemas de Stutman dispersos en estos diez últimos años en revistas (El signo del gorrión, Hora de Poesía, RevistAtlántica) o el espléndido conjunto formado por Los sonetos (de Gombrowicz), que recogió en una de sus plaquettes de Café Central Toni Clapès, o el aún inédito y proliferante El mar de Bohemia. Exploración, además, gozosa, irreverente e insistente, que se convierte en demostración de la capacidad del lenguaje para significar. Toda la poesía de Stutman, como la de su querida Djuna Barnes, es "dragón que se traga su cola () lucha por la transfiguración". Y como no es "correcta" en ninguna de las actuales declinaciones del término, es una poesía que se atreve a volver una y otra vez a lo mismo ("¡Ay, ay! Esto lo he escrito tantas veces/ que ya no puedo saber dónde está lo dulce/ y dónde está lo amargo"), método infalible, en manos expertas, para dar a ver que nunca nada es lo mismo.

Lo único que permanece inalterado en este excepcional poeta es la amistad que ha tenido la generosidad de ofrecerme. A la que sólo puedo responder parafraseando lo que Lawrence Durrell decía de la escritora-trapense que tanto admiramos los dos: "Se alegra uno de vivir en la misma época que Osías Stutman."