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junio 2004
Nº 114

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I Premio lateral de Narrativa Extranjera

A. S. Byatt
Las ideas y las cosas

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ

La mujer que silba (Emecé, 2003) ha sido seleccionada como la mejor novela en lengua extranjera del año 2003 en el I Premio Lateral de Narrativa. Cuarta pieza de una ambiciosa tetralogía, se trata de una de esas novelas totales en que Byatt, como proponía Virginia Woolf, parece haber querido "meter todo en la novela". Resultaron finalistas P. Esterházy y R. Ford.

Las novelas de Antonia Susan Byatt son de dos especies: unas son ambiciosas intrigas que aceptarían, después de largas discusiones -y cuidado: las novelas de Byatt saben discutir-, el antipático apelativo de históricas; las otras forman un ciclo, bastante cerrado y casi endogámico, y aunque se las pueda ver coqueteando con la gran novela de ideas, la gran novela victoriana y otras grandes novelas, no aceptan ningún apelativo, o quizás los contemplan todos. Dentro del primer grupo están Posesión y Ángeles e insectos, fantasías de fácil acceso y lectura compulsiva cuyo más notorio atributo es el ventrilocuismo virtuoso de la autora, la capacidad para imitar los registros vocales y literarios del mundo victoriano; dentro del segundo hay un solo nombre: Frederica Potter, la mujer cuya educación sentimental, explayada a lo largo de cuatro monstruos narrativos -The Virgin in the Garden, Still Life, Babel Tower y La mujer que silba-, es probablemente la empresa más abarcadora y terca y temeraria de la ficción inglesa contemporánea.
En The Virgin in the Garden, Frederica (cuyas señas particulares, desde la fecha de nacimiento hasta los ambientes socioeconómicos, imitan las de Byatt) era una joven de casi veinte años empeñada en desprenderse de la pesada herencia -moral, sexual, intelectual- de la postguerra inglesa. Al abrirse La mujer que silba, ya lo ha logrado, pero los resultados no han sido los mejores. Los años de Cambridge y la vida matrimonial la han dejado sumida en la crisis: se ha divorciado ya de un marido violento y, además, curiosamente hábil en el arte de no dejar señas de su violencia; y ha sometido su tradición cultural a una crítica descarnada y más bien parricida, desechando a Forster y a Lawrence, símbolos de una educación monolítica, y reemplazándolos por una percepción fragmentaria, dividida y hasta incoherente de sí misma. En Babel Tower Frederica había encontrado la forma de dar cuerpo (cuerpo escrito, se entiende) a esa identidad dividida: inspirándose en William Burroughs, había empezado a experimentar con la yuxtaposición de textos diversos y a disfrutar con los efectos que el experimento generaba. Las Láminas, según se explica en Babel Tower, son "una forma de arte hecha de fragmentos, yuxtapuestos y no entretejidos", que no son espirales orgánicos "como un árbol o una concha", sino que se construyen "ladrillo a ladrillo, capa a capa". Pues bien, uno de los ejes de La mujer que silba es la publicación, después de muchas incertidumbres, de las Láminas. El hecho tiene una perentoriedad que no es fácil obviar, no sólo porque le sirve a Frederica para hacerse un lugar en el mundo, sino porque detrás de esos experimentos está, a escala reducida, una de las reglas de juego esenciales de La mujer que silba: todo cabe junto a todo.
Así es: La mujer que silba está fanáticamente convencida de que esa especie de eslogan de Virginia Woolf "hay que meter todo en la novela" es, de hecho, la única manera de hacer novelas; y es esa vocación omnívora y desmedida lo que genera los excesos de Byatt, pero también sus victorias más brillantes. Puesto que todo cabe junto a todo, es difícil y tal vez inútil resumir la trama de la novela, y me limitaré por lo tanto a señalar algunos lugares de interés. Tras publicar sus textos, Frederica se ha convertido en una "minipersonalidad" y ha sido contratada como presentadora de A través del espejo, un programa de televisión cuyos temas van del fetichismo a la censura, de Isabel I a Freud, del Tupperware al deseo sexual femenino. La variedad, la multiplicidad de la experiencia, fascina a Byatt: "No hay dos que beban del mismo río", leemos, "ni dos que miren el mismo programa de televisión". Pero el programa es apenas una de las líneas narrativas que compiten, en La mujer que silba, por la atención del lector (competir es el verbo justo, me parece, porque Byatt propone tantos personajes como Dickens, y la memoria del lector debe esforzarse para retener todas las sutilezas), y en las demás la figura de Frederica va retrocediendo, volviéndose lateral o desapareciendo. Y así entramos en contacto con Huida hacia el norte, el relato para niños que escribe y publica, con gran éxito, una amiga de Frederica; con dos científicos ocupados en estudiar el comportamiento de una comunidad de caracoles; con Joshua Lamb, hombre de niñez traumática, que transforma su grupo terapéutico en una secta neomaniquea de contenido apocalíptico; y con una conferencia titulada "Cuerpo y mente" que será llevada a cabo en la Universidad de Yorkshire, siempre y cuando lo permita un grupo de estudiantes rebeldes, fundadores de una Anti-Universidad. El lector da entonces dos pasos atrás, seguramente abrumado por la intensidad del tráfico narrativo, y se encuentra, al recuperar la visión global, con un fresco de los años sesenta en el cual no hay un solo aspecto -ni la contracultura, ni la liberación sexual, ni el surgimiento de líderes carismáticos- que quede por fuera. Todas las señas de identidad del momento novelado quedan abiertas sobre la mesa de operaciones; Byatt no se esconde de ninguna, ninguna le parece escapar a los límites de la novela, y si hay que modificar esos límites, así se hace. "Lo bueno de la novela", dijo Byatt en cierta ocasión, "es que, si se tiene el talento, entre frase y frase se puede cambiar de género, de foco, se puede cambiar la forma en que el lector lee". En esta voluntad está su curiosa potencia narrativa.
Coetzee ha escrito: "Una de las tensiones en la obra de Byatt desde los años ochenta es que, sin embargo de haberse formado, como escritora y como mujer, en la interpenetración del paisaje natural y la tradición literaria que compone 'la sensación de lo inglés', ha debido enfrentarse al agotamiento de esa tradición en tanto que fuente de recursos para el novelista practicante". En otras palabras: Byatt es una George Eliot que no renuncia a ser Iris Murdoch, o una Jane Austen cuyo mundo de matrimonios y relaciones sociales es examinado a través del microscopio contaminador del postmodernismo. El mundo de La mujer que silba es tan rico en términos sensoriales y físicos como el de Eliot, o el de Austen, o el de las Bronte; pero su superficie textual imita, no se limita a narrar, las calidades textuales de ese mundo. Byatt, ventrílocuo privilegiado, llena la textura de la novela con otras narraciones, con cartas, con yuxtaposiciones de sentido no siempre claro pero siempre fascinante, y con osadías autoriales -esos pequeños dickensianismos que pueden o no ser "memorandos de mi presencia"- tan notorias como llamar Peacock (pavo) a un personaje que reflexiona sobre los pavos reales, y Lamb (cordero) a un personaje que reflexiona sobre el sacrificio de esos animales. Sí: ideas en los nombres, igual que había ideas en las cartas escritas desde la secta, igual que el programa de televisión se ocupaba casi en exclusiva de ideas. En realidad, el esfuerzo entero de Byatt, en lo relacionado con La mujer que silba y el cuarteto de Frederica, nos impresiona cuando detectamos lo que la autora está haciendo en realidad: creando nuevas formas de representar las ideas en la ficción, de rastrear, por medio de narraciones de rasgos realistas -es decir: observadas con rigor, comprometidas con los sentidos-, la vida imaginativa e intelectual de un momento histórico.
En Still Life, la segunda novela de la serie, se invoca la (muy invocada) sentencia de William Carlos Williams: "No ideas but in things". Que las ideas existan sólo en las cosas es uno de los presupuestos que Byatt parece doblar con más insistencia en La mujer que silba, sin nunca llegar a quebrarlo. El resultado es una narración cuya abundancia simbólica y metafórica (tantos pájaros y nombres de pájaros, tantos fuegos quemando tantas empresas humanas) es apenas una de las estrategias que Byatt ha usado para poner ideas en las cosas, para dar cosidad a las ideas. El resultado es una transformación humana y social narrada como si se tratara de una transformación biológica, técnica, religiosa. El resultado es una visión omnívora y generosa de la experiencia, algo que sólo un gran novelista es capaz de producir.

El jurado del I Premio lateral de Narrativa en su versión de Literatura Extranjera está integrado por Mihály Dés, Mathías Enard, Ramón González Férriz, Juan Trejo y Juan Gabriel Vásquez.

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) es autor de Los amantes de Todos los Santos (Alfaguara, 2001). Alfaguara prepara la publicación de su próxima novela, Los informantes.