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junio 2004
Nº 114

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La chica de las momias
Leo Faccio

Ésta es la historia de un personaje real: una frágil mujer experta en desenterrar niños príncipes sacrificados a los dioses, entre otras momias de más de 500 años de antigüedad que encuentra en las cumbres de la Puna argentina. Ella se enfrenta a la paradoja diaria de estudiar una rica cultura cuyos descendientes viven en uno de los pueblos más pobres del mundo.

La arqueóloga Constanza Ceruti es muy mala al volante. Lo descubrimos una mañana, cuando un camión nos sorprendió de frente. Llevábamos dos días viajando por caminos de tierra y nos turnábamos para manejar. Íbamos a explorar un cerro de unos 5.000 metros de altura, en la Puna argentina. Según los cálculos de Ceruti había un altar incaico de sacrificios humanos en esa cumbre, y queríamos llegar descansados para el ascenso. Pero, cada vez que cambiaba una marcha, la camioneta se desviaba descontrolada hacia la banquina.
"¡Ups!, perdón -se disculpó al primer banquinazo-. Creo que mi neurona de montaña no está funcionando bien". Constanza habla rápido. Es flaca y nervuda, como una palmera. Y aparenta mucho menos de 29 años, a pesar de que lleva siete expuesta a ese latigazo caliente que es el viento del altiplano. Es la única mujer que investiga el fenómeno de los santuarios de altura y la práctica religiosa incaica del sacrificio humano. Dice que acumula unas 3.200 horas vividas a más de 5.000 metros sobre el nivel del mar y que la permanente escasez de oxígeno le afecta la coordinación: "No puedo hacer dos cosas a la vez. Para contrarrestar las alucinaciones que produce la puna, uno se acostumbra a funcionar así, se automatiza. Pero no pasa nada", trató de tranquilizarme. Pero el miedo me perseguía. Porque más allá de cualquier interés científico, íbamos al encuentro de una persona muerta. Después de todo, el hallazgo de una momia es el mejor final que puede tener cualquier expedición arqueológica.

Tres momias incaicas
En la cabina viajábamos tres. Atrás iba Pedro Lamas, un montañista experimentado, callado y servicial, sargento ayudante del Ejército argentino. Lamas tiene 42 años y nació en la Puna, en La Casualidad, un pueblo minero en vías de extinción. Según los arqueólogos, sus raíces son las mismas que las de los incas, y eso lo califica como un guía natural. Lamas fue asistente de Constanza en varias de sus expediciones arqueológicas y se lo veía relajado cuando ella manejaba, aunque la experiencia de Constanza en el ripio es corta.
Hasta hace siete años Constanza era una chica porteña que vivía con sus padres y que iba a una colegio de monjas, ahí formó la base de su voluntad moral. Pero dice que siempre pensó en las montañas, pese a que en su familia nadie la alentaba a escalar, porque sufría asma, además de una escoliosis severa, que la obligó a usar un aparatoso corsé ortopédico. Y fue por el aspecto robótico que le daba aquella faja por lo que sus compañeras del colegio la apodaron "Mecanex".
Su vida cambió a los 22 años, cuando se recibió de arqueóloga y se retiró a vivir sola en una casa de adobe, en Tilcara, Jujuy, para completar estudios de campo. Trabajó su tesis doctoral alejada de la civilización. Y en marzo de 1999 encabezó la expedición que finalmente descubrió en la cima del volcán Llullaillaco, a 6.739 metros de altura -en la provincia de Salta-, los cuerpos de tres niños incas momificados, de 500 años de antigüedad: un varón, de ocho años, y dos mujeres, una de siete y otra, adolescente, de 15, que llaman "La doncella". Según los científicos, los niños fueron entregados al sacrificio por sus propias familias ante los dioses de la montaña, quienes en la mitología incaica controlaban el clima, decidían la vida y la muerte, y aceptaban a los niños como símbolo de pureza y embajadores del pueblo. Actualmente son consideradas las momias prehispánicas mejor conservadas del mundo y pasan sus días en la Universidad de Salta, conservadas a -13°, una temperatura similar a la que había el día de su hallazgo.
En aquella expedición una docena de personas trabajó durante 13 días en la cima, con vientos que superan los 100 kilómetros de intensidad y tan poco oxígeno que hasta la llama de un fósforo arde con poca fuerza. Al equipo lo dirigía el arqueólogo norteamericano Johan Reinhard y Constanza era la única mujer del grupo. Tenía cinco hombres a su cargo y el rango de codirectora. Cuando bajó de las cumbres pesaba diez kilos menos.
El niño fue el primer hallazgo, pero el de la niña fue el más emocionante. Estaba sepultada a dos metros de profundidad, en una tumba tan angosta que para sacarla tuvieron que meter a un hombre, asegurándolo de los pies.
"Fue muy parecido a un parto", recuerda Constanza.

En la ruta
Era el mediodía cuando Constanza eligió un bodegón donde almorzar. Y llamó al mozo.
-Empanadas... de charqui (carne cocida con sal) -precisó-. Para tomar, gaseosa.
Tras los vidrios sucios del restaurante se veía la cordillera que recortaba el horizonte blanco y seco, como una bolsa de cal.
-¿Cómo saber si en la montaña a la que vamos hay un centro ceremonial?
-No lo sé. Los relatos de los cronistas españoles no nos dicen nada sobre esta región. Y nuestro nivel de leyenda es muy bajo. Acá, el primer trabajo arqueológico de alta montaña data del 1900. Los apuntes de esas expediciones son buena fuente de información. Pero tenemos que ascender cerros inexplorados para saber qué hay.
Nuestro viaje era la auténtica búsqueda de la aguja en el pajar. La continuación del rastreo impreciso que repiten los arqueólogos desde 1901, cuando el sueco Eric Boman postuló la hipótesis de que los incas habían usado las altas cumbres como sitios ceremoniales. Desde entonces el trabajo arqueológico transcurre en secreto. Nuestra expedición, cualquiera que fuera el resultado, debía quedar entre la arqueóloga y el periodista. Ése era el trato.
"Mirá, viejito (cuando es determinante Constanza antepone las palabras "viejo" o "viejito"), difundir información viola el secreto profesional e incentiva el saqueo. De todas las montañas que escalé en campaña científica, en el 70% había indicios de centros ceremoniales y un 80% estaban huaqueados [saqueados], la mayoría entre 1950 y 1970 -dijo Constanza, y ejemplificó-. Dos semanas antes de subir al Llullaillaco, escalamos el nevado de Quehuar, allí encontramos una tumba dinamitada. La explosión había decapitado a la momia que nosotros sacamos. Nuestra responsabilidad es la de preservar el patrimonio, porque
no se puede hacer un parque arqueológico a 6.700 metros de altura. Nosotros no
buscamos momias, ni tesoros, buscamos
información".

El camión
La trompa del Volvo apareció de golpe, relumbrando cromo en una curva cerrada. Apenas hubo tiempo para el volantazo salvador, del camionero, que nos dejó envueltos en una nube de polvo. Era la segunda vez que nos cruzábamos con alguien en cinco horas de marcha. Antes habíamos visto un Ford Falcon descolorido cargado de coyas, que seguramente iban a un campo vecino. El camión era uno de esos que transportan bórax desde los yacimientos hasta las plantas procesadoras.
"Un boratero -dijo Constanza, después del minuto de silencio que sucedió al susto-. Desde 1996 viajo haciendo dedo a los camiones de bórax para llegar a las montañas. También anduve en los trenes que llevan gas hasta Chile. En el 97, atravesamos un salar en una zorra. Habíamos salido de expedición y nos tuvieron que rescatar porque nos quedamos sin agua. Veníamos del volcán Arizaro. Gracias a esa gente podemos hacer arqueología, porque jamás tuve movilidad propia".
Desde 1999, Constanza recibe una beca de 800 $ mensuales otorgada por el
CONICET, pero dice que apenas le alcanza para vivir, que paga 300 $ de alquiler y que hace malabares para financiar los viajes. "La expedición al Llullaillaco se hizo gracias a la financiación de National Geographic. En Argentina no hay subvención posible, todo es a pulmón".
Ceruti vive la permanente paradoja que significa estudiar una cultura que tuvo el poder suficiente para expandirse desde Ecuador hasta Santiago de Chile, y, ahora, su descendencia es uno de los pueblos más pobres del mundo.
Antes de salir a la montaña, en Salta, Constanza me mostró su casa. Abrió la ventana de su cuarto y señaló el cerro San Bernardo. "Lo subo todas las mañanas. Ése es mi entrenamiento", dijo mientras preparaba su equipo de exploradora: cámaras fotográficas, GPS, brújula, cartas geográficas, cinta métrica, cuadernos y bolígrafos "de los baratos, porque los de cartucho hermético estallan en el ambiente hiperbárico".
En su biblioteca aparece en primer plano un libro que tiene una foto de los Himalayas en la tapa. También hay pequeños objetos ceremoniales que invocan espíritus aborígenes. No hay televisor, ni fotos de familiares, ni de novios. A un costado veo un reloj que adelanta una hora y veinte, igual que el que lleva en su muñeca. "Siempre tengo miedo de llegar tarde", me dijo después Constanza.

La montaña te hermana
En el Carnaval puneño, la chicha (fermento de maíz) viaja de mano en mano en un tetrabrik cortado de un cuchillazo. "Con mucha alegría, con muuuucha alegría. Tome un trago, hermano", me invitó un coya, que hacía bailar su bolo de hojas de coca entre un par de dientes faltantes.
Caminábamos entre una multitud danzante en busca de un lugar donde comer y dormir, y unas aspirinas para calmar el dolor de cabeza que me provocaba el apunamiento. Sentía como si tuviese un hacha clavada en el cráneo y la insólita sensación de estar entrando y saliendo de mi propio cuerpo. Constanza se abría paso con su mochila verde colgada en el hombro. Anochecía y la multitud se juntaba frente a una apacheta (apilamiento de piedras), para hacer sus ofrendas de vino y maíz a la Pachamama (madre tierra). Asistíamos a la versión más moderna del culto incaico, una celebración que ya no incluye sacrificios humanos, pero que sigue propiciando la fertilidad de la tierra.
"Creo que estoy batiendo mi propio récord de mugre", murmuró Constanza esa noche, mientras se metía en la bolsa de dormir. Su catre estaba pegado al mío y oí su voz fuerte y clara. Mientras que afuera seguía la celebración, nosotros nos acostamos porque pensábamos comenzar a escalar a las 3.30, para llegar a la cumbre al amanecer. "Hasta en el Llullaillaco me bañaba casi todos los días. Recalentaba el agua que usábamos para cocinar las salchichas y me bañaba, como podía".
-¿Fue difícil convivir tantos días con hombres en esas condiciones?
-Lo difícil es que a muchos les cuesta acatar órdenes de una mujer joven, pero me acostumbré. En 2000, subimos al cerro Chany para recuperar información de un huaqueo producido en 1905. Estuvimos 15 días en la cumbre, y para repararnos del viento construimos plataformas de hielo, tipo nido de cóndor, para armar las carpas. Yo dormía con tres compañeros y éramos conscientes de que si algo se movía nos íbamos al vacío. En experiencias como ésas sentís que la montaña te hermana.

Los perros y los rayos
Constanza no bebe alcohol, pero cuando sale a la montaña siempre lleva un litro de vino rosado común en la mochila, "para la ofrenda".
-Pedro, vení -eran las 3.20 y Constanza miraba el cielo oscuro-. ¿Qué me contás?
-Vienen cargadas.
Un par de nubarrones se recortaban en la noche. No hacía frío. Ni había viento.
Rozando entre sí las mangas de su campera de nailon, Constanza midió la estática del ambiente y no dijo nada. Pero después confesó su miedo por los rayos.
-Les tengo terror -dijo, mientras caminábamos hacia el cerro.
-¿Te asustaban de chica?
-No, de chica tenía vértigo. En el teatro no soportaba el palco. Después se me pasó. Ahora hay dos cosas a las que les tengo terror: los rayos y los perros.
-¿Los perros?
-Sí, por eso siempre ando con piedras en los bolsillos, fíjate -dijo, e hizo sonar un montoncito-. Y a los rayos les tengo miedo porque en verano son una de las principales causas de muerte en la Puna. Una vez, en Tilcara, una centella se metió en una casa y mató a una familia entera. Eso me impresionó mucho. Por suerte a mí nunca me pasó nada, pero al estar tanto tiempo en la montaña estoy muy expuesta. A Reinhard (el director de la expedición al Llullaillaco) uno le cayó cerca y lo dejó inconsciente.
-¿Cómo llegaste a Reinhard?
-Por infinidad de cartas que nunca me contestó. Hasta que un día, en 1998, me llamó por teléfono y me invitó a participar en una expedición al volcán Misti, en Perú. A partir de ahí empezamos a planear las excavaciones en el Llullaillaco.
Después de estas palabras hubo un silencio.
-¿Rezás? -me preguntó Constanza.
-Nunca.
-Acompañanos en estas plegarias, por
favor.
Constanza hizo un pocito en la tierra y puso ofrendas para la Pachamama: tres caramelos, de limón, menta y frutilla, unas hojas de coca y un poco de vino.
-Sumag orco chaskirihuay (hermosa montaña recíbeme)- oró en quechua, una de las pocas lenguas del altiplano que junto con el aymara todavía subsiste, y que Constanza practica porque dice que un día descubrió que su sangre es andina.
"Los científicos que participamos en la expedición del Llullaillaco nos hicimos un estudio de ADN. Y mi muestra dio afinidad con los Andes, y ahora, para mí, el lenguaje tiene un nuevo sentido".
Constanza es católica por tradición, quechua por adopción y dice que también es budista por necesidad. "El año pasado fui a los Himalayas y me encantó la filosofía del desapego. Estoy en un momento en que la necesito. El cuidado de las momias me genera muchas presiones y necesito herramientas espirituales para ser más consciente de que estoy ejerciendo mi libertad".
Aquella madrugada empezamos a escalar en medio de una noche densa como una mancha de petróleo. Pero las piedras brillaban, parecían almacenar la energía del sol. Eran seres vivos en un mundo sin oxígeno. Mientras escalaba sentía que mis ojos iban a salirse de las órbitas y oía el corazón latir en mi cabeza. "Toma -me dijo Pedro, y me alcanzó una botella-. En la montaña la mejor agua es la que se lleva adentro".
Seguí escalando y comencé a sentir los pulmones secos como hojas muertas, deshidratados, como los de una momia. No daba más, pero Constanza seguía, con paso corto y ligero. Hasta que pisó la cumbre y ordenó: "Pedro, procedé". Amanecía. Pedro sacó la cinta métrica y comenzó a medir la superficie de la cumbre. Constanza miraba las nubes con preocupación. "Tenemos dos horas para empezar a bajar. Viene una tormenta", dijo. De su cuello colgaban las cámaras de fotos que disparaba hacia todos los ángulos, el GPS y la brújula que se acercaba al ojo intermitentemente. Inspeccionaba todo con la autoridad de un terrateniente que controla sus cabezas de ganado. Ni jadeaba. Abrió un cuaderno y comenzó a dibujar la geografía de la cima. Hizo un plano.
-¿Y?
-Nada, documento la ausencia -dijo y volvió la vista hacia el cuaderno.

Tiempos de poesía
"Tengo un regalo para vos -me dijo, y me extendió un libro-. Es como un hijo para mí".
El libro es finito, de poesías. Título: "Montañas Místicas", de María Constanza Ceruti. Se terminó de imprimir en noviembre de 1998. Lo abro en la página 37, título: "Cuerpo y alma".
Que luchen mis pies al ascenderte
Y se hilen mis manos al tocarte
Pues el alma se eleva al escalarte
Aunque mi cuerpo nunca llegue a merecerte
-¿Le escribiste a un ser humano con tanto amor como le escribís a las montañas?
-Bueno, me enamoré dos veces, pero son medio celosas las montañas. No sé si podría usar el don para escribirle a un humano.
-¿Cuándo escribiste estos poemas?
-La mayoría cuando subí el Aconcagua por segunda vez, en 1998, y otros antes, eran años felices. Después vino el descubrimiento de las momias y desde esos días, si me siento a escribir un soneto, no me sale.
-¿Perdiste la inspiración?
-En aquel momento después de una cumbre había despreocupación. Ahora sigo con el legado de una montaña en particular. Las momias terminaron siendo como hijos, un compromiso que voy a llevar de por vida. Quizás cuando las lleven a un museo y delegue responsabilidades las cosas cambien, y vuelvan los flashes de inspiración. Eso espero -dijo, y se quedó mirando esos extraños dibujos que suelen formar las baldosas del piso.

Leo Faccio es periodista y reportero gráfico. Es colaborador de varias publicaciones de España y Latinoamérica. Este artículo fue publicado en la revista argentina Tiempo de Aventura