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junio 2004
Nº 114

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"El ruido ensordecedor de su auto será la causa obligada, o algo así..."
RAMÓN COTE BARAIBAR

Para Ana María Villarreal

El pelo mojado y tirante, las rodillas temblorosas y los zapatos blancos. Así aguardaba Rosalba durante unos minutos la aparición de sus primas gemelas en el balcón de enfrente.
Para su madre escoger el vestido el día que todos bíblicamente esperaban soleado y considerarla la más hermosa de las criaturas sobre la faz de la tierra era la única justificación del domingo. Desde muy temprano, Rosalba endurecía la cabeza a cada paso del cepillo y obedecía alzando los brazos en silencio ante el traje de flores que se resbalaba desde muy arriba, como las órdenes de los mayores. Y salía temerosa al balcón de las begonias.
Las primas se preparaban desde las ocho para verla. Cuando finalmente aparecía, sus cuatro ojos fulminantes y magnéticos la estudiaban con premeditada crueldad y con un lento movimiento de derecha a izquierda sus cabezas emitían un veredicto que desaprobaba con rencorosa parcialidad cualquier vestido y peinado de Rosalba.
Derrotada, apartaba las cortinas con la punta de los dedos, esquivaba con la cintura la máquina de coser que presidía el cuarto de costura con la solemnidad de un ataúd egipcio, y sin más explicaciones le pedía a su madre que por favor le cambiara de vestido, que la peinara así, fuerte hacia atrás, y que le hiciera otras trenzas. Haciendo de tripas corazón, salía nuevamente al balcón a la espera de la temible sentencia de las gemelas.
Tener doce años era para sus primas el error más grave que podía haber cometido la naturaleza con Rosalba, y se lo hacían saber con su reiterada desaprobación, ya que ellas hacía poco, al cumplir los quince, habían tenido una fiesta considerada como todo un acontecimiento comarcal, donde los numerosos pretendientes y hasta el obispo, acompañado de un pálido monaguillo con su lánguida guitarra, chocaron sus pequeños vasos brindando cada cual por motivos antagónicos por la edad triunfal de las gemelas, y donde el tío de Rosalba leyó con voz gangosa un soneto plagado de esdrújulas y de alejandrinos de dudosa atribución. Ser tres años menor que ellas, estar rodeada de begonias y de un perfume de orfandad era para sus primas el peor de los pecados. Y su principal victoria.
Los cinco metros y medio que iban de balcón a balcón eran una pavorosa inmensidad en los ojos de Rosalba, sólo comparable con la distancia abismal existente entre sus edades. La escena se venía repitiendo puntualmente desde hacía dos años, cuando ella llegó al pueblo acompañada de su abuelo y su hermosa madre, alta y triste como una palmera tropical en tierra fría, quien se tenía que agachar para pasar de una habitación a otra, y esquivar su aire de viuda que la perseguía como una exhalación hasta para hacer el almuerzo.
La reprobadora mirada de sus primas que la obligaba a cambiarse innumerables veces en el transcurso de la mañana, provocaba la tardía llamada telefónica de su madre en dirección contraria a los fríos puñales, suplicándole a su hermana Ester que por favor le dijera a sus hijas que aprobaran de una vez por todas el traje y las trenzas de Rosalba. Y que la dejaran en paz porque ya había probado todo el armario y lo único que le quedaba por ponerse era la ropa arrugada del baúl de los disfraces.
Ester les gritaba desde la cocina y sólo así Rosalba recibía el esperado beneplácito. Con el visto bueno salía a misa sintiéndose desdichada y menor, pero visiblemente victoriosa, pisando con sus zapatos blancos la quebradiza felicidad de los domingos. Entonces en el parque volaba su falda bordada con flores igualmente huérfanas y creía ser por breves instantes la heroína de los columpios, la vencedora del balcón.
Quien la vio por primera vez fue Ramiro, cuando por equivocación interrumpió la escena del magnetismo dominical y en lugar de celebrar con piropos a las famosas gemelas se detuvo a contemplar la solitaria figura del balcón contrario. A partir de ese momento, a bordo de su carro destartalado empezó a cruzar delante de su casa sin orden ni concierto, y le juró amor eterno a esa niña desvalida entre begonias crecidas
en macetas de latón, a sus tímidas rodillas de monja
de clausura y a sus inmaculados zapatos blancos de muñeca de porcelana.
Era la época de las canciones de Roberto Carlos, de la primera señal de televisión en provincia, de la imparable invasión de antenas que le dieron al pueblo un aire fantasmagórico, cruzado por pentagramas de
metal que se agitaban al viento y que a duras penas
recibían la débil señal originada desde una capital
situada tras muchos montes y precipicios de por medio.
La banda de Ramiro, impulsada por las guitarras eléctricas que salían despavoridas de una grabadora de pilas, cruzaba a toda velocidad la calle de los balcones enfrentados gritando desgarradoramente Rosalba, Rosalba, ignorando por completo que su tránsito fugaz intervenía la señal de la aparatosa televisión de su abuelo. Al oír el ruido del carro, éste se levantaba iracundo de su asiento de mimbre y les gritaba desde la ventana que no pasaran más pues no le dejaban escuchar el parlamento esclarecedor de la telenovela de las cuatro, y mucho menos comprender qué carajo quería decir eso de "tridimensional", ni declarar su indignación en voz alta al ver a su adorada musa Talía convertida en un vulgar jabón de ropa.
Al reparar las gemelas en el intempestivo cambio de preferencia del compartido admirador, redoblaron su maldad, moviendo su cabeza con un compás determinado de antemano para hacer más extenuante, si cabe, la amarga ceremonia dominical.
Consciente ya de su presencia perturbadora que motivaba no solamente la sublevación de las ondas emisoras sino también el odio eterno de las gemelas, que era peor, a Ramiro no le importaba repetir hasta el desfallecimiento su grito herido, su lamento de trovador medieval, convencido de estar encarnando la noble figura del caballero andante que va a rescatar a la princesa de su prisión.
Desamparado por primera vez de la seguridad de sus amigos, se atrevió, empapado por una colonia repugnante, a acompañar a Rosalba después de la misa al parque Centenario, orgullo de una ciudad que creyó oportuno talar las ceibas milagrosas de flores amarillas para dar paso a unos edificios de diez pisos de altura, símbolos inequívocos de la irremediable llegada del progreso. Allí mismo comprobó con un pavor nacido del fuego del esófago que amaría hasta la muerte a esa niña pálida que se impulsaba en los columpios con sus zapatos de muñeca de porcelana y que haría hasta lo imposible por conquistar a esa mujer entera y prodigiosa que regresaba del aire, aún con la sonrisa de la infancia bailándole entre los labios.
Después de la furtiva declaración de amor de Ramiro la orden paralizante de las gemelas ya no surtía el mismo efecto en Rosalba, quien se empezó a dar el lujo de interrumpir el mudo y temible tribunal de las alturas para abandonar su postura hipnótica y bajar corriendo al carro de su admirador, quien la solicitaba, como ya era costumbre, a gritos.
El siguiente domingo supo que la victoria era suya cuando cantando aquella enigmática frase de Roberto Carlos "el ruido ensordecedor de su auto sería la causa obligada, o algo así…", extrañó en el balcón de enfrente la presencia de sus primas gemelas.

Washington, 1995
Bogotá, 2001

N. A. El título proviene de un fragmento de una balada de Roberto Carlos.

El cuento ha sido publicado en Colombia en Páginas de enmedio (Alfaguara, 2002), un libro en que cada cuento parte de alguna cita de autores como Auster, Torr, Cheever o Carver.

Ramón Cote Baraibar (Cúcuta, 1963) es autor, entre otros libros de poesía, de Poemas para una fosa común, El confuso trazado de las fundaciones, Botella papel y Diez de ultramar; antología de jóvenes poetas latinoamericanos. Además, diversos artículos sobre arte y literatura han aparecido en revistas españolas y latinoamericanas.