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noviembre 2004
Nº 119

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El fín de los dinosaurios
Javier Tomeo

Ramón me cuenta esta melancólica tarde de otoño que los dinosaurios desaparecieron de la faz de este mundo por tontos. Según mi amigo, esos enormes reptiles tenían poco seso, o lo que es igual, un cerebro minúsculo. Les faltaba sensibilidad y recibían tarde y mal los mensajes dolorosos que les llegaban al cerebro desde la periferia de sus inmensos cuerpos. Sucedía así que cuando llegaba la noche y aquellos gigantes (soñando tal vez amores imposibles) se quedaban dormidos a la luz de la luna, otros animales mucho más pequeños se los comían vivos impunemente.
Antes o después –prosigue mi amigo, con tanta seriedad como si estuviese hablando de remotos antepasado suyos–, los dinosaurios acababan despertándose, pero entonces era demasiado tarde. Hubo más de uno que, al levantar la cabeza, se encontró prácticamente convertido en un inmenso esqueleto.
Ramón me explica todo eso con la voz cavernosa de las grandes ocasiones.
–Debe de ser muy triste –añade, tras un profundo suspiro–, despertarse y encontrarse convertido en una serie de huesos mejor o peor dispuestos. Mala cosa, sobre todo, descubrir que nuestros enormes y generosos corazones de hervíboros, aunque sea por poco tiempo, continúan latiendo entre nuestras costillas mientras las feroces hienas, ahítas de carne, se ríen a lo lejos.
Puede que aquellos dinosaurios se muriesen de pena al descubrirse en ese estado –observo–, pero puede también que muriesen avergonzados de su propia estupidez.
Ramón prende fuego a un enorme habano y dice que no, que nadie muere avergonzado de eso, porque cuando uno se siente avergonzando de su propia estupidez ya está demostrando a todo el mundo (y se lo demuestra, sobre todo, a sí mismo), que no es lo suficientemente estúpido como para tener que morirse por eso.
–Lo que yo creo –añade–, es que aquellos monstruos murieron de soledad. Advirtieron que eran demasiado grandes para vivir en un mundo de enanos. Sí, sí, ésa debió de ser la causa de su extinción. Cuando en este mundo empezó a prevalecer la astucia y la bellaquería, los dinosaurios comprendieron que no tenían nada que hacer e hicieron mutis por el foro. No fue pues un cambio de clima, ni una lluvia de meteoritos. No fueron tampoco esos furtivos protomamíferos a los que me he referido antes, y que devoraban tambien los huevos que mamá dinosaurio abandonaba a la buena de Dios. Lo que causó la extinción de los dinosaurios fue la conciencia de su irremediable soledad. Aquellos monstruos comprendieron que se habían convertido en un anacronismo y optaron por desaparecer.
–Lo que dices ahora –suspiro– me recuerda unos meláncolicos versos que Paul Valéry dedicó al albatros: “Tus alas de gigante te impiden caminar...” ¿Los recuerdas?
–No –susurra Ramón entre dientes y sin quitarse el puro de la boca–. No los recuerdo. Ha pasado demasiado tiempo.
Y enseguida, para que no le endilgue el resto del soneto –sé que, en el fondo, Ramón aborrece la poesía–, desvía la mirada hacia la ventana y finge interesarse por el verde joven de los árboles de la plaza.

Javier Tomeo (Huesca, 1935) es escritor. Recientemente ha publicado La mirada de la muñeca hinchable (Anagrama, 2003) y Los nuevos inquisidores (Alpha Decay, 2004)