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noviembre 2004
Nº 119

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Sin timón y en el delirio
Mario Santiago / Ulises Lima
Bruno Montané Krebs

Mario Santiago es el poeta infrarrealista que inspiró la figura de Ulises Lima en Los detectives salvajes, la novela de su amigo Roberto Bolaño. Otra figura del grupo infrarrealista, Bruno Montané –Felipe Müller en Los detectives...–, ilumina la ?gura y la poesía de este personaje seudónimo y salvaje.

“Si puedes ser leyenda / Para qué ser fosa común”.
Mario Santiago Papasquiaro,
Sueño sin ?n

Según su madre y las leyes civiles, Mario Santiago Papasquiaro (1953-1998) se llamaba José Alfredo Zendejas Pineda. El seudónimo elegido para la poesía, fue un doble homenaje a un amigo de la infancia y adolescencia; el apellido hacía referencia a José Revueltas –excelente escritor mexicano cuya obra ha sido ensombrecida por la claroscura obra paciana–. Este reconocimiento fue tardío ya que en un comienzo Mario sólo se hizo llamar Mario Santiago. Años más tarde, cuando descubrió cómo se llamaba el pueblo natal de Revueltas decidió cerrar el homenaje agregando el inquietante topónimo Santiago Papasquiaro.
Mario vivió temporadas casi como un auténtico vagabundo, al borde de una marginalidad que día a día reinventaba a voluntad. También, antes o después, y para ganarse la vida, fue corrector en prestigiosas editoriales –Joaquín Mortiz, entre otras–, y fue un dedicado y tierno padre de familia, no sin abandonar su lección de itinerancia, como si siempre hubiese tenido claro que ésa era la única lección: “Si he de vivir que sea sin timón y en el delirio”. En Los detectives salvajes, Bolaño lo hace aparecer bajo el nombre de Ulises Lima, un rebautizo que parece el más idóneo y cariñoso de los homenajes, pues reconoce en Mario al caminante y al viajero que de verdad era, así como al conocedor y admirador de la poesía peruana que de verdad fue. En la novela-río de Bolaño, Mario aparece en Israel –viaje que hizo siguiendo los obstusos pasos de una muchacha indiferente a la casi suicida devoción que Mario le profesaba–, luego él y Roberto comparten avatares y discordias –tanto en la novela como en la realidad– mientras juntos buscan trabajo en el sur de Francia, viaje para el cual les proporcioné un estratégico y sin embargo equívoco contacto. En la novela también hay algún episodio con el que tengo algo que ver. En París, yendo a unas duchas públicas, compartimos la misma toalla. La usé absurdamente convencido de que las heridas que Mario tenía en las manos, ya harto de rascarse, no eran, no podían ser nada que se contagiara. A mi entender, en la novela él aparece envuelto en un aureola de rabiosa y desamparada soledad, actitud que quizás en esa época era común a todos nosotros, sin embargo Mario sí sabía sumergirse en ese vértigo. Un raro desasimiento, un orgullo que a veces casi rozaba la tozudez o la más luminosa obcecación, un entusiasmo que intentaba sobrepasar todos los miedos.
Bolaño dijo de él que era uno de los pocos poetas en que vida y obra era imposible de imaginar separadas. Esa resolución, decía Roberto, le recordaba el caso de Rimbaud. Esa fusión apuntaba a una suerte de inmolación en la que la escritura era una de las formas de su ironía, de la perspicacia crítica, de la ternura y de la más rara felicidad –entendida esta última como el lugar donde el sentido reposa y canta las más encendidas imágenes, los más dolorosos corridos y metáforas, las celebraciones a todas las estimulaciones–.
Mario era un gran caminante, entre sus amigos sus caminatas eran consideradas legendarias. Era capaz de dedicar un día entero y parte de la furiosa noche mexicana en cruzar el laberinto de México D. F. –quizás con la secreta voluntad de que su invisible caminata reinventara la ciudad–. Sus pasos inscribían un itinerario –siempre distinto, siempre el mismo–, rastro que dibujaba una ciudad paralela a la ciudad supuestamente real. Un dibujo de calles que, creo poder asegurar, conocía mejor que las líneas de sus manos. Siempre tuve la impresión de que esos itinerarios eran los ensayos, la preparación para la escritura de sus poemas, sus corporales esbozos. Mario caminaba y escribía consciente de esa vital inscripción sobre la realidad y el fantasma de la ciudad. Después creaba en sus poemas el inquietante reverso de esas caminatas. Recuerdo que cuando estuve en París me prestó una pequeña habitación. Llegada la noche Mario desaparecía y no llegaba hasta la madrugada. Estoy seguro que pasaba las noches conversando con clochards o caminando junto al Sena acompañado por el paciente fantasma de Baudelaire.
Uno de los primeros recuerdos que tengo de Mario, si es que no es el primero, es una escena en la que pedía que algún amigo le sujetara el libro de poesía que se empecinaba en leer mientras se duchaba. Sólo después de intentarlo él mismo durante un rato, decidió evitar que el libro se mojase y le pidió a alguno de los amigos que nos habíamos aparecido por su casa –entre ellos Roberto– que lo sostuviera. Todos celebramos la ocurrencia pareciéndonos divertido o más que genial que Mario no interrumpiera la lectura de unos poemas que tanto le gustaban, de tal manera que le era imposible, que era casi insultante que dejara de leer sólo porque en ese momento se tenía que duchar. También lo recuerdo como el primero que saltaba dando gritos en los recitales de los delfines de Octavio Paz para interrumpirles blasfemando irónica y cariñosamente –puedo dar fe de ello–, como si hubiera querido remedar el equívoco que aquellos poetas (todos mayores que los infrarrealistas de entonces) habían cometido con la poesía. Acto seguido, con una voz pausada, grave y admirable, Mario se ponía a recitar sus propios poemas. Bolaño y él supieron agitar las ya movedizas arenas en las que bailaba la pandilla de amigos con la propuesta incógnita del infrarrealismo. El ideario oscuramente metafórico del grupo rescataba una metáfora pictórica del surrealista chileno Roberto Matta. El infrarrealismo habría de ser el sótano flotante en el que fermentaría un vital quiebro de la propuesta poética de entonces. Así lo escribe Mario al final del poema “Ya lejos de la carretera”: “La poesía mexicana se divide en 2 / la poesía mexicana & el infrarrealismo”.
Quizás la mejor manera de acercarnos a una removedora idea de la figura de Mario nos obligaría a leer uno a uno e incansablemente cada uno de sus versos. Sus poemas parecen discursos arrojados desde el centro mismo de la vida, en ellos siempre se halla una exaltación de un encendido, lúcido y renaciente sentido de la percepción. Su apuesta es la radical epifanía de una vida itinerante. La propuesta poética de su obra –si es que en su caso se puede usar ese término– es la fiesta del poema que subvierte las sombras de la medianía del lenguaje, del castrante y opresivo peso de lo cotidiano, la instauración de los instantes que reseñan homenajes, hurras a la vida y a la muerte (verdaderos bailes interiores dedicados a personajes, amigas, amigos, escritores y artistas a quienes quería y admiraba). Su escritura, que a mi juicio es totalmente natural, describe o conduce esta intensidad –otra cualidad de su vida-obra– a través del poema, de tal forma que inevitablemente nos vemos invitados a sentir que el texto mismo es un “paisaje”, que los textos que Mario escribió, a su propio y muy profundo entender, no eran, no podían ser, algo distinto a la llameante caída libre que fue su vida.
Vivió y escribió con una voluntad casi compulsiva. Publicó poemas en unas cuantas revistas, siempre gracias al interés y generosidad de gente que poco o nada tenía que ver con los recelosos y conspicuos poderes de la cultura local. Sólo unos pocos años antes de su muerte –en un atropello que sigue sonando a callado drama y que huele a caso de crónica roja– tuvo interés en publicar un libro que programática e irónicamente tituló Aullido de cisne.

Bruno Montané Krebs (Valparaíso, Chile, 1957). Es poeta. Ha publicado el doble libro de poemas El maletín de Stevenson y El cielo de los topos (El aduanero, 2002). Prepara una edición de la poesía de Mario Santiago para el FCE.