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noviembre 2004
Nº 119

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Gran Bali
gabi martÍnez

Megareportaje en la mejor tradición del periodismo desequilibrado y gonzo, “Gran Bali” es tanto la crónica de unas “vacaciones bien merecidas” en un hotel-rascacielo donde el aburrimiento es tabú, como la exploración literaria de una realidad insuperable: el turismo en el reino de la especulación inmobiliaria. El periodista abandona su impersonal papel de testigo y se torna protagonista, en este caso, la aterrorizada víctima del vértigo del progreso. A continuación presentamos unos fragmentos de la crónica original del mismo nombre.

“Pocos pueblos habrá en España que en tan poco
tiempo hayan hecho tantos progresos”.
Antonio José Cavanillas ,
Geografía del Reino de Valencia, 1797.

ES 10 DE AGOSTO, más o menos las seis de la tarde, y diluvia en Benidorm hasta el punto de borrar la silueta del rascacielos donde voy a hospedarme esta semana, el Hotel Gran Bali. No faltan demasiados metros para llegar pero éste es el chubasco universal, otro más de un verano 2002 que, en general, se va a recordar por la nubosidad casi invariable; porque ETA está atentando en la Costa Blanca –donde Benidorm es emblema–; y, en particular, porque he invertido setecientos y pico euros en una estancia a PC (la superoferta ridiculizaba la inversión en MP) en el recién estrenado Hotel Gran Bali Cuatro Estrellas para escribir un megareportaje que aún no tiene comprador, lo que me va a obligar a adoptar la política de Gasto Cero –no desembolsaré ni un euro– y en un futuro más bien inmediato animará a mi padre a expresar su percepción de que así no se puede ir por la vida, que ya tengo treinta años y no puedo estar ganando la puñetera miseria que gano, incluso después de haber formado un hogar, la vida es muy corta, hijo, y te encontrarás con mi edad, y ¿nosotros qué tenemos?, ¿eh?, ¿qué tenemos?
Por supuesto, yo no alegaré que el viaje lo he hecho influido por un megareportaje de David Foster Wallace, que pasó siete noches navegando por el Caribe en el Crucero de Lujo Nadir a gastos pagados por una revista chic de la Costa Este estadounidense. Ni diré que me arrastra un ánimo imitativo, por supuesto, porque mi padre se frotaría la frente, bebería un trago dechampán –las conversaciones más largas ocurren los domingos de celebración, después de comer–, y preguntaría sarcásticamente si me he dado cuenta de dónde vivo y de en qué país estamos... y al final quizá afirmaría que, por si fuera poco, encima soy un plagiador.
La verdad es que lo de copiar forma parte del plan: los rascacielos son una forma de arte norteamericana que ya se ha exportado –claro– al mundo. Varios edificios igualan y superan en funcionalidad y belleza muchas de las arquitecturas USA –ahí están el Jin Mao Building chino o las Torres Petronas de Malasia–, y ahora el Gran Bali nace en esta Nueva York de hormigón que es Benidorm a la estela de aquellas moles pero reivindicando una personalidad propia. Con esto quiero decir que cada uno se apaña con lo que tiene y como el Gran Bali puede evocar a, no sé, la Transamerica Pyramid de San Francisco, si este texto puede hacer lo propio con Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer me voy hasta a alegrar y desde luego que a quedar tan pancho como Joaquín Pérez con su hotel más alto de Europa.
El caso es que hoy es sábado, 10 de agosto, en Benidorm. Que diluvia. Y que, refugiado en un chiringuito de cara al mar recapitulo mi último encuentro con el mundo hostelero, cuando descubrí que hablar de gastronomía, pernoctaciones y playas es una actividad de riesgo. El hallazgo lo facilitó el periódico Canarias 7, que montó una polémica formidable a partir de unas cuantas frases descontextualizadas asegurando que mi libro Diablo de Timanfaya ultrajaba a los canarios y sus islas. Sin haber leído nada más que la reseña del Canarias 7 –el libro sólo se había distribuido a los medios de comunicación– los hoteleros indígenas se sumaron a la queja, los lectores observaron en sus cartas que yo debía haber escrito aquel libro bajo el influjo de “estupefacientes” y “otras drogas psicotrópicas” o resentido por las calabazas que seguro me había dado alguna canaria, aludieron a mi origen “catalán” de manera muy muy ordinaria y, de inmediato, el Consejero de Turismo y Transportes del Gobierno de Canarias envió una misiva al jefe de mi entonces editorial donde se leía: “Espero de una editorial de este prestigio que se tomen las medidas adecuadas para solventar este desafortunado error, como la retirada del mercado de todos los ejemplares”.
El editor, que había leído el libro, desestimó diplomáticamente el consejo, y el escritor y abogado Jorge Volpi comentó que aquella carta comulgaba con la mejor tradición censora y que eso no lo había visto “ni en México”. Pero la coerción de libertades y el escarnio público tan bien sincronizado por los poderes fácticos canarios no inmutó demasiado a la prensa peninsular y en cuanto la gente compró el libro, leyó y comprendió, la polémica se disolvió dejando en el aire un puñado de más o menos ingeniosos insultos que nunca nadie ha retirado.
Al principio de este episodio, después de encajar los primeros desprecios, me temblaron las piernas y experimenté un par de minicrisis físicas, fruto de la incapacidad para entender la envergadura del follón ni la rabia furibunda que manifestaba hacia mí esa piña de desconocidos. Después, analizando que el turismo es la mayor fuente de ingresos de España y que las divisiones básicas –blanco-negro; rojo-azul; izquierda-derecha– continúan vigentísimas en el país sin dar demasiado lugar a los matices, interpreté la reacción como un lógico mecanismo defensivo de la máquina tragachárters que es la península y sus aledaños jurisdiccionales, y las crisis terminaron.
Por eso, hoy, 10 de agosto, diluviando, mientras ETA entierra bombas en la arena –otro aliciente para terminar de concienciarme de que debo salir lo menos posible del hotel para cumplir con la política de Gasto Cero– y tres años después de mi ejecución pública en Canarias voy a volver a un rascacielos con la imagen aún fresca del último al que subí: una de las Torres Gemelas. Sin duda, una perspectiva de lo más ¿inquietante? Se comprenderá que, en esta tesitura, el Cuatro Estrellas Gran Bali posea a priori connotaciones de castillo caucásico, de GULAG siberiano o, por fidelidad al simbolismo nacional, de una Carabanchel con vistas dudosamente recomendables para disfrutar de las internacionales “vacaciones bien merecidas”.
A Alicante llegué en Euromed acompañado por un señor que cuando permanecía de pie se tambaleaba y cuando se sentaba dormía y roncaba expirando vahos a la esencia de Ron Negrita con Coca-Cola, aportando una atmósfera imprevista a la excursión que RENFE se empeña en magnificar pinchando músicas orquestales de factura épico-hollywoodiense que disparan los resortes memorísticos hacia montañas nevadas con riachuelos, prados verdeantes, selvas a vista de pájaro, aunque el tren vaya a Sagunto o a Castellón de la Plana.

Aparte de los previsibles sol y playa, la ilusión de un futuro de película es el cebo vacacional de moda, porque si la obsesión yanqui consiste en que les cuiden y les mimen, aquí nos lo queremos “pasar en grande” –basta retener la cantidad de veces que repiten esa alocución ranchera los comentaristas y presentadores televisivos–, ¿y qué hay más descomunal en nuestro imaginario contem- poráneo que los Estados Unidos de América? ¿Qué hay más embelesador que las hiperfantasías proyectadas por cámaras siempre hábiles para captar el ángulo conmovedor?
Hay que “pasarlo en grande”, el aburrimiento es tabú, se deben acopiar experiencias memorables, y por eso Halcón Viajes en alianza con Grupo Bali, propietario del Gran Bali, anuncia a sus clientes unas Vacaciones de Cine que inaugura regalándoles entradas para las salas IMF 9. Con las holidays empieza el espectáculo. Es la hora de Ibiza, Marbella, Tenerife, Lloret o Benidorm, que asumiendo su rol vanguardista en el mercado del ocio añade ahora este coloso a su álbum de 132 rascacielos, superando en 53 metros la altura de la Torre Picasso, que hasta el 17 de mayo fue el edificio más alto de España.
De todos modos, el Gran Bali sólo anticipa lo que viene. En los últimos meses han abierto el Levante Club, Flamingo Oasis y Melià Benidorm, los grupos Cremades y Rafael Hoteles se están asentando y, de hecho, en la vecina Vila Joiosa pronto estrenarán Atrium, que se convertirá en el hotel más grande de la zona de La Marina, aunque no en el más alto. La concentración humana promete ser de película.

Mientras llueve, por las mesas del restaurante se juega bastante a cartas, y sobre todo al dominó. Los jugadores manosean fichas que, alineadas en vertical, se me antojan bloques de pisos, aunque todos del mismo tamaño, como una urbanización muy monótona. Está claro que la igualdad no es una aspiración humana y que tendemos al desequilibrio. Desde tiempos ha, el hombre ha pretendido tocar el cielo metafórica y realmente, aproximarse a la divinidad construyendo iglesias, dar fe del orgullo nacional y otras zanahorias espirituales que en las últimas décadas, con el descreimiento y el escepticismo popular y el auge del despiste existencial, han cedido el testigo a los agentes económicos. Los rascacielos ilustran una ambición de poder y dominio heredera de la Torre de Babel, y también representan la victoria del empresario ante sus atávicos miedos, demostrando físicamente que las alturas no le dan vértigo. El arquitecto Philip Johnson ha equiparado la necesidad del hombre por construir a las necesidades de sexo o lucha pero Antonio Escario, el arquitecto, y Joaquín Pérez, el dueño del Gran Bali, niegan necesidades tan íntimas, así como la fama y la gloria, e insisten en que ellos, más que nada, piensan en Benidorm. Rockefeller se hartó de proclamar eso mismo en Nueva York y supongo que, como a Antonio y Joa-quín, casi nadie le creyó.
El caso es que Benidorm ha coronado su skyline con el Empire de la Costa Blanca obteniendo de manera inapelable el título de “Pueblo de los Rascacielos”, incongruencia que define exactamente la idiosincrasia del ex villorrio de pescadores que hoy ocupa el cuarto lugar en camas hoteleras de Europa, por detrás de París, Londres y Madrid, a la que prevé superar en tres años, cuando despeguen los nuevos 17 establecimientos programados que aumentarán en 14.400 las 37.000 plazas actuales, al margen de las 159.000 atribuidas a apartamentos.
Los nuevos campeones del “dinero contante” urbanizan cada palmo mientras asisten perplejos a la implantación de la Eco-tasa en las Baleares, una iniciativa que les extraña y les da risa porque muchos turistas no dispuestos a pagar el plus ecológico se van a desviar a estas playas y a los empresarios valencianos se les van a encallecer las manos de tanto firmar facturas además de quedar claro que en la perpetua competición con la Costa Brava y las islas de enfrente, ellos van a levantar las próximas copas de manera inapelable.
¿Ecología? Los campeones proponen y practican “la teoría de la caja de cerillas: si tienes un solar, edifica a lo alto en lugar de a lo ancho. Es mucho más ecológico. Los verdaderos destrozos se producen cuando vas y lo ocupas todo”. Según la teoría de la caja de cerillas, el Gran Bali simboliza el colmo de la ecología en España.

El hotel mide 186 metros (210 contando la antena), costó 30 millones de euros y pesa 63 millones de kilos –“más que el Titanic”–. Según su arquitecto, es un monstruo “elemental y sencillo, técnicamente. Racional, simétrico y sin alardes”. En la página web dedicada a “Los mayores edificios del mundo”, concretamente en el apartado “Los mayores edificios de Europa”, el Gran Bali ocupa el quinceavo puesto de una lista liderada por el Commerzbank (299 metros) levantado por Norman Foster en Frankfurt, que junto a París, Moscú y Londres casi acaparan el ranking de megahoteles continental.
La mayoría son bancos o complejos de oficinas o pertenecen a aseguradoras o a emporios financieros, así que el 4*Gran Bali posee la particularidad de contarse entre los pocos rascacielos-hoteles del mundo, junto con el formidable cilindro espejeante del Peachtree Plaza Hotel de Atlanta –221 metros, el más alto de América– o la porción del edificio de las Naciones Unidas destinada al hospedaje.
Desde la puerta giratoria comprendo que me voy a instalar en un edificio de catalogación “inteligente”. Es una puerta de cristal dividida en dos partes bien espaciosas, deben caber más de diez individuos por división. La puerta empieza a girar cuando sus rayos electromagnéticos detectan pesos específicos y lo hace a un ritmo de deambulación crepuscular nada estresante. La puerta acompaña amistosamente al interior, da mucha confianza. La inmersión en la despaciosa cápsula tiene algo de vigilia, de estado entre dos universos culminado por la vaharada de aire refrigerado característica del 4*Gran Bali, que corrobora la desconexión de la pastosidad atmosférica exterior y la entrada en un mundo nuevo, más higiénico.
Tengo la habitación 1601, o sea la primera del piso 16. Es una altura considerable, abstenerse acrofóbicos. Desde la ventana veo las montañas peladas a las afueras de la ciudad, once piscinas anexas a sendos complejos turísticos, el lejano cartelón de Terra Mítica, una gasolinera... pero estoy en el Hotel Bali II (RB2). El rascacielos es el Bali III (RB3). El Bali II es el antiguo Bali remozado y, unido al rascacielos de nueva planta, integra el conjunto llamado Gran Bali. En realidad, ambos edificios están separados por un hipervestíbulo romboidal, puedo pasar de uno a otro sin salir de la instalación. El mayor hándicap de mi cuarto es que no veo el mar, además de la falta de balcón, una consecuencia más o menos lógica si a tu tour-operadora del barrio le insistes en que encuentre, por favor, lo más barato.
Para aprovechar la superoferta también debí concertar una habitación doble porque como las individuales escasean, cuando llegué se habían agotado, y quedé a la espera de engañar a alguien que deseara compartir unos días y unos gastos conmigo. Sin éxito. Esto quiere decir que dispongo de dos camas y dos duchas. Dos mesitas de noche, un armario grandioso con dos percheros, dos toallas de ducha, dos para secar las manos, dos vasitos para enjuagar los dientes y etcétera por dos.
Los cambios de estructuras familiares, la multiplicación de individuos que viajan solos en este país, los denominados “impares”, no parece haber afectado demasiado a una industria hotelera que me está obligando a sentir la ausencia de compañía cada vez que veo esa cama de sobras, la otra toalla tan limpia. Las paellas y las zarzuelas exigen “mínimo para dos personas” y la penalización en las tarifas de los cuartos individuales asciende hasta el 55 por ciento en muchos casos. Teniendo en cuenta que en España hay 5.484.400 solteros, 4.719.900 solteras y al menos 1 individuo que ha venido solo al Gran Bali se podría considerar una rebaja de precios, ¿no?
Por otro lado, en este viaje he confirmado que la condición impar es ambivalente y hace fluctuar con violencia de la euforia –revolcones a carcajadas deshaciendo las dos camas– a la melancolía –observando ensoñador/a el vacío contiguo–. La sensación de soledad en un hotel de playa frecuentado por una mayoría de familias y tórtolos con ánimos fornicadores puede resultar de lo más abrumadora. Pero, a su vez, ser impar en el 4*Gran Bali no es lo mismo que en cualquier otro hotel porque las máquinas custodias procuran una compañía que, pese a la gelidez, no deja de reconfortar.
Para comprender qué significa radicar en un Cuatro Estrellas de Playa Occi dental (CEPO) hay que visitar lo antes posible el comedor. El comedor de un CEPO dista años luz del estilo de un Cuatro Estrellas de Gran Metrópolis. En concreto, el 4*Gran Bali tiene a la entrada de los comedores un tablero indicando el menú y un señor que registra la habitación del comensal. Sin embargo, el método es de Self Service (SS) y nadie, absolutamente nadie, controla lo que comes, o sea que no estás condicionado a elegir dos platos del menú, y si te apetece puedes comértelo entero. En los restaurantes del 4*Gran Bali he conocido a gente que se comía menús enteros.
Probablemente, hay individuos que ayunan durante varios días antes de empezar las vacaciones, y por eso llenan sus platos de esa forma. El SS desata las fantasías gastronómicas y plantea combinaciones imposibles en el ámbito doméstico azuzadas por la abundancia. He visto platos donde convivían el salchichón con la merluza y la lasaña; arroces revueltos con alcaparras, lentejas y paté.
Los platos Volente P. Limos deben ser muy buenos para soportar esas cantidades tan anormales de comida, si bien la sobrealimentación durante las holidays tiene su lógica porque para pasar un Verano de Cine “con mucha marcha” es preciso ir a tope de combustible. El SS del CEPO clásico propone, en fin, elegir entre el homenaje a la desmesura o el ejercicio de continencia, un debate sobre autoregulación muy serio que define a las personas por cómo se organizan el plato.
El SS obliga a individuos sin experiencia en el manejo de paletas y cucharones a volcarse el condumio en el plato, produciéndose coyunturas de una violencia sin límite. El día de estreno en el SS acarrea una gran tensión y a veces incluso las amas de casa más hábiles parecen torpes, porque amedrentadas por la conciencia latente de estar nada más y nada menos que en un 4* no aguantan la presión y derraman caldo en la tarima o proyectan albóndigas a bandejas anexas. Servirse un plato de macarrones sin manchar nada en un SS supone uno de los mayores retos al principio de las vacaciones.
En este período introductivo, el posado más habitual entre los comensales en proceso de servir es el posado Gran Indiferencia, por el que uno aparenta un desapego total hacia ese emplasto de puré que no acaba de despegarse del cucharón, y es capaz de mirar hacia otro lado mientras sacude, sacude, sacude, el maldito cucharón.
Los CEPOS españoles han generalizado el menú internacional, resultando la paella –y el arroz en distintas versiones– uno de los platos preferidos por la masa, además de la carne asada y a la plancha. Lo que no se acaba de entender es por qué cuando los expertos hablan de platos preferidos nunca mencionan las patatas. Algunos alegan que son un mero acompañamiento pero mucha clientela come platos de patatas solas. En los restaurantes del 4*Gran Bali la patata es el bien más preciado y se sirve frita-descongelada-tipo-MacDonalds, frita-pelada-a-mano, estofada, con piel, hervida, rebozada... El imperio de la patata, ese aire festivo con los niños correteando entre las mesas, los platos atestados, etcétera, insuflan a los restaurantes del CEPO Gran Bali un aire de Cantina con mantelería de hilo y servilletas LavaHMed.

El 4*Gran Bali tiene cuatro piscinas, Infantil, Semiolímpica, Tropical y el Gran Jacuzzi integrado en la Tropical, en cuyas inmediaciones me instalo, de cara a mediodía. La piscina Tropical es la más grande y está rodeada por tumbonas. Proyecta chorros que trazan eróticas elipsis en lugares estéticamente clave y tiene un par de surtidores fungiformes que crean borboteos espumosos y un refugio de oxígeno en el interior de su parábola.
Frente a mi tumbona, al otro lado del agua, queda el salón de juegos acristalado –veo la mesa de billar, el futbolín, los videojuegos...-, el recoleto chiringuito y el muro de hiedras y palmeras que, supongo, dan congruencia al nombre de Gran Bali.
El socorrista alecciona a una niña sentado en su semitrono. Es argentino, calvo. Es el paradigma de tipo proporcionado, y las mujeres le miran de reojo. A los socorristas siempre les miran las mujeres, aunque no usen bañador tipo slip, prenda muy extendida, por cierto, en las piscinas de los hoteles.
Los ciclos de la moda han recuperado esta temporada unos semislips de lycra que devuelven el “paquete” a la luz pública. Los hombres del Este son fans de ostentar las turgencias genitales y visten el slip más desenvueltos que nadie. Los slips varoniles gastan colores oscuros en general para evitar transparencias demasiado informativas. Creo que lo de circunscribirse a un recinto cerrado junto a un puñado de gente con la que al menos compartes recepcionista y botones y a quienes ves con regularidad a la hora de comer inocula una cierta familiaridad que libera de complejos y, al sentirte como en casa, te anima a vestir en consecuencia.
En las mujeres, en cambio, se da un efecto casi inverso, y el pudor de la cercanía las coarta del top less. Un tapujo curioso teniendo en cuenta que estamos en los dominios de Pedro Zaragoza, el ex alcalde que aprobó unas ordenanzas tan decisivas para proyectar la imagen externa de Benidorm como levantar la prohibición a ponerse biquini en la playa. La leyenda afirma que Zaragoza y otro ex alcalde comarcal de Polop de La Marina fueron los artífices de que el resto del país situara a Benidorm en el mapa.
El Belcebú, el innombrable del 4*Gran Bali es Don Aburrimiento. Los empleados no le han conocido hasta la fecha y para salvaguardar de su influjo a los clientes, un equipo a las órdenes de José Luis Lago le combate sin tregua de diez de la mañana a dos de la madrugada. Son cinco, visten camisetas amarillas y aunque en el espaldar se lee Animación, JL los llama los Men in Yellow, obviando que dos son chicas.
JL es equilibrista de formación, no muy alto pero fibrado, 36 años y lo que se dice “un nervio”. También ha hecho de payaso, trapecista, romano, pirata, espectáculos de disfraces donde se exhibió hasta en tanga, ha viajado por toda América, a Marruecos, y su objetivo declarado es “matar al Aburrimiento”. A ello consagra su vida. JL ha hecho de Don Aburrimiento un ente horrible que se aposta tras cada uno de no- sotros y se manifiesta, sobre todo, a través de la inactividad y el estatismo. La soledad, por ejemplo, es la aliada ideal de Don Aburrimiento, según JL, y por eso es un estado que se debe combatir, por eso cada vez que me encuentra sentado en una butaca observando el devenir del hotel o tomando notas, paseando con las manos en los bolsillos, buscando las musarañas que no hay, de forma invariable pregunta: “¿Te aburres?” O considera que, “claro, tan solo... te debes estar aburriendo como una ostra”. “No, no me aburro, al contrario, lo estoy pasando muy bien”, digo, aunque a veces también digo “en grande”, a lo que él cabecea condescendiente y me recomienda uno de los próximos shows o me mira frunciendo el ceño, incrédulo, como si Don Aburrimiento me hubiera poseído e intentara por mi boca despistar al Gran Cazador.
La felicidad laboral para JL sería que una noche de lleno absoluto bajara un marciano del cielo y enseñara el culo en exclusiva para Gran Bali. La mezcla de risa y susto, de emoción definitiva, sería letal para Don Aburrimiento, que probablemente quedaría extinguido de la vida de esos espectadores por un buen montón de años.
JL parece de muy buena pasta, como el resto de Men in Yellow –Daniel, actor; Nacho, actor; Luisa, animadora; y Wendy, bailarina–. De toda la oferta in Yellow, triunfan las clases de baile vespertinas. Se trata de aprender las canciones más cañeras del verano. Esta tarde hay ocho diminutos, seis niñas, dos preadolescentes y cuatro mamás. La primera canción se titula Mi pobre corazón y es un remedo country latinizado. Nacho y Dani ensayan los primeros pasos, pero enseguida paran la música y Nacho, que sujeta el micrófono, dice: “No, no, no. Esto es como si a treinta pollos les hubieran cortado la cabeza y estuvieran aún corriendo”. Los más mayores ríen, algún pequeño esboza aturdidas muecas al no poder visionar la metáfora, y Nacho Man vuelve a apretar el play. Hay pequeñajos cuyas cabezas tocan las nalgas de los mayores que bailan delante y, como no controlan, rebotan muñequilmente de una nalga a otra. La coreografía –tacón-tacón-punta-tacón-patada– es despiporrante. Hay un gordito que está interpretando algo similar al lago de los cisnes, un auténtico outsider, mientras los Yellows animan a los alumnos con frases adultas que ahora no parecen alterarles. En el margen del plató improvisado una madre abronca a su hija descarriada –quería huir–, otra niña llora y un postbebé se chupa el dedo.
Tras el primer baile, Nacho anuncia la canción que él denomina “de la colita. Y al que no mueva la colita le corto las piernas. ¿Os parece bien?”. Entre los diminutos planea una cierta estupefacción, varios cabecean sí rápidamente, con sonrisa ambigua. La brutalidad simpática se ha instalado en la animación como sucedáneo del mundo feroz que aguarda a los pitufos dentro de no tantos años. Los Simpson empezaron a explorar –con más sutileza– ese terreno, y después han venido derivaciones ultragresivas como South Park –aunque eso no es para niños– y el delicioso impertinente Shin Chan, travieso y descarado pero que paga sus errores en forma de exuberantes chichones.
La música del baile de la colita es marchosa y pegadiza, la he oído alguna otra vez pero hasta hoy no había reparado en la letra, que dice: “¿Adónde le gusta a las mujeres?”, y los niños se señalan la entrepierna berreando “¡Ahí! ¡Ahí!”. Ahora el estupefacto soy yo. “¿Y cómo le gusta a los hombres?”. Y los niños encogen de golpe ambos brazos al tiempo que empujan adelante la cadera, en una simulación perfecta de embestida fornicadora, y exclaman: “¡Así! ¡Así!”. “¿Adónde le gusta a las mujeres?”. Varios espectadores adultos ríen avergonzados, alguna madre se tapa los ojos. “¡Ahí! ¡Ahí!”. “¡Muy bien, Míster!”, le grita alguien a un Chiquitajo que pone un empeño profesional, sus impetuosos meneos dan aún más risa, baila apretando los labios, reconcentrado. “¿Y cómo le gusta a los hombres?”. Y Míster Chiquitajo taladra el aire con su cinturita. “¡Así! ¡Así!”.
Contra Don Aburrimiento, este baile, el Aserejé de Las Ketchup y los productos de Operación Triunfo “nos han ido de miedo”, corrobora JL, que también es discjockey del 4*Gran Bali. “Nos han resuelto los temas de este verano, incluso los de las minidiscos de las tardes. Antes les poníamos los pitufos maquineros y ahora ellos mismos son los que piden Que la detengan y cosas que parecen para más mayores, como el baile de la colita, que les chifla”. Al fin y al cabo, es una enseñanza útil que moviendo la colita se mata al Aburrimiento.

Se comentan alquileres y traspasos, inversiones de futuro, bancarrotas y las oscilaciones del mercado de valores, los índices Nikei, Nasdaq, las sinuosidades de las bolsas españolas además de todas esas informaciones macroeconómicas que en el último lustro se divulgan ampliamente por todos los medios y que encuentran mucho público objetivo en Benidorm, una gran capital de la especulación.
En un campeonato nacional de especuladores, los benidormíes se llevarían la palma visto el provecho conseguido en una geografía desierta hace cuarenta años, a excepción del núcleo urbano. En esta urbe de 50.000 habitantes, más de 30.000 se dedican al turismo y 5.000 son empresarios del sector. Es normal que les moleste el tono despectivo con que hoy se emplea la palabra “especular” y por eso escriben artículos en los periódicos donde recuerdan su definición –“Comerciar, traficar, generalmente procurar provecho o ganancia con cualquier cosa”– y señalan que también significa “arriesgar” y que otro tema es especular habiendo obtenido informa-ción privilegiada mediante artimañas mafiosillas.
Benidorm es un pueblo-hecho-a-sí-mismo con inversiones a tocateja y empresarios infartados –me han dicho que Joaquín el del Gran Bali ha tenido ya algún susto–, y, como todo lo que incumbe a la vida y la muerte, el tema DINERO apasiona. De todos modos, hablar de dinero con regularidad suele vincularse a la carencia del mismo –véanse mis redundancias en torno al Plan Gasto 0– o a una ambición de lograr más, mucho más, o sea, a una insatisfacción obsesiva que produce monstruos como esos tipos que fardan de descapotable amarillo con el último éxito house bombeando a toda pastilla en un equipo double sound high fidelity importado de Cincinnaty. Este afán, la pretenciosidad del aspirante a jeque árabe, sumado al aire festivo-pentecostal de las expediciones Inserso + las avionetas con carteles publicitarios que, por ejemplo, dicen RUMASA. 20 AÑOS SIN JUSTICIA + la nueva voluntad cinematográfica de inspiración USA basada en “pasarlo en grande” + el desorbitado número de parasoles por metro cuadrado que se juntan en la playa los días claros + el desparpajo voceador de los colegas de barrio suburbial metropolitano que desde hace años veranean juntos hartándose de patatas fritas con ketchup mientras piropean insolentemente a las chicas, conceden a Benidorm esa maciza pátina de cutrerío que ahora intenta de-sengancharse con rasquetas 4* del tamaño Rascacielos.
El 4* Gran Bali dispone de 23 ascensores y si todos funcionaran al unísono a tope de su capacidad transportarían a 264 personas. En concreto, RB3 dispone de nueve ascensores, cinco normales, dos para el servicio y dos panorámicos con forma de cápsula transparente que se deslizan por la fachada y son visibles desde el exterior.
Desde luego que voy a subir en todos los ascensores, pero de momento me ciño a los seis de RB2, dos de los cuales son de gran capacidad. Mis ascensores van a 1,6 metros por segundo, mucho más lentos que los 2,5 metros por segundo de los del RB3, pero así son las cosas.
La vida en y entorno a los ascensores de RB2 puede ser larga y emocionante, en especial en las horas punta. Una mirilla en el dintel de las puertas indica el piso por donde va la cabina y si su dirección es ascendente o descendente. Conforme la numeración de una mirilla se aproxima al cero, el grupo humano en espera se corre hacia ella ganando posiciones próximas a la puerta, aunque los padres de familia tienen ventaja porque utilizan a sus hijos de ariete.
Una vez dentro, las puertas se cierran y la cabina sube delicada... excepto la última de la hilera, la Quinta Cabina, que rechina y se bandea. Al último ascensor del RB2 sólo suben los novatos, los despistados o los investigadores de la condición humana como yo, porque es el ascensor del miedo y, cuando se percatan de esto, a los pasajeros les cambia la cara. Lo normal es buscar apoyos oculares en el compañero de viaje, con los párpados despegados al límite, mientras la cabina se sacude como los vagones de los trenes viejos. De costumbre, las mujeres preguntan si es normal y los contados hombres que hablan, bromean torciendo más o menos la boca.
Me pregunto por qué nos gusta tanto ponernos a prueba, desafiar a los miedos. Después de los atentados a las Torres Gemelas del 11 de septiembre, Joaquín Pérez se puso en alerta roja espantado por cómo replantearía el público su relación con las alturas. Sin embargo, hoy su CEPO está al 96 por ciento de ocupación y, si tiene la posibilidad, la mayoría de clientes elige los pisos más altos. ¿Por qué?
Por experiencia de hipocondríaco natural que ha hecho del viajar un modo de vida y antes de emprender un viaje o de subir a un avión imagina apocalipsis tremendos de infiernos en llamas, el argumento más convincente que puedo aportar es que si uno derrota a sus miedos es por una inflación de la curiosidad. Su desarrollo superlativo invita a afrontar las empresas nobles e innobles, cobardes y arriesgadas, grandes y microbianas, y a conocer sujetos en tu misma onda que, la verdad, a priori te habían parecido raros.
Ejemplo: hay un tipo a quien es fácil encontrar en el Ascensor del Miedo. Al contrario que la mayoría, a veces descarta otros ascensores para subir en él. Este hombre amortiza su larga cabellera del cogote expandiéndola por el resto del cráneo yermo de modo que hasta consigue cierto tupé. Ese pelo y su pose de sopor permanente, basculan de la adjetivación “simpáticos” a la de “siniestros” después de haberse encontrado al tipo cuatro veces en la misma maldita Quinta Cabina. Es el Ascensorista del Miedo. (...)
Il supercapo Joaquín Pérez Crespo aplazó nuestra charla para otro momento, pero la inconcreción de esa hora me ha llevado a preguntar dos veces por él, sin éxito. Hoy, sin embargo, está. El crepúsculo ha empezado a cerrar y a El Hombre Recién Vuelto de Un Crucero le brilla el cutis moreno. Como siempre, viste con distinción deportiva, manga larga remangada a mitad del antebrazo y el pelo cano peinado con raya al lado, tipo gentleman o financiero o supercapo o Paul Newman. Es de esos hombres a los que les cae bien la denominación caballero y quizá por eso, y por el bigote, y por la colonia que usa, quizá por eso il supercapo me recuerda tanto a mi abuelo.
Cuando me identifica, el Caballero Joaquín (CJ) dice “ah, sí, vamos afuera”, y nos sentamos en la terraza, de cara a las palmeras que ya están iluminadas por el trenzado de colorines. CJ se sienta a mi lado, dando la espalda a RB3. Si yo fuera fotógrafo, ahí la tendría: flash, el hombre y su criatura, su bestia, su sueño, su amor.
CJ articula bien las palabras, o sea que se le entiende todo. Se retrepa en la silla y dice que, en efecto, planea un campo de golf de diez millones de metros cuadrados. “Para que te hagas una idea, Terra Mítica ocupa un millón”. También dice que eligió el mármol Travertino para el 4*Gran Bali porque es el del Coliseo de Roma y que el suelo es de granito gallego y que la materia prima tiene una calidad excepcional y ha sido trabajada en consecuencia, de lo que resulta una especie de hotel artesanal y por eso han tardado quince años en inaugurarlo. “Quince –repite–, quince años”.
Y cuando CJ parece que va a encarrilarse por lo emocional, un hombre nos interrumpe para presentarnos al señor Cholo y esposa, que se sientan con nosotros. El hombre que nos interrumpe cobra de CJ por labores comerciales y el señor Cholo representa a la organización jurídica que condujo la sentencia al banquero Mario Conde, así que viste traje y corbata. Es latinoamericano, no escucho el país, grande, gordo, con voz de locutor radiofónico tan bueno que silabea hasta mejor que CJ. El señor Cholo tiene voz de vendedor implacable apto para spots publicitarios, y “trabajo como periodista en esta revista sobre el Mundo del Dinero”, dice, sacando varios ejemplares de la misma y regalando uno por cabeza, yo incluido. “Sí, la prensa esa, la naranja, ¿no?”, dice CJ con un sonrisa obviamente sardónica. “Salmón –rectifica el señor Cholo–, salmón”.
El señor Cholo se dirige siempre a CJ y a mí me mira de modo furtivo porque no sabe muy bien quién soy. Como esto se nota, CJ aclara que yo le estaba haciendo una entrevista y desde ese momento el señor Cholo me borra con una goma virtual concediéndome ¿el don? de la espectralidad. Yo antes había asistido a negociaciones entre periodistas más o menos arrogantes y presuntuosos, entre camioneros y mercaderes, entre tenderos y escolares, pero es la primera vez que testimonio un intercambio interesado entre el propietario de un rascacielos y un señor del Mundo del Dinero. Dos peces gordos. Es muy impresionante. (...)
Como hoy se celebra la Noche Española, además de haber servido sangría y pinchos de tortilla española y cantimpalo al cava y langostinos y mojama de Sanlúcar y queso curado de Villarobledo y todo eso, JL y los Yellows han programado un show que ahora mismo sitúa en el escenario a cuatro individuos extractados del público que intentan entonar el Que viva España de Manolo Escobar mientras beben de un porrón.
Las Yellows visten de torero y ellos de flamenca. Una de las flamencas es una despendolada magnífica que va poniendo en aprietos al personal. “¡Un macho! ¡Necesito un macho!”, dice cabareterescamente, “¡a ver, aquel que se esconde detrás de su mujer!”, y no es broma, porque la gente se esconde. Yo, por ejemplo, no querría estar donde estoy. Estas situaciones me despiertan un desasosiego esencial.
La luna ilumina en creciente. La orquesta se arranca por pasodobles. Mañana me marcho. “Ya os veo la cara de aburríos a tós”, dice JL en versión flamenca. Pero el pasodoble continúa: “y entre flores, fandanguillos y alegría nació mi España...”. “Pero qué aburríos”.

“Que viva España
y siempre la recordarán.
La gente canta con ardor
que viva España.
La vida tiene otro sabor
España por favor”.

Hay gente con gorros y globos y entonces viene ese párrafo tan adecuado a este contexto: “Que bonito es el Mediterráneo, la Costa Brava, y todo Benidorm”, y una señora detrás mío dice, “Paco, salgamos a bailar”, y salen, y luego salen otras parejas más, y ahí está la clientela a los pies de RB3 tarareando ellos mismos la canción, casi solapando con sus voces la que sale por los micros, “Que viva España, na na na na na na na ná ...”.

Gabi Martínez (Barcelona, 1971). Es novelista y autor de varios libros de crónicas de viajes. Su novela Ático se publicará próximamente en Destino. “Gran Bali” forma parte del libro inédito de crónicas Una España inesperada.