nº 124
ABRIL 2005
 
 
Debates
 

La fiesta del asno
La última novela de J.F. Ferré

JUAN GOYTISOLO

Ha publicado varios libros de ficción, algunos de ellos del todo inclasificables, como I love you Sade. La fiesta del asno, de próxima publicación por la editorial barcelonesa DVD, es su segunda novela. En ella, Juan Francisco Ferré se recrea en el uso de algunas de sus armas narrativas más poderosas: una feroz crítica social y cultural,
y el humor a través de la parodia.

Imaginemos una Arcadia feliz: un país siempre verde, cubierto de bosques y prados, con caseríos agrestes, leñadores rudos, sabios ancianos depositarios de una lengua y un saber milenarios, en el que un niño busca ansiosamente sus raíces, las costumbres primitivas y atávicas que nutrirán su esencia y configurarán su inmutable personalidad. Este país idílico sufre, por desdicha, la feroz opresión de extranjeros desconocedores de su idioma y sus fueros, opresores que cuentan para colmo con la vergonzosa colaboración de partidos, asocia- ciones e individuos traidores a la causa sagrada. Felizmente, la Organización vela por todos y cada uno de sus hijos. Los bastardos son desechables y merecedores de un buen tiro en la nuca. La guerra justa, mantenida a lo largo de los siglos, concluirá, de acuerdo con el programa de aquella, con un mañana diáfano: la independencia conquistada “por la fuerza y la violencia de la convicción”.
Gorka K., después de su experiencia iniciática con el viril leñador y el sabio anciano de la montaña, intervendrá, ya mozo aguerrido, en el conflicto que desgarra su país: primero, como concejal del brazo político de la Organización; luego, como soldado de ella. Pronto se distinguirá por su eficaz manejo de las armas y la audacia de sus acciones patrióticas. Su carrera promete ser brillante y lo será, aunque no de la forma prevista. La novela de Juan Francisco Ferré no se ajusta a un guión trazado ni a las pautas del género: nos depara a cada paso sorpresas y sobresaltos. La legítima ejecución del hombre del polo de marca –un aborrecible representante de la nación opresora– sigue cauces inesperados: por más que Gorka le descerraje un tiro tras otro, el del polo de marca prosigue el trayecto, marcado por un reguero de sangre, hasta el piso en el que Gorka penetra también con intención de rematarlo, para encontrarse allí con la viuda, parientes y amigos –concejales o empresarios vendidos al enemigo– despidiendo el duelo de una víctima que no puede ser la suya; la visita al domicilio campestre del escritor admirado, de quien espera palabras de aliento y orientación patriótica, le enfrenta a una escena muy distinta: un disparo abrupto en el interior de la casa y el cadáver de una mujer, insultos soeces del homicida que no será a la postre el escritor admirado sino un antiguo mando de la policía nacional que abrevió piadosamente los sufrimientos de su esposa, enferma terminal de cáncer.
Párrafo tras párrafo, capítulo tras capítulo, Juan Francisco Ferré desestabiliza al lector: cada vez que éste cree pisar un terreno conocido, se encuentra en otro enteramente extraño. La lógica del mundo y la lógica del relato entran en colisión desde el inicio al fin de la novela. El tiempo de ésta zigzaguea caprichosamente, la acronía es continua. El joven Gorka, mitificado por la Organización, se transmuta en otros Gorkas insospechados: el fetichista de la chapela y los uniformes militares, el masturbador, el sodomita, el ajusticiado brutalmente por los enemigos de la Causa. Muere y resucita: viste como los mozallones de los encierros bravíos de San Fermín y es perseguido incansablemente por una multitud de linchadores que lo acorralan en la arena de los sacrificios. Cambia de sexo y reaparece, reciclado por la cúpula de la Organización, como propietario jubilado de una discoteca caribeña ornada con las fotos de los ajusticiados por él (o ella) en el curso de la guerra patriótica. El proteico Gorka dispone ahora de unos pechos opulentos y de una vagina acogedora, y se mueve en su nuevo ambiente con simpática desenvoltura, bailotea con la clientela masculina y sirve al corresponsal venido a entrevistarlo la especialidad de la casa: el cóctel explosivo denominado “cochebomba”.
Los lectores de la novela no deben deducir que se trata de una mera parodia corrosiva de la banda terrorista, aunque también lo sea. La sátira va mucho más allá y apunta a todos los niveles del lenguaje informativo y medios audiovisuales que banalizan la violencia: la utilización política o empresarial del terror y de la fascinación que ejerce en lectores y, sobre todo, espectadores, no sólo por parte de los patriotas justicieros del país sino también por grupos de jóvenes y pandillas sin objetivo concreto alguno, fuera del morbo y excitación sexual que procura. Como en esos videojuegos en los que, con una simple presión de los botones de mando, un pistolero intrépido, cuyas motivaciones no se precisan, corre tras sus futuras víctimas sorteando vertiginosamente toda clase de obstáculos hasta acabar cumplidamente con ellas, los personajes de La fiesta del asno obedecen a la lógica de la máquina y a la habilidad y prontitud de quien la manipula.

La ejecución catártica de los once concejales traidores o tibios por cinco encapuchados a las órdenes de Gorka, filmada por el cámara de un importante medio televisivo ducho en la elaboración de encuadres efectivos, secuencias suculentas y fundidos encadenados, sintetiza otro de los temas recurrentes del libro. La sociedad del espectáculo, analizada por Debord, especula con el horror rentable de la muerte en directo y mete en un mismo saco a protagonistas y mirones: lo sepamos o no, todos somos partícipes de ella, a un lado u otro de la pantalla. La risa irrespetuosa del novelista no perdona a nadie, no perdona nada. Todo es excesivo, como ese sueño de la razón que engendra monstruos. Muertes y resurrecciones, orgías carnavalescas y vaciado de cerebro, vísceras y cuencas oculares de Gorka durante una lección magistral de anatomía de un reputado forense. El jesuitismo de la banda en lucha contra la cruel ocupación extranjera plasma en escenas deliciosas, como las de los contactos del protagonista en los lavabos de un gran centro comercial con la invisible Loyola, su misteriosa coordinadora y directora espiritual. Las llamadas fuerzas vivas y demás protagonistas del conflicto no salen mejor paradas. Todos son comparsas de un juego cuyas normas ignoran, peones de la Gran Máquina. Ésta dispondrá de sus vidas y haciendas, conforme a esa “sinrazón congénita” de la que habla Cernuda.
A medida que subimos y bajamos por el tobogán de la novela, advertimos otro de los propósitos del autor, siempre “a la escucha de las voces del mundo” que proponía Karl Kraus: la reproducción, llevada al absurdo, de los distintos lenguajes que hoy nos agreden, ya sean políticos, religiosos, nacionalistas o publicitarios. Juan Francisco Ferré los mezcla en su gran batidora: así, la lenta mutación del discurso patriota en promoción del modelo de “coche patriota”, esto es, enteramente fabricado en el país, frente a los modelos foráneos importados por el enemigo; o la exposición de las Reglas de Juego por la cúpula visible de la Compañía, como si se tratara de un torneo de ajedrez, sazonadas con consideraciones de alta estrategia destinadas –y ahí está la gracia– a los jugadores de los dos bandos. En estos y otros casos, el acoplamiento del lenguaje político con el de la mercadotecnia astutamente dispuesto por el novelista provoca la risa salutífera del lector.
Quien busque un mensaje positivo cualquiera en La fiesta del asno se sentirá defraudado. El juego esperpéntico de Juan Francisco Ferré se sitúa en las antípodas de la corrección política. Su energía subversiva radica precisamente en la total ausencia de corrección. Ni los nacionalistas de uno y otro bando, ni los políticos, jueces, policías ni religiosos involucrados en el problema vasco hallarán en la novela argumento alguno para alimentar sus convicciones más o menos racionales, más o menos tajantes. Quedan por fortuna los amantes de la literatura dotados del más refinado y peor repartido de los sentidos:
el del humor.




Juan Goytisolo. Es escritor. Su última novela es Telón de boca (El aleph, 2003). El texto que reproducimos en exclusiva es el prólogo a la novela La fiesta del asno, que será publicada próximamente.
     
   
 
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