nº 124
ABRIL 2005
 
 
Debates
 

Mundos subterráneos
El extraño destape chileno

JUAN PABLO MENESES

Para cualquier extranjero, Chile es una nación que mezcla dos virtudes poco frecuentes en Latinoamérica: economía ejemplar y tranquilidad política. Sin embargo, para la otrora capital más conservadora de Sudamérica, estos últimos doce meses han sido sexualmente agitados. El autor de esta crónica se sumergió en los subterráneos de los clubes nocturnos, los pijos y los no tan pijos, para entregar una mirada distinta y candente del extraño destape sexual de los chilenos.

Ya poh, mi amor, invítame a una bebida... O si querís, por siete lucas podemos tener un contacto allá arriba –dice Alejandra, y apunta hacia una pequeña y oscura galería, donde hay tres parejas teniendo sexo.
Son las tres de la tarde de un lunes y todo sucede en un subterráneo del centro de Santiago. Exactamente, en la galería Capri, un conjunto de pequeños almacenes atendidos por señoras desganadas y donde se puede encontrar menaje, lencerías, prótesis, manteles y peluquerías. Todo esto a tres cuadras de la Catedral y a dos cuadras de las oficinas de Joaquín Lavín, alcalde de Santiago y candidato presidencial de la derecha chilena, militante de la UDI y miembro del Opus Dei, quien en este mismo momento está recibiendo en su despacho, de techos altos y escritorio de madera fina, a una delegación de microempresarios a quien felicita por su iniciativa y pone como ejemplo de un Chile líder en materia económica.
El lugar donde trabaja Alejandra se llama Orianis, aunque quienes lo visitan lo conocen como El Tablón, por su característica tribuna que parece de estadio de fútbol, donde las chicas se te sientas en las rodillas y te bajan los pantalones por poco más de diez dólares. Otros, más creativos, le llaman “El establo”, porque según una de las chicas: aquí adentro “se culea como animales”.
Desde la calle parece un simple cabaret. La entrada cuesta mil quinientos pesos, y te da derecho a un pequeño vaso de plástico que puede venir con Fanta, Sprite o Coca Cola. El pasillo de entrada está iluminado por unos tubos fluorescentes que le dan al lugar un aire a carnicería de barrio. Tras bajar la escalera apareces en un cabaret mal iluminado, donde una mujer bastante gruesa se mueve de manera amateur sobre un escenario de espejos trizados. La música suena fuerte, es una balada romántica de Ricardo Montaner que acompaña a la bailarina mientras simula una gloriosa masturbación. Frente al escenario se ubican cinco largas filas de asientos de cuero sintético. Tras los asientos, la gradería que le da el sobrenombre al lugar.
Esta tarde hay pocos clientes. Diez, en total. Cinco de ellos en las hileras de asientos, dos parados conversando –negociando– con alguna de las chicas, y tres clientes con los pantalones abajo, en pleno tablón. En un rincón del techo, un televisor muestra una porno donde una rubia le practica un fellatio a un musculoso rubio mientras por atrás recibe la embestida de un latino con pinta de guardaespalda de boxeador.
—Ya poh, vamos arriba– insiste Alejandra, mientras desliza suavemente sus manos por donde quiere.
Los clientes son de todo tipo: gordos malagestados, viejos con cara de mala jubilación, un par de tipos de anillos que podrían ser camioneros en día libre o dueños de un puesto de verduras en la feria de Lo Valledor, estudiantes de algún instituto de informática o comercio exterior y otros que visten corbata y traje oscuro. Me llama la atención un tipo que está sentado en la primera fila. Es canoso y de tez blanca, buen traje y modales educados. Un tipo que no acepta compañía de las chicas, porque le gusta mirar lo que otros hacen. Un hombre que inevitablemente pertenece a otro mundo, pero que está sentado en la primera fila de un lugar donde las bailarinas son feas y el olor a perfume es tan profundo que se te pega hasta en los zapatos. Un señor que goza mirando a algunas parejas que a menos de cuatro metros están manteniendo relaciones sexuales como si todo esto se tratara de una orgía entre amigos. Como si todos los que estamos aquí adentro, en estos veinte metros cuadrados a donde entramos tras pagar menos de tres dólares, estuviéramos protagonizando nuestra propia fiesta Spiniak [Claudio Spianiak es un empresario chileno, ex director de la Cámara Nacional de Comercio de Chile, que en el año 2000 fue aprehendido en una sesión sadomasoquista con menores de edad. Se le acusa de posesión de drogas y de estar vinculado a una red de pederastia]. Pero sin niños, sino que con bailarinas mal coordinadas que, salvo que haya una explosión atómica, jamás saldrán de este subterráneo. Y todo, a las tres de la tarde de un lunes cualquiera, en pleno centro de Santiago, la ciudad más conservadora de Latinoamérica.

Alejandra me insiste que le invite a una bebida. Mil pesos y nos vamos a conversar, es su invitación. Cuando aceptas pagarle un dólar y medio a una chica como Alejandra, en un lugar como el Orianis, te quedas parado en un rincón esperando que ella vuelva con su vaso plástico con Coca Cola. Mientras esperas, te das cuenta de que la chica del escenario se ha ido entre muy pocos aplausos y que en seguida aparece otra bailarina, una mulata gruesa que ya sabes que es ecuatoriana porque antes te insistió majaderamente, incluso tirándote de la camisa y jalando de tu brazo, para que la invitaras a tomar algo. Cuando llega Alejandra te das cuenta de que la invitación a conversar se traduce en que ella se te pega al cuerpo y se mueve, primero mirándote a los ojos y luego dándote la espalda. Mientras te da la espalda se agacha, y mientras está agachada meneando su trasero sobre ti, la ves que habla con otra de las muchachas y le hace señas, señas del tipo, hey después ándate al camarín que tenemos que hablar, o, estoy apurada y tengo que atender a diez más para irme rápido a la casa. En El Tablón todo huele a perfume barato y sexo barato. La pared donde estás apoyado se mueve, cruje, porque esa misma pared de madera delgada afirma la galería donde “por siete lucas nos pegamos una cachita”.
La mayoría de las chicas del Orianis son de caderas demasiado anchas para triunfar en otro escenario. Todas van con bikini, aunque afuera hay cinco grados. Casi todas fuman, mastican chicle y se ven despeinadas. Todas usan tacos altos, algunas tienen tatuajes y por lo menos tres, o cuatro, llevan una llave colgando en la muñeca. La llave es de los casilleros donde guardan su ropa de calle, el dinero que van ganando y los condones. Alejandra tiene ojos grandes y manos chicas. Usa botas con plataforma que le llegan hasta la rodilla, parecidas a los que usaban los integrantes del grupo Kiss en sus mejores épocas. Tiene caderas anchas, pechos caídos y panza abultada. Tiene bonita sonrisa y, antes de invitarla a tomar una bebida, cuando estuvimos conversando en una de las filas de asientos, me dio a entender que era la chica linda de la Villa Francia, su barrio, un vecindario de la periferia de Santiago donde se celebra todos los años el día del combatiente, en homenaje a los Hermanos Vergara, cuyos asesinatos durante la dictadura siguen siendo emblema para las organizaciones que combatieron contra Pinochet. Alejandra es madre soltera de dos hijos y ése no es su nombre real sino el artístico. Con bastante ternura, me confidencia que se lo puso en homenaje a su primer novio, un compañero de Liceo que se llamaba así, Alejandro. Dice que dejaron de verse porque en un verano él se fue a Valparaíso y ella quedó embarazada de un amigo de su hermano. Dice que nunca más vio a Alejandro y que ya no lo extraña, aunque cada vez que le dicen Alejandra, ella se acuerda de él. También dice que se aburrió de decir que estaba aquí de paso, como dicen todas. Ya se convenció que seguirá en esto, porque nadie le dará un trabajo en blanco: para ella, trabajo en blanco es tener AFP, ISAPRE y aguinaldo para Fiestas Patrias y Navidad. Dice que nunca alcanzó a trabajar en blanco en toda su vida, y lo dice así, “en toda mi vida”, aunque Alejandra tiene apenas 24 años. Llegó hasta un cabaret siguiendo un aviso donde buscaban mesera. Al entrar se dio cuenta que era un topless, pero ya había golpeado demasiadas puertas como para seguir buscando. Dice que hoy está tranquila. Tiene varios clientes que la esperan y que por sus hijos ha rechazado buenas ofertas, dice, de irse a otros night clubs de ciudades lejanas como Calama y Los Ángeles. Alejandra se ve mucho mayor de lo que es. Tiene el pelo crespo y las piernas gordas. Es de baja estatura y cuando viste jeans y chaqueta negra –la ropa que usa para andar en la calle–, nadie sospecharía que trabaja en el Orianis. Vestida así entre el enjambre de personas que transitan por el centro, pasaría más por una asistente de contador o por una mesera de Fuente Soda o por una dueña de casada esposa de un albañil, trabajo que desempeña actualmente Alejandro, según le han contado a ella en la Villa Francia.
En un buen mes, Alejandra gana 300.000 pesos. De esos ingresos saca el dinero para comprar los condones que le vende un hombre que pasa todas las semanas con bolsas de supermercado repletas de preservativos, la suma es módica: 30 condones por 5.000 pesos. Las chicas hacen fila para comprarle. Algunas, con 30 condones quedan listas para dos semanas. Otras, las más lindas, compran 60 para siete días.
—Yo voté por Lagos, pero en realidad no entiendo mucho de política. Al final, tenemos que trabajar igual no más –me dice, y cuenta que nunca ha participado en las manifestaciones y celebraciones de la Villa Francia porque le da miedo que le llegue un balazo–. Entran tanques y los pacos se ponen a dispararle a la gente, todos los años es la misma cuestión. Sabe que la vida es injusta. “Los que nacimos pobres vamos a morir pobres”, es la frase textual pero, inmediatamente después de decirla, y demostrando su oficio, gira la conversación y agrega: “Por eso es que tenemos que pasarla rico mientras podamos, ¿no es cierto?”. Alejandra dice que todos los hombres chilenos son “medio degenerados”. Lo dice riendo, mientras me acaricia el muslo. Me da esa respuesta cuando le pregunto su opinión sobre los últimos escándalos del país:
—No entiendo para qué hacen tanto atado, si a todos los huevones les gusta el hueveo. Yo aquí he visto de todo. Tu veís cómo es este lugar, puta, por acá pasa de todo, desde gallos sin un peso hasta tipos muy pitucos. Hay gallos de plata, que nosotras conocemos, que vienen tres veces por semana. Vienen turistas, vienen de todo. Y después vos veís la tele y veis a unos huoenes preocupados, hablando del sexo y de toda la hueá, y te juro que yo pienso que no cachan nada. O son huones o son mentirosos, una de dos.
Alejandra se mueve aparatosamente sobre mí, diría que apurada. Mientras tanto, una nueva pareja sube a la tribuna. Cuando le digo que prefiero no subir, que me tengo que ir, que otro día nos vemos, me dice que bueno, que me vaya bien, que si le puedo dar una propina, que si tengo cien pesos más que le pueda dar. Sobre el escenario, la ecuatoriana baila sobre una botella plástica de Coca Cola llena de agua. El cliente canoso y de tez blanca de la primera fila sigue atento el decadente show. A mis espaldas, cuatro parejas siguen jadeando mientras la madera cruje, aunque los quejidos son más fuertes y apagan el ruido que puede anteceder al derrumbe. Alejandra se ha acercado a hablarle a otro cliente, y supongo que cuando él le dice “hola Alejandra”, ella habrá vuelto a recordar a ese primer novio, en una singular tortura impuesta por sí misma, quizás como un recordatorio indeleble de la vida que pudo tener y no tuvo.

La noche promete el sexo más lujoso de la ciudad en el mejor club nocturno de Latinoamérica. El Club Platinum también está en un subterráneo pero, comparado con los suelos del Orianis, este subsuelo debe valer cien veces más caro. El Platinum queda en plena comuna de Vitacura, una de las zonas con mejores ingresos del país. A diferencia del Orianis, donde en la puerta te atiende un gordito sentado en un banquito de madera, en la puerta del club Platinum hay una lustrosa limusina negra. Una Lincon 97, para ser más exactos, pero que tiene un detalle especial: en las puertas lleva pintada la palabra Platinum, con una caligrafía inglesa color plateado. El club se vende a sí mismo como el mejor de nuestro continente, y entre sus ofertas está precisamente ésa, la de la limusina negra de la puerta. Pero claro, basta verla ahí, estacionada como escenografía de lujo, para darte cuenta de que la fantasía de recorrer la ciudad con un par de chicas lindas adentro no pasaría desapercibida: sería demasiado evidente recorrer las calles con una limo que tiene impresa la palabra Platinum, más aún en una ciudad donde las únicas limusinas que se ven son de clubes nocturnos.
—La verdad es que nunca he visto que la usen. ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta, lindo? –me susurra al oído Karen, una rubia uruguaya de minifalda y piernas brillantes, mientras conversamos en la barra. Para llegar a la nave central del club, primero debes pagar veinte mil pesos en la entrada, luego bajar en ascensor hasta el tercer subterráneo y después de recorrer un largo pasillo de alfombra roja por sobre una serie de piscinas en cascadas. Ahí, de golpe, te topas con una treintena de chicas que bordean los veinte años, vestidas algunas con traje largo, otras con pantalones ajustados, todas con escote, todas muy maquilladas, y casi todas inmigrantes. Es como si, apenas pagando treinta dólares, hubieses llegado a una reunión de promotoras vip latinoamericanas.
A primera vista, hay para todos los gustos: hay altas, bajas, de cara más dulce, de mirada agresiva, hay unas más sexys, otras más románticas, unas más evidentes, otras más distantes. Los clientes de corbata llevan chaqueta y los sin corbata se doblan las mangas de sus camisas Polo. Me encuentro con un compañero de universidad, cuando los dos estudiábamos Ingeniería Civil, y me saluda de abrazo y me dice que recién se cambió de empresa a una más grande, me comenta que está en el negocio del retail, que es ejecutivo de una gigantesca cadena de supermercados y que su trabajo tiene que ver con todo lo que es venta y distribución de mercadería. Además, y en tono de confidencia, me cuenta que se acaba de topar con un gerente de la empresa que lo reclutó, un gallo súper choro, un hueón que está entre los ocho y los diez palos, que corta 200 mil verdes al año, con el cual se ha encontrado varias veces aquí adentro, pero que en la empresa no hablan sobre esto, pues “cuando nos encontramos en reuniones o en el ascensor nos saludamos, pero ninguno dice nada, ni una broma, aunque estemos solos, una cosa absolutamente de trabajo, la cosa muere aquí, compadre, y puta, que bueno que te veo, tanto tiempo que ha pasado, te acordái de esa época, compadre, te acordái que yo tenía el pelo hasta aquí, más largo que la cresta, puta que tenía el pelo largo, te acordái, que hueón más loco que era yo, te acordái”.
De alguna manera el lugar es sofisticado. El mito dice que aquí la mayoría de las chicas son universitarias y provenientes de buenas familias en sus países de origen. A diferencia de en El Tablón, aquí las mujeres se pasean coquetamente, esperando una galantería antes de acercarse. Karen, la uruguaya, me habla de Montevideo y de su viaje en avión y de los barrios que, según ella, este verano estarán de moda en Punta del Este. Dice que cuando vuelve le gusta ir a jugar al casino del Conrad y que varias veces ha ido a fiestas en yates. Karen, que habla desenvuelta, me convence de que vayamos a tomarnos un trago a uno de los rincones del lugar. Mientras caminamos de la mano, se nos cruzan varios clientes que van y vienen con sus chicas de la mano. Cuando estás sentado en un cómodo sillón color crema con dos gogo-dancer bailando a pocos metros, provocativas y desnudas, y hacia donde mires hay mujeres de pantalones ajustados o vestidos cortos, con escotes que brillan y cabelleras largas y sonrisas incitantes y además estás sentado junto a una uruguaya que te toma la mano y se la pone en su cintura de mil abdominales diarios y te dice una broma al oído y luego te muerde suavemente el lóbulo de la oreja y te dice que a ella le gusta bailar en privado, y tú le haces una broma y ella se ríe, y hacen un brindis y ella bebe del trago que le compraste por dieciocho mil pesos, trago que te da derecho a conversar, a que te hable de sus viajes, porque la mayoría de estas chicas ha viajado en avión, ha probado suerte en otros sitios, ha tenido ofertas para irse a México o a Colombia o a Miami o a España, y la escuchas que te dice que sueña con una casa en la playa, en Punta del Este, que no le gusta Cabo Polonio, que Punta del Este ha sido siempre su sueño, y entonces te vuelve a insistir con eso de que quiere bailarte, de que quiere hacerte un table-dance, como se le llama aquí a que te bailen en privado, y le preguntas y ella te dice que eso cuesta treinta mil pesos y cuando le dices que bueno, que te gustaría que te baile en privado, Karen, que no te suelta la mano, que a esas alturas ya es como tu novia, que a esta hora de la noche está aún más dulce y atractiva y fina de lo que te pareció en un comienzo, te lleva por un pasillo todo elegante, todo iluminado, igual como en las fotos de las mansiones de los narcos, y tu caminas por ahí con una rubia gusto de narco, y todo el que se te cruza te sonríe, los mozos, las otras bailarinas, los otros clientes, porque ya no eres un simple mirón, ahora estás a otra altura, y entras a un privado cerca de los baños mientras Karen casi imperceptiblemente se ha encargado de toda la cosa administrativa, de avisar a los superiores y de pasar la plata, y ahora ella está de pie frente a ti, para que la mires de arriba a abajo, de abajo a arriba, y le veas sus zapatos de tacos altísimos y sus muslos bronceados y su minifalda ajustada y su cintura plana y su escote gigante y su cuello largo y sus manos de dedos delicados y uñas cuidadas y sus muñecas con joyas y sus labios brillantes y su nariz fina y su cabellera larga y así, embobado con ese panorama, Karen comienza a bailarte ahí, sólo para ti, pero a bailarte lentamente, como en una cámara lenta, muy lenta, y mientras te baila, mientras se mueve suave, muy suave, y te das cuenta que la minifalda se trasluce y que abajo apenas lleva un diminuto hilo y ella te mueve su esplendoroso trasero para que veas ese hilito, porque de seguro ella sabe que se trasluce y que eso te gusta, ella sabe todo lo que te gusta mientras sigue bailando lento y tú sigues sentado en el cómodo sillón de cuero donde ella te ha depositado, como lo haría el acomodador de un cine, y ahora, que ya está bailando, ella te acaricia la cara con sus uñas y se acerca, lentamente, y se acomoda sobre ti, toda suave, mientras de fondo suena una música house que calza perfecto, y entonces, sentada sobre ti, con esas piernas firmes y suaves sobre las tuyas, con esa cintura tan al alcance de tu mano, con ese escote tan cerca de tu boca, todo tan oscuro, tan relajado, tan tranquilo, te besa suavemente los labios, te suelta un botón de la camisa y no deja de moverse sobre ti, y la ves más linda de lo que debe ser y parece inalcanzable pero está al alcance de tu mano y toma su copa y tú tomas tu copa y hacen un brindis y ella dice que brindemos por una noche larga y cuando dice “larga” sonríe coqueta y luego del brindis toma un delicado sorbo de su trago, del que le compraste en 30 dólares, y dice que tiene ganas de ir a otro sitio y cuando dice otro sitio lanza los brazos al cielo como si bostezara y mueve su cabellera amarilla y baja las manos cruzándosela por los pechos y deja caer el vestido y sus senos aparecen en mitad del baile y son pechos lindos, bien operados, que no puedes tocar, pero ella sí se los toca, y en seguida se vuelve a poner de pie, vuelve a bailar, y deja caer de a poco su minifalda, y ahora solo la cubre su colaless y los tacos altos y las joyas de su muñeca y se mueve de un lado a otro, demostrándote que ella es tu sueño, que eso es lo que tu quieres, y se pasa las manos por la cintura y por la cola, muy paradita, y de espalda, esta vez, vuelve a sentarse sobre ti y parece que está cantando algo y luego como que dice algo que no entiendes, y mueve su cabellera por tu boca, y toda su espalda bronceada está a un milímetro tuyo y ahí gira la cabeza y su cara, su hermosa cara queda frente a ti y te dice, “adónde podríamos ir mi amor”, e insiste, “qué te gustaría hacerme mi amor”, “qué podemos hacer”, y tú sabes que ya es muy tarde para dar un paso atrás, tú sabes que nadie te obligó a llegar ahí, y te pones a imaginar lo que viene después, te imaginas que sacas a Karen en la limusina, que gastas casi medio millón de pesos por subirte a la parte trasera de la Lincoln, que cumples el sueño que ahí te venden, y primero te sientas tú solo y enseguida aparece ella, que ahora viene vestida con un ajustado vestidito blanco que hace brillar su bronceado y parten por Avenida Vitacura hacia abajo y destapan una botella de champagne y ríen haciendo un brindis por estar ahí, por lo que viene, y por afuera va la ciudad y al chofer ni lo ves y Karen te besa el cuello mientras bebes y bajan al centro de la ciudad por la costanera y en una luz roja los autos vecinos te miran sin verte, porque no saben que tú estás ahí con esa modelo de calendario que acabaste de comprar y al lado se te frena un Fiat Uno con tres que vienen borrachos y mientras Karen te abre el pantalón ellos te gritan ¡Una por mí, hueón!, o ¡Ándate a culear a un motel!, porque las letras Platinum en la puerta son demasiado evidentes, y sigues bajando por la ciudad, por la ciudad que pasa por fuera de tu burbuja de poder, y tu sigues protagonizando tu propio vídeo del éxito, porque esto es el éxito, nadie te ve de afuera pero todos saben que adentro estás disfrutando, y en otra luz roja hay unos niños malabaristas a las tres de la mañana, pero son niños artistas y no niños abusados, y Karen te baja el pantalón y bebes champagne y cruzando la Plaza de Armas esta vez no miras si hay algún niño prostituyéndose, ni intentas ver si está Ringo García, y cuando la limo pasa por fuera del Orianis, porque esta noche tú dices por dónde te da la gana ir, las puertas están cerradas, y ya todo está cerrado, y entonces pasas frente a La Moneda, y el palacio de gobierno está con las luces bajas, tan bajas como tus calzoncillos, y Karen te hace sentir que eres un tipo fuerte, porque ella dice que ha estado con muchos tipos poderosos, y de pronto Karen te vuelve a decir si quieres ir a otro lado, porque el table-dance ya se ha terminado, ya no hay más baile privado. Y se despide de ti con un beso en la boca, y cuando vuelves a la nave central del Platinum te da la idea que de pronto todas las chicas tienen el mismo tipo de belleza, todas parecen modelos de un programa de televisión, y en la barra del Platinum te vuelves a encontrar con tu amigo de cuando estudiabas Ingeniería, cuando él tenía el pelo largo, y ahora está de pelo corto y de ejecutivo de grandes supermercados y medio borracho, y te dice, te grita, al lado de las chicas, que no te olvides que son putas, no te vayas a enamorar, y me lo dice tan en serio, tan borracho, que por un momento creo que él de verdad se ha enamorado o que, por lo menos, ya no lo está de la mujer que lo espera en casa, ésa con la que se casó tras ocho años de dulce pololeo.

Un par de semanas después que estuve en el Orianis y en el Platinum, ambos lugares aparecieron en la prensa. Fue con diferencia de pocos días. Chilevisión, el canal liberal, mostraba con las cámaras ocultas de su programa En la mira, todo lo que sucedía en el tablón del sexo. La revista El Sábado, del conservador diario El Mercurio, publicaba un reportaje firmado por Sergio Paz al mejor club de Latinoamérica. Hoy, quince días después, el Orianis está clausurado y el Platinum está de moda.

 


Juan Pablo Meneses. (Santiago de Chile). Es cronista y columnista de El mercurio. Ha publicado Equipaje de mano (Planeta, Chile, 2003) y Sexo y poder (Planeta, Chile, 2004).
     
   
 
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