nº 126
JUNIO 2005
 
 
Debates
 

Jordi Ibáñez
Las líneas de la vida

PONÇ PUIGDEVALL

Una vida al carrer (Tusquets, 2004) ha sido elegido como el mejor libro en catalán del año 2004 en el II Premio Lateral de Narrativa, que este año cuenta por vez primera con la modalidad de Literatura Catalana. El paseante observador y reflexivo es el núcleo de un texto estilísticamente muy depurado. Resultaron finalistas Pere Guixà i Màrius Serra.

En la narración todo es descubrimiento. El ensayo conoce demasiadas cosas”: estas palabras de la escritora Cynthia Ozick podrían acompañar, página tras página, la lectura de Una vida al carrer, la primera novela que publica Jordi Ibáñez Fanés (Barcelona, 1962) y que constituye, sea dicho desde el primer momento, una de las rarezas más aplaudibles del panorama narrativo del año 2004. No hay que poseer una cultura demasiado excepcional para darse cuenta desde la primera línea de cuál es la órbita por donde transita la voz del personaje protagonista y narrador, un camino que no hace nada más que constatar, en efecto, “mi simpatía y admiración por Bernhard”: una simpatía que debe buscarse en las características obsesivas de un tono enfermizamente condenado a la lucha especulativa con las líneas maestras de la existencia; una búsqueda intelectual sobre cualquier aspecto de la vida que el azar coloca en las manos del protagonista, un quehacer que puede recorrer tanto a los ámbitos de lo absurdo y lo grotesco, como a las circunstancias más excelsas del ánimo y el espíritu. Es una admiración que lleva a Jordi Ibáñez Fanés a modificar con intención y conciencia el ritmo de la prosa para alejarla elegante y discretamente del ritmo propio de la lengua y aproximarla a los párrafos circulares, laberínticos, feroces y nerviosos que marcaron la narrativa de Thomas Bernhard.

Externamente, la historia que se narra en Una vida al carrer es fácil de resumir: Una tarde de septiembre, el protagonista decide convertirse en un hombre de la multitud y se deja arrastrar por la marea humana que circula por las avenidas principales de Barcelona. Pero ya se sabe que cuando se camina y se contempla el escenario circundante se activan las moléculas del pensamiento, que la memoria funciona de forma casual, que un detalle visto sin querer trae hechos e imágenes reales o soñadas, que aparece lo que el narrador llama “recuerdo por delegación”, recuerdos no vividos que sólo se conocen porque alguien se los ha explicado. Y éste es justamente el detonante de Una vida al carrer, el motivo que origina el torrente de reflexiones, teorías y conjeturas que se enrocan una detrás de otra con la intención de descubrir algún secreto sobre los dibujos que configuran las vidas, sobre los silencios que asedian cualquier existencia, sobre el pasado y sobre la nitidez moral que puede ofrecer el ejercicio meditativo. Una vida al carrer sólo adquiere un pleno sentido si el lector se deja secuestrar por el talentoso ritmo estilístico que crea Jordi Ibáñez Fanés, si se sumerge en la cascada imparable de relaciones de ideas que se inventa el narrador, como si quisiera combatir el vendaval de locura dolorosa y lúcida, cerca del delirio o de la derrota moral, que aparece en cada página. Más allá de los puros intereses anecdóticos de la historia, lo que interesa contemplar aquí es el desvario subterráneo que llena cada secuencia, las peripecias de la inteligencia mientras busca agarrarse a algún síntoma de solidez vital, el naufragio de unos valores que quizá nunca se han conocido mediante la experiencia personal sino gracias a un ejército de recuerdos interpuestos.

Jordi Ibáñez Fanés, con Una vida al carrer, da una lección sobre el uso efectivo de otras fórmulas narrativas, enseña cómo se pueden practicar, con la máxima dignidad estética y el mayor rigor posible, unos pasos diferentes de los que marcan la tradición literaria catalana, dejando atrás la “bonhomia” y el costumbrismo sarcástico, los aires épicos y las sagas familiares. La lección más seductoramente productiva y eterna es que Una vida al carrer proporciona la certeza de que la literatura puede también pisar con exigencia el territorio del pensamiento, que puede generar reflexiones ensayísticas sobre las líneas de la vida. Una de las gracias de escribir literatura, al fin y al cabo, es que no se ha de defender ninguna opinión ni ninguna idea con un sistema filosófico cerrado: hay más que suficiente con que cada frase presente la máxima aspiración estilística, y eso es lo que hace con éxito Jordi Ibáñez Fanés.

 

PONÇ PUIGDEVALL (1963) es crítico literario, y autor de Un silenci sec (Eliseu Climent, 1992), Era un secret (Quaderns Crema, 1998) y Àlbum Galmés (Quaderns Crema, 2002).

El jurado del II Premio Lateral de Narrativa en su versión de Literatura Catalana está integrado por: Anna Maria Gil, Joan Josep Isern, Manuel Ollé, Ponç Puigdevall y Mihály Dés.

     
   
 
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