nº 126
JUNIO 2005
 
 
Debates
 

Ray Loriga
Escritor en fuga

QUIM PÉREZ

El hombre que inventó Manhattan (El Aleph, 2004) ha sido elegido como el mejor libro en castellano del año 2004 en el II Premio Lateral de Narrativa. Se trata de un texto entre la novela y el libro de relatos que representa Manhattan de forma fragmentada. Resultaron finalistas Mercedes Cebrián y Abilio Estévez.

Dónde está Ray Loriga? Estaba allí ¿Dónde? Allí, allí ¿No lo ves? No, ya no está.” Una conversación como la ficticia que antecede sería lo que obtendríamos al intentar determinar el lugar que Ray Loriga (Madrid, 1967) ocupa en la narrativa española actual. Loriga es un eminente representante de la especie de los “escritores en fuga”. Si el Ray Loriga escritor –dejaremos de lado, por el momento, al director y al guionista que también conviven en él– ha demostrado una obsesión, ésta ha sido la de desmarcarse de cualquier etiqueta que le han querido colgar. De este modo, título a título, ha escrito cómo y sobre aquello que le ha venido en gana. “Me gusta cambiar y girar para encontrar nuevos terrenos de duda. Es bueno que el escritor esté desconcertado”, ha declarado.

El aforismo fundacional de esta revista reza que “... Todos los auténticos saltos se realizan lateralmente [...] Lo decisivo es el saber torcido y sobre todo, lateral”. Entonces, según este aforismo acuñado por Elias Canetti, convendremos que el Premio Lateral de Narrativa Hispánica otorgado a Ray Loriga por El hombre que inventó Manhattan (El Aleph, 2004) – “Foco Lateral” en Lateral, nº111– ha tenido el acierto de recaer en un escritor que encarna inequívocamente los valores señeros de la propia revista.

El aspecto entre taimado tahúr, sobrino del diablo y malo del baile que ahora luce Loriga casa bien con su caracterización como driblador nato. Loriga deja tras de sí un buen rastro de esquinas dobladas y de amagos en una dirección para salir a la carrera por la dirección opuesta. Esto ha sido así desde la tripleta inicial formada por Lo peor de todo (Debate, 1992), Héroes (Plaza y Janés, 1994) y Caídos del Cielo (Plaza y Janés, 1995). Las estructuras de las dos primeras son más narrativas, mientras que la tercera se asemeja más a una película. Eso sí, las tres fueron encumbradas como hitos fundacionales de una nueva generación de jóvenes narradores. Al mito contribuyó el propio autor luciendo look desaliñado, rebelde y, ante todo, joven, en la portada de su segundo libro. Aún más ayudó la necesidad del mercado editorial de encontrar un público joven. En esta primera etapa Loriga ensayaba un tono narrativo muy fresco, aunque algo sentencioso, pero muy acorde con la imagen descarada que el propio escritor proyectaba; mediado todo por la lectura cómplice de Raymond Carver y Charles Bukowski. La adaptación cinematográfica de Caídos del cielo, dirigida por el propio escritor en 1997 con el título de La pistola de mi hermano cierra este primer ciclo.

Con Tokio ya no nos quiere (Plaza y Janés, 1999) Loriga consigue despistar a propios y extraños. Se trata de una novela futurista, con esqueleto de road movie, al estilo de las de J. G. Ballard y Joseph Conrad, que contiene una poderosa reflexión sobre la necesidad del olvido para vivir como condición y posibilidad de la existencia; y no otro supuesto manifiesto generacional tal y cómo algunos esperaban. Trífero (Destino, 2000) es otro zigzag inesperado ya que se trata de un artilugio narrativo complejo con aroma de Nabokov. El protagonista del título es un charlatán que logra engañar a la comunidad científica americana con sus falsas teorías, más preñadas de imaginación que de método científico. Finalmente, es desenmascarado y la pérdida de todo crédito lo aboca a buscar una redención moral.

Con El hombre que inventó Manhattan, Loriga se incorpora a la larga nómina de “cronistas de la Gran Manzana” con una novela coral, fragmentaria, al estilo de Robert Altman adaptando a Raymond Carver o de John Dos Passos. En ella convoca buena parte de los lugares comunes de lo neoyorquino y, sobre todo, luce una prosa madura y personal, alejada de la frase ocurrente y del ritmo sincopado que tanto abundaban en sus anteriores obras.

Al tiempo de recibir el Premio Lateral, Loriga anda metido en harina de lo que supondrá la prolongación de su carrera como director con una adaptación de una etapa de la vida de santa Teresa de Jesús. Concretamente, la que ocupa el periodo de El libro de la vida, concluido en 1562, y en la cual la escritora del Siglo de Oro español, interpretada por Paz Vega, transita de la juventud a la madurez. Este retorno a la tradición literaria española, realizado por una vía de acceso lateral como es un biopic, y no la adaptación de una obra literaria, corrobora de algún modo el camino ya emprendido con la prosa de El hombre que inventó Manhattan: mucho más cercano a la tradición española de lo que había estado antes. Y, también, una vez más, vuelve a despistar a aquellos que esperaban otra cosa.

Después de tanto giro y de tanta vuelta, cabe preguntarse si Ray Loriga tiene un mínimo común denominador o si, por el contrario, se trata de un escritor que baila al son que él mismo se impone en cada momento. Habrá tiempo para rastrear en sus siete libros publicados hasta la fecha las constantes y las reiteraciones que ofrecen pistas consistentes de su perfil literario. Ahora nos basta con anticipar que la ambición de buscar un paisaje narrativo propio, más allá de lo que el público lector y la crítica especializada esperan, constituye el rasgo más destacado y admirable de la ética literaria de Ray Loriga.

 

QUIM PÉREZ. (Santa Coloma de Gramenet, 1971) es crítico literario.

El jurado del II Premio Lateral de Narrativa en su versión de Literatura Hispánica está integrado por: Mihály Dés, Mathias Enard, Robert Juan-Cantavella, Quim Pérez, Ana Sousa, Juan Trejo y Juan Gabriel Vásquez.

     
   
 
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