nº 126
JUNIO 2005
 
 
Debates
 

Viaje al fin de los Andes
FABRIZIO MEJÍA MADRID


Este cronista ha llegado al país donde todo gira en torno a estar a favor o en contra de Hugo Chávez. Su Virgilio tropical es un taxista que le ayuda a cruzar los Andes hacia Mérida. Son 700 kilómetros de esperanzas revolucionarias, hijos despedidos, bancos quebrados, música anti imperialista y una única sopa con sabor a petróleo.

 

Sentí la humedad y supe que estaba, por fin, en Venezuela. Y voy hacia ella pero el guardia me ve dudando ante la puerta. Lo miro viéndome dudar. Hace una señal con el brazo como abanicándole el paso a un ejército invisible detrás de él. Y en tres segundos un negro larguirucho me tiene de un brazo:

—Vengo de México –me defiendo apelando al espíritu bolivariano, esa fe en que argentinos y cubanos hablan el mismo idioma–. Voy a la Bienal de Literatura en Mérida, en Los Andes.

El negro, vestido de caqui, me empuja hacia los pasillos del aeropuerto de Maiquetía como si entre sus manos tuviera a un baleado en el estómago y él fuera el enfermero de turno.

—Oiga –quiero reaccionar a paso veloz–. A lo mejor alguien me está esperando con uno de esos letreritos, a lo mejor mi nombre está en uno de ellos.

—¿Cómo te llamas, pana?

Le digo.

—No hay ningún Faucirio –asevera sin siquiera voltear a ver a la multitud de gente esperando, desconcertada, con carteles de personas que nunca han visto en su vida.

Fauricio, así me llamo en el país donde resultan normales los Erwins y las Giocondas. Pero no puedo pensar siquiera en eso pues me compele a comprar una tarjeta de teléfono Cantv y a cambiar todos mis dólares en bolívares. No alcanzo ni a sospechar que tiene un arreglo con la agencia de viajes frente a la que me ha plantado. Una vez devaluada mi moneda, finalmente me suelta. Está satisfecho:

—Ahora puedes hacer dos cosas, pana: hablar por teléfono con quien no te vino a recoger al aeropuerto o ir a comprarte un boleto de avión para los Andes. Bienvenido a la República Bolivariana de Venezuela.

No tuve tiempo de reflexionar sobre esta neurosis aeroportuaria –¿en qué país un oficial de vigilancia te escolta para que cambies tu dinero?– porque, enseguida que crucé el otro edificio del aeropuerto, el de salidas nacionales, apareció un “auxiliador”: un facilitador de boletos que te cambia dólares hasta por un 30 por ciento más del precio oficial y te hace compañía en la fila. Los “auxiliadores” no son muy discretos a la hora del interrogatorio: te preguntan adónde, con quién, y a qué te dedicas. Algo me inquietó:

—¿No serás periodista, verdad? –dijo subiendo las cejas.

—¿Cara de qué me viste? –le respondo no sin verme la punta de los zapatos.

He llegado al país donde todo gira en torno a estar a favor o en contra de Hugo Chávez y en el que, también, los medios linchan al partido en el poder un día sí y el otro también. Aquí, la palabra “periodista” equivale a opositor. El “auxiliador” no queda contento con mi respuesta y me escudriña el rostro como si de veras la profesión la llevara uno en la cara. Luego comienza una cantaleta sobre cómo no voy a llegar nunca a Mérida: “Por El Vigía no hay paso por las inundaciones. Desapareció una parte de la carretera” o “A esta hora ya no salen vuelos a Los Andes porque baja la neblina” o “Te vas a quedar en Caracas por lo menos un día y es bastante insegura, sobre todo para los turistas, porque, ¿eres turista, verdad?” Hay algo amenazador en este tipo y, sin pensarlo, lo dejo atrás, y salgo a la calle. Me topo con un taxi.

—Llévame a Mérida–le ruego.

—Son como 700 kilómetros. Eso es cruzar siete estados de la república.

—¿Tienes algo mejor que hacer?

 

CHÁVEZ, CHÁVEZ, CHÁVEZ

El taxista que, si estuviéramos en México o Sao Paulo, pudiera estarme llevando hacia un secuestro, es un ejemplar clásico de chavista: espera a que Hugo Chávez haga algo, ahora que tiene una mayoría absoluta y puede reelegirse casi al infinito. Para él, nada de lo que ha hecho Chávez antes vale para algo, quiere cambios profundos. Me sorprendo porque el mismo presidente se refiere a estos años como una “revolución”, la clase media la toma como una afrenta, y el mundo mira con preocupación petrolera.

—No hay revolución –asegura mientras tratamos de salir del distrito de Caracas rumbo a Miranda–. Parece una revolución con toda la propaganda, pero casi nada ha cambiado.

Visto desde sus ojos, la democracia que rompe el bipartidismo venezolano, estuvo tan cargada de fe que, a la hora de los hechos, nada la satisface. Parece ser un mal de los ciudadanos latinoamericanos: esperar demasiado de sus votos, sacralizar el cambio de partido en el gobierno como la llegada del cielo en la tierra y, posteriormente, vilipendiar a la clase política que no lo consiguió. Para el taxista, llamado Richard, Hugo Chávez ha hecho algunas cosas pertinentes: encabezó el rescate bancario.

—Yo era gerente del Banco Latino –me revela encendiendo un Cónsul al que le da una fumada como de asmático con su aspersor– y un día nos ordenaron subir las tasas. La cosa se puso fuera de control: la gente metía todo su dinero en el banco porque estábamos dando tasas de treinta por ciento. Hubo un momento en que los bancos ya no tuvieron el dinero para pagar y se fugaron los dueños con el dinero. Diecinueve bancos cerraron. El Latino, entre ellos. Me quedé sin trabajo y con los ahorros suficientes para comprarme este taxi.

Entonces me cuenta que estudió para contable como otros taxistas que tienen grados universitarios.

—Ahora hago esto que se parece mucho a lo que siempre quise ser –confiesa mientras entramos a Miranda con una fotografía enorme de Hugo Chávez abrazando al gobernador electo, un joven de gorra de béisbol.

—¿Qué querías ser?

—Piloto de aviones.

El anuncio: “La juventud chavista avanza”.

 

‘TE QUISE DOLOR', CANTABA EL JOROPO

Atravesamos los estados de Carabobo y Cojedes al ritmo de joropo en la radio. Me parece curioso que los venezolanos estén tan metidos en su propia música.

—No hay de otra –dice el taxista Richard–. Por ley, el 50 por ciento tiene que ser música venezolana y, de ésta, el 30 por ciento regional. Al menos se libran de Britney Spears, pienso, pero no quiero que se confunda mi gusto musical con un llamado antimperialista que siempre termina por recordarnos la pérdida de la mitad del país, nos envolvemos en la bandera de cómo nos han chingado, y lo felices que somos los latinoamericanos oyendo requintos y arpas. Se hace un silencio. Pasamos lentamente el tope del puesto militar: los soldados con uniformes de camuflaje nos revisan desde el fondo de lentes oscuros. Paramos entrando en Portuguesa, en un comedero familiar. Mientras se llena el tanque con gasolina, trato de hablar por teléfono a la Universidad de Los Andes. La respuesta que recibo es un tono de fax. Al regresar al taxi, descubro que hay un pasajero más.

—Es la mamá de dos amigos míos– me avisa Richard–. La vamos a dejar a Guarico, que nos queda de camino.

La señora, al principio tensa, está vestida de negro. Debe sudar a mares, pienso. Tras algunos kilómetros empieza a hablar de sus hijos, que viven de ilegales en Poza Rica, Veracruz. Y que quiere ahorrar dinero para visitarlos.

—¿Qué hacen sus hijos, señora? –la interrogo más por decir algo que por genuina curiosidad.

—Son ingenieros petroleros.

—¿Y por qué no trabajan en Petróleos de Venezuela?

—Trabajaban ahí pero, después del paro, los despidieron. Y a la gente que despidieron, la boletinaron, y no pueden volver a trabajar. Por eso se fueron a Pémex.

A lo que se refiere es al paro de dos meses de Pedevesa que terminó cuando Chávez corrió a 19 mil trabajadores por “traición”.

—Dicen que los veracruzanos hablan como los venezolanos –asegura con una sonrisa–. Toda la vaina está en no decir “chévere”, sino “padre”.

—Entonces, usted es antichavista –especulo.

—No –responde la señora–, uno no se niega a tomarse una sopa cuando es la única que hay.

 

LA REVOLUCION ES EL ENCUENTRO ENTRE EL EMPLEADO Y EL RELOJ CHECADOR

Atravesamos el enorme estado de Barinas de nuevo expuestos a la falta de conversación después de más de ocho horas de viaje. Faltaba lo mejor: atravesar los Andes para llegar a Mérida. En todas las entradas de los estados se repitió la fotografía enorme de Hugo Chávez abrazando al gobernador local. De los veintiséis estados, el chavismo domina en todos, salvo en dos. En uno de ellos, el gobernador es el padre del propio Chávez.

—¿Y no lo ven mal? –interrogo a Richard que ha soltado la noticia de la misma manera en que ha hablado de los llanos, los “frailecillos”, o el bosque andino.

—No, el papá dice que le obedece a su hijo como presidente, no como hijo.

—Pero ¿y el nepotismo?

—Los dos fueron electos.

Las preocupaciones mexicanas por los hermanos incómodos, las cónyuges voraces, los parientes pobres que se ponen “donde hay”, están muy lejos de lo que preocupa a Venezuela: que Hugo Chávez haga algo, además de propaganda. Pero, ¿como qué?

—Que haya empleo –es la respuesta contundente que me deja pensando en la democracia como medio que se parte en dos cuando no trae, al menos, una plaza de trabajo. Nos callamos. Y el resto del largo y frío camino a Mérida a través de los Andes lo hicimos en silencio.

 

UN DIÁLOGO CON UNIVERSITARIOS

Son las cuatro de la mañana y el sueño se me ha ido. Deambulo por una ciudad desierta, salvo por los soldados de la guardia nacional y algunos estudiantes ebrios. En la Facultad de Arquitectura veo luz y comienzo a caminar hacia lo que parece un puesto de vigilancia. De ahí sale un tipo con un pasamontañas y un tubo en la mano. Lo primero que pienso, mientras subo ambas manos en son de paz, es que los estudiantes están en huelga. No es así: son los vigilantes sindicalizados los que tienen tomadas algunas escuelas en previsión de que la Universidad contrate guardias privados. No son chavistas ni antichavistas, son antirrector. Del fondo del jardín que sirve de entrada a la facultad emerge, también, una chica que da las explicaciones. Le pregunto si sabe algo de la Bienal de Literatura.

—Yo soy de Caracas. Venimos a apoyar a los trabajadores –dice por toda explicación y, antes de que el tipo me agarre a tubazos, me despido con el taimado: “buenas noches, compañeros”.

 

BYE, BYE, BOLIVAR

En Mérida conocí a los antichavistas. Se llamaba Karina y había firmado para pedir el referéndum que supuestamente revocaría el mandato de Chávez en la presidencia de Venezuela. A partir de ese instante, su vida de 23 años, se complicó: asegura que está boletinado su nombre y que jamás encontrará trabajo. No sólo sufrió su primera derrota política sino que ese momento repercutirá en su vida futura. Karina estudió periodismo pero quiere dedicarse a labores menos riesgosas: curadora de arte o profesora de estudios culturales. Pero ni los museos –que son públicos– la aceptarían ni existen los estudios culturales en Venezuela. Poco a poco, la charla sobre carreras y destinos laborales va cediendo a su pasión: que si Chávez les hizo fraude electoral, que si hay muertos que no tuvieron como consecuencia la renuncia del jefe de la policía, que si el país está confrontado entre pobres y clase media, cultura regional y globalismo, excluidos que ahora excluyen a los antes integrados.

—¿Y por qué no te vas? –le pregunto.

—No podría. El momento es tan importante que no me perdonaría no verlo con mis propios ojos. Y nos despedimos tras varias horas de ese monólogo que comparte la perspectiva, a su pesar, de Hugo Chávez: aquí, está sucediendo la Historia. Y es algo que yo no logro ver.

 

FABRIZIO MEJÍA MADRID (México, 1968). Es colaborador en las revistas Proceso, Letras Libres, Gatopardo, DF, Chilango, y el suplemento El Ángel del periódico Reforma. Ha publicado los libros de crónicas Pequeños actos de desobediencia civil (1996), Entre las sábanas (1995), y las novelas, Viaje alrededor de mi padre (2004)y Hombre al agua (Planeta, 2004), Premio Antonin Artaud 2004 que será publicado en Francia este año.

     
   
 
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