nº 127-128
JULIO-AGOSTo 2005
 
 
Debates
 

Beber moja el interior de la boca
ROBERT JUAN-CANTAVELLA

Decía Thomas Mann: “Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería para mí un día absolutamente vacío e insípido y si por la mañana tuviese que decirme hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor de levantarme”.

Dicen las estadísticas que en el año 2000 los ingresos fiscales por tabaco permitieron al Estado embolsarse más de 4.400 millones de euros en concepto de Impuesto Especial por Labores del Tabaco, más de 1.200 en concepto de IVA y más de 280 en concepto de Impuesto de Sociedades e IRPF.

Decía Julio Ramón Ribeyro: “Fumar apoyado en la borda del trasatlántico mirando los peces voladores del Caribe o hacerlo de noche en el bar de segunda jugando una encarnizada partida de dados con una banda de pasajeros mafiosos. Era lindo, lo reconozco”.

Dice el Banco Mundial que los costes económicos que causan los fumadores a sus gobiernos y a los empleadores son tremebundos, en concepto de: gastos de la Seguridad Social, pérdidas en la balanza comercial al importar cigarrillos, pérdida de tierras donde se podrían cultivar otras cosas –alimentos, por ejemplo, o amapolas o gladiolos–, costes por incendios y daños en los edificios –no me lo invento–, absentismo laboral –sí, eso dice el Banco Mundial–, disminución de la productividad y otros pecados.

Decía Vicente Verdú que “fumar, sirve para conjurar la angustia de no hacer nada durante los momentos en los que no hay nada que hacer”.

Dice el Presidente del Comité Nacional de Prevención del Tabaquismo Rodrigo Córdoba García que las medidas antitabaco de carácter fundamentalista que se están poniendo en práctica de un tiempo a esta parte son “acciones con las que está de acuerdo la inmensa mayoría de los españoles, tanto si fuman como si no”.

Decía Molière que “diga lo que diga Aristóteles y toda la literatura, no hay nada comparable al tabaco... Quien vive sin tabaco, no merece vivir”.

Dicen las autoridades que no se podrá fumar en los bares (de momento no se ha prohibido cortar el pelo en las peluquerías ni vender grifos a los fontaneros).

Decía André Gide: “Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar”.

Dicen las cajetillas de tabaco en su afán didáctico e ilustrado que “fumar puede matar”, que “la combustión del tabaco produce humo” y, supongo que próximamente, que “beber moja el interior de la boca”.

En esta contienda que nos ha traído el neopuritanismo de los últimos tiempos, está en juego, además de la salud física del ciudadano, también su salud mental. Así pues, que cada cual escoja su bando –como diría el ilustre presidente de comité– “tanto si fuma como si no”.

 

     
   
 
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