nº 127-128
JULIO-AGOSTo 2005
 
 
Debates
 

Narrativa hispánica

SIEMPRE ES DIFÍCIL VOLVER A CASA
Antonio dal Masetto
Tropismos
Salamanca, 2004
223 págs., 15 €

Tremendo. La verdad es que después de leer esta novela, uno piensa que lo mejor es no moverse de casa. Aunque uno sea el mismísimo Diablo. La trama es bien sencilla: a una población pequeña, donde todo el mundo parece conocerse, llegan cuatro tipos con matices siniestros, que vienen de quién sabe dónde con intenciones de robar el banco; un mal tropiezo da al traste con el robo y entonces se inicia el hostigamiento hacia ellos, una persecución inmisericorde sin visos de sentimiento alguno. Sin embargo, ante esta trama y una estructura lineal, también sencilla en apariencia, Antonio dal Masetto recurre a unos cambios de registro que el lector apenas percibe hasta que ha acabado la novela y la revisa en la memoria. Lo que empieza como unos cuadros en los que no dejan de entrar y salir personajes –con una sucesión de frases cortas, cada una de las cuales contiene un dato que da realismo a la situación– da pie a un robo y a un acoso que tienen lugar a toda pastilla, y de ahí a una serie de secuencias paralelas que terminan en un escalonamiento de desenlaces pavorosos.

Dal Masetto hace funcionar a la perfección los recursos característicos de la novela negra, como los seres sin rostro –señal de que se desconoce su pasado pero se intuye turbio–, el lugar aislado donde cualquier cosa con la que nos vayamos a topar será posible, los diálogos irónicos y veloces, las secuencias de sexo, y una cáfila de personajes de lo más variopinto –ingenieros, curas, desengañadas, vagabundos, médicos, jinetes, ancianos, niños, bebedores, monjas, ciegas–, cada uno más grotesco que el anterior, en una propuesta de juego con el lector, quien se ve tentado a ir colocando adjetivos para definir a esta caterva que es la verdadera protagonista de la novela. En efecto, el ser central de la narración es Bosque, la población, que reacciona ante los ataques como una hermosa planta carnívora que levanta sus defensas y saca a flote su veneno para devorar a las avispas y no dejar de ellas ni los huesos. Bosque es un lugar impermeable, endogámico y de una violencia latente, peligrosa para quienes la ignoran. Lo mejor, como hace una de las mujeres encerradas de forma absurdamente claustrofóbica en la ciudad, es adaptarse a sus exigencias.

Una cosa más: Dal Masetto sabe escribir con muchos registros, como demuestra en ciertas transiciones en las que nos ayuda a descansar de la rapidez narrativa gracias a cuadros, recuerdos o sensaciones que podrían estar junto a la mejor prosa de Onetti.
RICARDO MARTÍNEZ LLORCA

EL TURNO DEL ESCRIBA
Graciela Montes y Ema Wolf
Alfaguara
Madrid, 2005
258 págs., 19 €

No hay duda de que el género histórico ocupa un lugar prominente en las actuales estanterías de bestsellers. Un ejemplo más de ello podría ser esta novela, El turno del escriba. Alfaguara ha apostado fuerte por ella al premiarla con el Alfaguara de novela. Las argentinas Graciela Montes y Ema Wolf, cultivadoras de relatos infantiles y juveniles, narran una historia que pudiera tener todos los ingredientes de un éxito comercial alla El nombre de la rosa. Rustichello, escriba pisano que lleva encerrado en una prisión de Génova catorce años, recibe a un nuevo compañero de celda: Marco Polo. A partir de este encuentro, los esfuerzos y las esperanzas de liberación del copista se concentran en la escritura de los recuerdos del viajero.

La tentativa más interesante de la novela es la recreación de la ruptura que supuso, para el universo físico y mental del siglo xiii, la aparición de los relatos de viajeros que venían de Oriente. En estos relatos se describían extrañas floras y faunas, fascinantes paisajes y nuevas formas de vida social que resituaban la posición del hombre en el mundo o, como dice el narrador, obligaban a Rustichello a advertir que “quizás su panino no fuera bastante amplio como para abarcar lo existente”.

Ahora bien, los copiosísimos datos recopilados por las autoras para la reconstrucción histórica carecen de una síntesis y de una articulación literaria precisa, es decir, de una trama. Esta carencia lleva al naufragio a algunas páginas dedicadas a largas enumeraciones, meras yuxtaposiciones de datos arquitectónicos, accidentes geográficos o familias nobles. Al fallar la trama, el tiempo narrativo se remansa en la pintura de escenas y entorpece el fluir de la historia. Por ejemplo, la posible (y apasionante) novela dentro de la novela que podría ser el relato del escriba a partir de las experiencias de Marco Polo, queda únicamente esbozada en forma de resúmenes de capítulos aislados, que interesan al lector pero no lo atrapan.

También hay aciertos en la novela, como la posición casi cinematográfica (recuérdese la batalla contra Darío en la última versión de Alejandro Magno) del narrador, que a vista de pájaro, observa y pinta grandes frescos, imprimiendo dinamismo al relato.

En definitiva, parece que el escriba, dedicado al asentamiento de datos, usurpó el lugar a estas novelistas.
ALBERTO CATURLA

SORBED MI SEXO
Milo J. Krmpotic
Caballo de Troya
Madrid, 2005
192 págs.,11 €

Tras su paso por la narrativa juvenil, el barcelonés Milo J. Krmpotic (1974) se estrena en la literatura para adultos con Sorbed mi sexo, última apuesta de Caballo de Troya, sello con que el infatigable editor Constantino Bértolo pretende llamar la atención sobre los nuevos autores a tener en cuenta.

En Sorbed mi sexo, Krmpotic propone un acercamiento a la figura del malogrado cocinero francés Paul Boissel, famoso en los años setenta por sus performances de cocina erótica, aunque especialmente recordado por las circunstancias de su muerte: caído en desgracia, a los 49 años de edad Boissel se cercena el pene y se deja morir en su apartamento de París. Sin perder nunca de vista este hecho definitivo, la novela adopta la forma de una heterogénea investigación –que ocupará tres años al narrador, álter ego del autor– con el objeto de reconstruir la biografía del suicida. Para este fin el Krmpotic narrador se vale básicamente de dos fuentes: más de un centenar de entrevistas realizadas a familiares, amigos y conocidos del cocinero y los Cuadernos del propio Boissel, publicados tras su muerte.

Quienes conozcan lo que hicieron Julian Barnes y Pierre Michon con sus respectivas biografías de Flaubert y Rimbaud, extraordinarias ambas, podrán hacerse una idea bastante aproximada del artefacto narrativo que ha urdido el autor. Sorbed mi sexo no alcanza la calidad global de aquéllas, pero sí consigue momentos de notable inteligencia literaria, manejando con oficio recursos como la perspectiva múltiple y la fragmentación. Aunque los dos rasgos que a mi entender mejor definen el estilo de Krmpotic son la precisión y pulcritud en el uso del lenguaje y la elusión de la representación directa de lo narrado, esto
es, el uso del desvío y el circunloquio.

Para tratarse de una primera novela pocas cosas pueden anotarse en el debe del autor. Acaso su excesivo afán por resultar brillante; como si Krmpotic se hubiera exigido convertir cada una de sus frases en una pieza de ingeniería. La contrapartida a esta brillantez es que en algunos tramos la técnica y la lengua ahogan a la historia, lo que también obliga a un esfuerzo de lectura que lectores poco entrenados difícilmente aceptarán.

Hay un último asunto –que de algún modo también es el primero–, del que no voy a dar pistas para que sea el propio lector quien lo descubra. Este asunto tiene que ver con los estatutos de la realidad y la ficción. Sólo advertiré que la novela desborda el ámbito usual reservado al texto novelístico, por lo que el lector hará bien no pasando por alto ninguna de las páginas impresas del volumen. De este modo dispondrá de todos los elementos para apreciar en toda su complejidad el ingenioso juego metaliterario que Krmpotic ha escrito con seriedad y rigor.
FRANCESC NADAL

Narrativa extranjera

LA MESA LIMÓN
Julian Barnes
Trad. de Jaime Zulaika
Anagrama
Barcelona, 2005
234 págs., 15 €

Es difícil que alguien no sepa quién es Julian Barnes y, sin embargo, un lector desavisado que eche una mirada a las novedades de cualquier librería podría pensar que La mesa limón es sólo un libro más de cuentos de otro autor inglés, nada extraordinario ni novedoso, pues ya se sabe, hoy en día la literatura británica está de capa caída. A ese lector tan seguro de sí mismo, de sus gustos y su criterio, pero que, no es menos cierto, apenas lee ya porque las prisas de la vida moderna no le dejan. Ese lector que piensa que ya apenas se escriben buenas novelas, a ese lector habría que decirle que La mesa limón es una colección de cuentos extraordinarios, y que si bien es verdad que no hay un número elevado de escritores buenos, tampoco es menos cierto que nunca los hubo más que en las construcciones históricas de la cultura o de la literatura. Barnes, junto con algunos otros como J.M. Coetzee, Ian McEwan, Salman Rushdie, o Wilson Harris están escribiendo una literatura de alta exigencia en inglés, al nivel de algunos escritores que no dudamos en calificar de clásicos.

Los cuentos tienen un denominador común: el de la vejez, la vida consumida en pos de sueños o frágiles realidades que se desvanecen al menor golpe. La vida no es más que el paso de instantes pero que al final adquieren una cierta nitidez, a veces por los secretos, silencios y sobreentendidos que guardan más que por otras razones más públicas. No hay héroes ni personajes desdichados, sólo una triste mediocridad de las vidas que nunca fueron ni demasiado excesivas ni demasiado escasas. Son historias sencillas pero no exentas de crueldad o dolor o pesar. La experiencia no hace ni más sabio ni más escéptico, acaso sólo logre adelgazar los hilos de la trama porque los sabe innecesarios. De ahí que Barnes se acerque a Chéjov.

La acertada elección de los momentos narrativos, la concisión y el frío escalpelo que aplica a la sociedad, dan la medida de la inteligencia de Barnes, no exenta de un humor que a veces puede llegar a ser vitriólico. La vejez no existe para la sociedad contemporánea. Barnes nos revela algunas de sus facetas, las más oscuras, las más desazonantes.
SANTIAGO RODRÍGUEZ GUERRERO-STRACHÁN

LUCENA
Moshe Benarroch
Trad. de Roser Lluch Oms
Libros del consuelo
Córdoba, 2005
232 págs., 11 €

Lucena es la última novela de Moshe Benarroch, escritor tetuaní que ha publicado en hebreo, inglés y castellano. Esta última, ha sido traducida directamente del hebreo por Roser Lluch Oms.

Lucena es también una ciudad del sur de España que fue destruida por los musulmanes en 1150. Allí, en Elihoshaana, empezó la hegemonía del judaísmo en Sefarad y terminó la de Babilonia: “Ciento cincuenta años de una ciudad judía, fuerte y próspera, la ciudad de la fe y el culto a Dios”. Una ciudad de antepasados, de poetas y rabinos, que pasa a ser el espacio mítico y auténtico protagonista de la obra.

La novela se abre con un adinerado empresario actual, cansado de lo que le rodea, que viaja desde México a Lucena para conocer sus raíces y que, a través de un viaje en el tiempo, es presentado de manera absurda delante de la Inquisición. A esta historia la siguen una serie de relatos donde el tiempo y el espacio son símbolos de vida y de muerte. Todos los cuentos mantienen una estructura diferente repleta de acciones e ideas que van desde lo más kafkiano al tema del escritor como profesión.

Lucena nos vuelve a demostrar que el género novela tiene lugar para todo. Compuesta de ocho poemas y 48 relatos con tramas y diálogos variados, cada capítulo está enfocado desde una perspectiva diferente. Todo eclipsado por una lengua rápida y sencilla que gana en estilo y frescura en los poemas. El narrador se desmiembra en una larga serie de voces que, en la mayoría de los casos, nos hablan desde el pasado. Una de las citas que abre el libro ya anuncia el tema de la obra: “El pasado es un cuento que cambia sin parar”, de Mois Benzimra. Y es que Lucena se convierte en un viaje al espíritu sefardí de aquellos días, en una introspección al judaísmo y el catolicismo del sefardismo, cuyos escenarios son España, Portugal, Marruecos, Grecia, Turquía e Israel.

Benarroch invita a que nos paseemos por la memoria del pueblo judío, adentrándonos en un diálogo con el sefardismo y su decadencia fuera de las fronteras españolas, desde el pasado medieval hasta el Holocausto. Una manera de hacer ficción sobre la historia.
ESTER PINO

EL BOMBAY DE BAUMGARTNER
Anita Desai
Trad. de Gian Castelli
Alianza, Madrid, 2004
365 págs., 18 €

Uno de los rasgos característicos en la obra de Anita Desai (India, 1937) es el cuidado del punto de vista. En El Bombay de Baumgartner, éste aparece como motor y propósito último de la novela. Hugo Baumgartner, judío y alemán, se desplaza a la India en plena efervescencia del nazismo. Durante la II Guerra Mundial es recluido en un campo de concentración por la administración colonial. Tras concluir la guerra reemprende sus negocios y permanece en el país 50 años. Al final de ese periplo lo encuentra el lector, recordando su historia frente a una taza de té.

Si hay una frase que defina a Baumgartner sería: “La ignorancia era […] su patria, y en ella vivía sumido en la familiaridad, la resignación y el alivio” [p. 343]. Su mirada es el centro de la novela, y esa mirada pasa por la superficie de las cosas sin detenerse. El Holocausto, la guerra, las masacres de la Partición, ocurren a su alrededor pero él ni participa ni las comprende. No deja jamás de ser un firanghi –un extranjero, un extraño–, en la Alemania de Hitler y en la India, y ese distanciamiento respecto al entorno revierte en la novela a través del tratamiento del punto de vista.

Anita Desai se propuso en El Bombay de Baumgartner llevar a cabo un ejercicio literario extremo, aunque sin socavar en exceso su tendencia a un clasicismo decimonónico. Pese al valor del intento, la atención al punto de vista limita el desarrollo del texto en otros sentidos. El mundo evoluciona, la India experimenta cambios dramáticos, pero el protagonista –y su mirada– permanecen estáticos. Los personajes resultan demasiado planos y el exiguo mundo interior de Baumgartner no acaba de rescatar la novela de la monotonía. Sin apenas desarrollo de la acción, el final parece abrupto, injustificado. Aun así, y aunque no alcanza los logros de En custodia –la obra maestra de Desai–, El Bombay de Baumgartner cuenta al menos con dos alicientes: un planteamiento insólito –la percepción de la India por un judío berlinés–, y la habitual pericia de su autora para sumergir al lector en los ambientes y personalidades que recrea.
Una nota sobre la traducción: donde dice “hindú”, léase “indio”. No se confunda la religión con la nacionalidad.
MAGDA COSTA

SOY CHARLOTTE SIMMONS
Tom Wolfe
Trad. de Eduardo Iriarte y Carlos Mayor
Ediciones B
Barcelona, 2005
900 págs., 25 €

En esta obra, Wolfe se las quiere ver con el universo universitario yanqui, aprovechando para reflejar fielmente la jerga adolescente, jerga que parece justificar, ante la ausencia de otro argumento, el mamotreto de 680 páginas –casi un tercio más en la versión española, imponiéndose pues la versión original aunque sólo sea por una cuestión de peso. Dos cosas tengo en contra de esta novela:

1. El tipo asegura haberse documentado “mogollón”, visitando universidades y demás. Si es así, lamento su pérdida de tiempo: podía haber conseguido la misma fiabilidad dedicándole un fin de semana justito a visionar varias películas del subgénero universitario/bachiller descerebrado. Empezando por la trama (garrula de pueblo superlista y puritana llega a universidad de élite para vérselas con la frivolidad y el libertinaje del entorno académico) y terminando en la mayoría de situaciones, tópicas hasta la náusea (la compañera pija que regresa a la mesa tras haber vomitado la comida recién ingerida; el padre de la protagonista, socialmente torpe pero noblote; la clase impartida sobre Madame Bovary… ¡Dios mío, otro novelista dedicando un capítulo a jóvenes apasionados por Madame Bovary! ¡Socorro!), aquí nada es original ni distintivo.

2. No es una novela. Wolfe escribe como si hubiera seleccionado varias escenas cinematográficas y se limitara a describirlas “visualmente”, con una atención al detalle irrelevante y una torpeza narrativa dignas de asombro. Cuando los pueblerinos padres de la heroína se niegan a aceptar los servicios de un voluntario en la universidad creyendo que el chico se está buscando un sobresueldo, la previsible trama nos muestra al muchacho ayudando a otros padres y retirándose sin pedir propina: el narrador se ve obligado a explicitar el significado de la mirada entre sus personajes, por si el lector es idiota y no lo ha comprendido; o, maravilla de la vergüenza ajena, Wolfe se atreve a plasmar al pie de la letra una chirriante secuencia que ni el maestro John Hugues hubiera considerado en sus peores tiempos: el celebérrimo momento en que el chico sensible finge ser idiota (dando una respuesta errónea al profesor) para que su pandilla le acepte.

Creo que Wolfe sí echó mano de varios teenager films para escribir su “película”. Y yo de ustedes haría lo mismo: alquílense el fin de semana algunos de mis títulos favoritos, como Chicas malas (de argumento casi idéntico, por cierto), Hoy mojamos, Este cuerpo no es el mío o la seminal El club de los cinco: cualquiera de ellas cuenta mejor lo que cuenta Wolfe, y cada una sólo les tomará una escasa hora y media, y no, Santo Cielo, novecientas páginas.
HERNÁN MIGOYA

Poesía

LA PIEDRA ALADA
José Watanabe
Pre-Textos
Valencia, 2005
59 págs., 9 €

La piedra alada es la más reciente publicación del poeta peruano José Watanabe (Laredo, 1946), una de las voces vivas más reveladoras de la poesía hispanoamericana. De ascendencia japonesa, Watanabe, ha sabido explotar la experiencia de dos mundos –dos culturas– encontrados, para crear un lenguaje personal, de insólita belleza naturalista y singular capacidad de observación, logrando así una poesía tan cotidiana como trascendente.

En el Perú, Watanabe, que comenzó a publicar en la década de los setenta, se ganó la admiración de sus contemporáneos al ofrecer una poesía con una personalidad que escapaba de las tendencias imperantes en el panorama poético local, que se debatía entre los lenguajes más crudos y viscerales de la poesía de temática más o menos social, y el coloquialismo irónico de sensibilidad e influencia anglosajona. Sus escasas y contundentes publicaciones posteriores no hicieron más que alimentar su leyenda de poeta ajeno al devenir del mercado editorial al punto que, hoy, Watanabe es un referente ineludible para las generaciones nuevas que ven en su poesía un verdadero paradigma de la insularidad como destino poético.

En La piedra alada, nos ofrece una vez más una poesía que es testimonio de una postura reflexiva de cara a la naturaleza. Sin embargo, ahora la voz se presenta más sabia, más sólida, como la piedra protagonista de sus poemas, un ente aparentemente inocuo que a través de su mirada es capaz de connotar en diferentes contextos las cuestiones más esenciales de la humanidad. Para esto el poeta no busca la palabra artificiosa, al contrario, acude a la palabra simple pero cargada de contenido y genera imágenes que nos impulsan a releer el mundo, imágenes que parecen dormidas dentro de cada cosa esperando despertar a través de sus versos, y en las que no reparamos tal vez por su propia inmediatez. En estas circunstancias su poesía se yergue como testimonio de una naturaleza que habla y enseña sobre ella misma en una actitud animista: una voz cargada de sabiduría.
Luis Miguel Hermoza M.

LOS TREINTA Y TRES NOMBRES DE DIOS
Marguerite Yourcenar
Traducción y prólogo de Silvia Barón
Reverso
Barcelona, 2005
78 págs., 14 €

El prólogo que escribe la traductora de la poesía de Marguerite Yourcenar (1903-1987), la argentina Silvia Barón, es como la página de un diario que detalla las impresiones que le produjeron aquellos días del verano de 1983 en la casa de la escritora en la costa noreste de los Estados Unidos. Allí pasó un tiempo con el objeto de supervisar, ambas, la traducción de las obras completas de su teatro. Tras su regreso a París, Silvia Barón recibió en su casa un manuscrito titulado Les trente-trois noms de Dieu, una serie de poemas breves, sin puntuación, a veces con una sola palabra en medio de la hoja. Yourcenar le pedía que los tradujese al español, lengua que la desaparecida escritora adoraba. Desgraciadamente no pudo llegar a leerlos traducidos. Fueron publicados originalmente en la revista N.R.F. en 1986. Sí pudo llegar a ver en 1983 la traducción de su obra poética Las caridades de Alcipo y otros poemas que publicó la editorial Visor. Estos poemas, en una cantidad menor, se editaron por primera vez en Bélgica en 1956 con una tirada muy reducida. En ellos ya estaban los grandes temas de Yourcenar “bañados en la luz del mar Egeo”.

Los treinta y tres nombres de Dios es un conjunto de poemas basados en una serie de intuiciones relacionadas con la sorpresa de vivir cada día, que se manifiestan como si fueran pinceladas en la página en blanco. Son muy distintos tanto en su concepción formal como temática a su anterior obra. El primer poema dice: “Mar de mañana”. Y el instante se plasma en el lector. Existe un estado de unión mística con la naturaleza al que se accede mediante un sinfín de iluminaciones repentinas, como si se abriese una ventana para retener en la memoria el paisaje escrito (no descrito). El ruido del agua sobre una piedra, el sol, la hierba, la intensidad de algunos colores se reflejan como percepciones de una parte de la “realidad”. No media el tiempo, porque son instantáneas. No hay “yo”, porque lo observado es devuelto en un instante gracias a la escritura: “La mirada / y lo que mira”. Más bien se asemejan al ritmo del haikú en la búsqueda de la iluminación del instante y en la ausencia de construcciones complejas. En la mejor tradición panteísta oriental esta serie de versos nos dejan una sensación de bienestar. Sorprende que en tan condensados instantes se pueda sentir en toda su plenitud la sensación de estar viva. “Sol naciente/ sobre un lago/ aún helado/ a medias”. Como ella misma los subtituló, este libro es un ensayo de un día sin fecha y sin pronombre personal. Es una pequeña maravilla.
CONCHA GARCÍA

Ensayo

LOS ENSAYOS: EL FURGÓN DE COLA, CRÓNICAS SARRACINAS, CONTRACORRIENTES
Juan Goytisolo
Península
Barcelona, 2005
623 págs., 24 €

Mientras aguardamos la aparición de las obras completas de Juan Goytisolo, que Galaxia Gutemberg iniciará a finales de año, la editorial Península vuelve a ofrecernos en un único volumen varias obras suyas. La iniciativa comenzó con la unificación de las dos partes de sus memorias en un libro único, y siguió con el ahora denominado Tríptico del Mal (Señas de identidad, Don Julián, Juan sin tierra). Prosigue con esta trilogía de libros de ensayos, a mi entender los más importantes del autor.

El volumen ofrece múltiples facetas de una de las obras y figuras más desafiantes de la modernidad hispánica. Entre ellas, la relacionada con el viaje –teoría y práctica–. En El furgón de cola, de 1967, por ejemplo, hay varios ensayos y artículos de los años sesenta que refieren a los viajes por el sur español de Goytisolo. El inicio de su proyecto de exploración literaria del Sur entendido como periferia (lugar de redefinición) de Occidente. En ellos utiliza una formulación problemática para referirse al descubrimiento de la pobreza por parte de Brenan y de él mismo: “estética de la pobreza”; aunque la distancie del “misticismo egocéntrico del Noventa y Ocho por la Meseta castellana, anacrónico ya en el tiempo de sus primeras manifestaciones”. Un problema que acompañará al conjunto de su proyecto literario: denuncia de la pobreza / atracción por la miseria. Señalo esto porque constituye una de las múltiples contradicciones de la obra goytisoliana. Ellas son su motor. Pero es de justicia señalarlas, ahora que la canonización (Premio Juan Rulfo, obras completas) parece ya incuestionable.

En 1981 Goytisolo publicó su más importante reflexión teórica sobre la literatura de viajes: Crónicas sarracinas. Todo el volumen contrae una deuda explícita con Orientalismo de Said. De él se parte hacia una lectura del orientalismo español y de algunos autores europeos que no por casualidad pertenecen respectivamente a las tres tradiciones culturales más importantes del viejo continente: Burton, Flaubert y Marx. Entre esas piezas destaca una absolutamente autorreflexiva que abunda en el afán de Goytisolo por crear su propio contexto de lectura y recepción: “De Don Julián a Makbara: una posible lectura orientalista”. Pero todos los ensayos –que no en vano incluyen comentarios personales y comparaciones entre las impresiones de viajeros o escritores como Alí Bey, Juan Ruiz o los antes citados con las del propio Goytisolo por los mismos paisajes–, devienen al cabo tanto una hoja de ruta de las lecturas del autor en esa época como una estrategia: la apuesta radical que se consolida en Don Julián y Makbara precisa de la creación de un contexto de lectura, la invención de una tradición propia en que esos textos puedan ser situados y leídos.

En 1985 Goytisolo publicó Contracorrientes, donde destaca un texto titulado precisamente “Espacio en movimiento”. Para entonces la lectura de Walter Benjamin había sido ya asimilada. El libro atestigua esa influencia en profundidad, entre otras. Como cada uno de los tres títulos ahora reunidos por Península, deviene testimonio de una obra en marcha. El continuum goytisoliano.
JORGE CARRIÓN

NIETZSCHE Y EL CÍRCULO VICIOSO
Pierre Klossowski
Trad. de Isidro Herrera
Arena Libros
Madrid, 2004
328 págs., 19,50 €

Del mismo modo que Nietzsche es inclasificable, esta obra de Klossowski también lo es, pues, en rigor, no constituye ni una biografía ni un estricto ensayo filosófico. Pese a ello, a su denso estilo y a los años transcurridos desde su primera edición (Mercure de France, 1969; Seix Barral, 1972), el texto –su forma de indagar el proceso de pensar– sigue siendo muy sugerente.

La obra, que incluye numerosos fragmentos póstumos de Nietzsche, se asienta básicamente en dos propósitos: tratar de precisar cómo genera el filósofo alemán su pensamiento y elucidar sus presupuestos sobre el Eterno Retorno. En el primer caso, Klossowski incidirá en la dependencia del pensamiento de Nietzsche de sus estados valetudinarios (“gira sobre el delirio como su propio eje”). Los impulsos que nacen del caos emocional devienen una suerte de semiótica pulsional. Entre impulsos (de los cuales la voluntad de poder es el primordial) y lenguaje (código que conforma el mundo) se establece una disyunción y un permanente malentendido, dado que el cuerpo “traiciona” al intelecto. ¿Cómo? Enervándolo, suspendiendo o condicionando su pensar, abismándolo en el dolor y deformando la realidad. Sin sus neuralgias y delirios, dice Klossowski, es imposible comprender la lucidez de los escritos de Nietzsche en la época de su estancia en Turín. El Eterno Retorno (circulus vitiosus Deus) será considerado como una suerte de fulgor o éxtasis sólo perceptible por algunos elegidos, donde pasado y futuro coinciden al anularse el tiempo. En consecuencia, la identidad del sujeto desaparece y la existencia carece de sentido.

Hay en este libro una profusión de preguntas: la mayoría incontestables, las menos contestadas por su propia retórica. Klossowski escribe con voz propia, pero, quizá, es demasiado tributario de determinados conceptos de algunos de sus contemporáneos (Bataille, Levinas, Blanchot, Deleuze...). En su prólogo dirá: “pongamos que hemos escrito un estudio falso”. ¿Es ésta una forma de cubrirse las espaldas por el exceso o la evanescencia de sus interpretaciones? No exactamente: se trataría, más bien, de señalar, púdicamente, la imposibilidad del lenguaje (convertido en un signo de sí mismo) para expresar o comunicar la potencia y los efectos perversos de las pulsiones.
ALBERTO HERNANDO

 

¿DÓNDE SE ENCUENTRA LA SABIDURÍA?
Harold Bloom
Trad. de Alou Ramis Damián
Taurus
Madrid, 2005
264 págs., 21 €

Ante la poco fiable marea de teorías y modas que circulan por las facultades y departamentos de estudios literarios –hipersensibles al influjo de la tendencia más post y apocalíptica–, Harold Bloom ha adoptado el papel del tío gruñón que reaparece en las reuniones familares una vez cada año por Navidad. El Ignatius Reilly de la familia de los intelectuales despotrica y se despacha a gusto con implacable sagacidad y lengua viperina en cada uno de sus indolentes retornos. Su último dardo, ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, es una provocación consciente a la posmodernidad multiculturalista que consume sin distinción a Chaucer, Batman, la Cábala y el porno.

Bloom incomoda y escandaliza no tanto por el contenido de sus diatribas como por su capacidad para deconstruir y ridiculizar cualquier ideología o teoría que le contradiga. ¿Dónde se encuentra… bien podría ser un apéndice del Canon (1994), aunque menos prepotente y malicioso. En un momento en el que desde las universidades y otros medios pretendidamente intelectuales se propone un abandono trágico y resignado al avance imparable de la cultura de la imagen (¡seamos todos hermosos y malditos!), ambos libros apuestan sin timidez por valores a la baja: “el esplendor estético, la fuerza del intelecto y la sabiduría”.

¿Dónde se encuentra… habla de los libros en los que podemos aprender a ser hombres. Los tres primeros capitulos están dedicados respectivamente a la Biblia (Job y el Eclesiastés), Platón y Homero, Cervantes y Shakespeare (al que sitúa de nuevo en el centro del canon de la literatura sapiencial desde el Renacimiento). El siguiente grupo de escritores confrontados críticamente son Montaigne y Bacon, Samuel Johnson y Goethe, Emerson y Nietzsche, Freud y Proust, y San Agustín y el Evangelio no canónico de Santo Tomás. El mecanismo de relacionar un autor con otro, Bloom lo usa como una estrategia para entender cada obra por contraste con otra obra (para que se iluminen mutuamente) al margen de la praxis y la metodología de cualquier disciplina.

Cada flagelo bloominiano es un intento por restituir a la experiencia lectora el fundamento que le ha sido cercenado por los cirujanos de la literatura (los lemmings, adoradores de procesos históricos y fanáticos de los estudios de género); esas cuatro palabras en peligro de extinción: curiosidad, intensidad, pasión y soledad.
ARIADNA CASTELLARNAU

LENGUA POR VENIR/LANGUE À VENIR
Jacques Derrida y Hélène Cixous
Trad. de L. Llecha, E.Llarás, C. de Peretti y M.Segarra
Icaria
Barcelona, 2004
158 págs., 12 €

El presente libro reúne a dos escritores-pensadores de gran calado: al desaparecido Jacques Derrida y a Hélène Cixous. El pequeño volumen recoge el Primer Seminario de Barcelona celebrado en marzo de 2002 y pretende ser una muestra del pensamiento de ambos en relación a las teorías de la cultura y de la literatura, así como a los estudios de género. El libro parte de una introducción al pensamiento de Derrida, que consigue abordar con rigor la crucial noción de deconstrucción, a menudo tan malentendida. Hecha esta presentación, a cargo de Cristina de Peretti, el libro incluye otra centrada en la figura de Hélène Cixous, a cargo de Marta Segarra.
El núcleo central lo constituye la reproducción parcial de las dos partes en que se dividió el seminario, que gravita en torno a las preguntas dirigidas a ambos autores. Se presenta en versión francesa, tal y como se produjo en realidad, y en traducción española, lo cual permite hacerse una idea más cabal de no pocas de las sutilezas lingüísticas del discurso vertido en estas páginas.

Algunas de las cuestiones más candentes que son presentadas al lector a lo largo del coloquio guardan relación con la concepción poética de la lengua, entendida en su dimensión “táctil” (Hélène Cixous), y la de la visión de la cultura y la lengua como algo impositivo y colonial (Jacques Derrida), pero la reflexión aborda cuestiones como la diferencia sexual, el “falogocentrismo” lingüístico, el racismo, el colonialismo, la maternidad, la igualdad-diferencia entre sexos... Se abunda en distinciones polémicas como la de uso y lengua, visión esencialista y no esencialista de la misma, etc. Resulta muy interesante, en la réplica de Derrida, su reflexión en torno a la traducción, la dimensión de velo o encubrimiento de lo intraducido en las nuevas versiones de un texto. Derrida afirma que tras la autoridad del ver está siempre la autoridad del tacto, lo cual abre una poderosa vena metafórica de la que también Cixous es exponente: la mirada que toca. Otros asuntos de sumo interés son la cuestión de la renuncia y del dominio, del poder que la lengua posee en relación a quien la habla y a quien la escribe, de la vida independiente de lo producido. Uno de los grandes aciertos del libro consiste en cómo todas estas cuestiones –de índole radicalmente teórica– son reconducidas hacia un nivel de discusión más centrado en el conflicto tangible, político, como sucede aquí al remitir estas cuestiones a las de multiculturalidad, las hegemonías e incluso al abismo teórico que inaugura la cuestión del nazismo. Una obrita, ésta, fundamental para introducirse en el pensamiento de ambos autores y esencial para quien, ya conociéndolos, pretenda seguir el filo de sus reflexiones.
RAMÓN SURROCA

 

Dos ensayos sobre Borges
El Borges que no cesa

CON BORGES
Alberto Manguel
Fotografías de Sara Facio
Alianza, Madrid, 2004
102 págs., 14 €


EL FACTOR BORGES
Alan Pauls
Anagrama, Barcelona, 2004
155 págs., 13,50 €

Con Borges. Contra Borges. A pesar de Borges. Sobre Borges. De Borges. Todas las preposiciones combinan con Borges para afirmarlo, contradecirlo o desbarrar con él como coartada. De más está afirmar que Borges es un clásico; lo que el mercado editorial refrenda por la vía de saturar las mesas de novedades con reediciones y bibliografía secundaria.

Los niños solicitan a los adultos que les lean y relean un cuento sin alterar ni una palabra, mostrándose feroces guardianes de la ortodoxia de la narración. Como si al oír ese relato que ya se saben de memoria se reafirmasen a la vez en su propia identidad y en la estabilidad del mundo. Otro tanto sucede con los lugares comunes de lo borgeano que los ensayos Con Borges de Alberto Manguel y El factor Borges de Alan Pauls recorren, en distinta medida, con puntualidad y solazándose en ellos. Así, asistimos al Borges ciego a edad prematura. Al aleph, la enciclopedia, el laberinto y el infinito. A la pareja de tango literario e intelectual de Bioy Casares. A Funes, el memorioso, y a la biblioteca. Al mejor escritor hispano en inglés. Al más temprano editor de Cortázar. Al hijo de doña Leonor Acevedo. A la tradicional costumbre sueca de negarle el Nobel. A Macedonio Fernández, Buenos Aires y Pierre Menard. A la persona orgullosa de los libros leídos frente a los propios escritos. A El sur. Al furibundo antiperonista. Éstas son algunas de las caras más conocidas del poliedro Borges. Una coincidencia de ambos libros, y de casi todos los que interseccionan con lo borgeano –que vale constatar–, es su estructura fragmentaria y su aspiración a la brevedad y a la ligereza. ¿Al final de todo, no será Borges una acumulación de tópicos? Esto es algo que se puede afirmar sin sonrojo en tanto que también aceptemos que la Vía Láctea es una simple acumulación de cuerpos celestes…

Alberto Manguel fue, entre otros muchos, lector-lazarillo de Borges cuando la ceguera le impedía caminar-leer solo y a Manguel su juventud todavía no le permitía más veleidad literaria que prestar su voz a Kipling o a Henry James, según el capricho del propio Borges. Manguel evoca con lujo de detalles aquellas sesiones de lectura y las impresiones que el personaje dejó en él. Además, Con Borges presenta un paralelismo invertido ciertamente curioso: un bonaerense de nacimiento que escribe en inglés sobre un argentino cuya prosa ha sido la más inglesa de toda Hispanoamérica.

El de Manguel es un excelente anzuelo divulgativo para pescar lectores y convertirlos en borgeadictos. Tras saciar el apetito borgeano que despierta Con Borges, el paso siguiente nos conducirá a El factor Borges, para ver cómo se organiza, o puede llegar a hacerlo, dicho corpus borgeano. El libro de Pauls es, raso y claro, apabullante e imprescindible. Pauls destapa un Borges no percibido antes –aunque Ricardo Piglia ya había anticipado algunos aspectos–, pero que innegablemente está ahí. Lo hace con una escritura en tensión que se mueve con soltura por la vida y la obra de Borges. Valgan un par de ejemplos para calibrar el nivel de su alcance. Pauls argumenta la innegable argentinidad de Borges y el parasitismo del que se vale para construir sus ficciones frente a la tradicional definición de Borges como un escritor radicalmente anglosajón y original.

En nuestros días existen narradores contemporáneos que sin Borges no serían posibles ya que su espacio literario se solapa con el del célebre bibliotecario. Esto nos lleva a preguntarnos si ser un clásico no implica que casi todo el mundo te deba algo. Algo así como ser el acreedor universal del gremio de los letraheridos. Dos de estos deudores confesos son el argentino Eduardo Berti con Todos los Funes (Anagrama, 2004) y el historietista portugués José Carlos Fernandes, con su serie La peor banda del mundo (Devir, 2004), de la que se ha editado ya su cuarta entrega. Otra curiosidad que hermana a Borges con Kafka, Pessoa, Proust y Joyce es la de ser hijos sin hijos, dicho a la manera vila-matiana, a los que el tiempo les ha adjudicar una pléyade de descendientes bastardos.

Acabamos con una sospecha. ¿Entonces, sirve leer uno o dos ensayos sobre Borges como sustitutivos del corpus borgeano? Aquí dejamos intervenir a Roberto Bolaño y, nosotros concluimos con él, pero no con Borges, que definitivamente no cesa: “Hay que releer a Borges otra vez”.
QUIM PÉREZ

Biografía

GODARD
Colin Mac Cabe
Trad. de Vicente Villacampa
Seix Barral
Barcelona, 2005
469 págs., 30 €

Fruto de su experiencia trabajando con Jean-Luc Godard, este libro del inglés Colin MacCabe bosqueja el retrato de un hombre llamado a revolucionar el lenguaje cinematográfico y convertirlo en la más grande de las artes. El solitario Jean-Luc pasó su infancia en Suiza y su juventud en París, donde inició un extraordinario aprendizaje con el crítico cinematográfico André Bazin.

Las páginas de los memorables Cahiers du Cinéma –donde comenzaron como críticos de cine Godard, Truffaut, Rohmer, Rivette y Chabrol– sirvieron como plataforma de lanzamiento para que poco después esta generación de jóvenes cambiase la pluma por la cámara logrando un cambio radical en el cine, elevándolo al rango de arte. Estos directores forjaron una estética nueva, la Nouvelle Vague, que tuvo una excelente acogida en el seno de la sociedad francesa de la época.
“Vencimos cuando logramos que se reconociera como principio que una película de Hitchcock, por ejemplo, es tan importante como un libro de Aragon. Gracias a nosotros, los autores cinematográficos han entrado por fin en la historia del arte”, decía Godard en 1959. Esa década de los años cincuenta convirtió a los Cahiers en la revista cultural más celebrada del siglo xx.

Sus primeras películas, tales como Al final de la escapada (1959), El soldadito (1960), Una mujer es una mujer (1961), Vivir su vida (1962), entre otras, revolucionaron el lenguaje del séptimo arte a través de la característica formal más sorprendente de esa nueva estética, que fue sin duda el uso de la escritura, rompiendo con la unidad clásica del cine, unidad de narración y visión que definía los cánones de Hollywood.

Sumamente prolífico, trabajó con estrellas como Jean Seberg, Brigitte Bardot, Jean-Paul Belmondo y Anna Karina, con quien se casó en 1961. Pero durante los años sesenta se alejó del Hollywood que había idealizado. Su segunda esposa le introdujo en el activismo que estallaría en mayo de 1968, y durante cuatro años su cine estuvo al servicio de la política maoísta. Con su tercera compañera sentimental, volvió a renovarse y forjó una forma de hacer cine completamente nueva.

Documentado con más de 100 fotografías, este volumen se cierra con un exhaustivo apartado dedicado a la filmografía de un hombre que, sin duda, tuvo bastante que ver con que hoy el cine sea llamado el séptimo arte.
JULIAN CHAPPA

Literatura infantil

Libro objeto

EL MUSEO DEL TIEMPO
José Antonio Portillo
Carmen Puchol (il.)
Kalandraka, Pontevedra, 2005
Caja Libro, 22 €

Una caja puede esconder cualquier cosa. Portillo parte de esta premisa, y de la curiosidad que producen a los ojos de los niños las cajas cerradas, para presentar cada uno de sus trabajos. Artefactos (Kalandraka), primer libro de Portillo, ganó el Premio Nacional al Libro Mejor Editado en 2003, supongo por las bellas ilustraciones de Carmen Puchol, pero también por el extrañamiento que producía encontrar un libro dentro de una caja, acompañado de pequeñas bolas con palabras medio borradas y de unas instrucciones de uso para descifrar el funcionamiento del artilugio que el lector tenía en las manos.

El Museo del tiempo también es un libro dentro de una caja, pero no sólo eso; esconde todo lo que se pueda imaginar antes y después de abrirla. Libro objeto, nace con vocación de artefacto para contar historias y, al mismo tiempo, se construye a través de diversos objetos: un calendario, un mapa, una casa en ruinas, un reloj, un cartel, una mano, una relojería, un camino, una mesa de trabajo, un teléfono, una carta, una película, un armario escolar y una cebolla, son los objetos que participan en la historia, que narra cómo Michael Ende decidió escribir Momo, y cómo los objetos de la historia nacieron en las manos de unos niños de Castellón. El autor juega al despiste tanto en la forma como en el contenido (que pasa constantemente de la fantasía a la realidad) y por ello necesita de lectores activos, ávidos de descubrimientos y de juegos, capaces de no perderse en el abismo de sus cajas con truco. El nuevo “artefacto” se compone de un libro, un mapa, pequeñas historias de escondites cotidianos y una posible solución: la construcción de un museo del tiempo, a base de rescatar objetos de nuestra memoria y enterrarlos a la profundidad que cada cual desee para preservarlos así de los temibles hombres grises, que no contentos con robarle el tiempo futuro y presente a los niños, lo intentan ahora con el pasado.

Su vocación de artefacto para contar historias hace de Museo del tiempo un objeto que no sólo necesita ser leído, y que sitúa al lector en un espacio ambiguo entre la veracidad de lo que cuenta y la imposibilidad de que esto sea cierto. De ahí la importancia de los objetos como punto de partida de las historias: “Los objetos son la prueba de que fui testigo de esto que cuento”. Sensación que parece acrecentarse con las ilustraciones de Carmen Puchol, hechas de pequeños collages y de fotos pintadas que nos transportan de la fantasía de la historia del reloj encontrado entre los escombros de una casa en ruinas, a la realidad de los objetos que la componen y que ya forman parte del incipiente museo del tiempo.
ANNA JUAN CANTAVELLA


 
     
   
 
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