nº 127-128
JULIO-AGOSTo 2005
 
 
Debates
 

Jordi Ibáñez
“El mundo gira alrededor del amor”

Entrevista de Anna M. Gil

Después de la decapitación del arte (1996) –ensayo sobre Jürgen Syberberg– marcó la pauta de la obra de este doctor en Filología Germánica y profesor de Estética. También ha publicado los poemarios Nou homenatges i altres problemes (2000) y La porta del darrere (2005). El ensayo La lupa de Beckett (2005) gira en torno a las ideas estéticas de ese creador de personajes desesperadamente monologantes, encarnación del hombre contemporáneo, que se resisten a un trágico destino. Muy parecidos al protagonista de Una vida al carrer (Tusquets, 2004), novela ganadora del último Premio Lateral en lengua catalana, que se enfrenta al tedio y el malestar, y se sumerge, como en un cuadro de Delacroix o Cezanne, en el infierno de la duda y la iluminación.


Jordi Martínez , el protagonista de Una vida al carrer, parece salido de otro tiempo. Practica el arte de pensar, integra una dimensión estética a sus razonamientos, propia de los filósofos del Renacimiento o del Romanticismo alemán. Nada que ver con esos miembros del “partido intelectual” de los que habla Charles Peguy, que convierten el mundo en un asunto de especialistas o ponen su pensamiento al servicio de una visión utilitaria y normativa de la sociedad. Martínez tiene otra forma de considerar la realidad. Interpreta el espíritu de nuestra época. Desconcierta y seduce. Háblenos de él.

No sé si soy capaz de relacionar al pobre Jordi Martínez con nada parecido a un filósofo en el sentido profesional o profesoral o ni tan siquiera vocacional del término. Lo digo por esas alusiones suyas al Renacimiento o al Romanticismo. Supongo que a primera vista puede parecerse más a una especie de filósofo callejero, porque la verdad es que el personaje hace algo parecido a eso que entendemos por “filosofar”, y no sé si por eso parece, como usted dice, alguien salido de otro tiempo. Me resisto a creer que pensar, o pensar críticamente, sea un anacronismo. Pero en definitiva eso es lo que hace Martínez: es alguien que piensa por su cuenta, es un auténtico libertino (aunque ya no nos lo parezca). Y toda la épica suya y de mi novela creo que procede de aquí, del arte de pensar por su cuenta.


El personaje beodo y bufonesco que deambula por la barcelonesa y burguesa Rambla de Cataluña pasa por horas bajas. Su novela podía haberse titulado Rumbo a lo peor, como la narración de Samuel Beckett que hace un elogio del fracaso y se inspira en una cita del Rey Lear: “Siendo el peor, la cosa más baja y olvidada de la fortuna, se tiene aún esperanza y no se vive con miedo” ¿Está de acuerdo?

Sí, mi personaje necesita tocar fondo (o por lo menos su propio fondo) para percibir esta esperanza digamos que beckettiana o shakespeariana, y que más genéricamente yo diría que es la esperanza trágica. De todos modos, si me permite que me ponga un poco cursi o insensato, el otro título de mi novela debería ser algo así como El mundo gira alrededor del amor (aunque no nos demos cuenta), o más clásicamente: Bajada a los infiernos.

 

En su novela es patente la influencia de Thomas Bernhard. ¿Por qué Bernhard?

A ver, varias cosas. Tengo un amigo que fue muy amigo y discípulo de Derrida, pero siempre que le preguntan qué ha significado para él Derrida como maestro, él pide que le pregunten qué significa para él haber tenido un maestro. Con ello salva al amigo y salva la idea de maestro. En el mismo orden de cosas, yo preferiría hablar de qué significa tener una “influenza”, porque no sé si es como tener una gripe o tener un trauma o tener un amigo o tener una esposa o tener una casa o tener unos zapatos. Son cuestiones diferentes, muy diferentes. Por lo demás, cuando Bernhard comenzó a escribir lo etiquetaron de “Alpenbeckett”, es decir, el Beckett de los Alpes. Con ello quiero decir que hay cosas que se parecen, pero hay que vigilar con las etiquetas, porque convierten los parecidos en caricaturas. ¿Qué es aquí lo evidente? Por ejemplo, que yo incluso he traducido a Bernhard al catalán, pero de eso ya hace un montón de años, y ahora digamos que consumo sólo un determinado Bernhard. Me aburre Corrección y me conmueve Tala, para entendernos. ¿Qué más es evidente? Que mi escritura sólo muy fugazmente, y siempre muy explícitamente, se acerca a la de Bernhard. Lo demás son cosas que a mí mismo se me escapan, de verdad.

 

Por cierto, ¿qué puede hacer hoy un intelectual para cambiar las cosas? ¿Un manifiesto?

¿Un manifiesto? No, no, socorro. Qué barbaridad. Verá, yo no me identifico con nada parecido a un intelectual, a no ser porque buena parte de mis actividades cotidianas y profesionales son, digámoslo así, intelectuales. Y sobre eso de cambiar las cosas, bueno, habría que comenzar por decirse honestamente de qué cosas estamos hablando, por qué se las quiere cambiar y qué cosas se desea que vengan después. El mundo en general es algo horrible y maravilloso a la vez, y es difícil suponer que algún día será sólo maravilloso. Naturalmente, esto no quiere decir que se deba tirar la toalla, pero sí ser muy honesto sobre las propias razones. A mí, por lo menos, siempre me gusta saber qué es eso exactamente que me subleva, y por qué. Pero eso, en fin, eso no es cosa de intelectuales, sino de ciudadanos decentes. Ser o no ser decente, y no sólo serlo siempre (eso puede ser muy difícil), sino sobre todo serlo por lo menos a tiempo, en el momento en que es oportuno y urgente serlo, no cuando lo fácil ya es ser decente. En fin, igual me estoy explicando fatal. Pero me refiero a esta decencia que se anticipa a la indecencia generalizada, y que hace que algunas voces sean siempre intempestivas, siempre inoportunas, como el tábano de los que descansan, un ser al que lo más apetecible y confortable es aplastarlo, acallarlo. Para mí lo decente no es sólo escandalizarse por la barbarie de hace medio siglo, o la barbarie que está a cinco mil kilómetros. Es la incapacidad de soportar la barbarie que hiede ante nuestras narices, que estalla en nuestros oídos, que se murmura en la mesa de al lado. Es sorprendente la cantidad de porquería que toleramos a nuestro alrededor, y lo peor es cuán exigentes nos volvemos entonces en nuestros juicios sobre lo remoto y lo lejano.

 

Quizá, la tarea del “intelectual” es hacer bien su trabajo

Sin duda, esto es evidente. Pero volvemos al mismo punto de incertidumbre. ¿Cuál es ese trabajo? A ver, supongamos que yo, aunque me ofenda íntimamente este término, paso, ante los ojos de los demás, por ser un “intelectual”. Doy clases de filosofía en una universidad, escribo libros. Vale, soy un intelectual. ¿Pero cuál es mi trabajo? Con mis estudiantes precisamente procuro no comportarme ni como un guía ni como gurú ni como un “maître-à-penser”, sino como alguien que hace honesta y humildemente su trabajo, que es una tarea de aclaración, de ordenación, de memoria y de transmisión de información. Y les ayudo a sentir que piensan honestamente y por su cuenta, procurando ser yo mismo todo lo honesto e independiente que puedo, sin heroísmos, pero con una cierta coherencia. Como escritor, es decir, como autor de libros, procuro hacer algo parecido. Y la novela, aunque parezca extraño, representa una ampliación y una radicalización de esta actitud. No es la expresión de otra vida, sino la expresión de lo mismo pero por otros medios. Mi personaje, Jordi Martínez, representa esto, representa esta catástrofe de la coherencia, de la independencia, de la lucidez, porque llevadas a un cierto punto son una verdadera hecatombe. Yo sería muy presuntuoso si pretendiera ser tan valiente como él. Mi salud mental y mi cobardía van unidas, pero comulgar con algunas ruedas de molino... Por eso donde yo sé que nunca voy a llegar, dejo que vaya él. Porque pienso que por lo menos va alguien, ¿no?

 

Anna M. Gil (Barcelona) Es licenciada en Historia del arte. Colabora en La Vanguardia y Archipiélago, entre otros medios. Ha escrito una biografía de Woody Allen y dos novelas juveniles.

 

     
   
 
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