nº 127-128
JULIO-AGOSTo 2005
 
 
Debates
 

Ray Loriga
“Ya no me hago grandes preguntas”

Entrevista de Quim Pérez y Gabriela Wiener

Con El hombre que inventó Manhattan, su séptima novela, Ray Loriga (Madrid, 1967) no sólo se incorporó a la tradición de escritores que han literaturizado Nueva York, también se reveló como un prosista experimentado, un escritor dispuesto a salir bien librado de sus cada vez más ambiciosos proyectos literarios. Este mosaico de voces e historias que es El hombre… ha merecido el II Premio Lateral de Narrativa. Ahora, entregado a su trabajo de guionista y director de cine, Loriga comenzará a rodar en octubre una película sobre Santa Teresa de Jesús.

La crítica vio en El hombre que inventó Manhattan un punto de inflexión dentro de tu obra. ¿Tú lo ves así?

Lo mismo se dijo de Tokio ya no nos quiere. Creo que es una evolución coherente, sin rupturas violentas, aunque he intentado siempre hacer libros que no hubiera escrito antes. Supongo que cada libro es un punto de inflexión.

 

Sin embargo, mucha gente ha dicho que con este libro has madurado. Narrativamente hablando, ¿en qué momento sientes que te encuentras?

Me siento en una situación muy tranquila. Al escribir este libro estaba en paz conmigo mismo, con mi propia escritura: paz relativa, porque uno siempre está a la espera de escribir su mejor libro y siempre hay cierto grado de decepción en cada cosa que uno escribe. Ya no me hago grandes preguntas sino que me encuentro cómodo dentro de mi oficio, tanto en lo íntimo –la creación– como en lo público –la aceptación.

 

¿La recepción de El hombre… fue la que esperabas?

Tengo la sensación de que ha sido un libro muy bien tratado, en ventas y en crítica. Decía Bukowski que los libros siempre triunfan por las razones equivocadas. Hay libros en los que yo confiaba mucho más, que no fueron bien recibidos. Creo que el sentido del humor de este libro fue mejor comprendido que el de Trífero, por ejemplo. Alguna gente no entendió bien el tono de parodia dolorosa que tenía.

 

Alguna vez dijiste que el escritor debe ser un “corresponsal de su momento”…

Me refería a que siempre escribes desde un lugar determinado, desde un lugar emocional, desde un lugar físico, desde un lugar de tu propio desarrollo como escritor y como persona. Con errores o con aciertos, siempre he tratado de escribir desde el sitio donde me encontraba. Lo que no he tratado es de ser un impostor y de escribir a los veinte años los libros que tenía que escribir a los cuarenta o viceversa.

 

¿La ciudad te sigue entusiasmando como territorio de ficción?

No es tanto una cuestión de entusiasmo como una cuestión de aceptación de una realidad. Siempre tiendo a escribir sobre ciudades o alrededor de las ciudades o las ciudades siempre están detrás de los personajes. Realmente me he formado en la estructura de las ciudades y sí que es verdad que hay aspectos de ellas que me gustan y me reconfortan, por ejemplo la falta de identidad telúrica. Ahora que vivimos en un país tan agitado por los nacionalismos, la idea del individuo perteneciendo únicamente a su circunstancia inmediata me consuela más que la del individuo arraigado. Nunca me he sentido parte de una tradición ancestral, más bien del tremendo mejunje que son las ciudades, donde la gente aparece, desaparece, viene y va, y lo que hay son experiencias vitales y momentáneas.

 

Tu trayectoria viene marcada por una constante, la de ser imprevisible, ¿es algo deliberado, necesario?

Supongo que hay algo de instinto de supervivencia. Decía Tom Waits que ningún perro se ha meado nunca en un coche en marcha. En unas condiciones como éstas, en las que la gente está esperando ver dónde estás exactamente para poder acabar contigo, este instinto de supervivencia me dice que es mejor moverse, mantenerse en marcha. Pero generalmente funciona de acuerdo a mis curiosidades, algo tan sencillo como eso: intereses muy dispares, dentro y fuera de la literatura. Son muchas ventanas a las que asomarse. Me he criado leyendo de manera muy caótica y muy arbitraria. Quizá por mi propia formación literaria, que ha sido callejera, me he formado más en las librerías que en las universidades, con lo cual nunca he visto el orden de las cosas; he pasado de la poesía a la prosa, de la ciencia ficción a la novela gótica y todo esto ha hecho que me mueva con cierta libertad.

 

Sabemos que estás a punto de empezar a rodar una ambiciosa película sobre Santa Teresa de Jesús. ¿Cuál es tu vínculo con este personaje?

La lectura del Libro de la Vida y de Las moradas me impresionó desde el colegio. De ahí, el misticismo español me empieza a interesar especialmente. Luego, indagando en el personaje de Santa Teresa, me pareció importante el contexto en el que se movió, las cosas que dijo e hizo, y la pequeña revolución que organizó en el seno de la Iglesia Católica, no siempre abierta a las opiniones de las mujeres. Me interesa todo lo que tiene el personaje dentro y lo que tiene alrededor. Además, es un material que creo que puede trasladarse muy bien al cine.

 

Quim Pérez (Santa Coloma de Gramanet, 1971) Es crítico de cómics y colaborador habitual de Lateral.

Gabriela Wiener Es periodista. Escribe para varias revistas de España y América Latina.

 

     
   
 
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