nº 129
septiembre 2005
 
 
Debates
 

Buxton Street
Un thriller rectal
JAVIER CALVO

Sentado en el retrete que su culo reconoce como un retrete familiar de todas las pausas laborales normalmente acompañadas de un cigarrillo, Gopal Ganguly, lavaplatos profesional y ocasional operario de parrilla en los periodos de ausencia de personal más cualificado, dobla el cuerpo hacia delante y frunce el ceño mientras del extremo inferior de su tracto digestivo sale un ruido parecido al ruido de alguien que hiciera salir lentamente el aire de un globo pellizcando la boca del mismo. De la cocina ilegalmente adyacente al único lavabo del Balaji Deli de Buxton Street en Bethnal Green donde se ha desarrollado toda su vida profesional desde que llegó a Inglaterra viene un grito en inglés, seco y amenazante. Ganguly examina con el ceño fruncido los alrededores de la taza del retrete en busca de alguno de los rollos suplementarios de papel higiénico que se han convertido en uno de los bienes más escasos del restaurante desde que los contagios empezaron en el vecindario hace exactamente seis días. La forma en que se levanta del retrete y procede a limpiarse con las hojas arrugadas del India Times impreso en Bethnal Green es: con expresión francamente melancólica, separando mucho las piernas y con el cuerpo inmóvil en la postura semiacuclillada de alguien que está a punto de sentarse y se detiene un momento para comprobar que no le hayan quitado la silla.

Lo primero que ve después de salir del cuarto de baño ilegalmente situado y expuesto a potenciales inspecciones es la mitad superior del cuerpo del señor Balaji de Balaji Deli saliendo de forma apresurada por la ventana que comunica la cocina en funcionamiento con la escalera de incendios trasera del edificio. Lo segundo que ve, a través de la obertura que comunica la cocina con el restaurante en forma de pasillo, es a un grupo de hombres ingleses del vecindario destruyendo el mobiliario del restaurante con barras de hierro y golpeando en la cabeza y espalda a una figura fetalmente encogida dentro de su anorak que a juzgar por el color y la textura vagamente acolchada del anorak se trata de Kamran Akmal, operario de parrilla y encargado cualificado de atención al público de Bajali Deli, todo ello mientras emiten gritos relativos a las deficiencias en materia de higiene personal de la comunidad indostaní en Londres y a la incidencia negativa que dichas deficiencias tienen en la salud pública de la gente blanca y decente.

Ganguly cierra los ojos, vagamente consciente de la imagen de uno de los asaltantes señalándolo con el dedo en el instante inmediatamente previo a cerrarlos, y se lleva las manos a la cabeza en gesto vagamente martirológico en espera de la lluvia de golpes. No sabría decir cuánto tiempo lleva así cuando alguien le da unos golpecitos en el pecho con un objeto duro y de punta redonda.

—¿Se encuentra bien, hijo? –dice el agente de mediana edad de la Policía Metropolitana que tiene el extremo opuesto a la empuñadura de su porra reglamentaria apoyado con cautela en el pecho de Ganguly–. ¿Por qué no se va al pub y se toma una cerveza? Ya le tomaremos declaración más tarde.

Ahora bien, y esta es una de las cuestiones cruciales para establecer el flujo de coordenadas epistemológicas que componen el sentido profundo de esta historia, una cuestión que se vuelve a hacer inquietantemente manifiesta para Gopal Gungaly, de 23 años, nativo de la región del Gujarat, mientras se detiene un momento delante de la puerta del pub Admiral Nelson de Buxton Street con su letrero escrito a mano que dice: “NO IRLANDESES, NO PERROS, NO NEGROS”: el hecho de que Gungaly se odia a sí mismo por cuestiones asociadas a su condición de minoría étnica y odia todo lo que suponga un recordatorio de dicha condición y de forma secundaria ha aprendido a odiar a la comunidad indostaní de Londres a través de un proceso de identificación inconsciente y obviamente inconfesable con todos los argumentos de quienes han desarrollado cualquier tipo de animadversión autóctona a dicha comunidad entendida como un parásito en el cuerpo por lo demás funcional de la ciudad de Londres. Y este hecho, que en su momento intentó paliar con una serie de manifestaciones sicofánticas de adhesión a los elementos que él percibía como más genuinos de la identidad inglesa, tales como el consumo masivo de cerveza y la elección de una indumentaria propia de un joven inglés de su edad a la moda y el apoyo incondicional a la carrera deportiva del Millwall F.C., no solamente no se ha visto paliado, sino al contrario, se ha visto acentuado después del despliegue de dichas manifestaciones. Y ahora, mientras se sienta en un taburete de la barra del Admiral Nelson de Buxton Street en medio de un grupo de parroquianos que se lo quedan mirando y pide una pinta de la cerveza local y levanta la vista hacia el televisor monocromo que emite lo que parece ser un programa informativo especial desde uno de los rincones de dicha barra, esa sensación de odio combinado con elementos secundarios de vergüenza, incomodidad y ansia de agradar inunda todo su ser y se convierte en la única emoción presente.

—El Instituto Nacional de Salud quiere transmitir a los ciudadanos –dice la mujer inglesa que está en la pantalla del televisor monocromo– que no hay nada cierto detrás de los rumores de propagación de un parásito rectal de origen asiático en el vecindario de Bethnal Green. Fuentes del Ministerio del Interior han pedido también calma a los ciudadanos ante el rumor cada vez más extendido de que dicho parásito se ha propagado a través de los establecimientos regentados por la comunidad indostaní.

—Y una mierda –dice entre dientes uno de los parroquianos sentados a la barra, un hombre con la cara muy roja de esa forma extraña en que a Gungaly le da la impresión de que algunos ingleses tienen la cara muy roja y vagamente hinchada en torno a las mejillas.

Gopal Gungaly, de 23 años, cuya indumentaria está inspirada en la indumentaria estrictamente a la moda de Paul McCartney, incluyendo pelo largo hasta los hombros, patillas de hacha, bigote de herradura y una colección de vistosos trajes de colores con cuellos amplios y patas de elefante, levanta sicofánticamente su pinta de cerveza en dirección al hombre que acaba de hablar en gesto de brindis connivente.

La mujer de la pantalla monocroma recalca que las autoridades metropolitanas de Londres harán todo lo que esté en su mano para prevenir disturbios raciales como los que se produjeron hace exactamente diez años en Notting Hill. La mujer dice que la policía no vacilará en detener a los autores de los recientes asaltos a establecimientos regentados por la comunidad indostaní y en general a todo aquel que sea sospechoso de haber propagado los rumores ciertamente falsos acerca del parásito rectal asiático.

—La ola de pacientes con diarrea que se ha registrado durante los últimos seis días en los hospitales de la zona de Bethnal Green –señala la mujer del televisor– está causada por un brote relativamente común de gastroenteritis causada por la bacteria E-Coli.

—Cochinos negros con sus cochinas enfermedades –dice el mismo tipo de la cara extrañamente roja y vagamente hinchada de una forma específicamente inglesa mientras mira la pantalla con una mueca consistente en el retraimiento del labio superior que deja al descubierto una dentadura asombrosamente irregular.

—Por favor, Nige –le dice la mujer que sirve las pintas de cerveza en el lado interior de la barra–. Estamos en 1968.

—No son negros –dice en tono de sabiduría un anciano con ojillos diminutos y una gorra de tela de tartán–. Los negros son los antillanos. Los de la India son moros.

Gungaly emite un gruñido de aprobación sicofántica mientras da un trago de su pinta de cerveza imitando la combinación de movimientos firmes de codo y muñeca con que los ingleses se llevan las enormes y pesadas jarras a la boca, las sostienen un momento en posición oblicua mientras hacen descender una cantidad absurdamente grande de cerveza por la garganta y luego las vuelven a dejar sobre la barra con rotundidad, a menudo limpiándose la espuma del labio superior con un gesto hábil del labio inferior o incluso con la manga del jersey. A su alrededor se establece cierto debate acerca de las diferencias etnotipológicas entre los negros y los moros.

La fenomenología de los cuerpos extraños, en especial de los que tienen rasgos parasitarios, se caracteriza por su extraña reversibilidad y por una capacidad casi ilimitada de replicarse a sí mismos. Así pues, no solamente Gopal Gungaly constituye un cuerpo extraño en la barra del Admiral Nelson de Bethnal Green con su política segregacionista implícita, y no solamente en virtud de la mencionada reversibilidad y debido a sus aficiones musicales e indumentarias sicofánticas constituye también un cuerpo extraño en el organismo del restaurante indostaní Bajali Deli de Buxton Street y de la comunidad indostaní general de la ciudad de Londres, sino que dentro de su indumentaria meticulosamente inspirada en el bajista de los Beatles el propio Gungaly identifica como cuerpo extraño su tez morena y los rasgos indostaníes de su cara cada vez que se examina antes de salir de casa en el espejo de cuerpo entero que compró a precio de ganga en el mercado de Spitalfields y que a su vez es considerado un cuerpo extraño dentro del mobiliario de la casa por el resto de habitantes de la misma, todos ellos miembros de su familia inmediata. El sistema más útil para detener esta reversibilidad y esta replicabilidad aparentemente limitada, desarrollado hace décadas por la epidemiología moderna, es la hipótesis del paciente cero. El cuerpo extraño inicial. El ur-parásito causante de la primera fase de la infección. En el caso de la fenomenología narrativa relacionada con parásitos rectales, puede decirse con bastante certeza que el paciente cero fue el obispo DeTucci, con residencia en la Ciudad del Vaticano, que en 1946, y bajo el pontificado de Pío XII, dio lugar al primer relato con rasgos de narración parasitaria y con temática de parásitos rectales que se conoce.

La historia es como sigue. En 1946, y no es de extrañar que la historia no se hiciera pública por los canales habituales y no parasitarios habida cuenta de que muchas historias con componentes parasitarios justifican dichos componentes en virtud de la legendaria opacidad informativa de las autoridades vaticanas, el obispo DeTucci tuvo que ser ingresado con carácter de urgencia en un hospital vaticano debido a un acceso violento de inflamación rectal acompañada de dolores terribles y diarrea. Fue la naturaleza de las deposiciones lo que alertó a los siempre discretos médicos vaticanos: unas deposiciones de aspecto mucoso-gelatinoso que al ser llevadas al laboratorio resultaron contener centenares de pequeñas criaturas todavía vivas, vermiformes y de medio centímetro de longitud que después de ser analizadas con un manual de zoología marina resultaron ser crías de cierto invertebrado marino conocido genéricamente como anfípodo (Corophium volutato). Investigaciones posteriores de la siempre discreta policía vaticana vincularon con suma discreción a estos invertebrados marinos con el cadáver de una langosta encontrada en la basura de los aposentos personales de monseñor DeTucci y cuyo tracto digestivo y colon resultaron estar llenos de huevos eclosionados de los diminutos anfípodos. El informe policial vaticano, que de acuerdo con la narración habría sido destruido pocas horas después de ser emitido, concluyó que la cola de dicha langosta, que hace las veces en dicha especie de aparato excretor, había sido empleada por el paciente para provocarse placer de índole sexual mediante la inserción anal mientras estaba tomando su baño de las siete de la tarde.

Desconocedor de este parásito narrativo original, y habiendo olvidado obviamente su deber ciudadano de colaborar con las autoridades metropolitanas en calidad de testigo de un crimen de asalto a la propiedad privada y agresiones, Gopal Gungaly se bebe su cuarta pinta de cerveza y se concentra en intentar que sus idas y venidas al baño para aliviar los síntomas primarios de la gastroenteritis no despierten sospechas entre los parroquianos del Admiral Nelson.

—Hay que mear todo lo que se bebe, colega –dice en tono jovial, y da un par de palmadas en la espalda del parroquiano sentado en el taburete inmediatamente adyacente antes de escabullirse hacia el baño intentando disimular los bultos de sus bolsillos, que ha ido llenando subrepticiamente de papeles de periódico arrugados con el objeto de paliar la ausencia ya endémica de papel higiénico en todos los aseos públicos del vecindario.

La barra del Admiral Nelson de Buxton Street, calificable con poco margen de error como uno de los pubs más puñeteramente sórdidos de todo Bethnal Green, se ha ido llenando mientras suena la campana de la hora feliz de una horda de parroquianos de aspecto considerablemente más feroz que los que había en el momento de la llegada de Gungaly. Ingleses rudos de la clase trabajadora con tatuajes descoloridos en los brazos y en los nudillos y cigarrillos sujetos encima de la oreja que juegan a billar o bien apuntan sus apuestas en las pizarras dispuestas por el local a tal efecto. Las narraciones temáticamente relacionadas con parásitos tienen como es natural una tendencia intrínseca a transmitirse de forma parasitaria. La historia del obispo DeTucci puede considerarse en más de un sentido un parásito dentro de esta historia, dado que siendo como es un cuerpo extraño dentro de la misma, es sin embargo el elemento epistemológico central que parece conferirle su significado profundo. Y es llegado este punto de la narración, mientras Gopal Gungaly está jugando al billar en medio de un grupo de individuos tatuados y jugando premeditadamente mal con el objeto de satirizar aquellos elementos de torpeza y falta de familiaridad con los elementos normativos y tácticos del billar que se le presuponen a un individuo de su origen étnico-geográfico, bajo una lluvia de abucheos y proyectiles entre los cuales se cuentan servilletas de papel arrugadas y monedas de cinco peniques, y no solamente aceptando los abucheos y los insultos con alegría, sino llevando a cabo imitaciones paródicas de miembros de su comunidad étnica que resaltan cuestiones relacionadas con la estupidez, la suciedad corporal y la incapacidad para aprender el idioma inglés, cuando empieza a dar la sensación de que la presente historia es ciertamente una narración parasitaria, más allá de su temática o del hecho de que contiene un elemento parasitario vaticano que podría o no conferirle a la narración principal su significado profundo. Y la hora del cierre encuentra a Gungaly nuevamente en la barra hablando de forma estrictamente sicofántica para un público exclusivamente inglés y mayoritariamente tatuado. Contándoles historias acerca de parásitos rectales y jurando que estas historias son ciertas. Describiendo no solamente focos que él supuestamente conoce como ciertos de la infección parasitaria rectal, sino también describiendo a los propios parásitos a partir de supuestos avistamientos privados en el seno de la comunidad indostaní, descripciones que incluyen características morfológicas precisas, tamaño y color.

—A ver si nos dejamos de tanta tontería y vamos saliendo –dice la empleada que ahora termina de contar el dinero de la caja registradora en el lado interior de la barra del Admiral Nelson de Buxton Street reservado a los colaboradores profesionales del establecimiento.

Resulta evidente, a tenor de lo dicho hasta el momento, que el significado profundo de esta historia, esté o no basado en narraciones parasitarias de origen vaticano, tiene que remitir al final de la misma. La imagen de la comitiva que después del cierre del pub recorre las calles de Bethnal Green con palos y barras de hierro y las caras cubiertas y gritando consignas relativas a la necesidad de que los miembros de la comunidad indostaní de Londres regresen prontamente a su origen geográfico en la Península del Indostán no es más que la réplica de una cadena ilimitada de comitivas históricas previas cuyo módulo fundamental es la lógica reactiva natural de los anticuerpos en el seno de un organismo alertado por la presencia de cuerpos extraños de posible naturaleza parasitaria. El paciente cero o caso inicial de comitiva primitiva de individuos vociferantes con palos y antorchas y posiblemente instrumentos agrícolas para recoger el heno que recorrió las calles tenebrosas de alguna aldea posiblemente medieval en busca de cuerpos extraños parasitarios es imposible de precisar. Gopal Gungaly, de 23 años, con la cara parcialmente tapada con un trapo anudado detrás de las orejas, avanza en cabeza de la comitiva gritando consignas en cuyo vocabulario se repiten con mayor frecuencia expresiones como “moros de mierda”, “iros a vuestra casa” y “cerdos piojosos”. Su puño derecho se eleva hacia el cielo al ritmo de las consignas coreadas por la comitiva cada vez más nutrida. Miles y miles de hombres de todas las épocas y lugares del mundo: un contingente heroico cuya cara es una suma de todos los rasgos étnicos del mundo y de la Historia, legiones de hombres cantando consignas y armados con instrumentos agrícolas y antorchas e incluso armas de fuego, exigiendo a voz en grito expulsiones, destierros, ejecuciones sumarias, incendios, violaciones, escarmientos, ahorcamientos, destripamientos, desmembramientos o desollamientos. Una Gran Tradición de hombres no solamente rememorando el momento fundacional de su comunidad mediante la extirpación del cuerpo extraño, sino también representando simbólicamente la estructura de dicho momento. Gopal Gungaly, en cabeza de la manifestación, gritando más fuerte que nadie y emitiendo las consignas que luego son coreadas por la comitiva, cierra los ojos y piensa en Paul McCartney en las fotografías promocionales y pósters de los Beatles que decoran su dormitorio. Más alto y hermoso que los otros tres Beatles, brillando con luz propia en medio de su banda, más blanco y más luminoso y más limpio que Harrison y Lennon y el otro. La infección debe ser detenida. Ni un solo culo blanco más debe ser colonizado por los pequeños monstruitos vermiformes procedentes del Indostán. Pero si una narración es un organismo que puede ser colonizado por otra narración parasitaria, como cada vez más parece ser el caso de la presente narración, ¿no es acaso seguro afirmar que una narración tiene dos extremos, una boca y un apéndice excretor, como los tiene todo organismo? Y de ser cierto, ¿no deberíamos estar registrando esta historia en busca de un orificio trasero que taponar para impedir una infección que, para nuestros adentros, ya estamos temiendo que se haya producido en algún punto de la misma? La comitiva se detiene siguiendo la orden de Gungaly y contempla la puerta del Bajali Deli de Buxton Street. El paciente cero de los restaurantes indostaníes de Bethnal Green. Gungaly jadea y mira la puerta. La multitud permanece paralizada, esperando la orden que ha de llegar de la cabeza de la comitiva. Un par de caras indostaníes aterradas contemplan la comitiva desde el interior del local, con cara de estar percibiendo alguna clase de cuerpo extraño en la misma.

Javier Calvo (Barcelona, 1973). Es escritor y traductor. Ha publicado el libro de relatos Risas enlatadas (Mondadori, 2001) y la novela El dios reflectante (Mondadori, 2003). Ha traducido a Ezra Pound y David Foster Wallace, entre otros. Mondadori está a punto de publicar su segundo libro de relatos.
     
   
 
visitas