nº 130
octubre 2005
 
 
Debates
 

El segundo paso
Robert Juan-Cantavella

Una falacia recorre el mundo. Es la falacia de la propuesta alternativa. Le es requerida al ciudadano a poco que éste se atreva a protestar por algo. Y su sencilla estructura puede resumirse en la necesidad del "segundo paso": está bien –le replicará el usuario de tal falacia al "crítico irresponsable"–, ya te he escuchado protestar, ya sé por qué razón no te gusta esta cosa o aquella otra, conozco los fallos que le has encontrado y por qué motivos no te parece justa; pero ahora es menester que sepas dar un segundo paso y propongas una alternativa, de lo contrario tu crítica no será coherente y responsable, y en ningún caso podrás pretender que nadie la tome en serio.
Como tantas otras, esta falacia tiene su origen en la mala digestión que hemos hecho de los ideales de la izquierda setentera (y antes, en la lectura sin receta médica de autores de ciencia ficción como Saint-Simon, Owen o Fourier). La enmienda a la totalidad que, en cuestiones de orden social y circulación de capitales, se gritaba entonces por las plazas y los jardines de toda ciudad civilizada, se apoyaba, es cierto, en alternativas igualmente generalistas que habrían de convertir este mundo en un lugar maravilloso.
La crítica que sigue este modelo, aquella que va acompañada de una propuesta de reparación, es la que ha dado en llamarse "crítica constructiva": está legitimada por el ciudadano de bien, es por definición (no me preguntéis por qué) coherente y responsable, y hasta debe estar homologada por la UNESCO. La "crítica destructiva" sería entonces, básicamente, toda aquella que se salta el segundo paso: tiene una relación más difícil (que no imposible) con la dictadura de lo políticamente correcto, y se plantea desde la posición firme de quien no necesita aplicarle (tanto) detergente a su maltrecha conciencia de sapiens-sapiens-occidental: dice que no, a lo sumo dice por qué no, pero no construye en ningún caso la ficción de una propuesta alternativa.
Ni que decir tiene que donde más daño pueden hacer propuestas y alternativas de esta ralea es en el arte, y más concretamente en el llamado arte político. La acuciante necesidad de dar el "segundo paso" y hallar la piedra roseta de la injusticia global, el gusto burgués por las rehabilitaciones de corto alcance y la culposidad con que esta falacia pretende teñir el noble ejercicio de la protesta, amenazan con empalagarnos como empalaba Drácula a sus enemigos.
Según esto, el realizador de cine documental Hubert Sauper entraría en el grupo de los "destructivos". Por eso nos ha parecido interesante entrevistarlo.

 

     
   
 
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