nº 130
octubre 2005
 
 
Debates
 

El gallo del Rómulo Gallegos
MIHÁLY DÉS

En páginas anteriores hemos reproducido algunos momentos de la polémica del Rómulo Gallegos. Aquí, presentamos una última pieza, donde el autor busca las respuestas entre la política y la literatura.

Cuando en el año 1972 García Márquez ganó el Rómulo Gallegos, un periodista pedante se interesó por su parecer sobre Doña Bárbara, la novela litúrgica del autor venezolano cuya memoria inspiró el premio literario de mayor trascendencia de América Latina. GGM le contestó, circunspecto, que había en esa obra un gallo cuya descripción le impresionó sobremanera…
No sé ustedes, pero yo saco, como mínimo, dos conclusiones de la entrañable desfachatez del colombiano universal. Que GGM todavía aspiraba a ser un mamagallista caribeño, un provocador, que rompe protocolos y cánones. Y que no se produjeron represalias contra él por haber atentado contra un monumento nacional, ni se cambió el rumbo del premio por tal afrenta como, al parecer, ha sucedido este año con la supuesta intervención de las autoridades venezolanas en la composición del jurado, que a su vez pudo tener su origen en las presuntas declaraciones irrespetuosas de alguno de los últimos premiados, especialmente las de Fernando Vallejo.
No sé si recuerdan el episodio: Vallejo (colombiano tenía que ser también) –conocido protector de animales y hostigador de humanos–, prometió repartir los 55.000 euros que le dieron por el premio entre los perros callejeros de la capital venezolana. Dicho y hecho, cambió paz literaria por comida canina, y se lo repartió.
Yo no sé si a estas alturas se puede decir algo nuevo sobre los premios. Denostarlos forma parte de la corrección literaria, y de acuerdo con esta condición, todo el mundo pierde el culo para obtenerlos. Lo que tal vez sí convendría recordar es que, por extraño que pueda parecer hoy, originariamente los premios fueron algo más que una operación de marketing. Los primeros (desde los griegos hasta los instaurados en la época del Romanticismo) pretendían descubrir, avalar y difundir valores. Pero no hace falta remontarse tanto.
No sé si ustedes tienen edad suficiente como para recordarlo, pero la primera etapa de los festivales de cine de Cannes o Venecia sirvieron de catapulta internacional a directores tan personales como Visconti, Bergman, Jancsó, Fellini, Wajda, Godard, Antonioni, Malle, Kurosawa, Resnais, Tarkovsky… O, estrechando el círculo, en su día, el Biblioteca Breve, de Seix Barral, consagró a autores en principio tan minoritarios como Vargas Llosa, Marsé, Benet, Donoso, Puig, Cabrera Infante…
Todos sabemos que en el ámbito hispánico apenas quedan premios literarios de gran proyección que sigan esta tradición: en España, como mucho, el Herralde, y en América Latina, a lo sumo, el Rómulo Gallegos, que fue creado en 1964 por el entonces presidente Raúl Leoni (aunque la primera convocatoria no se produjera hasta 1967, obteniendo el galardón Mario Vargas Llosa con La casa verde, y quedado finalista Onetti con Juntacadáveres), y cuya enaltecedora trayectoria puede haber llegado a su fin, al menos según algunos, por maquinación de Hugo Chávez, el presidente actual.
Presidente se lo dio, presidente se lo quitó. Nunca se fíen de condecoraciones que vienen de tan altas esferas. Sin embargo, si la acusación fuera cierta, la pérdida sería considerable, y la prosa en español habría perdido uno de sus más elevados trampolines. Si fuera cierta la acusación. Pero ¿lo es?
No sé si ustedes son capaces de imaginar lo que realmente pasó con el Rómulo Gallegos. Yo no. De Hugo Chávez puedo imaginar muchas cosas, y si en cuestiones culturales también sigue los pasos de su guía espiritual Fidel Castro, la teoría de la conspiración acerca de este premio tendría fundamentos sólidos. Pero ¿qué sabemos del jurado?, ¿de sus debates internos, por ejemplo? No digo que su composición no sea sospechosa de politización, tal como lo sugiere el crítico venezolano Gustavo Guerrero, a quien citamos en las páginas dedicadas a informar sobre la polémica en este número, pero no puedo aceptar su presentación de Antón Arrufat como un esbirro del régimen castrista.
No sé si conocen ustedes a Arrufat, precursor del teatro del absurdo en América Latina y uno de los poetas y narradores más singulares de Cuba. Guerrero le acusa de ser ex director de la revista Casa de América. Pero si el hecho de haber sido Jefe de Redacción de la ignominiosa publicación entre 1960 y 1965 –o sea, cuando fue la mejor revista del mundo hispánico y en su Consejo de Redacción figuraban nombres como el de Vargas Llosa y Cortázar– le hace un colaboracionista, yo soy el bocado más sabroso del comunismo goulash, puesto que en él pasé mis años de mocedades –no lo niego– con cierta alegría e irresponsabilidad.
En 1965 a Arrufat le echaron de Casa. En 1968, su hermosa alegoría teatral Siete contra Tebas ganó el Premio Nacional (al tiempo que, en poesía, lo hacía Heberto Padilla con Fuera de juego), pero su libro (igual que el de Padilla) fue censurado. En el 72 estuvo involucrado en el caso Padilla, quien también lo incluyó en su afamada autocrítica. Arrufat fue marginado de la vida literaria, y sólo en los ochenta volvió a publicar…
Ya ven ustedes que por vía policial no se llega a desenmascarar las maniobras políticas que, supuestamente, hicieron ganar al español Isaac Rosa gracias a sus supuestas, inclinaciones procastristas. Queda, entonces, el enfoque literario, que, al fin y al cabo, tampoco está tan fuera de lugar.
No sé ustedes, pero yo conozco la novela ganadora. Hasta los detractores de su galardón han reconocido sus méritos. Quedemos, pues, en eso. Que es una novela meritoria: inteligente y original… de una manera algo manida. Es el tipo de novela que la crítica avanzada siempre preferirá frente a una narración de estructura tradicional, y que despierta expectativas ante la futura trayectoria de su autor. Isaac Rosa es el típico joven escritor al que seguirle la pista, y su Vano ayer es el libro que suele y merece ganar ciertos premios de menor alcance. Pero, ¿por qué no el Rómulo Gallegos?
En realidad, no tendría nada que objetar si la suya hubiera sido la mejor novela en este certamen. Pero no ha sido así. No sé si saben ustedes –y lo digo porque no ha salido en los papeles– que entre los candidatos al premio figuraba también El testigo del mexicano Juan Villoro, premio Herralde 2004. La verdad es que pocas cosas tan poco objetivas y demostrables hay bajo el cielo como los valores literarios. Aun así, existen ciertas coordenadas, y según estas, no hay color entre las dos novelas.
Y no sólo eso. Un galardón como el Rómulo Gallegos no sólo se le da a un libro, sino también a una obra. En 2001 lo recibió, merecidamente, Vila-Matas por El viaje vertical, que no creo que sea su mejor libro. Pero lo recibió uno de nuestros narradores más importantes, dando coherencia así a un premio que incluso en sus últimas ediciones ha logrado avalar y promocionar a los más altos valores de la narrativa hispanoamericana actual: Marías, Bolaño, Vila-Matas, Vallejo.
De ser coherente con ese listón, este año hubiera tenido que tocarle a la más ambiciosa novela de Villoro.
Yo no sé si, de aquí a treinta años, quedará aunque sea un gallo memorable del libro de Rosa, pero Villoro tiene ya toda una obra que recordar, y que ahora ha sido ningu-neada. Por supuesto, esto no ha hecho daño a Villoro, pero es probable que sí al autor ganador. Y, sobre todo, ha perjudicado al premio mismo.
Ahora que me las he ingeniado para quedar mal con ambos bandos, no sé si convienen conmigo en que si tuviéramos un mundo sin premios literarios, otro gallo cantaría.

 

     
   
 
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