nº 130
octubre 2005
 
 
Debates
 

Se me acaba la batería, besos a todos

MAR VALLECILLOS

Esa mañana, un aviso adherido a la ventanilla sacaba de la rutina a los pasajeros de todos los autobuses que recorren Barcelona de punta a punta. Se informaba de la muerte de un compañero conductor “en extrañas circunstancias aún por aclarar”. Acudiendo a ese llamado, la periodista Mar Vallecillos reconstruye con asombroso rigor las últimas horas de Pablo Díez, el conductor de autobuses de Barcelona que apareció colgado de un árbol en una colina de Monjuic. Vestía el uniforme rojo sangre de la empresa..

AMANECER

Pablo Díez Cuesta, de 47 años, se quitó la vida ahorcándose de un árbol en la ladera noroeste de la montaña de Montjuic, en Barcelona. Sucedió la noche del 30 al 31 de marzo de 2004. Hacía frío y llovía. El termómetro marcaba, sin llegar, nueve grados centígrados y según el Servei MetereolÚgic de Catalunya aquella noche cayeron en la ciudad 0,2 litros de lluvia por metro cuadrado.
A las nueve de la mañana del día siguiente, trabajadores de Parcs i Jardins, empresa municipal dedicada al mantenimiento de zonas verdes, encontraron el cuerpo ahorcado. Iba vestido con su uniforme de conductor de autobús. Las prendas lucían el logotipo de Transports Metropolitans de Barcelona (TMB), empresa para la que Pablo Díez Cuesta trabajó desde el 16 de junio de 1989 hasta el día antes de su muerte, cuando le fue entregada la carta de despido que ahora pesaba en su bolsillo. En la carta, TMB le comunicaba “la sanción de DESPIDO DISCIPLINARIO” por “la comisión de una falta de carácter muy grave, de apropiación indebida”. La medida se refería a los hechos acaecidos el 21 de enero de 2004, que la empresa relataba en la misiva de la siguiente manera, a pesar de que el trabajador había negado reiteradamente tal versión de lo ocurrido:
“El 21 de enero de 2004, prestando servicio en el autobús 3.700 de la línea 9,
durante el trayecto ‘Paseo Zona Franca -Plaza Catalunya’, entre las 10.44 h. y las 11.09 h. procedió a vender a una pasajera, mediante expedición mecánica, un tiquet denominado ‘fitxa d’inspecció’, cobrando por dicho tiquet el importe de 1,10 euros, cuando dicho tiquet no es válido para la venta al público y por lo tanto no susceptible de cobro, apropiándose usted, de forma indebida, de dicha cantidad; hecho detectado por tres Mandos de Inspección sobre las 11.09 h. en la parada de Plaza España”.
Según la autopsia, Pablo estaba muerto cuando amaneció. Tenía ante sí una panorámica excepcional de la parte oeste de la ciudad, pero sus ojos abiertos no podían ver ya los cambios de luz que el día iba imprimiendo en los distritos de Sants y el Eixample Esquerra, en primer término; ni, más allá, en Gr‡cia, San Gervasi y Les Corts. No vio apagarse el letrero de Sony sobre el hotel Torre Catalunya, próximo a la estación de Sants, ni cómo las luces de la Torre de Collserola se confundían entre la claridad de la mañana. Barcelona se desperezaba, pero él sólo pudo suponerlo, unas horas antes.
A la izquierda de su atalaya, allí donde acababa, o hubiese acabado, su campo de visión, se extiende el municipio de Hospitalet del Llobregat, que forma parte del área metropolitana de Barcelona. A las ocho de la mañana, en un pequeño piso de esta población, Mara, la esposa de Pablo, se afanaba en dar el desayuno a sus hijas y no veía el momento de que éstas se fueran, por fin, a la escuela. Quería quedarse sola para dejar de disimular y volver a abandonarse al llanto, así como al doloroso ejercicio de mirar fijamente el teléfono y de agudizar el oído hasta lo imposible para escuchar la llave de Pablo entrando en la cerradura de la puerta. Había estado así desde que él la llamó el día antes a las dos de la tarde, cuando le dijo que le habían despedido y que necesitaba pensar.
Aquella mañana, Luis Forniés, director de recursos humanos de TMB, completamente ajeno a la llamada telefónica que se cernía sobre él, llegaba a su despacho en el consorcio de la Zona Franca y saludaba a sus dos secretarias. No sabía que a pocos kilómetros de allí, en la montaña de Montjuic, un miembro de su plantilla –al menos hasta el día antes– pendía ahorcado de la rama de un árbol. Tampoco sabía, aunque lo advirtió rápidamente en cuanto supo la noticia, que los sucesos de ese día podrían costarle el puesto y su brillante carrera profesional. Como tantas mañanas, probablemente echó una ojeada a la prensa para ver qué deparaba el día. La Vanguardia destacaba en portada los siguientes titulares: “La policía cierra el cerco a los autores del 11-M”, “El Govern fija una ecotasa a la recogida de basuras” y “Las tropas españolas se enfrentan a una manifestación de parados iraquíes” (con el subtítulo “Los desempleados, armados con palos, apedreaban la sede de la autoridad local en Najaf”). Parecía ser un miércoles más.

UN BILLETE

Quince días antes de que todo esto sucediera, Pablo escribió una carta a la atención del instructor del expediente 9/2004, abierto por TMB para investigar –y en caso oportuno sancionar– las posibles faltas cometidas por él.
Estaba bajo sospecha de vender a una pasajera lo que denominan tiquet de inspección. Se trata de un pequeño papel muy parecido al billete ordinario que se obtiene al pagar un pasaje. Lo expende la misma máquina que usa el conductor para extraer tiquets ordinarios y otro tipo de comprobantes, y sirve para llevar el control de los pasajes emitidos, el número de autobús y el turno del conductor, entre otros usos. Algunos conductores lo extraen para saber a qué hora han iniciado el viaje, cuántos billetes han vendido o, incluso, qué autobús están llevando.
Pablo trabajaba en la línea 9 de autobuses, que va desde plaza Catalunya, epicentro barcelonés, hasta el paseo de la Zona Franca, por donde, a pesar del nombre, nadie pasea nunca, a no ser un amante de las naves industriales. En su trayecto, el 9 pasa por plaza Universitat y recorre buena parte de la Gran Via, rodeando plaza Espanya primero y plaza Cerdà después, donde gira y baja por el paseo de la Zona Franca hasta plaza del Nou. Como ocurre en los barrios descaradamente funcionales y de rápida creación, esta plaza toma su nombre del número de línea de autobús que tiene allí su inicio.
El texto de la carta que Pablo escribió el 15 de marzo de 2004 se reproduce literalmente a continuación:
“A la atención del Sr. Maseda
En contestación a las acusaciones contra mi deseo dejar bien claro que no he cometido ninguna infracción y que la versión que explico es lo que ocurrio el dia 21-01-04 en la linea 9 turno 8. Estando yo en la plaza del Nou final de linea subieron 4 ó 5 personas. Una de ellas me pidio un billete y me pagó con 10 euros, le di el canvio y se fue para el fondo yo ante la duda de si le habia dado el billete o no saque una ‘ficha inspeccio’ y vi que si había vendido y dado un billete. Faltando poco para irme fui al lavabo situado en la misma parada con las prisas dejé el tiquet sacado sobre el pupitre. Supongo que subio una señora que al ver el tiquet lo cogio pensando que seria un billete y podria viajar gratis, yo no me acorde mas del citado tiket hasta que subieron los inspectores y la señora lo presento diciendo que yo se lo habia vendido cosa incierta yo ni di ni vendi ese tiquet y a la pregunta de los mies como le voy a decir que igual si lo habia dado, supongo que entendieron mal. No le pude decir que tire el billete pues no se habia vendido ningun billete mas en esa parada. Lo que si es cierto es que yo no cometi esa irregularidad de la que se me acusa, es absurdo. Si que saque el citado tiquet por lo expuesto anterior mente pero seguro ni lo di ni lo vendi. Espero me crean usedes soy sincero después de 15 años trabajando jamas he tenido un problema ni con mandos ni compañeros ni publico, todo lo contrario. He sido honesto y sincero espero que este error de sacar el tiquet este no me afecte negativamente.
Attm. Conductor 10834
Pablo Díez Cuesta” [Sic]
Cuando Pablo escribía estas líneas, sólo su mujer estaba al corriente de lo que le sucedía. Él no habló con ninguno de sus familiares, ni amigos, ni compañeros, que coinciden en recordarle como una buena persona, afable, que no se metía en líos. El propio sindicato al que estaba afiliado, la Asociación de Conductores de Transporte Urbano de Barcelona (ACTUB), conoció los incidentes y supo del expediente abierto apenas tres días antes de que Pablo fuera efectivamente despedido.
En realidad se trató de un desenlace nada común. Casos similares no suelen desembocar en esa medida tan extrema, sino en sanciones menores como días de suspenso de empleo y sueldo, en caso de que se pruebe la falta. ¿Por qué entonces TMB sí decidió despedir finalmente a Pablo Díez? La empresa sostiene que aplicó el reglamento. Los trabajadores saben que jamás se ha aplicado de manera tan fulminante y muchos creen que el despido y la readmisión de Pablo Díez iban a constituir una moneda de cambio, un favor que ACTUB le debería a la empresa cuando le readmitiera, en vísperas de la negociación del nuevo convenio laboral.
No sabemos si ese fue el motivo de despido de Pablo, pero, de ser así, alguien no midió bien los pasos a dar y se escapó un factor no tenido en cuenta: la negativa del trabajador a humillarse a cambio de su readmisión.
Al entregarle la carta de despido, los directores de la cochera transmitieron a Pablo la oferta que le hacía TMB: si reconocía los hechos y se comprometía a no reincidir, en lugar de despedirle, le readmitirían tras seis meses de suspensión de empleo y sueldo y perdiendo toda antigüedad laboral.

MARA. LA NOTICIA

Mara es menuda, de una belleza castigada y frágil. Tiene cuarenta años, la piel blanca y el cabello rubio. El brillo de sus ojos, aunque enmarcados siempre en ojeras, se adelanta a aquellas partes de su relato que le conmueven o le duelen.
–"Yo lo notaba raro. Y al cabo de dos o tres semanas me contó el lío ese del billete. Le dije que todo se arreglaría, pero a partir de ahí ya nada fue igual. Él disimulaba pero si le despedían era un problemón. No íbamos bien de dinero. Yo estaba buscando trabajo, y tenemos los tres niños… Y Pablo pasaba también la pensión a su otra hija. Íbamos tirando, pero muy justos…Nos habíamos vendido la furgoneta, y esperábamos poder meternos pronto con un coche"
La viuda abre su corazón sin concesiones ni solemnidades, sino como quien cuenta una desgracia a su vecina o compañera de trabajo, que, de repente, parece haberse convertido en una amiga de siempre.
–Después de unos meses, el viernes 26 de marzo, la cosa se torció del todo. A mediodía, llamaron los de los sindicatos y le dijeron que había una carta de despido para él. Y él, que estaba serio, molesto, les dijo que bueno, que muy bien. Y casi que les colgó. Estuvimos como pudimos el resto del viernes. Angustiados. Cenamos y vimos la tele. Se fue a dormir pronto porque al día siguiente trabajaba.
Mara recuerda que aquel fin de semana hicieron lo mismo que tantos otros: Pablo trabajaba el sábado, luego se reunió con su familia en el campo de fútbol del Horta para ver jugar a su hijo, y el domingo descansó.
El lunes pareció que la situación podía dar un giro a mejor. La jornada laboral de Pablo comenzaba, como cada día, a las ocho de la mañana. A esa hora arrancaba el autobús y salía de la cochera de Ponent, ubicada en la carretera del Prat, enfrente del Hospital de Bellvitge.
–Antes de coger el bus, a las siete de la mañana, me llamó. Me dijo que había hablado con los del sindicato y que creían que a la hora de la verdad no le podían despedir, que todo se arreglaría. Sonaba más animado. Y ese día pareció que las cosas se iban a arreglar, porque a mí me llamaron para ofrecerme un trabajo. Me salió a raíz de las prácticas que estaba haciendo. Todavía no era seguro, al día siguiente me lo confirmarían, pero era muy buena noticia.
Las prácticas que hacía Mara eran de limpieza de habitaciones en el recién inaugurado hotel Princess, el cuatro estrellas de veintiséis plantas diseñado por Òscar Tusquets que, desde el número uno de la avenida Diagonal, hizo de pórtico del Fórum 2004, que se inauguraría cinco semanas después. De nueve de la mañana a dos del mediodía, Mara y otras chicas limpiaban en prácticas las habitaciones del hotel. Ese mes hubo bastante que limpiar en el Princess, pues acogió a buena parte de los participantes de la Feria Alimentaria de Barcelona, de manera que llegó casi al 70% de ocupación.
Al día siguiente, martes 30, a las once de la mañana, llamaron a Mara para decirle que el trabajo era suyo. Consistía en limpiar unos pisos de protección oficial, según entendió ella. Le dijeron que por la tarde tenía que llevar los papeles y le tramitaban el contrato. “Todo se va a arreglar” se repetía esperanzada y feliz al colgar el teléfono. Pero nunca pudo contarle a Pablo la buena noticia. Tampoco llegó nunca a trabajar allí, porque su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Pero eso ella entonces no lo sabía, y siguió colocando bandas de plástico, a modo de precintos de garantía, en váteres de diseño.
A las dos del mediodía, cuando Mara salía por la puerta del Princess con el resto de sus compañeras, recibió una llamada de Pablo.
—Me han dado la carta… Me han
despedido.
—Pablo… Qué dices…
—Necesito pensar. No voy a ir a casa.
—¿Dónde estás?... ¿Quieres que vaya? Vamos a hablar.
—No… Es igual… Quiero estar solo.
—Pero, ¿cuándo vas a venir?
—No lo sé…Ahora no puedo seguir hablando... Ya te llamaré más tarde.
—¿Qué es más tarde, Pablo? Vamos a vernos, Pablo… ¡¿A qué hora me vas a
llamar?!
—… No sé… A las siete.
—¡¡¿A las siete?!! Pero Pablo, ¿qué me estás diciendo?, ¿cómo me vas a llamar a las siete y tenerme toda la tarde así?
—Bueno… pues ya te diré algo antes.
Las compañeras con las que solía ir en metro la esperaban junto a la puerta. Mara se acercó a ellas y, mientras les contaba su situación, sintió arder los ojos y desatarse el nudo de la garganta. Empezó a llorar en mitad de la calle. Cinco semanas después se encontraría en ese mismo punto, frente al edificio del Fórum 2004, impidiendo el paso del tranvía del Besós en el día de la inauguración de ambos acontecimientos. Ella, que nunca antes había acudido a manifestaciones, se encontraría allí, extraña, mezclada entre otros conductores de autobuses, que portaban pancartas con el lema: “La vida de Pablo costó un euro diez. Que no vuelva a pasar”. Pero entonces Mara no sabía que nada de eso ocurriría, porque en aquel momento el roto en su historia todavía se podía remendar.

LUCHA SINDICAL

Las principales reivindicaciones que mantiene hoy el colectivo de conductores de autobús se refieren a la duración de la jornada laboral así como a la política de días de descanso.
Actualmente, los autobuseros tienen trece fines de semana libres al año. El resto de semanas disponen de un único día de descanso. Si son trabajadores fijos, ese día cae en sábado o domingo. Si son suplentes, el día de fiesta se hace siempre entre lunes y viernes. A día de hoy trabajan alrededor de doscientos conductores suplentes en una plantilla de ochocientos. Los sindicatos han calculado que, en total, los conductores de autobús tienen 30 días de descanso menos que un administrativo de TMB.
Estas condiciones laborales que hoy les siguen pareciendo poco satisfactorias, constituyeron una victoria de los trabajadores en la dura lucha que mantuvieron en el año 2000 contra la dirección de la empresa, cuya presidencia acaba de asumir Xavier Casas, quien hoy combina esa responsabilidad con otros once cargos públicos que ocupa: primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona, presidente de la Comisión de Urbanismo Infraestructuras y Vivienda, miembro de la Comisión de Sostenibilidad, Servicios Urbanos y Medio Ambiente, miembro de la Comisión de Gobierno, ponente del Comité de Gobierno, presidente del Consejo Municipal del Distrito de Ciutat Vella, presidente del Instituto Municipal de Urbanismo (IMU), vicepresidente primero de Infrastructures del Llevant de Barcelona S.A., presidente S.P.M. de Barcelona Gestió Urbanística S.A., consejero S.P.M. de 22@BCN S.A., presidente de Foment de Ciutat Vella S.A.
A finales del año 2000, los conductores de autobús hicieron seis días de huelga y, bajo la amenaza de realizar otra semana más, consiguieron un acuerdo que recogía en buena medida sus exigencias. Antes de la huelga, tenían tan sólo un día de descanso a la semana y ningún fin de semana al año. Los sindicatos cosecharon numerosas y duras críticas por parte de la ciudadanía y la opinión pública, por dejar Barcelona sin autobuses durante casi una semana. Internamente, la huelga y el posterior acuerdo se vivieron como la derrota de Xavier Casas, quien no había querido transigir en las peticiones iniciales del colectivo.
El segundo episodio más duro y comprometedor que tendría que vivir Casas al frente de TMB fue la muerte de Pablo Díez Cuesta, por cuyo despido improcedente los sindicatos ACTUB y Confederación General del Trabajo (CGT) pidieron –y CGT sigue pidiendo hoy– su dimisión. Para ello, convocaron huelga los días 8 y 9 de mayo de 2004, a la que se adhirió también CC.OO., así como un paro el 25 de octubre, el día antes del juicio contra TMB por el despido improcedente contra Pablo.
En el momento en que el departamento de recursos humanos confirmó a los delegados sindicales de ACTUB que la sanción para Pablo sería el despido, Muñoz, miembro permanente del comité de empresa, y Gómez, presidente de ACTUB, salieron a buscarle. A las 10 llegaron a la plaza del Nou. Muñoz recuerda el diálogo que mantuvieron en el mismo lugar donde dos meses atrás tuvo lugar el incidente del billete.
—Pablo, dime la verdad y luego ya veremos qué hacemos: ¿te quedaste el euro diez?
—Muñoz, yo nunca vendí ese billete. Es verdad que lo saqué para consultarlo, pero no se lo vendí a nadie.
—Bueno. A las doce tienes un relevo para ir a la cochera y ver qué te dicen. Gómez te acompañará. Seguramente te propondrán algún tiempo de suspensión de empleo y sueldo si dices que has sido tú….
—…
—…
—Pero Muñoz, ¿cómo voy a reconocer algo que yo no he hecho?
A las doce del mediodía, el director de la cochera de Ponent le dio a Pablo la carta de despido en presencia del presidente de su sindicato. “Al salir de allí, le dije que ya le llevaba en coche a casa, pero no quiso. Dijo que quería liquidar su jornada y que luego cogía el metro, que le iba directo”, recuerda Gómez.
Los conductores de autobuses pueden hacer la liquidación económica de la jornada hasta siete días después. Así, no tienen que invertir un tiempo diario extra en la liquidación y pueden, además, asegurarse tener cambio para la jornada siguiente. En la práctica, constituye una oportunidad para muchos de disponer de ese dinero, durante siete días, para usos personales. Pablo liquidaba siempre al día.
Por otro lado, el expediente laboral de Pablo, a fecha del incidente del billete, estaba prácticamente impecable. Tan sólo constaban dos faltas leves registradas, ambas relativas a la puntualidad: una del 29 de octubre de 1990 y la otra del 5 de marzo de 1991.

LA ÚLTIMA LLAMADA

––Me bajé en Can Serra y no sabía qué hacer. Empecé a caminar y paré en el parque de Las Planas. Estaba desesperada. Llamaba a Pablo por teléfono y no me lo cogía o me colgaba. Me senté en un banco y me puse a pensar. Le enviaba mensajes de SMS, pero tampoco así. Nunca he sido muy cariñosa, de decir cosas bonitas y eso, pero en aquellas horas le dije mil frases bonitas, que le quería, que no me importaba que se quedara sin trabajo…
Mara pasó la tarde fatal. A la salida del cole, le pidió a su amiga Mari Carmen que se llevara a las niñas a su casa. Ella se quedó sola en la suya y, entonces, la llamó.
—Mara… ¿Por qué me lo pones tan
difícil?
—¡¡¿El qué te estoy poniendo difícil, Pablo?!! ¡¿El qué?!
––Y ahí ya me lo contó. No dijo la palabra suicidio, pero se entendía. Me dijo que yo tenía que ser fuerte, que me merecía ser feliz, y que los niños también. Ahí me volví loca. Lloré, supliqué, le dije que por qué me hacía eso, que yo me iba a ir detrás. Me dijo que yo no lo haría. Que era joven y más fuerte de lo que creía. Que iba a salir para adelante y que alguien se tendría que hacer cargo de
nosotros... Yo no sé si se refería a que buscara a alguien para rehacer mi vida, que también me lo dijo, o si pensaba ya que la empresa se tendría que hacer cargo de nosotros si él se iba así…
Al colgar el teléfono, Mara lloró y se enrabió. Cuando se calmó un poco, comprendió que debía contarlo a la familia de Pablo. Evelia, hermana de Pablo, y Cristina, una sobrina, lideraron a partir de ahí una especie de gabinete de crisis con sede en el Carmelo, barrio que vio llegar a la familia Díez Cuesta a Barcelona hace cuarenta años y donde hoy sigue viviendo la madre y algunos hermanos de Pablo.

DE BURGOS

El Carmelo y Montjuic son los únicos montes del mapa urbano barcelonés. El Carmelo, situado al norte, fue lugar de acogida de buena parte de la inmigración española de los años cincuenta y sesenta.
Reunidos en casa del hermano mayor, la familia comenzó a encadenar llamadas. No había rastro de Pablo. Alguien opinó que habría cogido una carretera para irse lejos. Quizá lo pensó porque recordaba la vez cuando, más de treinta años atrás, Pablo les tuvo también en vilo durante horas.
Sucedió cuando tenía alrededor de trece años. Pablo y un sobrino suyo de su misma edad, con quien iba a la misma escuela, desaparecieron un día dejando una carta que decía que habían sacado muy malas notas y se iban a recorrer mundo. El hermano mayor tuvo que alquilar un coche para salir en su búsqueda. Los encontró, cuatro horas más tarde.
Pero esta vez no había letras de despedida. Sólo el silencio y un último y definitivo mensaje SMS que le llegó a Mara a las ocho de la noche. Decía: “Se me acaba la batería, besos a todos”. Al día siguiente, en lugar de la cartilla con los suspensos escolares, encontraron una carta de despido disciplinario en su bolsillo.
Pablo llegó con diez años a Barcelona. Había nacido en Castrillo de Rucios, un pequeño pueblo de la comarca de Burgos que hoy cuenta con 23 habitantes. Su familia emigró a Barcelona entre 1959 y 1965. En su teléfono móvil, que tantas veces apagó y encendió la tarde del 30 de marzo, tenía instalada una melodía futbolera que vitoreaba, cuando el teléfono se encendía: “¡Aúpa Burgos!”.
El abogado Francesc Gallissà, quien ejerció la acusación en el caso contra TMB, se encontró un día en los juzgados con una funcionaria que le dijo:
—Vaya, ¿lleva usted el caso de Pablo? Yo le conocía. Nuestros hijos jugaban juntos
a fútbol.
—Ah, qué casualidad… Y usted, si me permite preguntarle, ¿por qué cree que
se suicidó?
—Uy, ¿no lo sabe? Yo se lo diré: porque era de Burgos.
—¿?
—Los de Burgos se lo callan todo. Si tienen algún problema gordo, me refiero. Mi marido es de Burgos y, cuando sospecho que le pasa algo, tengo que aplicarle un tercer grado. Pablo se quedó dentro una cosa que le preocupaba, de manera que cuando le explotó en la cara, se encontraba completamente solo y se le vino el mundo encima, como es normal, por otra parte, porque ya me dirá usted donde iba con 47 años, conductor de autobús durante tanto tiempo y despedido bajo acusación de robar a la empresa.
De vuelta a su casa, Evelia condujo hacia el centro de Barcelona en busca de su hermano. Llamó a Miguel, amigo de Pablo, quien acudió a casa de Mara y se puso él también a dar vueltas con el coche, en compañía del hijo de Pablo, por Hospitalet.
Miguel recuerda la angustia: “Dimos vueltas sin ton ni son, mirando por todas partes. Llovía y había muy poca gente en la calle”. Pasada la una de la madrugada, Miguel volvía conduciendo a su casa.
–"Iba con el coche por los carriles interiores de la Gran Vía y, cuando pasé por las torres de plaza Espanya, vi a una persona, de espaldas, con una bolsa de plástico, subiendo hacia arriba, por el paseo de la Feria. No lo olvidaré nunca. Me fijé en él, porque sería la una y media o las dos de la madrugada y no es normal ver a alguien caminando solo por ahí. No podía desviarme o acercarme porque mi carril me obligaba a seguir hacia delante. Al día siguiente, cuando me dijeron que se había suicidado sólo a unos metros de allí, me recorrió un escalofrío y muchas veces he pensado: ¿y si era él?”.

NOCHE

Efectivamente, Pablo escogió un lugar muy próximo a plaza España para suicidarse. No sabremos si era él la figura que Miguel vio caminar bajo la lluvia. Sí sabemos que, ciertamente, lo más común para llegar al lugar donde Pablo se ahorcó, es partir desde plaza Espanya, a cinco minutos de allí, y subir por la avenida Reina Maria Cristina, a cuyos lados están los pabellones del recinto ferial que se inauguró en 1929 para la Exposición Universal de Barcelona.
Josep Maria Carandell, en su libro Guía secreta de Barcelona, publicado en 1974, da una escalofriante descripción de la zona. Cuenta que allí es donde antiguamente se colocaban las horcas, como advertencia a quienes entraban en la ciudad y cita una referencia a ello en El Quijote:
“La plaza España ocupa el lugar donde antiguamente estuvo la Cruz Cubierta, por donde se solía llegar a la ciudad desde el resto sur y occidental de la Península. En esta parte estaban las horcas, para escarmiento de los caminantes; fue por ellas que Don Quijote se guió, como le dice en plena noche a Sancho cuando éste se va topando con misteriosos pies colgantes, ‘–No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no ves sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me dio a entender que debo estar cerca de Barcelona’”.
En una pequeña zona verde que hay en el cruce de la avenida Marqués de Comillas y la carretera del Polvorí, Pablo encontró un árbol al que tapaban unas adelfas, de manera que queda un poco resguardado de la vista desde la carretera del Polvorí, escasamente transitada. El único autobús que por allí pasa, y que tiene parada a escasos metros frente al árbol donde Pablo se ahorcó, es el de la línea 13.
Aquel 31 de marzo de 2004, de buena mañana, probablemente merodeaban por la zona algunos turistas madrugadores, algún deportista haciendo footing, los trabajadores de las diferentes instalaciones de Montjuic, tal vez un yonki despistado (la zona de Can Tunis es desde hace décadas centro de distribución de heroína y derivados) y personal de Parc i Jardins de Barcelona, quienes encontraron el cuerpo sin vida de Pablo. Acto seguido llamaron a la guardia urbana y telefonearon a las oficinas de TMB. “Hemos encontrado colgado a uno de los vuestros”, cuentan que dijeron.

EL HONOR COMPULSADO

El 25 de octubre de 2004, el abogado Francesc Gallissá entró por la puerta de la sala donde esperaban amigos y familiares de Pablo Díez. Les contó que la familia y la empresa TMB, habían llegado a un acuerdo y que, por tanto, al día siguiente no se celebraría el esperado juicio por despido improcedente.
Evelia, Miguel y los sindicalistas de CGT recibieron la noticia con gesto agridulce. Por un lado, conseguían aquello por lo que llevaban meses luchando y lo que exigía la demanda: TMB reconocía que el despido de Pablo fue improcedente. Que nunca debieron despedirle. Su honor estaba restituido. Habían logrado incluso algo más: además de la indemnización económica que corresponde a todo despido improcedente, TMB ofrecía a la viuda de Pablo Díez Cuesta y los cuatro hijos que este dejaba, una serie de compensaciones, en forma de financiación de estudios y ofertas laborales, ante la difícil situación económica en que les habían dejado los acontecimientos.
Pero, por otra parte, el juicio no se había celebrado. Y aunque el honor de Pablo quedaba por fin fuera de duda, todo esto era dicho mediante un papel llamado “Acta de conciliación”. No habría pues una sentencia que dictara un juez desde la tribuna, después de varias sesiones de juicio que acaparará la atención de los medios de comunicación; no habría tampoco titulares al día siguiente con la palabra “culpables” para los responsables del despido, ni habría en la pantalla del televisor un dibujo a mano alzada donde se representara al señor Forniés o al señor Casas testificando ante la viuda del trabajador muerto. No habría, en definitiva, un acto que pusiera pública y solemnemente los puntos sobre las íes, que recordara a la ciudadanía que aquel trabajador que unos meses atrás se ahorcó, y cuyo caso tal vez alguien recordaría vagamente, por haberlo hojeado en la prensa o porque un día, hace ya tiempo, no pudo ir a trabajar en autobús porque estaban todos parados y con crespones negros en el parabrisas, era inocente.
Tras la firma del acuerdo, Luis Forniés, como director de Recursos Humanos de TMB, fue a expresar su acompañamiento en el dolor a la familia. Evelia, hermana de Pablo, y Cristina, su sobrina, salieron a la calle para no escuchar ese pésame.
Cuando el señor Forniés pisó la acera, recalcó ante los periodistas allí presentes, que dedicarían a la noticia un par de breves, que TMB no había tenido ninguna responsabilidad en el suicidio del trabajador Pablo Díez Cuesta. Evelia, al enterarse de estas palabras, corrió calle arriba y, a un centímetro de su cara, con la mirada fija en sus ojos le dijo: “Cómo se atreve, mi hermano era inocente y ustedes lo mataron”.
Luis Forniés no ha querido aportar su visión de los hechos para la realización de este reportaje. En su opinión, nadie más que Pablo era responsable de su suicidio, y él lo ha pasado mal con este caso, porque ha llegado a ver carteles con su cara y el lema “Asesino” escrito debajo. Según Forniés, lo que hizo la empresa fue aplicar el reglamento. También dice Forniés, enfadado, que eso que cuenta no lo cuenta y que no quiere conceder ningún tipo de entrevista porque el caso está hoy judicialmente cerrado.
Por su parte, las diferentes secciones sindicales presentes en TMB acentuaron su enfrentamiento a raíz del caso Pablo Díez. En los meses que transcurrieron entre la muerte de Pablo y la consecución del pacto, las cocheras de autobuses amanecieron más de un día con amenazas hacia un sindicato por esquirol o a otro por radical, entre otros incidentes. En TMB, nadie ha rendido ningún tipo de cuentas ni se han depurado responsabilidades por el despido improcedente de Pablo Díez Cuesta ni por la posterior gestión del caso.

Mar VELLECILLOS (Barcelona, 1976). Es licenciada en Sociología y Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es colaboradora de El Periódico de Cataluña.

     
   
 
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