nº 131
noviembre 2005
 
 
Debates
 

Manel Mayol
“intento ser lo más subjetivo posible”
Entrevista de MARCELA RESTOM

Apaga y vámonos se inspira en la resistencia del pueblo mapuche a la ocupación de su territorio por parte de la multinacional Endesa, que tuvo lugar a mediados de los noventa, cuando se anunciara la construcción de la hidroeléctrica de Biobío en Chile. Meterse tan brillantemente con el gigante español de la luz y señalar su responsabilidad en el inminente desastre social y medioambiental, supuso para este film del barcelonés Manel Mayol ser seleccionado en 20 festivales y premiado en tres de ellos. Y va derecho a convertirse en uno de los documentales más polémicos del año.

¿Qué te llevó a interesarte por el conflicto entre los indígenas mapuches y la compañía española Endesa afincada en Chile?

Fue por casualidad. El productor y yo comenzábamos a trabajar en otro proyecto, cuando casualmente nos enteramos de que Endesa iba a cerrar las compuertas para construir la central hidroeléctrica Ralco en el Alto Biobío, que desde hace siglos es territorio del pueblo pehuenche-mapuche en Chile, y pensamos que ahí había un buen argumento con un protagonista muy potente: Endesa, una empresa española privatizada por Aznar, cuyo presidente, Rodolfo Martín Villa, es un reconocido falangista, ex ministro de Franco y vinculado al desastre del Prestige. Por otro lado, el argumento es una muestra de la re-colonización económica que está sufriendo América Latina actualmente, siguiendo el mismo perfil de personaje –no sé si el señor Martín Villa tiene antepasados colonizadores pero se adecua muy bien a este prototipo–. Luego hubo detalles que hacían que la cosa oliera cada vez peor, como que el abogado que contrata Endesa, cuando intenta penetrar en la zona, es el mismo abogado de Pinochet. Fue entonces cuando vimos que había una vinculación política, económica y un desastre medioambiental que componían una historia muy atractiva. Así nos fuimos metiendo de lleno casi sin darnos cuenta.

El documental empieza con una intensa exaltación del pueblo Mapuche en defensa de sus dominios, de su pueblo y de su cultura, y esa idea persiste en toda la película, ¿por qué escogiste contar la historia desde este punto de vista, digamos, solidarizándote con ellos?

Más que una solidaridad creo que es una realidad. Que el pueblo Mapuche es originario de la zona, que el río Biobío es su frontera natural, que ellos fueron el único pueblo indígena en América Latina que no pactó con los colonizadores, son verdades en mayúsculas que quizá nunca se cuentan. El primer personaje de la película, el dirigente mapuche Antileo dice que el mayor genocidio de la historia ocurrió en América Latina. Aún cuando en Europa estamos acostumbrados a pensar que fue la Segunda Guerra Mundial y el Nazismo, en realidad el gran genocidio fue la colonización española en América. Y como son cosas que no se cuentan parece que fueran posiciones ideológicas pero son verdades históricas. En cuanto a los mapuches, que resistieron las feroces invasiones incas y no se doblegaron ante los colonizadores, ahora falta ver si resisten al nuevo poder económico de las multinacionales, y la verdad es que soy pesimista, por todo lo que cuento en el documental.

Consigues mostrar las maniobras y el secretismo que marca el modo de operar de los funcionarios de Endesa en Chile, rodando conversaciones telefónicas o usando imágenes de archivo...

Las llamadas telefónicas que hice a la jefa de prensa de Endesa en Chile fueron tomando importancia hasta volverse el hilo conductor de la trama: desde Barcelona concretamos una cita con el gerente medioambiental de Endesa en Santiago pero cuando comenzamos a rodar allí, nos iban dando largas; mucho tiempo después nos dimos cuenta de que nuestros teléfonos estaban pinchados por “alguien” y casi al final del rodaje detuvieron a Pedro Cayuqueo, director de un periódico y colaborador nuestro, y lo interrogaron sobre mí –si yo estaba vinculado con el terrorismo vasco– y sobre el documental. Esa gente conocía todos nuestros movimientos en la zona, así que sospechamos que Endesa sabía que hacíamos esta película, y que por ello no quisieron implicarse ni dar razones, así que decidimos rodar las llamadas para demostrárselo al público. Por otro lado, recuperamos del archivo las declaraciones de Martín Villa en los noticieros, que han cobrado valor en estos diez últimos años. Su cinismo queda de manifiesto, por ejemplo, cuando dice: “Es mejor ser mudos que tartamudos” –es evidente que prefirieron quedarse mudos– o “Chile tiene buenos jueces y es un buen país para invertir”, que se puede leer como “Señores inversores, no os preocupéis que si los mapuches se interponen los acusamos de terroristas y los jueces son nuestros cómplices”.

¿Cómo está rodada Apaga y Vámonos?

En 35mm, algo inusual en el género documental. Lo hicimos para darle la máxima calidad posible de modo que resalte la belleza natural de la zona del Biobío. Por otra parte, como realizador quería mantener mi teoría del director invisible.

¿Cuál es tu teoría?

Casi nunca utilizo la cámara al hombro, el montaje es lento, hay planos que aguantan más de cinco minutos. Mi idea es que el espectador se meta dentro de la historia, por eso utilizo largas panorámicas y muchos primeros planos, porque los personajes me parecen muy importantes y porque hay caras que son paisajes.

¿Cómo lograste la confianza de los mapuches para incluirlos en tu documental?

Yo creo que es el trabajo del documentalista ganar la confianza de personas que no son actores, a los que no les pagas por una entrevista, y a quienes tampoco puedes prometer la solución a sus problemas, porque un documental no los va a resolver.

Sí, pero el documental hace que más gente conozca estos problemas, que los entrevistados puedan expresarse y se sientan apoyados por los medios.

En el caso de Apaga y Vámonos esto que dices queda muy claro con la entrevista a la líder mapuche Mireya Figueroa. Mireya es una fugitiva de la ley en Chile, así que la entrevista fue clandestina y de hecho nos costó mucho hacerla –hay cosas que prefiero guardar en secreto para no comprometer a nadie. Pero sí es verdad que ella, como vocera del pueblo mapuche, entiende perfectamente que el cine es una manera de divulgar esta problemática. Pero a las familias relocalizadas por Endesa –que son personas muy humildes, analfabetas, que nos abrieron su casa sin más– tuve que seducirlas, decirles que estoy de su lado, porque lo estoy. No he tenido nunca una posición objetiva en mis documentales, al contrario, intento ser lo más subjetivo posible y creo que esto queda muy claro en el documental.

Hubo hechos demoledores, como la utilización de las orillas del río Biobío donde muchas familias tenían enterrados a sus ancestros, ¿en qué momento del rodaje te encontrabas cuando esto sucedió?

Un día quisimos rodar la presa muy de cerca pero, aunque los trabajadores nos dijeron que no podíamos rodar- es territorio ocupado por Endesa-, les preguntamos por unas vigas de maderas que flotaban en el agua; ellos nos dijeron que eran las casas de los mapuches y que ellos las estaban cerrando para que no estropearan la turbinas de la compuerta, y conseguimos filmar esa secuencia, que creo yo, es una de las más gráficas de la película. Igualmente nos enteramos, por el dirigente mapuche Antonil, de que allí había once cementerios mapuches y que Endesa no tuvo el mínimo respeto por sacar los huesos de los antepasados mapuches.

¿Tuviste en algún momento la impresión de no poder creer lo que veían tus ojos y encima no poder hacer nada para remediarlo, como le pasó a Hubert Sauper mientras rodaba La Pesadilla de Darwin?

Sí, cuando tú haces una película documental, aunque lleves un guión, las personas implicadas en la historia te dicen cosas que no esperas y que son fundamentales; por ejemplo, cuando me enteré de que el Sr. Martín Villa fue el mediador con Inglaterra para que Pinochet volviera a Chile sin cargos, que al cabo de un mes Endesa obtiene el permiso para construir la central Ralco y, como si fuera poco, al poco tiempo Villa es condecorado con la Cruz al Mérito Civil por Frei, el entonces presidente de Chile. Otra cosa sorprendente es que casi nadie en España sabe lo que Endesa ha hecho en Chile, y en Chile se sabe que Endesa es una compañía española, que casi toda el agua de Chile pertenece a Endesa.

¿Y cuándo palpaste la sensación de impotencia?

Cuando subimos con el equipo de rodaje a entrevistar a las familias relocalizadas, en medio de aquel paisaje nevado y de una gran belleza, pero que es una pesadilla cotidiana para las familias que viven hacinadas en esas casas baratas y que durante años no han tenido ni luz ni nada. Si te fijas, las entrevistas a dos familias diferentes están rodadas con el mismo plano, con toda la familia detrás y el padre que explica la situación en que Endesa los dejó; lo quise hacer así porque ellos son los protagonistas de esta historia y ese es el resultado.

El documental corrió peligro en Chile, ¿cuéntame exactamente qué sucedió?

Un diputado socialista de Chile ya me había advertido que la inteligencia de Pinochet se había reciclado en las grandes compañías y que tuvieramos ciudado, pero no temíamos nada, a pesar de que yo tenía dos tipos que me seguían a todos lados; pero no fue hasta que Pedro Cayuqueo fue detenido por personas vestidas de civil e incomunicado durante 3 días, que vimos que sí había peligro. Así que decidimos que el productor viniera antes a España con una copia de la cinta en vídeo, mientras que otra parte, donde se incluye la entrevista a Mireya Figueroa, fue enviada por correo y dio vueltas por el mundo hasta llegar aquí. Y la película estuvo escondida en unas cajas en Santiago durante un tiempo hasta que alguien la trajo y, afortunadamente, no pasó nada.

¿Consideras que actualmente existe represión social y racismo en Chile?

Absolutamente convencido. Los mapuches sostienen que hay un racismo hacia ellos y lo reafirma la gente de la izquierda chilena. Se trata de un racismo ideológico que es secuela de la dictadura de Pinochet, que cortó la libertad de expresión y de pensamiento, y además porque ser pobre en América Latina es muy jodido y más si se es indígena.
El caso de Juan Agustín Figueroa es evidente: paradójicamente es el presidente de la Fundación Pablo Neruda pero en realidad es un cazador de indios moderno que a través de la jurisdicción pone en la prisión a los mapuches y los trata como terroristas.

Incluyes una secuencia de animación como metáfora de la trama, música con letras mordaces; elementos que potencian la denuncia de Apaga y Vámonos, ¿de qué forma te encaminaste a utilizarlos?

Siempre me ha gustado montar una película de animación dentro de mi película y así llegar al título de la película en una secuencia de créditos. Para Apaga y Vámonos le propuse a una dibujante francesa, Fleur Noguera, que hiciera la secuencia, ella aceptó y trabajó a partir de lo que yo iba editando. Me pareció perfecto.
La banda sonora original electrónica se la encargué a Delfí Ramirez y también trabajamos a partir de las secuencias montadas. En cuanto a los dos temas, uno es “Río Abajo” de una banda punk de Santiago, Los Fiskales, que es una canción que denunciaba la invasión al territorio Mapuche hace 20 años, ya que contacté con ellos por casualidad y me dieron el tema. Para los créditos finales incluí la canción totalmente cínica de Los Nikis, un grupo de la movida madrileña, que se llama “El imperio contraataca”, y que creo que es una metáfora perfecta del “nuevo imperio español”.

¿Cuando comenzaste a rodar tenías idea de las implicaciones mediáticas que tendría Apaga y Vámonos en España?, ¿cómo te sientes con la acogida en los festivales?

Cuando empezamos a rodar tanto yo como Esteban Bernatas, el productor que se ha implicado de comienzo a fin, sabíamos que Endesa a nivel publicitario controla todos los medios, lo que haría difícil divulgar el documental en España y también que Rodolfo Martín Villa es ahora presidente de Sogecable, así que estábamos pillados por todos lados. Sin embargo, a sólo un año de rodaje, estamos contentos de que la película haya sido seleccionada en 20 festivales y premiada en tres de ellos, que haya generado interés no sólo por la temática sino también desde la perspectiva cinematográfica.

En España hemos pasado por Docupolis, Festival Internacional Documental de Barcelona y el Festival Internacional de Cine de Gijón, así que, en general, estamos muy satisfechos de pertenecer a esta “globalización audiovisual” que va desde Canadá, ya que comenzamos en el Festival Hot Docs de Toronto, a Chile, porque estamos seleccionados en el Festival de Valdivia; también iremos a Copenhague, Oslo, Sao Paulo y Montreal, entre otros.


Manel Mayol i Riera nació en Barcelona y estudió Bellas Artes y Fotografía en el Huddersfield Technical College (Reino Unido). Desde hace 15 años, ha realizado documentales de cultura y denuncia política, entre ellos, Un mundo transparente (2003), El carnaval de Berlín (2000) y Call him Jess (1999). Mayol ha trabajado en distintas televisiones y productoras españolas y sus trabajos han sido proyectados en distintas ciudades de Europa y Estados Unidos.

     
   
 
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