nº 131
noviembre 2005
 
 
Debates
 

Narrativa hispánica

LA VIDA EN BLANCO
Juan Pedro Aparicio
Menoscuarto
Palencia, 2005
181 págs., 14€

Uno de los lugares comunes en torno a la industria editorial española consiste en afirmar que no se publican libros de cuentos porque no se venden, y que si alguien los publica es gracias a los beneficios obtenidos con la venta de novelas. Por fortuna, a los amantes del cuento aún nos quedan editores a contracorriente capaces de obrar milagros como el de Menoscuarto, editorial nacida en Palencia hace poco más de un año con la voluntad de dedicarse exclusivamente a la narrativa breve en castellano. El último volumen aparecido –el quinto, tras los de Ignacio y Josefina Aldecoa, Horacio Quiroga y Gonzalo Calcedo, nombres que ya nos indican el nivel de exigencia de la colección– está dedicado al leonés Juan Pedro Aparicio (1941), autor de sólida trayectoria que ha cultivado con idéntica fortuna la novela, el ensayo, el artículo periodístico y el libro de viajes.
La vida en blanco contiene dieciséis cuentos de diversa época y procedencia. Escritos entre finales de los sesenta y el otoño de 2004, sólo cinco de ellos son inéditos, mientras que el resto estaba disperso en antologías, colecciones temáticas y suplementos de prensa. Reunirlos ha sido todo un acierto, y pienso en especial en quienes no han leído a Aparicio, que ahora disponen de una excelente ocasión para aproximarse al característico universo literario del autor.
Entre la inevitable diversidad formal y temática, destacar un cuento del conjunto depende enteramente del gusto personal. Los más antiguos –“Jaque mate”, “Sefanías ‘el tinajero’”–, agrupados en la parte final junto a dos microrrelatos, se me antojan deudores en exceso de la fábula moral. “La gata” y “Malo en el Bernabéu”, muy distintos entre sí, son dos valiosos relatos policiales resueltos de manera indirecta donde lo que menos importa es el crimen. Pero si me dan a escoger prefiero la especialidad de la casa: los que utilizan la memoria histórica para hacer aflorar un sentimiento de nostalgia, casi siempre a partir de una pérdida o de un sueño inalcanzado. En “Santa Bárbara Bendita” y “El pozo”, ambientados ambos en los movimientos universitarios contra Franco, un equívoco ilumina inesperadamente el desengaño de los idealismos juveniles. “Cig¸eñas en la catedral”, por su parte, escrito bajo “el desánimo tanto individual como colectivo que supuso el embalse de Riaño”, puede leerse como una magistral revisitación al motivo del castigo divino a la soberbia humana.
Quien se acerque a estos cuentos comprobará que el acercamiento es recíproco, pues si algo caracteriza a Aparicio es ser un escritor cercano, de aquellos que tras leerlos nos dejan la grata impresión de haber recorrido de su mano una biografía sentimental, casi de conocerlos personalmente. Por eso me gusta imaginarlo, al entregar al editor este conjunto de relatos, sintiéndose como el niño apocado del cuento “Juicio final” –quizá el mejor de todos– cuando lleva a encuadernar la colección completa de tebeos Zarpa de León, su tesoro más preciado, “como si por tenerla encuadernada la hiciera más mía”. Pues eso.
FRANCESC NADAL

DISECCIÓN DE UNA TORMENTA
Menchu Gutiérrez
Siruela
Madrid, 2005
144 págs., 15 €

Nueva entrega prosopoética de una de las narradoras más enigmáticas del panorama literario español. La madrileña Menchu Gutiérrez cultiva un estilo personal a caballo entre el género novelístico (pues sin ninguna duda crea universos autónomos) y la poesía (pues ofrece usos del lenguaje altamente figurado, como lo son, también, esos mismos universos narrados).
En Disección de una tormenta leemos la narración en primera persona de una mujer que se recluye en un sanatorio, ocupada su cabeza por la piedra de la locura. Sus pensamientos y la narración de lo que le va sucediendo se alternan con sus apuntes sobre el papel. Lo singular del proceso es que se trata de una suerte de “sanatorio del pelo”; no es sólo que el edificio tenga flequillo, cubierta como está la techumbre por una espesa capa de pelo (quizá, la imagen más arriesgada de todo el texto, valiente en su totalidad), sino que en su interior el pelo hace las veces de elemento sagrado, capaz de acercar a las personas a lo metafísico, o, cuando esta unión se revela traumática, de alejarlas aunque sea momentáneamente. Lo metafísico puede interpretarse en diversos sentidos (Dios, el pensamiento, la poesía, el arte), pero se puede reducir, en última instancia, al deseo. Combinadas con imágenes certeras como dardos: “La música es una cabellera”; “El animal de deseo de Mélisande, su pelo, le ama más que Mélisande”, hay otras que diluyen el ritmo de la narración de pura literariedad, lo que en este caso significa dificultad de comprensión inmediata y constante necesidad de interpretación. En todo caso, son en su mayoría asombrosas.
El sanatorio es una reproducción a escala del mundo real. En el proceso curativo de la paciente, que culminará en la catártica tormenta evocada por el título, el director ejerce de carismático maestro de ceremonias. Pero el verdadero protagonista del texto es su cetro bicéfalo, coronado por sendas cabezas con y sin pelo, representando la cordura y la locura respectivamente... o al contrario. La novela, sagazmente estructurada como una cinta de Moebius (al menos en cuanto refiere al final, eternamente diferido), es en síntesis una singular alegoría poética sobre la locura y la cordura, y sobre la delgada línea –quizá del grosor de un cabello– que las separa y las une.
ISABEL ALONSO BRETO

EL QUIJOTE. INSTRUCCIONES DE USO
Edición y prólogo: J. Francisco Ferré
e.d.a. Libros
Madrid, 2005
308 págs.,22 €

Estamos saturados de quijote. De centenarios, celebraciones, ediciones de lujo comentadas, reediciones comerciales, pósters, logos, programas de televisión, canciones rap dedicadas al ingenioso hidalgo. Hastiados de la historia cervantina, nos encontramos con este El Quijote. Instrucciones de uso, con edición a cargo de Juan Francisco Ferré, que se nos presenta como una contestación al centenario institucional. Como si los autores compilados padeciesen esa misma enfermedad que a nosotros nos acosa. Sus 28 autores se enfrentan, desde las propias coordenadas, a la paradoja de vencer al hastío para volver a usar el Quijote, para insuflar vida a lo que hoy parece gramática muerta. Tras el caudaloso prólogo de J. Francisco Ferré, hallamos cinco generaciones de escritores (desde 1930 a 1970) que intentan recuperar lo que de valioso hay todavía en el texto cervantino. Uno de los mayores logros de esta compilación es el de mostrar panorámicamente el modo en que cada generación, desde Goytisolo (1931) hasta Juan-Cantavella (1976), se las ha tenido con el texto cervantino. Juan Goytisolo, el primero de los autores compilados, nos ofrece una historia agnóstica de la recepción del Quijote. La generación de los 40, abandona ese agnosticismo y ensaya el interés de ciertos aspectos olvidados del Quijote: la pedagogía de su locura, su actualidad, su universalidad. Sin embargo, la lectura de Borges parece marcar a las generaciones posteriores. La de los 50, con José Antonio Millán entre otros, parte del juego hermenéutico establecido por Menard como base de interpretación. Pero quizá lo más suculento del libro que aquí nos ocupa sean las dos últimas generaciones que entran en juego. La de 1960, con su rechazo frontal y casi ideológico al texto cervantino, su deconstrucción y la voluntad de ensuciarlo de realismo. Los textos de David González, Manuel Vilas y Patxi Irurzun son muestra de ello. Finalmente, los 70 y su propuesta más lúdica y transgresora, con Cebrián, Fernández Porta y Migoya entre otros, parecen inocular al Quijote el virus de la Biblioteca, haciendo que sus personajes bailen con la música del resto del cánon y que todo resulte un juego perverso de textos que remiten a ellos mismos. En definitiva, un libro valioso en donde encontrar desde declaraciones sinceras de amor y odio hasta propuestas vanguardistas de cómo enfrentarse a un clásico y no morir en el intento.
JOAQUIN FORTANET

OBSERVAMOS CÓMO CAE OCTAVIO
Hernán Migoya
MR. Editores
Madrid, 2005-10-26
220 págs, 16,15 €

Observamos cómo cae octavio (MR Ediciones) es la novela sobre niños que nunca tendrían que leer los niños. Con un dibujo infantil de portada y letras de colores separando a las voces de los diferentes personajes, la novela está perfectamente camuflada para que pase la censura de padres inocentes y niños igualmente inocentes queden embarrados con el horror de la vida real (disputas familiares, violaciones infantiles, masturbación, monstruos). Este perfecto atentado pedagógico está fraguado en poco más de una tarde de lectura repleta de al menos tres voces infantiles muy diferenciadas por el tono y el color: Teté es un niño bastante “normal” de unos diez años y que conoce lo que un niño de esa edad debe saber. Nanin es el hermano menor de Teté, más pequeño e inocente y que aún le faltan muchas por cosas por entender; tiene un amigo invisible –Octavio–, tiene miedo del ogro Santos, y aún no separa muy bien la vida real de la imaginada. Por último está Mina, niña inteligente, lúcida y por eso mismo rara, que entiende muy bien el mundo de los adultos pero no termina de comprender qué pasa con ella misma. Pero esta novela no caerá en manos de los niños, nadie lo permitirá, y si incluso eso ocurriera, quizá no llegue a ser entendida porque es una historia para adultos que fueron niños, que no lo olvidaron, y que tampoco están muy contentos con ello; para estos adultos la historia es más bien inquietante. A pesar del lenguaje infantil con que hablan los personajes, la novela cuenta una historia cruda pero al mismo tiempo tierna en la que de una u otra manera nos podemos reconocer como adultos disfrazados, por alguna extraña obsesión, de niños. Hernán Migoya, que comparte esa obsesión, después de escribir el polémico libro de cuentos Todas Putas (El Cobre, 2003) y la biografía de la popular stripper española Chiqui Martí: Piel de ángel (MR Editores, 2005), se embarcó en esta historia de niños para adultos. Observamos cómo cae Octavio se configura entonces como su primera novela, y quizá la última, como él mismo ironiza.
MIGUEL ESQUIROL RÍOS

Narrativa extranjera

MI VIDA DE FARSANTE
Peter Carey
Trad. de Javier Calvo

Mondadori
Barcelona, 2005
275 págs., 19,50 €

En la segunda mitad de los años setenta, el maestro de la farsa Orson Welles dirigió y estrenó F for fake. La película, mezcla de ficción documental y ensayo, repasa las distintas concepciones de autoría desde la Edad Media hasta nuestros días y presenta una tesis: en la vida cultural actual el autor es más importante que la obra, importa menos el arte que la fama y son muchos los que conocen de memoria la biografía de autores que nunca han leído; la falsificación y la suplantación se imponen, en este panorama, como gestos artísticos, acaso los más genuinos a los que se pueda aspirar.
Mi vida de farsante, del australiano Peter Carey, suscribe esta misma tesis. La novela explora las tensiones existentes entre autor y obra y las formas perversas y entusiastas con las que el sistema cultural asimila cualquier cosa que huela a novedad. Carey plantea una trama sencilla: un joven poeta –Christopher Chubb– cansado de la pose pseudo intelectual de sus contemporáneos y la artificialidad de las revistas literarias adictas a la avant garde, inventa un poeta imposible –Bob McCorkle– con una obra absurda. Nadie duda de la genialidad de este nuevo artista de la clase proletaria que cobra cada vez mayor entidad, al que todos citan y que, evidentemente, permanece ajeno al tentador mundo de la intelligentzia literaria. Cuando aparece un supuesto McCorkle reclamando su identidad (y la gloria arrebatada), la farsa del poeta se convierte en tragedia. El farsante y su creación se enfrentan en una persecución por medio planeta.
En Mi vida de…, farsa y farsante se articulan como elementos antagónicos enfrentados: recordamos aquella parábola perfecta de la tensión entre creador y obra, que relata el odio entre Victor Frankenstein y su criatura hecha de pedazos de hombres (una criatura que es la falsificación de un hombre). Chubb y McCorkle son opuestos complementarios, enemigos mortales e indispensables que representan la doble cara de la Creación. Chubb odia a su criatura como se odia a cualquier cosa creada: con un sordo arrebato de rencor; McCorkle odia a Christopher Chubb con esa carga de frustración y deseo de protagonismo que ciertos hijos sienten hacia sus padres.
Como la criatura del noble doctor, la novela de Peter Carey está hecha de retazos de otras novelas: al leerla se siente el influjo de Conrad, de Kipling, de Mary Shelley, pero también de Julian Barnes. Carey ha pensado y soñado una historia que combina varios mundos y varias formas de hacer literatura, ha gritado contra la impostura a partir de la impostura, ha convocado en sus páginas a editores, poetas y otros monstruos, ha demostrado estar allí (en el planeta de las convenciones literarias) y aquí (en la pléyade de los escritores desmitificados). El resultado lo habrá dejado satisfecho y, como el buen doctor que quería derrotar a los dioses –al terminar de teclear la última palabra o revisar la última corrección–, habrá gritado: “¡Respira!, ¡respira!”.
FACUNDO PIPERNO

EL HOMBRE DEL SÓTANO
Waler Mosley
Trad. de Héctor Febles

Poliedro
Barceloa, 2004
253 págs., 18 €

El individuo que tiene conciencia de que su vida no se dirige hacia ningún sitio, confía en que un día suceda algo que dé sentido a su tránsito por el mundo o que al menos le resuelva económicamente los años que le reserva su futuro. Y pocas son las inversiones que él hace para acomodar su situación al flujo de lo cotidiano. Aunque puede estar sucediéndole como al protagonista de esta narración, un hombre negro que jamás ha terminado nada de lo que empezó, cuyas decisiones sobre cómo actuar están en manos de los otros o de las señales imperantes en las circunstancias. Hasta que alguien dotado con los poderes del mal lo elige precisamente por haber vagado así por la periferia del mundo.
La primera parte de esta novela está dedicada a comentarnos quién es este tipo, alguien que no se aleja demasiado de los arquetipos de los personajes frecuentes en la literatura americana de nuestros días, y que él mismo, con su voz, se encarga de resumir: “Sentía que me perseguían y no sabía por qué. ¿Por qué estaba vivo, y veía, y pensaba, y soñaba, si en el mundo sólo había semáforos y televisores, exámenes y fracasos, vino tinto y muerte?”. Es un tipo que cree estar refiriéndose a lo universal al figurarse que es la cámara que registra la realidad de una vida que no deja de ser provinciana por más que se nos repita en libros y películas. Para conseguir su objetivo, Mosley le hace hablar con frases cortas en las que abundan golpes de efecto de cierta potencia: “Mi mente se va a la deriva cuando en la misma página hay oraciones difíciles o muchos datos”. Y así da inicio a la novela comentando la aparición del personaje demoniaco que le hará cambiar, pero entreteniéndose, en cuanto encuentra una referencia, en capítulos de su vida y en diálogos en que se muestra algo decadente y algo descarado, lo insuficiente como para darnos pistas acerca de la cantidad de peso que suponen sus sentimientos de desesperación.
En la segunda parte Mosley despliega el misterio: un blanco ha alquilado el sótano del protagonista durante varios meses para someterse a un encierro claustrofóbico. Sabemos que algo va a cambiar en el carácter del protagonista. ¿Pero qué? De entrada debe aprender a controlar su miedo. Y será el conocimiento, que va adquiriendo gracias a las fórmulas más elementales de diálogo, la de preguntas y respuestas, desplegadas en la tercera parte de la obra, como se invente la confianza en sí mismo. Saber cosas de su rival, de los instrumentos de la expansión del horror en el planeta, le libra del miedo.
La novela comienza planteándonos hasta dónde podemos llegar por dinero, y trenzando la trama con historias secundarias, con la lujuria, el pasado de raza de los afroamericanos y el poder de quienes deciden qué sucede en el mundo, termina tratando el tema de la redención moral. El hombre del sótano es la obra de un escritor que supera los préstamos de la realidad.
RICARDO MARTÍNEZ LLORCA

QUE SE LEVANTEN LOS MUERTOS
Fédérique Vargas
Trad. de Elena del Amo

Siruela
Barcelona, 2005
260 págs., 19.90 €

Desde su debut en 1986 con Les jeux de l'amour et de la mort, ganadora del Premio de Novela Policiaca del Festival de Cognac, la escritora francesa Frédérique Vargas no ha dejado de abrumar a sus lectores con una incansable producción literaria que ya suma quince títulos publicados, lo que nos daría un promedio de 15,2 meses dedicados a cada libro, lo cual, si bien ha hecho de Vargas una personalidad en el ámbito de la actual novela policiaca, no ha logrado darle todavía la calidad de best-seller por la que sus obras suspiran calladamente.
Que se levanten los muertos (Premio MystËre de crítica 1995) arranca con un hecho insólito: al levantarse una mañana, uno de sus personajes encuentra que alguien ha plantado un árbol en su jardín. Más tarde hallarán a este personaje muerto en extrañas circunstancias, en cuya investigación se verá implicado el carismático trío protagonista de la novela, especie de resabio estándar de la ya clásica formación triangular compuesta por personalidades en contraste (los tres Mosqueteros, Hnos. Marx, etc), en este caso tres estudiantes de Historia en paro, articulados a su vez por un viejo detective que actúa como aglutinador de este grupo dispar, fiel continuador del pícaro policía a lo Arsenio Lupin.
El estilo de Vargas, sin carecer de gracia y estilo, no aspira a remover ni un poco el lenguaje ni a servirse de este de manera personal. El enfoque es el de un híbrido entre el retrato naturalista, típico de la novela policiaca francesa, y la deducción geométrica propia de los autores ingleses, aunque Vargas se centra en los aspectos humanos de sus personajes, no tanto en las interioridades de la psique, lo cual deja poco lugar para lo discursivo o lo imaginario. Tal cosa nos lleva al problema sustancial de esta novela, y es que, si bien el género policiaco fue un género infravalorado en sus inicios, y en tanto sus autores de más calidad y renombre corrigieron con el tiempo este equívoco, hoy en día es infrecuente una obra policiaca que no plantee o cuestione en alguna medida la condición humana. Por ello es aún más grave la carencia de interrogantes o cuestiones de orden trascendente en el libro, o, como mínimo, que apuntasen a un terreno allende la mera estructura formal del mismo. A pesar de esto y de sus soluciones y giros en ocasiones inverosímiles, Vargas logra ser una escritora amena, apta para lectores poco exigentes, pues su novela crea uno de esos espacios de literatura calma y sin sobresaltos que no buscan el experimento narrativo y en los que el lector puede transportarse por unas horas al reconfortante mundo de la intriga.
FEDERICO FERNÁNDEZ GIORDANO

Literatura catalana

Biografia: Una novel·la amb 36 relats
Robert Saladrigas
Destino
Barcelona, 2005
160 págs., 18 €

Robert Saladrigas lleva cuatro décadas publicando novelas y relatos, además de ser crítico de literatura extranjera en La Vanguardia. Ya hace años publicó un libro que reunía sus artículos de prensa titulado Literatura i societat a la Catalunya d'avui. Tiene varias colecciones de relatos, CÚmplices de la ciutat o Tauromàquia: sol i llum, y algunas novelas. La llibreta groga, la última, fue premiada con el Josep Pla.
Su libro más reciente es Biografia: una novel·la amb 36 relats, experimento literario que narra, a través de pequeñas historias, momentos estelares de la vida sentimental de un personaje. Cada relato se puede leer por separado, aunque todos ellos componen un mosaico. Todos tienen el mismo protagonista, pero este se presenta en distintas variaciones a lo largo de la vida.
Empieza con los recuerdos del protagonista de las primeras horas de vida y acaba con un pequeño poema compuesto por las últimas palabras antes de morir. De la vida que empieza nos dice que los balbuceos que emite ya anuncian la conciencia de saberse “condemnat a la derrota final”. De la infancia recuerda los primeros arrebatos contra el orden y la frustración por no haber tenido una bicicleta. Ya mayor, experimenta el oscuro deseo de morir atropellado por la dichosa bicicleta, el desasosiego que produce la vida rutinaria porque “no soporta la idea reconfortant d'un demà” y el desamor. Otras veces, el personaje cae en la ensoñación, mira una fotografía de Venecia, e incluso parece creer en la literatura y en algunas palabras. Evoca a Stevenson, la Bíblia, o cuenta la impostura de un famoso escritor contemporáneo. Pero al final siempre está “la hora justa de la sentència”, y bien que lo sabe el protagonista, de modo que el desasosiego es aún mayor, aunque crea cambiar de identidad, convirtiéndose en otro o asistiendo a un baile de disfraces y quiera ser siempre el mismo.
Ante tanto infortunio rutinario, sólo cabe intentar vivir y, si acaso, glosar la vida para escribir una novela con el título de Biografia, vida y milagros de un hombre desconsolado, en la que Saladrigas ha desplegado todo su oficio para seducir al lector, aunque algunas de sus historias nos dejen a veces un poco desconcertados por su minimalismo: parecen esbozos de un argumento y dejan al lector con ganas de más.
MARTÍ BASSETS

Poesía

La sangre de los fósiles
José María Micó
Tusquets
Barcelona, 2005
160 págs., 14 €

Traductor de March o Ariosto, y estudioso de Góngora y Alemán, José María Micó (Barcelona, 1961) levanta de vez en cuando los ojos de los viejos libros para acercarse a la creación, sorprendiendo y construyendo una obra poética cada vez más consolidada. Tras La espera (Hiperión), Camino de ronda (Tusquets) y Verdades y milongas (DVD) el autor publica ahora La sangre de los fósiles, un libro cuyo derrotero, señalado ya en el título, está marcado por la búsqueda de una huella, un signo: un rastro de vida en la materia ya inerte.
La sangre de los fósiles se divide en tres partes y se configura mediante un lenguaje sencillo y sereno, con un deje culto pero no opaco, adornado con algún que otro arranque de musicalidad (“la luz de un sol insólito”). Las secciones –“Ser y estar”, “Tránsitos” y “Divieto di sosta”– se amalgaman por la interrogación de la edad madura, el sentimiento del paso del tiempo, el deseo y la conciencia de la creación artística.
Si “Ser y estar” mantiene unos poemas de construcción homogénea que alcanzan la trascendencia desde un tono autobiográfico, “Tránsitos” se muestra como la parte más dispersa y menos estructurada, donde se alternan esos pequeños “fósiles”, a modo de haikus, con construcciones más largas centradas en la memoria –con poema dedicado al 11-M incluido: “Los nombres de Atocha”–, y la escritura como testimonio de la realidad, “cuando el olvido cumpla / su pacto de agresión contra este instante, / diré: ‘yo estuve aquí’.. / Y aquí está escrito”.
“Divieto di sota”, la última y tal vez más interesante de las secciones de La sangre de los fósiles, nos muestra la relación del yo poético con el arte y la escritura a través de un viaje por Italia y de la obra de Ariosto. Son poemas con continuas referencias culturales que van desde Leonardo o Dante, hasta Brueghel. La lluvia aparece de manera recurrente en unos versos que recuerdan a Zagajewski. En “Divieto di sota”, J. M. Micó muestra la tensión entre vida y literatura, el poeta se sitúa lejos de la pulsión vital (“en un paisaje / de libros mejor hechos que nosotros”), pero que a la vez se culpa por perdérsela, cuestionándose la necesidad de escribir después de que los clásicos, como Ariosto, ya lo hayan escrito todo, “Y yo ¿qué canto ahora?”… Emoción, pues, y rigor poético se equiparan en este último aporte de un autor cuya impecable escritura nos devuelve, por el camino más amable, hacia los grandes temas.
JOAN RICO

ACANTO
Nicole d’Amonville Alegria
Lumen
Barcelona, 2005
103 págs., 12 €

Una reseña al uso encontraría en este libro de Nicole D'Amonville Alegría (San Salvador, 1967) el trampolín perfecto para un baño de hipérboles, paráfrasis y pseudo-comentarios ininteligibles. Cada vez es más difícil encontrar reseñas de poesía que combinen, equilibradamente, contextualización, comentario y valoración, que deben ser sus ingredientes básicos.
Para el contexto hay que tener en cuenta que la autora ha traducido con excelencia a Shakespeare, Dickinson y Mallarmé, es decir, a poetas de una extrema conciencia ling¸ística. Y que su itinerario personal se ha definido por la trashumancia: ha vivido en Mallorca, París y Londres, actualmente reside en Barcelona; y ha viajado por ¡frica y América, provechosamente. Entre sus otras influencias (no se ha inventado una palabra mejor) están la literatura africana contemporánea, cierta tradición poética hispanoamericana que ha hecho del ritmo (la métrica, la aliteración, la onomatopeya) su instrumento de recuperación de prácticas ancestrales, o heteredoxos como el panameño Edison Simons, el catalán Joan Brossa o el mallorquín Miquel Bauçà.
Barajar esos nombres y datos con otros que se mencionan en Acanto permite constatar una exigencia considerable. No en vano es Vallejo el autor del epígrafe inicial (“¿Para sólo morir, / tenemos que morir a cada instante?”). La lectura reclama un esfuerzo. No estamos ya, afortunadamente, bajo la tiranía de la mediocridad que se impuso tras el éxito de la primera, interesante “poesía de la experiencia”. Al contrario, nos encontramos ante unos versos que recorren todos los niveles de significación, incluido el del significante, para tratar los temas de siempre (el amor, la muerte, el viaje, el sexo) desde “el deleite de las letras”, la desaparición y la desmembración de las palabras, “cantándose a sí mismas”.
Considero que las mejores secciones del libro son la segunda y la tercera, en que D'Amonville compone una suerte de diario (de viajes) mediante destellos de dos o tres versos. En las otras dos, la valoración pide suspenderse. Por lo general, un poeta alcanza este grado de depuración después de una maduración que se ha podido rastrear en varios libros. La poeta, en cambio, sólo ha editado un título previo, Estaciones (1995). Habrá que esperar al siguiente para saber en qué fraguan las intuiciones y los experimentos de Acanto. Su desafío inesperado.
JORGE CARRIÓN

Ensayo

La filosofía en Borges
Juan Nuño
Reverso
Barcelona, 2005
245 págs. 19€


Hay pensadores cuya reputación está injustamente por debajo de sus méritos. Juan Nuño (Madrid,1927- Caracas, 1995) es uno de esos flagrantes casos, pues su extensa obra filosófica y su excelente labor docente en la Universidad Central de Venezuela apenas son conocidas en nuestro país. La filosofía en Borges se editó por primera vez en 1986 por Fondo de Cultura Económica de México y constituye –de ahí el interés en su reedición– uno de los más perspicaces análisis de los fundamentos filosóficos empleados por el escritor argentino en sus relatos. Nuño sostiene que Borges recurría a un platonismo conceptual al primar lo inteligible (Ideas o Arquetipos) frente a lo sensible (la percepción). Un idealismo que adecuaba a sus textos sin importarle demasiado su rigor ontológico. A ese respecto dirá Nuño:“La filosofía es el pretexto para la creación de estructuras narrativas. Por eso no necesita recurrir a la precisión filosófica, pues el valor de su escritura reside en su peculiaridad narrativa”.
Nuño analiza distintos relatos de Borges para señalar sus obsesiones filosóficas y los rastros platónicos: lo inmutable (Ideas) frente a lo transitorio –“Tlˆn, Ugbar, Orbis Tertius”, “Las ruinas circulares”–, la imposible creación y la tautología que implica todo lo dicho y escrito –“La Biblioteca de Babel”–, el valor de la ambig¸edad, la copia y la paradoja –“Pierre Menard, autor del Quijote”–, el carácter fantasmagórico del mundo y el yo ilusorio –“El otro”, “Veinticinco Agosto, 1983”–, los límites y distorsiones del tiempo –“El jardín de los senderos que se bifurcan”– y la memoria como una identidad hecha añicos –“Funes el memorioso”.
Con la minuciosidad de un relojero y estilo exquisito (fluido, claro, argumental y bien armado literariamente), Nuño indica una a una las incoherencias y el imposible cumplimiento de los presupuestos platónicos que justifican los relatos de Borges. Sin embargo, esas enmiendas no deben entenderse como si tratase de desprestigiar su saber filosófico o desmerecer su obra. Nuño reconoce abiertamente el magisterio literario de Borges y cómo éste confirma la afirmación surgida en el Circulo de Viena de que “la metafísica es una rama de la literatura fantástica”. Del mismo modo que Borges utiliza la filosofía como pretexto para crear sus ficciones, Nuño aprovecha las tramas narrativas del escritor para elucidar determinados temas nucleares de la filosofía, especialmente la tensión entre idealismo y materialismo. Para concluir, quiero destacar un aspecto de esta obra que aunque secundario no es menos importante: cómo sutilmente suscita que leamos a Borges. Este es el mejor elogio y reconocimiento que podría hacerse al insigne argentino.
alberto hernando

El gran impaciente.
Suicidio literario y filosófico

Toni Montesinos
March Editor
Madrid, 2005
284 págs., 15 €

Toni Montesinos (Barcelona, 1972) es licenciado en Filología Hispánica y colabora en diversas publicaciones de crítica literaria, cine y ensayo. El autor hace un recorrido histórico por el suicidio religioso, filosófico y literario. Comienza esa línea de tiempo con apartados dedicados a los pueblos bárbaros, la antig¸edad grecolatina, la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco. Capítulo aparte merece el siglo xx, muy prolífico al respecto.
“Saludo a todos mis amigos. Ojalá puedan ver el alba tras la larga noche. Yo, demasiado impaciente, me marcho antes” escribía en su nota de despedida el escritor austriaco Stefan Zweig, unos minutos antes de ingerir una dosis mortal de narcóticos. Estas palabras sentencian el espíritu común que aúna a los más de trescientos cincuenta autores incluídos en esta recopilación, que abarca desde el siglo vi a.C. hasta la actualidad. Gracias a todos ellos, asistiremos a un desfile protagonizado por la muerte voluntaria y el arte literario y filosófico llevado, en muchas ocasiones, hasta el paroxismo. Conoceremos un amplio repertorio de métodos, lugares y excusas para salir de la vida; viajaremos en el tiempo para descubrir detalles de derecho, religión o psiquiatría que explican la actitud histórica del ser humano frente al suicidio.
Lo más interesante del libro tal vez sea la cronología de literatos y filósofos suicidas, inaugurada por Pitágoras en el siglo vi a.C., pasando por Séneca, Petronio, Lev Tólstoi, Máximo Gorki, Nikolai Gógol, Guy de Maupassant, Vladimir Maiakovski, Jack London, Ernest Hemingway, Walter Benjamin, Virginia Woolf, Yukio Mishima, Tennessee Williams, Alejandra Pizarnik o Gilles Deleuze, y que se cierra con el escritor y periodista estadounidense Hunter S. Thompson, en febrero de 2005.
La última sección del libro corresponde a una antología de poetas suicidas del siglo xx, en la que se incluyen autores poco editados e incluso completamente inéditos.
Por cierto… el autor invita a los lectores a contribuir y enriquecer este catálogo de muertes voluntarias con los nombres que seguramente faltan en esta recopilación, así como también para enmendar y corregir posibles errores. La página web www.elgranimpaciente.com tiene como objetivo mantener esta obra constantemente actualizada.
JULIÁN CHAPPA

Arte

GOYA
Robert Hughes
Trad. de Victoria Malet Perdigó y Caspar Hodgkinson

Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Barcelona, 2005
480 págs., 28,75 €

Historia de la belleza
Umberto Eco
Trad. de María Pons Izázabal
Lumen
440 págs., 38,94 €


Se trata de dos libros nada convencionales. El de Eco es una decadente y desvencijada enciclopedia llena de polvo europeo. El libro de Hughes es un excesivo y a ratos genial ejercicio de periodismo cultural postmoderno.
Hughes se expone, muestra sus heridas y sus afectos, se anega en las complejidades del pintor español y de su época; nos seduce aunque apenas aporte nada nuevo. Umberto Eco, solvente en su eficacia vocinglera, es una vez más el excelente bricoleur de tesinas al que nos tiene acostumbrados. Casi todo el material del libro proviene del CD-Rom Belleza. Storia di un'idea dell'occidente (Motta on line, 2002), a pesar de lo cual Lumen consigue editar un vademécum de bella factura.
Hughes, lejos del academicismo, parece un reportero de la generación beat que, tras una larga terapia psicoanalítica, se enfrasca en una road-movie que recorre las españas del siglo xviii de la mano del genial pintor. Analiza los gustos culturales de los regentes, los usos y costumbres del pueblo llano, las vestimentas, las disposiciones urbanísticas, los pintores coetáneos, las decadencias perennes, los poderes fácticos, la palurda manera de entender la joie de vivre de las clases pudientes peninsulares, la violencia como ensueño catártico, marcando ya en aquella época lo que será la larga noche de la España Negra. Una crónica concienzuda en la que Hughes no fluctúa ni al barajar datos ni a la hora de jugarse el propio pellejo.
En su discutible argumento, Eco traza un segmento que parte de los griegos y nos acompaña a lo largo de dos milenios de la historia de Occidente, hasta el cine y la televisión. Aborda el orden y la magnitud helenas, la armonía aristotélica. No olvida a Platón, la inspiración pitagórica, la Edad Media, el Renacimiento, el Cristianismo, el impulso de la belleza hacia lo feo, la muerte y la crueldad, etc. Narra la revisión del individuo que acomete la estética burguesa en el siglo xviii. Resigue su hilo conductor hacia un Kant que recoge el testigo y lo extiende a la confrontación con la Naturaleza. Para Eco la verdadera y trascendental revolución del concepto de Belleza sobreviene en el siglo veinte con el urinario de Duchamp. El concepto de Belleza se desintegra se arroga a “la orgía de la tolerancia, el sincretismo total”, al politeísmo absoluto. Libro erudito donde los haya, como todos los proyectos de Eco. Me pregunto si no hubiera sido más hermoso, incluso más coherente, un libro sobre la belleza sin texto, un recorrido en imágenes abierto a la polisemia y algo menos etnoeuropeo. Faltan en este libro los orientes, falta compromiso, sobra un poco de Eco.
LLUIS ALABERN

De la esencia o del desnudo
François Jullien
Trad. de Anne-Hélène Suárez
Alpha Decay
Barcelona, 2004
183 págs., 21 €

Desde la simplicidad de afirmar que el desnudo es trasgresor porque todo está ahí y no hay más allá, a la complejidad del desnudo entendido como una cuestión metafísica que concierne al ser y a la esencia, François Jullien conduce su razonamiento por la estética filosófica desde la Grecia clásica a la tradición de la pintura en China. Cuenta con una excusa –un libro de fotografías de Ralph Gibson–, una herramienta –su experiencia de sinólogo– y desarrolla una hipótesis que acaba analizando la conformación de Occidente.
La fotografía fija el desnudo en su eternidad de esencia porque puede apartar un instante: lo que queda del devenir, el ideal de la forma y el cuerpo como ideal de lo siempre igual. El desnudo impone la adherencia y el impacto de la mirada, invita a lo sublime, al pensamiento que se abre por una “sacudida” de los sentidos y al que acude la emoción. Es la esencia mostrada en su desnudez, sin las capas de significación por las que se accede a ella, el sujeto expandido y en sus totales extensiones, sin mediaciones ni predicados: absoluto. Porque si bien varía la forma de la desnudez, la representación y la mirada, no varía el cuerpo desnudo, despojado de su último rastro.
Sólo una cultura que piensa en esencias puede soportar la experiencia del desnudo y sólo una cultura que vive en la mutación y entiende el cuerpo como concreción y tránsito de una energía global, carece de él. La pregunta entonces se remonta, a la manera kantiana, a las condiciones de posibilidad y comienzan a entretejerse reflexiones alrededor del pensamiento. De la misma manera que la lógica es la herramienta de análisis y de formación de la filosofía que aspira a la verdad, el desnudo ha acercado el cuerpo al ideal porque ha privilegiado una forma que se va depurando. François Jullien arriba entonces a una cuestión fenomenológica, de acceso al objeto y posicionamiento con respecto a un otro que desea capturar lo que queda en una búsqueda incesante como el diálogo socrático, por selección y abstracción.
En definitiva, el desnudo no hace más que actualizar una y otra vez aquella pregunta planteada por los griegos que continúa abierta y cuya pertinencia es imposible dentro de la cultura china: ¿Qué es lo bello? De esa apertura todavía se intentan respuestas en lo invariable: el cuerpo en su formulación como ideal.
IVANA MOLLO

Colecciones

Literatura coreana

El canto de la espada
Kim Hoon
Trad. de Hye-Sun Ko y Francisco Carranza Romero
Trotta
Madrid, 2005
294 págs., 17 €

Reflexiones sobre una medusa
Lee Soon-won
Trad. de Eun-Hee Kwon y Cho-lim Seong
Trotta,
Madrid, 2005
83 págs., 8 €

La coleccion “Peligros de Oriente” ofrece dos nuevos títulos en dos delicados volúmenes. El canto de la espada de Hoon, best seller en Corea, recrea la vida y milagros del almirante de la armada coreana I Sunsin, victorioso héroe de la guerra con Japón de 1598. La narración se centra en el punto de vista del protagonista –en los últimos dos años de su vida– y se alterna con descripciones inspiradas en la bitácora bélica de I Sunsin. El drama personal desmitifica al héroe y sus meditaciones sobre la vida y la muerte son el telón de fondo del conflicto. Menos heróico pero no por ello menos fascinante es el personaje de Reflexiones sobre una medusa. Li Seil es un vaquero a quien todos conocen como “Medusa”, por la tara física que arrastra desde la infancia por culpa de su primo Dogun. Sobrevivirá vagando de feria en feria, antes de volverse jugador en los mismos salones donde juega su primo.

La hoguera
Su Jung-In
Trad. de J. Catalán Sánchez, J. M. Areta Ayuso, Chong Wook Park Verbum. Madrid, 2005
112 págs., 10 €

La cuchara en la tierra
Hyun Ki-Young
Trad. de Sun Hee Byun, Francisco Bermúdez Colombiano, Waldo Pérez Cino Verbum. Madrid, 2005
282 págs., 12 €


Estos dos autores coreanos abordan en las obras que presentamos temáticas y estructuras literarias totalmente distintas. La hoguera trata un tema que, a pesar de la lejanía de su autor, nos resulta muy cercano: la Inquisición, mancha negra de la historia de Occidente; concretamente, el proceso, la condena y la muerte de un fraile italiano. Se trata de una búsqueda de la verdad a través de los velos que le ha querido imponer el tiempo.
La cuchara en la tierra –considerada ya una clásica Bildungsroman en su tierra– es en cambio, una historia más ligada a la biografía de su autor. El libro consigue ligar de un modo asombroso la infancia y la juventud del autor con la turbulenta historia coreana. Nos encontramos, pues, con dos delicias orientales que han sido rescatadas del vacío.


Música


Diccionario del rock y la música popular
Roy Shuker
Trad. de Joan Sardà e Iván Moldes Vallejo
Barcelona, 2005
Robinbook
348 págs., 25,95 €

Jazz latino
Isabelle Leymarie
Trad. de Joan Sardà
Barcelona, 2005
Robinbook
202 págs., 19 €


Va de música. Estos dos nuevos títulos de Robinbook nos sumergen en la historia y los secretos de algunos de los ritmos más escuchados de nuestros tiempos. Con bastante rigor y abordando desde muchos ángulos distintos el fenómeno musical y la cultura que lo envuelve, Roy Shuker analiza, en su Diccionario del Rock, un sinfín de géneros. Pasando por el reggae, el techno, o el punk rock entre otros, describe también las subculturas musicales, desde los hippies hasta los góticos, y estudia el fenómeno de los fans y los coleccionistas de discos.
Nombres ya tan míticos como Jelly Roll Morton, Machito y Dizzy Gillepsie suenan juntos en el libro de Leymarie, en una bien documentada reconstrucción de la historia del jazz latino, desde su nacimiento en Nueva Orleans, Nueva York y La Habana, hasta sus más recientes evoluciones.


 
     
   
 
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