nº 131
noviembre 2005
 
 
Debates
 

La guerra por el honor de Moana Pozzi
IGOR MAROJEVIC
Trad. de Silvia Monrós-Stojakovi

Al ver desde la terraza a tres hombres que se acercaban a la entrada de su casa, Boris se puso tras la mirilla. Le pareció que entre los visitantes inesperados estaba Gianlucca Oxa, el actor porno, de pelo corto y rizado, que había huido de Italia a Boka Kotorska por evasión de impuestos. Oxa llamó de nuevo a la puerta y, al cabo de un rato, los tres hombres iniciaron su descenso por las escaleras. Entre ellos, Boris se fijó en el hombre de pelo largo: tenía el aspecto de alguien dispuesto a embaucar a cualquier incauto. Le recordó a un tipo que, en los últimos años, había aparecido con frecuencia en las crónicas negras. La prensa internacional hacía múltiples conjeturas acerca de que él, Macciochi, el viudo de la estrella porno Moana Pozzi, muy bien podía estar implicado en los ocho homicidios perpetrados en Italia, Estonia y Kazajistán. Los argumentos para sospechar de aquel hombre de negocios cobraban mayor fuerza a medida que iba aumentando el número de pleitos judiciales que lograba resolver en beneficio propio. Como único heredero de los derechos de reproducción de la cara y el cuerpo de Moana Pozzi, a título de indemnización, se había embolsado 1.000.000.000 de liras de una compañía de productos alimenticios, la MoanaFastFood, así como de una empresa, que, del mismo modo, violando la ley de derechos de autor, había imprimido la imagen de su difunta esposa en camisetas. Según la opinión más difundida, él era responsable de los asesinatos de los infractores de dicha ley, que, mediante la ayuda de la cirugía plástica, transformaban los rasgos físicos de las prostitutas, a fin de que pudieran satisfacer a los numerosos clientes aficionados a Moana Pozzi. Las cuatro víctimas femeninas se parecían asombrosamente a Moana. De las cuatro víctimas masculinas que habían cubierto los gastos de las operaciones, tres eran grandes industriales y el cuarto, un cirujano.

Boris se vistió, salió a la calle y se dio cuenta de que, desde el aparcamiento más cercano, el tipo que se parecía a Macciochi le estaba observando. A Boris ya casi no le cabía ninguna duda de que, en efecto, se trataba de Macciochi: a juzgar por una fotografía del periódico, llevaba el mismo pelo oscuro, largo y rizado, la misma sonrisa e incluso el mismo modelo de gafas negras. Boris giró por una callejuela estrecha hacia el centro de la ciudad, hasta llegar a un caserón de dos pisos, cerca de la autopista. En aquel edificio vivía su padrino German, quien le abrió la puerta de su piso. Y en el mismo umbral, Boris empezó a lamentarse del problema que tenía con el viudo Macciochi.

–No te preocupes, que si el italiano quiere matar a alguien más, esta vez seré yo la víctima –contestó el anfitrión, intentando explicarle que él, Boris, no tenía nada que ver con el asunto–. Además, tu Ema no se sometió a cirugía plástica –añadió German y se sentó, al igual que Boris.

–¿Y eso cómo lo sabe Macciochi? –preguntó Boris–. Para colmo, fue asesinada en mi apartamento, ¿cómo va a saber él que la mataste tú y no yo?

Fuera como fuese, German dictaminó que la amenaza del italiano no era para tanto, aunque no dispusieran de pruebas y no lo arrestaran, e incluso le pagaran indemnizaciones.

Ema era hermosa, una rubia venida de lejos. Algunos masturbadores recalcitrantes siguen jurando por su cuerpo. Era aquella muchacha que había trabajado de camarera. Cuando llegó a Boka desde Rusia, todos la acosaban. Únicamente Boris mostró interés por ella, y no sólo por su cuerpo. La acogió en su apartamento, porque en la buhardilla del restaurante estaba demasiado expuesta al dueño vicioso. Boris sólo quería una mujer bella y Ema obviamente lo era. Nunca antes había oído hablar de Moana Pozzi, hasta que German le hizo notar que Ema tenía el mismo color de pelo dorado, un párpado levemente caído e idénticos labios carnosos. Antes, casi nadie le hacía caso a Boris, pero desde que se había casado con Ema, muchos empezaron a respetarlo. En Perast, la mayoría de los jóvenes seguían ateniéndose al código de que la mujer casada era intocable; la mayoría, claro, pero había ciertas excepciones.

–Boris, compadre, intenté convencerla por todos los medios de que se operara la cara y que dejara de parecerse a la puta de Moana. No hubo manera y tuve que matarla –le explicó German.

A decir verdad, la primera en meter a Boris en líos había sido la desafortunada Ema. Sin que él lo supiera, se había presentado a un concurso en el que iban a premiar a la doble más parecida a Moana, organizado por uno de aquellos que había perdido el pleito interpuesto por Macciochi. Pero fue German el que acabó de poner en peligro a Boris.

–¡Mataste a mi mujer sólo porque se parecía a Moana! –resumió Boris compungido.

–Cuando todavía me moría por las películas porno y todas esas porquerías –contestó German sin inmutarse–, me di cuenta de que la película Cicciolina e Moana Mondiali contenía una oposición binaria entre el discurso trash-porno y perverso, representado por Cicciolina, y las variaciones humanistas, casi inocentes, del porno duro, encarnado exclusivamente por Moana en esa película, pero también en el mundo entero –dijo German y se rascó la nariz con la punta de la pistola. Moana no se metía con animales, nada de mearse uno encima del otro y otras guarradas por el estilo. Es más, mientras follaba con tres negros a la vez, los observaba con una expresión que parecía decir: “Chicos, aprovechen ahora, porque en la calle no los voy a saludar”. O sea, una combinación de humanismo fingido y de falso elitismo: todo por el ser humano, más la alienación. Cuando en los laboratorios para el lavado de cerebros se den cuenta de eso, pasarán sus películas por las televisiones estatales, y de paso, eso dará entrada a Cicciolina y sus lamentables perversiones. No tendremos que esperar mucho hasta que se produzca esa catástrofe: ¡El mundo se ha ido completamente al carajo!

Deprimido por el destino de la humanidad, German dejó incluso de dedicarse a un trabajo sumamente gratificante: la venta de materiales porno que robaba en Italia. En Boka Kotorska no tenía rival en esa actividad económica; hasta estudió los vídeos que pasaba de contrabando. A riesgo de entrar en conflicto con los poderosos refugiados italianos que a mediados de los noventa habían empezado a llegar a Boka Kotorska –donde podían evadir impuestos–, German se peleó con Oxa, el amigo de Macciochi y ex colega de Moana, e incluso le dio una buena paliza a Mojas Janjez, el propietario del videoclub porno local. Precisamente Moana Pozzi protagonizaba gran parte de las películas con las que antes abastecía su videoclub. Así, con la distribución ilegal de los vídeos, incluyendo aquellos de los que Macciochi había heredado los derechos de autor, German violó la ley del copyright.

–Tus arranques intelectuales siempre me han fascinado, pero no puedo admitir que hayas asesinado a mi mujer –se le escapó a Boris.

–Ahora estás hablando como un imbécil. Podría asesinarte, y tranquilamente –lo interrumpió German con expresión de evidente repugnancia.

–Sí, pero, ¿y la policía? –se asustó Boris.

Quizá German también se asustó. Sentados uno frente al otro en la sala de estar, se miraban con tensión recíproca. Boris examinaba la cara de German, German la de Boris. Se parecían: tez morena, ojos fríos y una raya similar en el pelo. Acaso por eso German volvió a colocar la pistola en la cintura, bajo la chaqueta de piel. No quiso ir más allá, aunque tampoco daba la impresión de ser de los que renuncian. Se abrazaron efusivamente y Boris le pidió la pistola, a causa de Macciochi. Por si el extranjero era realmente el italiano. German le prestó la CZ-99 con la que le había enseñado a disparar en los ratos libres. Le ofreció que se quedara a dormir allí mismo, en su casa, en el centro urbano. German salió del recinto. Boris encontró en la nevera dulce de frambuesas, tal como lo preparaba su difunta madre, a quien se le llenaban de lágrimas los ojos mientras cocinaba. Los ojos de Boris también se llenaron de lágrimas, veinte años más tarde, sacando el irresistible dulce de la nevera de German.

Subió hasta su propia casa. Abrió la puerta, cargó la pistola CZ-99 y con el cañón empujó la puerta. Dio unas cuantas vueltas, encendió las luces: no había absolutamente nadie, ni nadie parecía haber estado allí en las últimas horas, sin contar a la difunta Ema, que estaba tan muerta como los muebles. Incluso cuando entró en el dormitorio, el hedor del cadáver del ser querido le llegaba claramente desde el comedor y le rasgaba las fosas nasales, los ojos y el alma. Estaba harto de tanta incertidumbre.

No podía dormir. Volvió hacia la casa de German.

Era una hermosa mañana como las que suelen verse en Perast, cuando el sol corta de pronto el azul del mar. Sin embargo, también era una de esas mañanas en las que, presintiendo el peligro, los perros se refugian en los patios y las lagartijas en las cañerías.

Al llegar al aparcamiento frente a la casa de German, Boris se agachó detrás de un Yugo amarillo. Había un Opel Vectra con matrícula italiana aparcado cerca. El tipo que se parecía a Macciochi salió del Opel, se fijó en Boris y lo saludó con la mano. Junto a él salieron los dos italianos, acompañados de un hombre que se parecía a Janjez, el propietario del videoclub. Sin hacer caso de Boris, le dieron la espalda, atentos a la llegada del Golf de German. Boris palpó la culata de la pistola y la llave del apartamento. German salió del coche y, al ver a los demás, se detuvo. Probablemente quería recoger algo más de la casa y desaparecer por un tiempo de Boka. Boris se levantó y, en un gesto que le sorprendió a sí mismo, disparó algunos tiros. Vio a los cuatro hombres –los italianos y Janjez– caídos en medio de la calle. Más allá, en un charco de sangre, yacía German. Los cuatro hombres se levantaron como si nada hubiese ocurrido y, saludando agradecidos a Boris, entraron apresuradamente en el Opel.

Lo único que Boris había conseguido captar de su parloteo fue la palabra porno.

 

Igor Marojevic (Vrbas, Serbia y Montenegro, 1968). Es escritor, redactor y editor. Entre sus publicaciones cabe destacar la novela El engaño de Dios (Obmano Boga, 1997). Vive entre Barcelona y Belgrado. Ha traducido al serbio libros de Roberto Bolaño y Enrique Vila-Matas.
     
   
 
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