nº 124
ABRIL 2005
 
 
Debates
 

La subasta
ANDRÉS HOYOS

Abre los ojos y va volviendo len tamente en sí. Aunque todavía siente el mareo de la anestesia, de inmediato le llama la atención la presencia de algo en el área de su estómago. Quiere tocarse pero los brazos no le responden bien: el izquierdo sigue conectado a una botella de suero, mientras el derecho parece muy cansado. Desiste. Por lo visto se halla en la sala de recuperación. Haciendo un esfuerzo adicional alza un poco la cabeza para comprobar si hay alguien más allí, pero la falta de las gafas a duras penas le permite percibir contornos borrosos de color, luz y sombra. Recuerda que es muy miope y que le han hecho dejar las gafas en un locker con el resto de la ropa antes de tenderlo en la camilla para anestesiarlo. Tiene la certeza de que no está solo. Una enfermera a la que no puede ver bien se le va acercando; cuando por fin la tiene al pie de la cama, alcanza a percibir en ella una mirada amable, quizá de compasión.
—¿Cómo se encuentra?
—Bien, creo –contesta.
—Descanse un poco. Al ratito lo llevamos a su habitación.
¿Descanse? Unas náuseas no solamente físicas acompañan la llegada a su mente, en rauda y desordenada secuencia, de lo sucedido en los tres días anteriores. Todo empezó el lunes en el instante en que sonó el teléfono interno de la oficina. Era la voz de su secretaria.
—Don Isaac, no se le olvide que tiene una cita con el doctor Martínez a las diez de la mañana.
—Gracias, Adelita –contestó entonces don Isaac con la voz apacible de siempre. Ese lunes, según su costumbre de trabajar de sol a sol, estaba en la oficina desde las siete de la mañana, y Adelita hacía bien en recordarle la cita, pues de otro modo hubiera podido olvidarla. Como en la familia no había ningún médico, para dolor de su difunta madre Sara, quien lo había atormentado a él mismo y luego a sus tres hermanos para que alguno estudiara medicina, don Isaac tenía que ir adonde el doctor Martínez, un reputado gastroenterólogo goy que la semana anterior le había hecho practicar numerosos exámenes debido a una molestia digestiva que a sus 69 años era necesario mirar de todas maneras. La imagen áspera y severa de su madre, Sara Grozman, mame Sara, aparecida de forma repentina en medio del contorno borroso de la sala de recuperación, le causa malestar. La oye repetir en su mente: “Ich bin ahntoisht...” y se oye responder casi sin aliento: “Sí, madre, sé que estás decepcionada, pero...”.
¿De qué tendría ella que estar decepcionada a esas alturas, muerta como está hace más de veinte años? Isaac no es un hombre insignificante, ni mucho menos. No por otra razón el lunes a las 9.30 de la mañana Raúl, el chofer, lo estaba esperando en un Volvo blindado para llevarlo al consultorio del doctor Martínez. Es desde luego lamentable que tenga que andar tan protegido y que gente como él se esté yendo del país –mame Sara odió esa tierra abrupta desde que puso pie en ella por primera vez, con Isaac ya en brazos, y nunca cambió de opinión– a causa de los frecuentes secuestros que afectan muy en particular a la comunidad judía, llamada por algunos la Colonia. Aparte de Raúl, atrás los seguía un Toyota blanco con dos guardaespaldas más. En ese momento, lo recuerda Isaac mientras ve palpitar las difusas luces de neón, se repitió que era una situación lamentable, tres hombres que a la hora de la verdad poco trabajan y que se la tienen que pasar en los vestíbulos y en los garajes de los edificios hasta que él sale. Un desperdicio. No como en los Estados Unidos, donde viven tres de sus cuatro hijos. Allí no se necesita nada de eso, pero al mismo tiempo la persona se hunde en un mundo sin diferencias porque hay demasiada gente parecida a uno en lo social, en lo económico. Ahora, ahí sobre la camilla, esa misma reflexión se le antoja lejana.
El lunes, en medio del trancón matutino en la avenida, Isaac pasó leve revista a un par de episodios de su vida. Poco antes de la guerra, sus padres tuvieron la fortuna de escapar a tiempo del terror nazi que se cernía sobre Austria para emigrar a Colombia, el remoto país suramericano en que vive la familia, después de considerar la posibilidad, preferida desde siempre por mame Sara, de ir a lo que entonces se conocía como Palestina, hoy, sobra decirlo, Israel. Pero por una vez se impuso Isaac, su padre, quien luego aprendió a expresarse en un castellano correcto que le resultaba indispensable para trabajar. No así mame Sara, quien aprendió la lengua mal y de mala gana. Entre ellos siempre hablaban en yiddish. Él mismo puede entender y hablar la lengua de su infancia, lo que bien visto es otra lástima, otro desperdicio, porque ya no hay con quién hacerlo y muchísimo menos ahí con vista a ese techo frío e impersonal de la sala de recuperación.
—Alevei!
La enfermera se le acerca de nuevo pero él le hace un signo con la mano para que no se ocupe.
—Llámeme no más si me necesita.
No, por ahora no la necesita.
En el austero consultorio del doctor Martínez no lo hicieron esperar mucho. El doctor se levantó y le dio la mano al entrar.
—Siga, don Isaac, y siéntese por favor.
Se sentó. El rostro del médico permanecía inescrutable. De repente, el doctor Martínez se echó hacia adelante y tomando de un solo golpe lo que pareció una buena bocanada de aire, dijo:
—Siento tener que informarle que el resultado de los exámenes que le practicamos la semana pasada no es bueno, don Isaac. Mis temores, que no le había participado a usted porque uno primero tiene que cerciorarse y descartar posibilidades, resultaron ciertos. Usted tiene un tumor en el colon.
Ahí sobre la camilla don Isaac vuelve a sentir, al igual que el lunes mientras el doctor Martínez le explicaba los resultados, que le meten un hielo por los oídos, un hielo que le aprieta la respiración y le invade el cuerpo a la manera de un relámpago.
—Entiendo...
El doctor Martínez le dio unos cuantos segundos para que se aflojara la corbata y dejara revolotear la mirada asustada. En ese momento, sin encontrar un lugar donde posar sus ojos espantadizos, sintió que en la vida hay instantes traicioneros, definitivos, como ése que acababa de pasar en una ráfaga.
—¿Qué tenemos que hacer? –dijo por fin.
—Por lo pronto, operarlo para extirparle el tumor. Esto tiene que ser muy en breve, digamos pasado mañana. En estos casos no es conveniente esperar.
—¿Ha hecho metástasis?
—Pues algunos de los indicios no son los mejores; también le detectamos varios ganglios inflamados. Sí, parece haber alguna medida de metástasis pero usted comprenderá que lo esencial es enterarnos de hasta dónde ha avanzado la enfermedad. Eso tan sólo lo sabremos tras la cirugía.
O sea que lo sabrán ahora, ya. Una súbita energía lo lleva a hacer señas a la enfermera para que se le acerque.
—¿Usted me hace un favor?
—Sí, ¿dígame?
—¿Puede traerme mis gafas? Las dejé guardadas en el locker con la ropa.

A la salida del consultorio, el doctor Martínez se despidió con un afectuoso apretón de manos y lo dejó solo en aquella tierra de nadie de la que hablan los guerreros. Camino a casa, el hielo le siguió apretando el pecho todo el tiempo, estorbándole la respiración. Además de estar enfermo de gravedad, lo peor era tener que hablar con Rebeca, su mujer. La verdad es que hace ya muchos años que no se lleva bien con ella. Inclusive no duermen en el mismo cuarto. De hecho, se lleva con ella peor de lo que al final de la vida se llevó con Sara, su madre. Rebeca es tan previsible, tan aburrida, y al perder su fría belleza juvenil se puso tan gorda que... Al igual que a mame Sara la vida se le fue avinagrando con el paso de los años, porque los hijos se van o no se van de la casa, porque hacen o no hacen lo que ella quiere, porque se relacionan con gente que a ella le disgusta, porque dejan un hueco creciente que un viejo trabajador como él no está en capacidad de llenar. Esa misma noche, tras enterarla del diagnóstico de la forma más escueta que pudo, Rebeca quedó petrificada, como si la enfermedad no se la hubieran descubierto a él sino a esa entidad abstracta e impersonal que ella siempre llama “la familia”. Entonces Isaac no tuvo más remedio que llamar a Sara, su hija menor. Con ella al menos podía hablar. No obstante, le duele que sus hijos se hayan vuelto tan belicosos con la vida. Para colmo, por razones de seguridad no le llevan los nietos; él tiene que viajar a verlos.
—Aquí las tiene.
—Gracias, querida –contesta Isaac, respirando profundo.
Se pone las gafas y puede echarle un vistazo a la enfermera, que permanece de pie contemplándolo y sonriendo. Es una chica alta y bella, llena de gracia, pero evidentemente pertenece a un mundo que no es el suyo.

Isaac Meitner, a quien en este momento tenemos ahí tirado sobre la camilla de la sala de recuperación número 6 de la Clínica Shaio con la mirada revoloteando a su alrededor, las gafas recién puestas, tiene, según se dijo atrás, 69 años. Pese a las leves dolencias gástricas de los últimos meses y a que ha perdido una parte considerable de su reciente robustez, hasta el viernes anterior era don Isaac para los empleados de sus empresas, para los meseros de su restaurante favorito y para la gente del club hebreo. Durante la primera parte de su vida de casado fue un hombre de rutinas, de familia, de creencias no tanto religiosas cuanto apegadas a la tradición. Con el tiempo, las rutinas se le fueron volviendo amargas. Tiene el orgullo, eso sí, de estar muy remotamente emparentado con Lise Meitner, la famosa física vienesa, prima tercera de su padre. En la oficina hay una foto firmada por ella, enmarcada y colgada en la gran pared a la izquierda. Con todo, queda dicho que la familia cercana carece de médicos, así como de científicos, músicos y literatos: todo el mundo se dedica a los negocios, lo que, gracias al cielo, les ha dado a la mayoría una gran prosperidad que ahora que Isaac lo piensa no ha traído mucha calidez.
Claro que está el caso del primo León, un buena vida que nunca se ha sabido ganar un centavo; más bien dilapidó una fortuna cuando, creyendo que le bastaba con ser un gran lector para publicar libros con éxito, quiso montar un negocio editorial –boberías de ésas, como decía en su fuerte acento germánico mame Sara– y que hoy por hoy hay que sostener en un apartamento razonable con la esperanza de que alguno de sus cuatro hijos se haga cargo luego. Cuatro veces por semana León hace como que trabaja en una de las empresas de Isaac. A Isaac le toca una cuota alta en el sostenimiento de León y de su familia, y esto porque Isaac es un hombre rico, aunque no el más rico de la familia, posición destacada que ocupa con creces un primo hermano con quien Isaac no se lleva bien y en quien prefiere no pensar, sobre todo no en momentos como éste. Según las cuentas que mantiene muy al día y actualiza por ahí una vez al mes, a valor presente su fortuna ronda los 19 millones de dólares, 10 de los cuales están a buen recaudo en un par de bancos internacionales rindiendo beneficios, quizá no los óptimos porque ésos sólo se consiguen cuando uno atiende personalmente el dinero, pero sí muy aceptables.
Los camilleros llegan y lo preparan para llevarlo al cuarto. Isaac se despide de la bella enfermera dándole un beso en la mano, y por el camino ve pasar los pasillos del hospital y se siente mal. Se teme lo que en efecto tendrá lugar: que todo el mundo estará allí, Rebeca, Samuel, Jacob, Lisa y Sara, todos de regreso tras el llamado de urgencia que hizo Rebeca el propio lunes en la noche. Cada cual tendrá cara de acontecimiento. En una de ésas llegará el cirujano y él pedirá que los dejen solos. El cirujano le dirá...
—Señor Meitner, lamento informarle que no fue posible extirparle todos los tejidos cancerosos.
—Doctor, ¿eso significa que me voy a morir?
—La oncología tiene hoy en día procedimientos muy avanzados, don Isaac. Hay que esperar a ver qué dicen ellos.
—Plats...!

Lo que sucede en los días siguientes se puede sintetizar pues hace parte de la tétrica rutina de las enfermedades graves o terminales cuya exploración no es nuestro objeto aquí. A la semana, una vez Isaac puede dejar el hospital y visitar al oncólogo, éste le dice que hay órganos vitales comprometidos, de modo que las esperanzas de vida son reducidas. Le propone varios tratamientos paliativos, y ante la pregunta de si debe viajar a los Estados Unidos para obtener una segunda opinión, el oncólogo le dice que no sobraría. El siguiente oncólogo que visita de urgencia en Houston ratifica el diagnóstico: le quedan entre seis y ocho meses de vida, de tres a cinco de alguna calidad si se realizan los tratamientos paliativos prescritos por el doctor colombiano de forma correcta.
—I’m sorry.
Isaac no contesta nada –se pregunta, sí, qué clase de especialidad es ésa para un médico, donde no se ve sino pura gente de-
sahuciada–, paga la cuenta con un cheque personal pues siempre le pareció mal negocio adquirir seguros médicos, y regresa al país que lo ha albergado durante la inmensa mayoría de la vida. Allí lo encontramos de nuevo, pasado un mes desde la operación. Lo que nos interesa más específicamente acontece entonces. Ahora se nos vuelve a aparecer Isaac Meitner, con dos o tres kilos de menos, pero con un semblante todavía aceptable. Algo le pasa, algo relacionado con el merodeo de la muerte. Prefiere no estar en familia. Tiene la impresión de que Rebeca ha adoptado un espíritu conspirativo y eso le produce rabia, un sentimiento de muy rara ocurrencia en su pasado. Quizá sólo recordaba algo de crudeza semejante durante la infancia por el trato que le daba su madre: puras órdenes en medio del chantaje de las lágrimas.
En este instante está tomando un aperitivo en casa de Juan Antonio Samaniego, quizá su amigo más entrañable. Juan Antonio, como el nombre lo indica, es goy hasta los tuétanos, y va por la vida de librepensador y buena vida. Es un conversador animado y según el comentario que Isaac le ha oído a varias mujeres que conoce, es también uno de los hombres más buenmozos de su generación en la ciudad, condición de la que Juan Antonio ha sacado gran partido, para sufrimiento constante de Irene, su esposa de veinte años, de quien se separó hace quince, después de una sangrienta ordalía legal que terminó en empate. Con Irene, Juan Antonio tiene dos hijas mayores, pero por ahí le han aparecido un par de hijos naturales a los que reconoció y a los que también educó y ayuda con lo producido por sus explotaciones de flores exóticas.
Los líos de su amigo llevan a Isaac a rememorar los tiempos en que él mismo rondaba los cuarenta años. Por esa época todavía tenía algo de pelo y era de buen ver. Su propia fortuna subía como la espuma: se había sacado, por así decirlo, varios plenos a la vez en la ruleta del aletargado mundo de los negocios del país. Después la euforia lo llevó a cometer un par de errores costosos; ésos, sin embargo, era mejor no paladearlos mucho pues incluso le habían traído fuertes tensiones con Rebeca, quien suponía que un buen padre de familia judío no se podía equivocar, y mucho menos en los negocios. En ese entonces había estado a punto de adquirir una amante en dos ocasiones: la primera era goy y la segunda judía, casadas las dos. Pero ¿qué se van a comparar esos conatos no consumados, más que todo por razones de trabajo, con las azarosas corre-rías de Juan Antonio? Ése sí que ha disfrutado, ¡coño! Juan Antonio es lo que se dice un sibarita de 70 años... Su fortuna no alcanza ni siquiera a la tercera parte de la de Isaac. Pero eso ¿qué tan importante es cuando a uno no le quedan sino ocho meses de vida? Lastimosamente no es muy importante: los recuerdos valen más que el dinero a la orilla de la muerte, aunque a la orilla de la muerte nada vale lo que dos o tres años más de vida, así sean a pan y agua.
Entre lo más valioso que tiene Juan Antonio se cuenta, según dicen los que saben, su colección de arte. Claro que vaya véndala, como decía mame Sara al cuestionar cualquier compra suntuaria de boberías de ésas... ¿Se podrá vender? Él mismo no sabe nada de pintura ni de arte –la parsimonia es otro de los legados de mame Sara– ya que en 69 años de vida no le ha quedado tiempo para enterarse. El único objeto de arte que hay en la familia es un retrato al óleo que su padre trajo del viejo mundo. Examinado por unos expertos sugeridos por Juan Antonio, eterno consejero familiar en esas lides, parece que es de la mano de un expresionista menor y que vale unos cuantos miles de dólares. Para evitar fastidios, la posesión del retrato es rotatoria, y hoy por hoy está en manos de su hermano Bernardo.
Juan Antonio llega por fin, le da un abrazo a Isaac y destapa la media botella de champaña que siempre tiene en el refrigerador del estudio. Se sirve su copa habitual, y los amigos brindan y conversan de trivialidades varias. Isaac pone el tema del valor de la colección.
—Hombre, Isaac, si yo vendiera mi colección hoy en día conseguiría una buena marmaja. En general, me dicen –o me digo yo, ja, ja, ja– que he tenido muy buen ojo. Pero aunque ya aterricé en el séptimo piso, no quiero venderla.
—A tus hijos y a tu ex mujer el arte...
—No les interesa ni papa, tienes razón. Pero tampoco me decido a donarla en vida a algún museo. Si lo hago, me echarían estricnina en el desayuno con tal de cobrar el seguro de vida.
—No se lo pagarían.
—Déjame decirte que a Irene sí se lo pagarían. Yo sé la clase de extorsionista que es ella. Believe me.
—¿Y por qué no llevas los cuadros a una subasta internacional? Aquí veo que tienes cualquier cantidad de catálogos. Yo te acompañaría.
—Desde que uno entrega los cuadros hasta el momento de la subasta pasan por lo menos cuatro meses. Por ejemplo, a las subastas que hay a fines de este mes ya no te dejan entrar. Además, es más sabroso comprar que vender. Pero como decía Rabelais, la falta de dinero, que es dolor incomparable, últimamente me lo tiene prohibido.
—Cuatro meses, cuatro meses... No, no tengo cuatro meses.
O tal vez tiene justo cuatro meses. Con suerte, un par de meses más. La vida, que antes pasaba al ritmo amodorrado de un explorador que se hubiera perdido en un pantano, ahora va por un tobogán vertiginoso hacia la muerte. No hay sosiego ni para desaparecer de la faz de la tierra, y las cosas simples como la vieja cara de tu mujer cambian en un salto de calidoscopio. Día tras día se ve que Rebeca va adquiriendo un aire de preocupación que significa: Isaac, hay problemas que se deben resolver, no te olvides. ¿Problemas? ¿Problemas como por ejemplo morirse uno? Ése también es un problema, un problema agudísimo, no estar ya vivo. Recuerda entonces una propaganda irónica a la que no había puesto atención en su momento. En ella un par de adolescentes se divierten de lo lindo en una cabina de primera clase de un avión. El eslogan dice: “Viaje en primera clase, porque si usted no lo hace, sus herederos lo harán”. Él siempre viaja en business class, nunca en primera clase. ¿A cuánto habrá ascendido la diferencia sumada durante tantos años? Sin duda le ha ahorrado un buen dinero a la familia, dinero que...
Agotado el tema del arte, Juan Antonio pasa a contarle una aventura que tuvo una vez con una lesbiana muy bella llamada Andrea. Isaac piensa que hubiera pagado por oír esas historias que el amigo desgrana como si fueran golosinas para los niños en Halloween. Es evidente que Juan Antonio lo sabe de sobra, de modo que procede con su sonrisa de goleador impenitente.
—¿Y cómo hiciste, es decir?
—¿No te lo había contado? Pues ella se convirtió de religión por mí durante un par de años. Nos teníamos que encontrar a escondidas, no tanto por causa mía, ¡sino porque estaba en juego la reputación de Andrea con las nenas! Sobra decir que no siempre nos éramos fieles, pero... lástima que nunca quiso jugar al triangulito. Decía que de pronto se le cruzaban los cables.
Casi cincuenta años atrás, Isaac también había estado tentado de contrariar su religión, o sea su religión judía, por amor. Eran los tiempos de su breve especialización en finanzas en el extranjero, y en la universidad se había enredado con Julia Mejía, una goy alta y no bella pero sí muy graciosa. La sonrisa de Julia era como una marca de fuego y exhalaba una tranquilidad de estar viva que hubiera sacado de casillas a mame Sara, quien por supuesto ignoró la existencia de la relación a todo lo largo. Isaac inclusive se había acostado con Julia, algo de veras inusitado para la época, y recuerda un placer levemente dañado, jadeante, por fuera de la ciudadela, al descampado. Julia es provinciana, de modo que apenas la ha vuelto a ver un par de veces en todos estos años; así y todo, tiene la idea de que vive una vida interesante y figura en su ciudad en actividades de mu-seos o algo por el estilo. Eso sí, la imagen de Julia siempre acude a su mente cuando oye la melodía de esa canción que dice: “bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez”. A ella le encantaba y la ponía todo el tiempo.
—¿Por qué no me prestas algún libro de historia del arte?
—El que quieras, mi amigo.
—No, pensándolo mejor, prefiero leer aquí. ¿Me invitas?
—No, voy a cobrarte la entrada.
—Tan gracioso.
Juan Antonio, libre pensador y todo, no deja escapar oportunidad de gastarle chistes relativos a las supuestas neurosis pecuniarias del judío. Para su fortuna, o tal vez para fortuna de Isaac, Juan Antonio no alcanzó a conocer a mame Sara pues no se quiere ni imaginar la de chispas que hubieran saltado entre ambos.
Terminada la tertulia, Raúl lo está esperando en el Volvo. En casa habrá sin duda comida caliente. Pensando en eso se relaja, pero al llegar lo que de veras le espera es la cara de Rebeca, quien lo acompaña a comer y lo mira todo el tiempo con aire exacerbado.
—Mi amor...
Isaac siente aprensión; hace mucho que ella no le dice así.
—¿Dime?
—Es que Sarita habló con un abogado amigo de ella allá en Miami, y el abogado le dijo que era mejor que tú pusieras las cosas en orden porque, si no, puede haber problemas; unos impuestos...
—Las cosas ya están en orden.
—Yo te creo, pero...
Isaac siente renovarse por dentro el frío helado de aquel lunes por la mañana en el consultorio del doctor Martínez, mezclado con la ira reciente. Ese “pero” quiere decir que no está tan segura, que los moribundos no cuentan, que los moribundos se equivocan, que los que cuentan son los que siguen vivos. ¿Será eso parte de la tradición de la que hablan los chistes pesados que le cuenta Juan Antonio? Toda la vida él ha manejado sus asuntos en Nueva York, en contra de la presión de su mujer y de sus hijos que le han insistido mucho en trasladar las cuentas a Miami, adonde están migrando en masa los judíos colombianos. A su vez Isaac se ha rehusado con el argumento de que “en la capital del mundo...”. Piensa que Nueva York ha sido uno de sus pocos amores fieles.
—De todas maneras pienso ir a Nueva York apenas pueda. Quizá la semana
entrante.
—No sabía. Te acompaño.
—No, le dije a Juan Antonio que si me acompañaba. También quiero descansar un poco de las presiones. No estoy tranquilo.
Rebeca hace cara de asombro ante esa decisión que él acaba de tomar y que ella al parecer considera en extremo sospechosa. El viaje se le ha ocurrido de repente, como disculpa, sin ni siquiera consultar con Juan Antonio.
—¿Oí bien?
—Sí, oíste bien que voy a Nueva York, pero no voy solo, voy con mi amigo Juan Antonio. ¿Qué tiene de raro que por una vez haga lo que me place?
—¿Dónde te quedas?
—En mi hotel de siempre.
Rebeca no comenta nada más sino que se levanta de inmediato. Isaac presiente que va a llamar a alguien y, en efecto, al poco tiempo ve cómo se enciende el botón rojo del teléfono que identifica al aparato del estudio. De seguro está llamando a alguno de los hijos a rendirles informes del fracaso de la misión. Habla un rato, hace un par de llamadas más, y luego silencio.
Esa noche Isaac sueña con una variación de un chiste que Juan Antonio le contó hace poco. Una dama judía llama al periódico y pide que la comuniquen con la sección de obituarios.
El encargado le pregunta:
—¿Qué puedo hacer por usted?
—Quisiera poner un obituario.
—Muy bien, ¿cómo quiere que diga?
—Irving Cohen ha muerto.
—¿Eso es todo? ¿Irving Cohen ha muerto?
—Sí, eso es todo.
—Pero, señora, el obituario permite poner tres líneas.
—OK, ponga: “Irving Cohen ha muerto... era un cobarde”.
Isaac se despierta. El sueño le parece raro, pues el mal chiste de Juan Antonio terminaba con: “Irving Cohen ha muerto... se vende un
Cadillac”.
Esa misma mañana, después de un desayuno que todavía logra ingerir con algo de placer, Isaac llama a Juan Antonio y le propone el viaje. No le da ninguna razón sentimental, como digamos que quiere despedirse de una ciudad que siempre le encantó; hace la propuesta como si le quedaran veinte años de vida. Juan Antonio accede de inmediato.
El día antes del viaje, Isaac visita al
oncólogo.
—Don Isaac, no sobraría que se tome estas pepas –le dice el oncólogo, extendiéndole una fórmula.
—¿Qué son?
—Antidepresivos. En su condición son de alguna ayuda. Recuerde también que hay posibilidades de dolor, de modo que vaya al médico apenas sienta algo que no consiga calmar con los analgésicos que ya le he formulado.
—Gracias, doctor, pero yo lo que necesito es un antidepresivo de verdad. Y esos no vienen en botellitas.

Los dos amigos viajan en business class porque desde hace años la aerolínea nacional ha dejado de ofrecer primera clase, pero se bajan en el Hotel Pierre, situado en la Calle 61 esquina con la Quinta Avenida, sobre el Central Park. Es el preferido de Juan Antonio, y según él, le ha servido para tener tórridos encuentros con mujeres despampanantes. Isaac hacía bastantes años que no se hospedaba allí –pensándolo mejor, sólo había estado en el Pierre un par de veces en que un cliente suyo muy importante lo invitó en viaje de negocios y, por cuenta del cliente, le preguntó qué hotel prefería– y sonríe al ver la tasa que va a pagar: 740 dólares la noche por una suite con vista al parque.
Desempaca el smoking italiano que compró para el matrimonio de Lisa y que le va bien pues ha vuelto al peso de entonces, y lo envía para que le den una limpiada experta. Luego se da un baño. A la salida, envuelto en la gruesa bata de toalla blanca que el hotel provee, Isaac siente un impulso y llama a su casa en Bogotá. Le contesta la muchacha, y cuando pregunta por la señora Rebeca, ella le cuenta que doña Rebeca viajó ese mismo día.
—¿Adónde?
—Pues ¿no fue a Nueva York con el señor?
—Ah.
Nada raro, cabía esperarlo. Ojalá no haya escenas detectivescas. Rebeca desconfía de Juan Antonio, quien no le cae mal sino peor, para usar las propias palabras de ella. Juan Antonio por su parte la ignora en forma amable.
Por expreso pedido de Isaac, en los días siguientes el par de amigos hacen un tour por los principales museos de la ciudad: van al Metropolitan, van al Moma, van al Guggenheim. Pero es sobre todo la Colección Frick la que deja extasiado a Isaac. Allí están el San Francisco en el desierto, de Giovanni Bellini, que según su amigo es un espléndido ejemplo del quattrocento italiano, con su tonalidad ingenua y su luz serena; le impactan el libro en el atril y la calavera; está uno de los últimos autorretratos de Rembrandt; está el retrato que le hizo Hans Holbein el joven a Tomás Moro, víctima del famoso Enrique VIII –no sabía que el autor de Utopía fuera un santo católico. Sin embargo, los tres cuadros de Vermeer le impresionan por encima de todo.
—Era el pintor preferido de Proust. Éste del ama y la criada fue lo último que compró el viejo Frick.
Es un cuadro enigmático, lleno de una luz en calma que casi duele. La criada le habla al ama y le entrega una carta o algo por el estilo. El ama, que viste una lujosa casaca amarilla de cuello de armiño, mira a su vez a la criada con sorpresa; el ama alza una mano hasta la barbilla y en la otra sostiene un lápiz que reposa casi ingrávido sobre un papel en blanco frente a ella. ¿De quién es la carta, qué dice, proviene de un amante, de la madre, de un hijo, es un pedido de la autoridad, del panadero, es una tontería?
—¿Cuánto le costó?
—Hombre, ni idea. Pero lo único cierto es que hace ochenta años los cuadros eran mucho más baratos que ahora.
—¿Y a qué horas compraba tanta cosa si también trabajaba?
—Para que veas. En todo caso, la primera vez que yo vine a la colección, hace ya muchos años, me impresionó tanto como a ti. Y me puse a averiguar un poco. ¿Sabes que todo esto estuvo a punto de no estar aquí?
—¿Cómo así?
—Pues por allá en el año mil ochocientos noventa y tantos, mucho antes de que Frick pensara en comprar ningún cuadro, al muy zorro le dio por bajarles el salario a los empleados de su siderúrgica. Éstos le hicieron una huelga muy belicosa, y él, ni corto ni perezoso, contrató a unos esquiroles armados para romper la huelga. Hubo enfrentamientos y murieron siete u ocho de lado y lado. El viejo Frick se salió con la suya, pero unos meses más tarde un anarquista se le metió a la oficina y le pegó tres tiros, además de dos puñaladas con una navaja envenenada. Aun así no lo mató.
—O sea...
—¿Y sabes lo más gracioso?
—No...
—Que el joven anarquista que le pegó los tres tiros a Frick era hijo de un próspero hombre de negocios judío, como tú. Se llamaba Alexander Berkman. ¿Qué tal tener hijitos así?
Isaac se figura la escena vívidamente pero sólo acierta a comentar:
—A mi primo el avaro el hijo le salió comunista y guerrillero.
—De todas maneras Frick terminó por ganarles la partida a la pareja de anarquistas judíos.
—¿Pareja?
—Sí, Berkman era novio de otra judía lituana llamada Emma Goldman, “la roja Emma”. Fue la del dicho famoso: “si no me dejan bailar, no quiero estar en su revolución”. Berkman se suicidó ya viejo y enfermo de...
—¿De cáncer?
—Sí, perdona, pero ésa es la historia.
—No le hace; cualquiera se enferma de cáncer. Pero yo no me voy a suicidar.
La historia de Frick y de los dos muchachos judíos, más la intempestiva mención del cáncer, le revuelven un poco el estómago a Isaac. A lo mejor alguno de los dos era familiar de sus antepasados, en particular la tal Emma Goldman, siendo lituana... Juan Antonio también cuenta que la muchacha trató de prostituirse sin éxito para que su amante pudiera comprar el revólver del atentado, pero que nadie la quiso o no supo cómo venderse. Eran otros tiempos.
Isaac, camino a la cita que tiene al día siguiente en el banco, se da otra breve pasada por la Frick, situada a pocas cuadras del hotel. De ahí toma un taxi y llega puntual a la cita. Lo atiende la ejecutiva de siempre, una mujer atractiva, de por ahí cuarenta años, llamada María. Ella le informa que Rebeca y sus hijos le han pedido una cita para esa misma tarde. Isaac siente que se le renueva la ira por dentro.
—Me hace el favor y en este mismo instante cambia las instrucciones de acceso a mis cuentas. Yo soy el titular y nadie más puede darle órdenes de ninguna especie mientras yo esté vivo.
—Claro, don Isaac. De hecho, así están las disposiciones. ¿No recuerda?
—Sí, pero no quiero interferencias. Además, me extiende por favor una carta de referencias con mi crédito, porque la voy a necesitar.
—¿A nombre de quién?
—A mi nombre.

El breve episodio tiene efectos alquímicos –quizá la rabia sea un gran estimulante–, y por primera vez desde que Isaac Meitner salió cabizbajo y abatido del consultorio del doctor Martínez, ahora lo vemos avanzar con paso firme. Se despide de beso de María, la ejecutiva de cuenta, llevando en el maletín todo lo que ha solicitado. Una vez afuera, pide el ascensor con un sólido golpe de su dedo índice y ya en la calle levanta con claridad ese mismo dedo para detener un taxi que lo lleva al hotel. A la llegada hace un sol espléndido, y como Juan Antonio todavía tardará media hora en llegar, de pronto un poco más –no es el ser más cumplido de la creación, pero esto, que solía exasperar a Isaac, a estas alturas le preocupa menos– sube a la suite, guarda los papeles en la caja de seguridad y vuelve a bajar para hacerse en la terraza y pedir un aperitivo. Whisky de malta Glenmorangie en copa pequeña, sin agua ni hielo, según sugerencia de Juan Antonio, el consejero.
Pasados quince o veinte minutos el amigo aparece por la puerta de la terraza. Juan Antonio viene envuelto en su bufandita de otoño y sonríe con aire cómplice. Trae lo que Isaac le ha pedido. Antes de sentarse, él también pide un Glenmorangie en copa sin hielo y se acomoda bajo el parasol a revisar los planes.
—¿Estás seguro de que quieres continuar con esto?
—Tan seguro como que me llamo Isaac Meitner.
—Pues he marcado cinco o seis maravillas que, por eso mismo, están en el rango de precios que me indicaste. Eso sí, no queremos nada de arte contemporáneo. Lo producido después de la Segunda Guerra está altamente sobrevalorado. Y como las grandes obras del impresionismo ya casi no queda en manos privadas, nos concentraremos en el primer arte moderno, hoy por hoy la fruta más exquisita del mercado.
—Sólo por curiosidad, ¿cuánto costaría un Vermeer?
—Costaría una invasión a Holanda. Ni Bill Gates lo puede comprar. Simplemente no hay ninguno para la venta.
—Pero si llega a salir alguno.
—No sé, ¿setenta u ochenta millones de dólares? De pronto más. Hablando de holandeses, en esta subasta hay un magnífico Van Gogh, pero para esa maravilla ni siquiera a ti te alcanza. Tiene de bueno, eso sí, que los grandes cañones van a estar concentrados en él y a lo mejor dejan el campo despejado para otras cosillas. También hay un bello desnudo de Modigliani, pero como son bastante escasos el precio es altísimo. ¿Chagall?
—No, Chagall tal vez no.
—Es de la primera época, la que de veras vale, y está muy bonito. Veamos, también hay un bello Klee que no está tan caro, pero –alza los ojos y cata por un instante a Isaac– no te veo gran afinidad con Klee.
—Quiero algo más contundente –dice Isaac concentrado en el catálogo.
—Hay un par de cuadros de los esposos Delaunay, pero los descarté porque siempre me parecieron unos polizones que se colaron al gran trasatlántico del arte moderno. También hay un Léger no tan barato y bastante aburridor. Pues bien –dice abriendo con gran ceremonial en una página que tenía marcada–: aquí está tu pretendida: Odalisca con magnolias del gran Matisse, cuadro pintado en 1923 cuando ni tú ni yo habíamos nacido.
La reproducción cubre toda una página, y el rostro de la mujer está ampliado en detalle en la página siguiente. Isaac mira los precios estimados, que en efecto están en la parte alta del rango que le dijo a Juan Antonio, y siente un escalofrío: ¡boberías de esas! ¿Qué diría mame Sara si lo viera dispuesto a pagar cerca de la mitad de la fortuna de la familia por un cuadro que un señor pintó en apenas quince días? Pues que no diga nada, porque no está ahí para decir nada. Isaac recuerda que una vez muerto su querido padre, ella le exigió que la sacara del país y la instalara en la Florida. Esa huida le pareció la última traición. A los pocos años, Sara se enfermó de cáncer y se fue a morir a Houston como los elefantes.
—El Matisse tiene, además, la ventaja de que está entre los primeros lotes, justo después del Van Gogh, de modo que si se nos llega a salir de las manos, siempre nos queda la posibilidad de apostarle al Modigliani cuando ya las dos grandes batallas hayan debilitado al enemigo.
Realizada la discusión, hay que agregar las comisiones para sacar precios reales, ponerse un tope y afinar la estrategia. Luego, lo más importante, ir a visitar las obras.
—Haces como cualquier sultán que se paseara por el serrallo, compadre, catando a las nenas que esa noche...
De regreso a la suite antes de salir a cenar, Isaac encuentra un mensaje de Rebeca: favor llamarla. Ni idea de cómo se enteró de que estaba en el Pierre; tal vez en una de ésas se le escapó el nombre al referir algún cuento de Juan Antonio. Sin embargo, Isaac ha dado instrucciones de que no le pasen llamadas y no llama.
Al día siguiente los dos amigos bajan a desayunar antes de salir a visitar los cuadros, pero la familia en pleno intercepta a Isaac en el lobby. Isaac se pone tieso como una estatua.
—Estoy simplemente de vacaciones. Eso es todo. ¿Por qué no me comprenden?
—Pero papi... –dice Sarita.
—Pero papi nada. Les ruego que me dejen en paz una semana. ¡En paz! Una semana nada más. Luego todo vuelve a ser igual y hago lo que quieran.
Se marchan a regañadientes. Isaac encarga a Juan Antonio de que en forma discreta se asegure de su partida y, en efecto, al momento el amigo regresa con la noticia de que los vio subirse a sendos taxis. Por si acaso, cada uno sale sigilosamente por la puerta lateral del hotel y juntos toman el taxi en una calle adyacente donde estarán seguros de que nadie los sigue. El catálogo va en el maletín de Juan Antonio.
En Christie’s hay bastante movimiento. Un grupo muy grande rodea el cuadro de Van Gogh del que se espera que imponga, si no un récord pues ya no hay japoneses locos con chequera por ahí, sí una marca muy alta. Alrededor del desnudo de Modigliani hay menos aglomeración. Isaac lo mira un buen rato y, sí, desde luego que es una maravilla. Una mujer joven, relajada, entre misteriosa y complaciente, con una sonrisa seductora que en el fondo del fondo también es triste. Tiene los brazos levantados en una mezcla de sensualidad y pereza y lleva, por toda indumentaria, un leve collar. El pequeño triángulo del pubis irradia un fragor misterioso.
Un poco más allá está el Matisse. Hay un grupo considerable a su alrededor.
—No sonrías tanto, Isaac –le cuchichea Juan Antonio al oído– son el enemigo.
Isaac se quita las gafas para limpiarlas bien con el pañuelo. Mientras ve los apacibles contornos de luz y sombra que despide el lienzo, piensa que por una vez en la vida tendrá que mirar con la mayor claridad posible. Al volverse a poner las gafas da la razón a Juan Antonio: el cuadro produce un efecto, como dice él, de “calma, lujo y voluptuosidad”.
—Es un verso de Baudelaire.
—Ah.
El ombligo de la odalisca está iluminado y lo rodean unas sombras apacibles. Los senos descansan como leones dormidos, si bien es el rostro de la mujer el que parece estar en paz a un tiempo con la eternidad y con el instante. En un plato verde a la izquierda hay cerezas, frambuesas, frutos del final de la primavera, pero ella no quiere comer, está satisfecha, no hastiada pero sí satisfecha. Detrás del diván a rayas verdes y blancas se ve un biombo estampado con magnolias. Los colores son muy vivos pero a la vez irradian una gran armonía.
—¿Qué vas a hacer con el cuadro?
—No sé. Por lo pronto llevármelo a
la casa.
—El sultán se fuga con la hurí.
Isaac ríe. Sí, muy corrompido y muy musulmán todo esto. Ambas, la de Modigliani y la de Matisse, son mujeres de ésas que nunca le tocaron en la vida. Ahí mismo decide que pujará con fuerza por la odalisca de Matisse, en cuya biografía acaba de leer que también fue víctima del cáncer. Si físicamente no le alcanza, entonces comprará la mujer de Modigliani, cuyo estimativo es algo más de la tercera parte del de Matisse. Junto con el Van Gogh, son lo mejor y lo más bello que hay en el catálogo.

Tras la espera más larga de la vida de Isaac, a los tres días llega por fin el momento de la subasta. Isaac y Juan Antonio, ambos vestidos de impecable esmoking, hacen la entrada al gran salón de subastas. Isaac tramita las referencias y le dan la paleta. Con una sonrisa danzante recuerda la salida del hotel, realizada una hora y media antes: toda una operación de comando. Cada uno por su lado tomó un taxi y se encontraron en un bar del vecindario. De ahí, previo trago de buena suerte, atravesaron varios corredores, entraron y salieron de la estación del subway, y tomaron otro taxi.
La subasta enciende motores en forma súbita. Rematan un pequeño Picasso en setecientos mil dólares, y la cosa entra en calor. Luego sale otro par del mismo rango. El Sonia Delaunay pasa sin comprador. Nada raro. La tensión trepa en la montaña rusa cuando anuncian el Van Gogh. El precio sale del partidor como un caballo desbocado y salta raudo la barrera de los 40 millones. Sigue subiendo. Al final hay tremendo alboroto cuando un comprador telefónico se lo lleva por 58 millones 350 mil dólares. Pasan dos, tres, cuatro lotes más, y viene otra de las estrellas de la noche, Odalisque aux magnolias, de Henri Matisse, pintado en 1923. Pasado el anuncio, sube raudo como espuma, seis millones cuatrocientos mil dólares... La vida se va pero se queda. Isaac siente el rastro del galope de los caballos hacia el abismo. Después pasará lo que tenga que pasar, pero en el entretanto lo importante es lo que queda registrado en una foto tomada por su amigo Juan Antonio. En ella Isaac sale flaco pero sonriente, vestido de esmokin, en el instante mismo en que levanta la paleta...


Andrés Hoyos. Es escritor colombiano, director de la revista cultural El malpensante. Ha publicado el libro de relatos Los viudos y otros cuentos y la novela Vera.
     
   
 
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