lateral


noviembre 2004
Nº 119

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¿De parte de quién está el tiempo?
Mihály DÉs

No se puede decir que estos diez años hayan pasado sin pena ni gloria, pero sí que han pasado. ¿Se puede sacar de esta irreversible circunstancia conclusiones no previstas para semejantes ocasiones? ¿Se puede por fin intentar explicar el sentido del enigmático nombre de esta revista? Bueno, se hará un intento.

A partir de cierta edad las celebraciones se multiplican, incluso si uno no es una revista, que no sé si es el caso. Parece que tienen una relación proporcional con un estado físico o mental en que, estrictamente hablando, no queda mucho por celebrar. Como si fueran una suerte de sucedáneo de la vida. O de la revista.
Cuando en abril de 2003 celebramos el número 100 de Lateral, ya presentía algo de esta problemática y se me antojó descubrir algún paralelismo entre aquel festejo y los cumpleaños de un ciudadano centenario. Digamos que me sentía como “un vejete en silla de ruedas que recibe las efusivas felicitaciones de sus parientes y allegados. La principal diferencia consiste –decía– en que a mí me felicitan también los enemigos y que yo todavía no me he hecho con la silla adecuada.”
Claro, cuando el número 100, hace año y pico, todavía me permitía esas bromas ligeras. Primero porque era más joven e irresponsable; segundo porque los números no son lo mío, sobre todo, si superan la centena. Pero ahora se trata de aññños, y concretamente diez de los míos. Tiiime / is on your siiiide, / yes it is, cantaba Mike Jagger como un poseso, y nosotros, en el servicio militar, lo secundábamos convencidísimos, como todos los ilusos. Pero, ¿desde cuándo el tiempo trabaja para uno? Otra de esas mentiras de los sesenta para perturbar el orden público y la cronología. Bueno, no digo que en la mili no hayamos sacado algún provecho del paso del tiempo…, pero imaginemos si a uno le toca una cadena perpetua. Y díganme, con la mano en el corazón, si el proyecto de una revista cultural (y donde digo revista, diego una editorial, la carrera de un escritor, un científico, la ambición de un intelectual, la vida misma…), díganme pues –y espero que entretanto no hayan deslizado la mano del corazón– ¿a qué se parece más la trayectoria de una revista cultural? ¿Al extinto servicio militar obligatorio o a una cadena perpetua vocacional?
Si siguen sin seguirme, se lo diré de una manera más directa: celebro la larga vida de la revista que hace diez años fundé, pero constato que, entretanto, se me han caído diez años encima; no sé exactamente dónde –estas cosas las mujeres las tienen muy contabilizadas– pero lo de los años no es como los carbohidratos, que a todo el mundo se le ponen en los mismos lugares. Dicho de otro modo, puede que la década lateral haya robustecido mi revista, pero a mí, personalmente, me ha puesto en una situación delicada. Algunas celebraciones más de esta índole, y ni siquiera la silla de ruedas me bastará. Pensándolo bien, esto va contra mí. O, en cualquier caso, a mi costa. Es como un hijo: te da una especie de inmortalidad casera, a cambio de cronometrar tu finitud en tu propia cara.
Hablando de la cara, el otro día, un taxista me comentaba risueño: “Me miro en el espejo y no me reconozco. ¡Ay, Señor –añadió–, si yo no he hecho nada para quedarme así!” Dentro de lo que permite la urbanidad, disentí: “Sí que se puede establecer cierta responsabilidad, señor conductor, se dice que a partir de los treinta años uno es responsable de la cara que lleva a cuestas. Y le cité a Nicanor Parra, según el cual, las arrugas son cicatrices… No sé si logré convencerlo, pero no aceptó la propina.
Ahora bien, no he venido a hablar aquí de mis propias cicatrices, sino de los rasgos que esta antaño inocente y tierna revista ha adquirido a lo largo de estos diez años. Pienso en mi primer editorial, tan comentado por su pesimismo y falta de promesas, o sea, por cosas que luego hemos cumplido a rajatabla. Pienso también en mi compromiso de no comprometerme con nada ni nadie. Pero no ha salido exactamente así. No sé cómo, pero los compromisos iban surgiendo, las apuestas se han sucedido y las lanzas, todas rotas, han empezado a formar una pila. Es cierto que no se trataba de compromisos de fácil orientación política o ideológica, razón por la cual alguna vez me/nos tildaban de derechas, y otras de anarquistas e izquierdosos. Para abusar de un nombre que al principio estaba fundamentado sólo en que sonaba muy bien, esos compromisos podrían ser clasificados como laterales. Dicho de otro modo, durante estos diez años, y sin proponérmelo, ha ido definiéndose lo que es la lateralidad.
Pondré un ejemplo. O mejor dos, para que suene más convincente. Muchos de los valores por los que apostamos en su día, todavía no se cotizaban. Pero ahí the Time, sí que ha resultado estar on our side. Entre todos los casos habidos, los más notorios han sido dos premios Nobel: mi paisano Imre Kertész y la recientemente galardonada Elfriede Jelinek, ambos autores de la casa cuando nadie les daba bola por estos lares. Pero no es esto lo que más me interesa, puesto que publicar a desconocidos para nosotros es algo programático, incluso fatídico.
Mucho más curioso me parece que, aparte del Nobel y un pasado más bien marginal, nada une a esas dos celebridades. Ni la escritura, por supuesto, ni mucho menos el ideario: Kertész es un hombre conservador, un reaccionario, y Jelinek una izquierdista radical. Tiendo a pensar, sin embargo, que la convivencia pacífica de estos dos autores en Lateral es tan lógica como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección. Tiendo a ver un significado mayor en el hecho de que ambos hayan sido proscritos en su patria, y que desde polos opuestos hayan buscado la misma verdad, una verdad que trasciende las ideologías. Tiendo a creer que lo lateral es esa búsqueda tenaz y casi siempre infructuosa.
Como pueden ver, estoy esbozando un concepto de la verdad, empresa que no figuraba ni entre mis peores intenciones. Pero procuro no decepcionarles. Al menos puedo asegurarles que mi postulado es lo contrario de una fórmula o de un policía de tráfico, que permite tomar la dirección correcta en todas las situaciones. Reconozco que se trata de una propuesta complicada y, sobre todo, fastidiosa porque pide sacar conclusiones que pueden estar en contradicción con las premisas, las intenciones o los intereses de uno.
Parafraseando el axioma de Kant –lo bello es lo que gusta sin interés–, me aventuro a sugerir que la verdad, al menos la verdad lateral, es lo que uno busca sin interés. En eso estamos en el momento de cumplir el décimo aniversario, y –si no se dispone lo contrario– en eso seguiremos en lo sucesivo.