lateral


noviembre 2004
Nº 119

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Diez años más tarde
Robert Juan-Cantavella

H ace años en el artículo que de una patada echaba a andar esta revista, Mihály Dés decía algo así como un augurio. En un agorero performance mesiánico hacía un elogio del fracaso, y para dejar claro que aquello no había sido tan sólo una intuición, rubricaba la primera página de aquel formato tabloide que hasta ayer mismo fue Lateral, con una frase en la que Faulkner pedía lo siguiente: “Los escritores deberíamos ser juzgados por la brillantez de nuestros fracasos en la realización de lo imposible”. En un sistema cultural como el nuestro, no estoy muy seguro de quién pueda estar al cargo de semejante clase de procesos sumarios, pero si no ha sido brillante, creo que la suma de fiascos que nos han traído de 1994 a 2004 pueden leerse como un fracaso elegante. Por otra parte, “la realización de lo imposible” es algo con lo que una revista cultural independiente se ve obligada a lidiar día a día; algo que en la práctica se manifiesta de una forma menos heroica de lo que parece querer la frasecita de marras, es decir, saliendo a la calle cada mes con una revista que trata de mirar la cosa cultural de una forma determinada; y es un objetivo que nos ha llevado a poner en tus manos, desconocido lector, este inédito Lateral, que sigue siendo el viejo pero es también un nuevo Lateral.
Diez años después hemos comprado unos relucientes estudios de marketing para arrojar un poco de luz sobre nuestra capacidad de éxito o fracaso –unos estudios de mercado testados científicamente, infalibles, los hemos elegido en papel mate, sólo a dos tintas–, unos estudios serios que nos han pintado todo de color de rosa –vienen (a elección del cliente) encuadernados en cuero o enrollados como un pergamino enlazado por una beta roja–, y que nos han convencido de que esto vale la pena. Así que aquí estamos, metidos en el lazo rojo de este nuevo Lateral, dispuestos a hacer diez años más lo mismo. De otra forma. Y para conseguir algo parecido a esta equívoca declaración de principios, en esta ocasión hemos echado mano de toda la gente que encontrarás en la columna de créditos de la página de la izquierda. Todos ellos serán los culpables si Faulkner, para bien o para mal, acaba equivocándose de forma brillante.