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abril 2002
Nº 88

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estantería

NARRATIVA HISPÁNICA


LOS QUE NO ESTÁN
José Antonio Garriga Vela
Premio Alfonso García Ramos
Anagrama, Barcelona, 2001
198 págs., 11,72 €

"Ésa es la razón de que esté aquí", nos dice el narrador. "Las historias se cuentan para vengar el pasado y después se olvidan." José Antonio Garriga (Barcelona, 1954) novela una de esas historias en Los que no están. Se trata de un relato basado en un personaje real espeluznante: un coronel del Ejército Nacional que se vanagloriaba públicamente de sus matanzas durante la Guerra Civil. "Hoy he dejado mudos a cinco, hoy he dejado a tres mudos." Era el hombre que mataba, era "ese que mataba en la guerra". Con maestría, con un estilo directo, conciso y sencillo, sin barroquismos, el autor de Muntaner, 38 (1996) y El vendedor de rosas (2000) se enfrenta a esa herida que a pesar de los años no acaba de cicatrizar: la guerra y los muchos más de cuarenta años de vivir en gris. Los que no están da voz precisamente a los vencidos, a los enmudecidos para siempre por el coronel Abelardo Rico Capo.

El narrador, un inventor de laberintos, rememora en la madurez toda su vida, desde que a los nueve años salió de la Casa de Misericordia hasta hoy. Salió para ser adoptado por el coronel Abelardo Rico y sumarse a su oscuridad. Abandonó un laberinto para entrar en otro. "Los laberintos", dice, "me han acompañado a lo largo de mi vida". Pero el hijo del coronel aprende a vivir entre estas penumbras fascistas creándose su propio mundo. "¿Y nosotros, los vivos, cómo podíamos escapar?", escribe. Y luego: "Decidí crear mi propio territorio [...]. Dediqué el tiempo a trazar calles, plazas y parques. Distribuí la orografía e inventé donde estaba el mar [...]. Así fue como aprendí a desaparecer. Había diseñado un laberinto en el que perderme."

El coronel apenas habla y todo el mundo le teme. Vive encerrado en un círculo militar viciado, con una mujer que le engaña con su propio chofer y un hijo falso hijo de un combatiente republicano que él mismo asesinó. Pero Garriga Vela ha sabido dar el contrapunto justo de humor a una historia sombría como ésta. El mismísimo coronel Rico Capo es algo más que el hombre que mataba, es un personaje que se presta a la caricatura: reza el rosario arrodillado en el suelo del dormitorio, conduce una moto con sidecar en el que apenas cabe su mujer, a veces da media vuelta de repente en medio de la calle y desenfunda el arma, durante las vacaciones de Semana Santa visita cementerios donde venerar a los caídos ­"turismo funerario"­ y en las siestas veraniegas luce camiseta de tirantes y calzoncillos hasta el pecho.

José Antonio Garriga Vela ha escrito una magnífica novela con la que revalida la buena acogida de sus obras anteriores.
Carles Vilches

 

EL GUERRERO DEL CREPÚSCULO
Hugo Burel
Lengua de Trapo, Madrid, 2001
141 págs., 11,72 €

Postulaba Jean Genet que la oscuridad es la cortesía del escritor, y en la última novela de Hugo Burel (Montevideo, 1951) esta afirmación cobra una forma elocuente. El guerrero del crepúsculo narra la primera jornada de un hombre que se enfrenta al mundo tras una operación cerebral. La perspectiva del protagonista, como consecuencia de su estado, se encuentra oscurecida, distorsionada y como bajo un prisma de alucinación y absurdo. La realidad que contempla se sucede sin orden aparente, en ella van transcurriendo escenas y escenas sin amarre ninguno con la lógica cotidiana y dictadas, parece, por la arbitrariedad. No obstante, el último capítulo de la novela ­que no es posible descubrir sin malograr lo que el autor ha previsto como un final sorprendente­ vendrá a justificar el sentido de tanta divagación argumental, aunque hasta entonces la obra habrá precisado de un lector devoto; de un lector, como exigía Genet, convencido de que el túnel anterior posee un significado autónomo como universo de ficción.

Lo que en construcciones clásicas, como el monólogo de Molly Bloom en Ulises o el de Benjamin Compson en El ruido y la furia, se presenta como una percepción del mundo subjetiva pero exigida por una necesidad de la obra, en El guerrero del crepúsculo no logra transmitirse. Cierto que su mecanismo es otro, que en su caso la alteración del mundo objetivo se comunica no mediante un estilo desestructurado, sino mediante la descripción de pasajes ilógicos, del cambio en el desarrollo natural de los hechos, y de secuencias ­la novela bebe mucho del montaje cinematográfico­ más próximas a lo onírico que a lo real. Cierto también que Burel procura ­y consigue­ construir una arquitectura novelesca bien ensamblada, y que presenta un continente simbólico con el fin de sugerir una lectura ajustada a sus intenciones (hacia esa dirección señalan los siete primeros "círculos" del texto, la sensación de espera y de destino, así como la presencia permanente de Eos). Sin embargo, el mundo y los personajes de la novela no adquieren realidad, no alcanzan los ideales de necesidad y autonomía y se quedan en meros esquemas de los propósitos de Burel. Las referencias simbólicas suelen dar dignidad a un texto; en El guerrero del crepúsculo apuntan, cruelmente, hacia donde se hubiese elevado la novela de haberse llegado a concretar con destreza.
Alejandro Fernández Diego

 

STABAT MATER
Patricia de Souza
Debate, Madrid, 2001
286 págs., 16,83€

Es archisabido, desde que Tolstoi lo estampó al inicio de Anna Karénina, que todas las familias dichosas se parecen, mientras que las familias infelices lo son cada una a su manera. La confirmación de tal divisa parece animar la escritura de Stabat Mater, de Patricia de Souza. Aunque hay que señalar que en su cuarta novela la peruana no despliega la competencia novelesca que se le supone a una autora experimentada.

Ésta es la historia de la desgracia familiar particularizada de Miryam, una limeña de veintiséis años y escritora en formación. El equipaje familiar con el que Miryam se enfrenta a la vida consta de una madre internada en un sanatorio mental y un padre alcohólico que abandonó el hogar, y la dejó atrás junto a sus dos hermanos. No conviene olvidar que la adversidad posee una virtud tenaz, la insistencia, que actúa como una película que se pega a la piel hasta formar una capa más del propio ser. Así, como si el destino viniese determinado por unos aciagos genes familiares, Miryam se enamora de un cineasta casado que acaba suicidándose. Atormentada por la culpa, no logra disfrutar sin angustias de otra relación sentimental con un escritor. Miryam y el argumento discurren en un balanceo anodino entre la madre y ambos amantes.

La novela no sigue un desarrollo cronológico, sino que se arrastra mediante saltos en el tiempo. Este vaivén no consigue ubicar al lector temporalmente en la historia y, tras terminarla, no se siente capacitado para recomponerla de manera ordenada. Además, después de repartir los primeros naipes, De Souza no añade nada a la trama que mantenga o aumente su interés. Hay ausencia de acontecimientos nuevos, determinantes e interesantes y la sensación de aburrimiento cabalga desbocada durante la lectura. La prosa tiene un marcado y melódico carácter rítmico, pero le sobran unos gramos de minuciosidad y demora que ralentizan la narración. En Stabat Mater se dice qué le ocurre a la protagonista (la duda, el sufrimiento, el amor o la desesperación) en lugar de mostrarlo, dejando así muy poco espacio a una lectura creadora. Para aumentar el desconcierto, mediado el texto, la escritora echa mano, sin justificación ni oportunidad comprensibles, de un abanico de recursos narrativos rupturistas diferentes por completo a los que emplea durante el arranque del libro.

Se puede aventurar que existe una implicación demasiado transparente entre la biografía personal de la autora y el material literario empleado ­el apellido de la protagonista y el de la autora es el mismo­ y que ha faltado distancia a la hora de abordar este material y, sobre todo, muchas reescrituras.
Quim Pérez