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noviembre 2004
Nº 119

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Narrativa hispánica

Rabia
Sergio Bizzio
El Cobre, Barcelona, 2004
213 págs., 16 €

Sabido es que Borges sucumbió a la atracción de una enorme casa porteña tomada por un extraño invasor, que acababa por expulsar a sus habitantes a un exilio que instauraba un manojo de llaves arrojado en la oscura profundidad de una alcantarilla. Las páginas de esta casa tomada aparecieron en la revista Los anales de Buenos Aires, que entonces dirigía Borges, resultando ser el primer cuento publicado de Cortazar.
Pues una inmensidad de casa porteña constituye el atrezo escenográfico de la última novela del polifacético autor argentino Sergio Bizzio (1956), aunque en ella no vaya a encontrarse el magnetismo cortazariano. En esta casa se esconderá el protagonista de la novela después de haber matado a su capataz de obra. Nada tendría de particular el hecho si no fuera porque en dicha casa sirve su novia Rosa, que desconoce el paradero de su novio. Desde este cañamazo argumental, Bizzio introducirá al lector en una serie de encuentros imposibles, de cercanías que se esconden en la lejanía de lo oculto, y de presencias equívocas y fantasmagóricas. Y como no hay nada peor para un fugitivo escondido en las entrañas de una inmensa casona porteña que llenar el vacío del tiempo, el protagonista lo ocupará en incursiones por los recovecos de la mansión, ejercicios de voyeur que le permitirán penetrar en los entresijos de una decadente familia porteña y que invierte los parámetros del voyeurismo, aquél que observa desde el exterior la privacidad de lo ajeno. El protagonista de Rabia a diferencia del Jeffries hitchconiano”de La ventana indiscreta se introduce en el vientre de la ballena para observar desde dentro los avatares de una privacidad en ruinas; y lo hace desde la depauperada clandestinidad a la que le obliga su crimen.
Se ha querido ver en Rabia una metáfora de la Argentina actual: un enorme caserío donde los resortes del poder han acabado por encerrar a la población en un miserable espacio destinado a engrosar un catálogo de trastos inservibles. Ver en la reclusión del personaje de la novela un trasluz del corralito argentino parece desmesurado, y lo parece por la debilidad constructiva de lo figurado. El conflicto que plantea Bizzio es pues marcadamente anecdótico e individual: “el crimen lo empujó a esconderse, pero el despecho lo hizo monje”.
Bizzio parece encontrarse a gusto en la clausura de un espacio único (recuérdese su texto teatral La china), donde sus personajes esperan algo que acaba por no concretarse. Rabia indaga en el transcurso de un tiempo que marca la espera de lo vano, una angustiosa incertidumbre personal.
Óscar CarreÑo

Celda 211
Francisco Pérez Gandul
Lengua de Trapo Madrid, 2004
222 págs., 16 €

El periodista Francisco Pérez Gandul (Sevilla, 1956) debuta en la narrativa con esta novela perteneciente, según se indica en la contraportada del libro, al género negro carcelario, inexplorado en España hasta el momento y especialmente tratado en la literatura norteamericana, en la que Hollywood ha encontrado un filón de ideas para desarrollar en películas a menudo notables.
En la novela que nos ocupa, un joven funcionario de prisiones sin experiencia se encuentra por una desgraciada casualidad al otro lado de las rejas y en medio de un motín en la cárcel de Sevilla-2. A partir de ese momento, Pérez Gandul desarrolla una trama agilísima y capaz de asombrar al lector en cada uno de los múltiples recodos de un texto que apuesta decididamente por romper los estereotipos del bien y el mal y difuminar las fronteras de cuanto damos por sentado en nosotros mismos y en los demás. El autor presenta la historia narrada en primera persona por tres de los personajes que protagonizan la trama –el joven funcionario, otro veterano y buen conocedor de la prisión y el recluso Malamadre– cuyas voces se alternan respetando las peculiaridades del habla de cada uno y mostrando perceptible interés en reproducir el argot carcelario. Por difícil que se lo ponga a si mismo, Pérez Gandul siempre consigue ir a más en lo sorprendente de una trama bastante verosímil y ligada con la actualidad política española –los rehenes de los reclusos amotinados son sus compañeros etarras, multiplicando así las preocupaciones de las autoridades– y que mantiene, sin decaer ni por un instante, su ritmo rápido y su creciente intensidad dramática.
Los personajes, que van ganando entidad a medida que cuentan la historia desde su perspectiva, son seres inmersos en una situación extrema que acaba por superarlos y enfrentarlos a cambios de prioridades vitales tan radicales que los papeles acaban por trocarse. Así se descubrirá cuál es la verdadera naturaleza y de lo que son en realidad capaces el anodino funcionario novato de las primeras páginas y el sanguinario delincuente sobre quien inopinadamente descansarán al final responsabilidades inesperadas.
La de Francisco Pérez Gandul es una novela original en sus planteamientos argumentales y digna en sus logros de conjunto que inaugura con fortuna el género negro carcelario en lengua española.
Ana Sousa

Bombas para Monterroso
Iñigo García Ureta
Laia Libros Barcelona, 2003
104 págs., 9,61 €

De nada sirve invocar santos en plena misa, si no se quiere pasar –a golpe de mucha plegaria– por una vieja beata. Y lo digo sin malicia por el maestro guatemalteco que sobrevuela como santo patrono y protector de estas páginas. Primero, porque no lo es tanto a fuerza de discrepar en la poética narrativa que aquí se ensaya. Y segundo, porque estas Bombas… de Iñigo García Ureta conforman una suerte de misa en sí mismas; aunque pagana, saludable y justificada, misa al fin y al cabo. La de celebrar en un auto de fe el poder redentor de la literatura contra el olvido, el desamor, el tiempo, la pena y otras enfermedades venéreas por el estilo.
“Todo relato es, en realidad, un poema en prosa que disimula” dice este ingeniero de explosivos en su último intento. Esto es falso, por supuesto; pero no por ello, menos entusiasta. Lo cierto es que esta cincuentena larga de artefactos explosivos no disimulan nada: ni prosaísmo, ni vuelo poético; ni agudeza, ni tontería. Se exponen esperanzados, sin máscara ni simulación, a su posible detonación. Y este gesto, por la honestidad literaria que encierra, es ya meritorio. El conjunto es heteróclito y desparejo: hay verdaderos poemas en prosa a la manera de los Petits… baudelaireanos, hay cuentos cortos, hay otros “recortados”, hay algún que otro micro relato maravilloso como “Los hombres no escuchan”, hay poemas sueltos más o menos prescindibles y una poesía larga, sin duda imprescindible, titulada “Carta a un amigo peruano”, hay un poco de aforismo expresivo, hay mucho ingenio y, sobre todo, hay algunos versos sueltos memorables, que no necesariamente vienen en ese envase, sino desperdigados aquí y allá en prosa varia. Aquí va un solo botón de muestra: “La curva de la espalda, ensalivada ya, (…) se abre como un libro viejo”. Otro: “Hoy, las pocas nubes son un cielo con psoriasis”. Y otro: “Con los años el tiempo se vuelve un cuchillo con la punta roma. No se clava”. Y aquí me detengo porque justamente con ese cuchillo García Ureta pretende partirse y “partirnos el corazón” (sic). Es verdad que sus “bombas” vienen cargadas de nostalgia explosiva, envueltas en la fugacidad del atentado y rellenas con la munición pesada de aquello que se ha perdido para siempre e irremediablemente, ya sea un ser querido, una mera impresión sensorial o un orgasmo. Pero también es cierto, que a veces esa nostalgia, cuando no sabe tocar la melodía de “Autumn Leaves” de Miles Davis, es también cuchillo de punta roma. Prosa –o poesía– desafilada que no corta. Concedo que varios artefactos estallan con fuerza y logran su cometido. Otros detonan de manera más amable o con efecto retardado. Pero a algunos, pese a la buena voluntad del dinamitero, se les mojó la pólvora.
Matías Néspolo

En la boca del Lobo
Lilliam Moro
Verbum. Madrid, 2004
156 pág., 9,62 €

Los potentes reflectores de una lancha guardafrontera echan rayos de luz sobre la negra inmensidad del mar mientras seis personas y un perro aplastan sus cuerpos contra la rudimentaria balsa en que intentan huir de Cuba. Así se inicia la travesía de cinco días hacia un destino incierto que narra Lilliam Moro en su primera novela, (I Premio de Novela Corta Villanueva del Pardillo, 2004).
Tres planos narrativos se entremezclan con efectividad: el de la evocación y el recuerdo de los protagonistas; el de la peligrosa aventura que han emprendido, y el de los orishas, deidades afrocubanas que contemplan el destino de los hombres, pero sólo intervienen en él cuando han sido invitados por éstos a ofrecerles su protección, cosa que no hicieron oportunamente los tripulantes de la rústica embarcación. Seis voces, dos mujeres y cuatro hombres, van narrando en fragmentos alternados sus experiencias pasadas y presentes que conforman el cuadro general por el cual han tenido que tomar la decisión extrema de construir una balsa y echarse al estrecho de la Florida. A ellos se suman monólogos de La Habana y La Ruina, que adoptan categorías de personajes colaterales.
Alrededor, acechantes, las aletas de los tiburones. Y luego el silencio más aterrador. Al quinto día, los últimos dos sobrevivientes, mutilados, agonizantes, hinchados, reventados por el agua del mar, sólo esperan “el milagro de morir”. Y entonces, cabalgando sobre el agua aparece el espíritu indomable del abuelo Sebastián, que ata la balsa a su corcel y los rescata de la boca del lobo, no se sabe exactamente si hacia la muerte o hacia la salvación, que a esas alturas ya son la misma cosa, mientras Olokum, la deidad del misterio que habita en las profundidades del océano, sube a la superficie arrastrando “tras de sí varias canastas donde va echando los restos despedazados de los tránsfugas”.
En la boca del lobo es un testimonio de dolorosa actualidad. Relato intenso, espeluznante, que narra la suerte desdichada de los habitantes de una isla donde, al decir de una de las protagonistas, la huida en una balsa es lo único importante.
Miedo y dolor, decepciones y frustración, pero también amor y humor amargo y esperanzas alojadas en el fondo del alma son sentimientos que Lilliam Moro describe con atino en esta novela de tema ríspido que, estoy segura, ya tiene ganado un lugar en la historia contemporánea de la literatura cubana.
Odette Alonso YodÚ

Narrativa Extranjera

Al otro lado del mar
Ethan Canin
Trad. de Isabel Ferrer
Salamandra Barcelona, 2004
223 págs., 12,90 €

Recientemente escribí lo siguiente sobre Ethan Canin: “Si bien su primer libro de relatos (El emperador del aire, Salamandra, 1999) destacó, precisamente, por el hecho de ir contracorriente, el resto de su producción no tiene la fuerza como para lograr el objetivo de colocarlo en un estadio atemporal, a pesar del atractivo de los temas que trata o de la sobriedad que caracteriza sus obras.” Pues bien, la última novela de Canin (Michigan, 1960) viene a negar de raíz esa afirmación. Al otro lado del mar es uno de esas raras narraciones que, bajo la apariencia de un minueto, esconde toda una sinfonía, y así un texto de modesta apariencia se va elevando, casi sin que el lector se dé cuenta, por encima de convenciones estilísticas, de modas o tendencias.
August Kleiman, el pequeño gran hombre que protagoniza la novela de cabo a rabo, materializa en el transcurso de esa vida que se nos va contando de forma perfectamente sincopada (alternando tres tiempos históricos), el devenir al completo de lo que fue el siglo xx. Judío escapado de la Alemania nazi, se establecerá siendo adolescente en Rockaway con su madre y su padrastro, luchará en la guerra contra los japoneses y, al regresar a Estados Unidos, fundará una familia y una empresa cervecera que le hará multimillonario. Llegado a la vejez, inmerso en un mundo en el que no encuentra un sentido claro a su existencia ni a su riqueza, llevará a cabo un acto simbólico, viajando a Japón para completar el círculo trazado por lo que, al parecer, fue el momento decisivo de su vida. La novela no acaba dando una respuesta, sino abriendo toda una nueva serie de interrogantes que, curiosamente, supondrán un nuevo tipo de bálsamo, pues se apartan de lo particular para llevar a Kleiman, y al lector, a la visión de lo universal.
Para completar esa travesía de forma armónica e incluso brillante, Canin ha tenido que alejarse de la alargada sombra de Scott Fitzgerald que presidió sus dos anteriores novelas –Blue River (Salamandra, 1967) y De reyes y planetas (Salamandra, 2001)–, para dejarse llevar, retomando sus orígenes, por el influjo de los grandes maestros vivos de la prosa norteamericana, Philip Roth y, sobre todo, Saul Below. No es aventurado decir que ciertos fragmentos de Al otro lado del mar (como el momento del regreso de Kleiman tras la guerra) indican que, de seguir ese camino, Canin está llamado a ser uno de sus más destacados herederos.
Juan Trejo Álvarez


Una vida de gestos
Chang-rae Lee
Trad. de Jaime Zulaika
Anagrama Barcelona, 2004
358 págs., 17 €

A pesar de su procedencia (“la gente parecía tomarse un extraño interés en decirme que no era mal recibido”), después de treinta años de gestos corteses con sus vecinos, Franklin Hata –emigrante japonés llegado a Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial– ha conseguido una reputación modélica en la pequeña comunidad-dormitorio del estado de New York en que reside. Vive en una casa estilo Tudor que es reacio a vender, acaba de traspasar un negocio de instrumental médico y se siente relativamente confortable en su recién estrenada jubilación. Pero dos hechos, la recuperación de unas fotos de Sunny –su hija adoptada de la que no tiene noticias desde que desapareció hace unos doce años– y un pequeño incendio, a causa del que tiene que ingresar en el hospital, darán pie a que el apacible señor Hata reorganice su vida. Pequeños detalles en las conversaciones de quienes lo visitan durante la convalescencia, evocan –a veces con una aplicación proustiana demasiado directa- en Franklin Hata momentos y personajes de su pasado a los que el presente de un anciano septuagenario, que tiene como meta la simplicidad, otorga un sentido ético distinto del que habían tenido. Todo parece indicar que Una vida de gestos constituye una novela más sobre la vida cotidiana –la de Franklin Hata y sus vecinos– en una ciudad de la América provinciana, a la que se le habrían añadido las peculiaridades del inmigrante japonés y los conflictos de adopción. Pero Chang-rae Lee trasciende lo episódico puesto que, además de realizar un excelente retrato sicológico y circunstancial del protagonista, se adentra de forma dignísima en el delicado y escabroso asunto –avalado, tal como expresa en los agradecimientos, por el testimonio de algunas implicadas– de la esclavitud sexual que practicó el ejército japonés con mujeres coreanas durante la Segunda Guerra Mundial. A pesar del excesivo detallismo de párrafos innecesarios, el escritor coreano logra que la participación de Franklin Hata en este asunto, como responsable médico de las cinco coreanas de su regimiento, se convierta en el núcleo argumental de la novela. No sólo porque le sirva para estructurar la relación entre pasado y presente en la vida de Hata, ni porque quiera darle un pincelada sentimental a la novela al abundar en la especial relación que mantuvo el protagonista con una de las chicas, sino porque la evocación de esa experiencia –tan traumática como la del aborto de Sunny–, inscrita en su memoria de forma indeleble, le permitirá empezar a reconstruir la relación con su hija y con su recién descubierto nieto y comprender que, en definitiva, tal como expresa al final el anciano Hata, sólo el tiempo permite vislumbrar la trascendencia de nuestros actos.
Leah BonnÍn


Agua Viva
Clarice Lispector
Trad. de Elena Losada
Siruela. Madrid, 2004
100 págs., 13,50 €

Primera versión en castellano de una obra publicada originalmente en 1973. No es una novela, no es un ensayo, ni un relato, es un cuasi tratado sobre la búsqueda de los límites del lenguaje, a través de la escritura y la pintura.
Por medio de mecanismos instrospectivos y del diálogo con ella misma, Lispector desarrolla a lo largo de toda esta obra un juego de palabras, con el fin de encontrar lo ‘it' , lo vivo y lo blando: “Voy a volver a lo desconocido de mí misma y cuando nazca hablaré de ‘él' o de ‘ella'. Mientras tanto lo que sustenta es ‘aquello' que es un ‘it'. Crear de uno mismo un ser es muy serio. Estoy creándome.”
Tal vez se trate de la búsqueda de todo escritor que se enfrenta a la famosa hoja en blanco. La hoja en blanco de Lispector es el silencio, un silencio conformado a partir de la palabra, a partir de la escritura, a partir del instante.: “Antes que nada, pinto pintura. Y antes que nada te escribo dura escritura. Quiero como poder coger con la mano la palabra. ¿La palabra es un objeto? Y a los instantes les extraigo el zumo de la fruta; tengo que destituirme para alcanzar el meollo y la semilla de la vida. El instante es semilla viva.”
Momento decisivo para un nacimiento, para ordenar el mundo a través del nombramiento. Deudora de la literatura hasídica –para los judíos solo existe lo que tiene nombre–, Lispector trata de encontrar otros nombres a las cosas. Ese atributo que le da plena existencia en el mundo: “Hay muy pocas cosas por decir que no sé cómo decir. Me faltan las palabras. Pero me niego a inventar otras nuevas. Las que ya existen deben decir lo que se consigue decir y lo que está prohibido. Y lo que está prohibido lo adivino. Si hubiese fuerza. Más allá del pensamiento no hay palabras: se es. Mi pintura no tiene palabras: está más allá del pensamiento. En ese terreno del se es soy puro éxtasis cristalino. Se es. Me soy. Tú te eres.”
Agua viva podría ser el antecedente de Soplo de vida, pulsaciones, de publicación póstuma pero escrita en 1977. Dos obras publicadas con cuatro años de distancia, pero que, a diferencia de las obras intermedias, éstas giran en torno al mismo tema: la búsqueda de la escritura en la escritura misma, por medio de una narrativa en espiral, encontrando la agonía de la existencia y la imposibilidad de encontrar lo no-nombrado en el lenguaje. Una epifanía no resuelta
Carolina Hernández


Literatura gallega


No praia dos lagartos
Helena Villar Janeiro
Ediciós do Castro Sada
2004. 80 págs., 7 €

Con este librito cuenta ya con dos títulos la colección Arume de poesía para niños. Si hace dos años era Pepe Cáccamo, con Lúa de pan, el ganador del premio que nutre esta colección, en esta ocasión es Helena Villar Janeiro la que obtiene el galardón. Estos dos nombres evidencian que la poesía infantil está alcanzando un alto nivel en Galicia y que más allá de los universales prejuicios que la etiquetan como “género menor”, consigue atraer la atención de grandes poetas. El propio Cáccamo había elaborado –con Marisa Núñez, otro nombre mayúsculo de la literatura infantil– una antología de la poesía gallega para niños (O libro dos cen poemas, Espiral Maior, 2002) en la que, entre Álvaro Cunqueiro, Rosalía de Castro o Celso Emilio Ferreiro, se podía encontrar precisamente a Villar Janeiro.
En el breve prólogo se nos señala que hay en este libro “un acercamiento cordial a la naturaleza gallega, en una poesía que brota espontáneamente, con un lucimiento léxico auténtico, manejado con gracia y musicalidad”. Sirva de ejemplo: “Pradairo, / teixo, / sobreira, / freixo, // capudre, / bieiteiro, / carballo, / piñeiro”, primeras estrofas de un poema que es un simple elenco de árboles hábilmente dispuestos para que funcionen de modo casi mágico. También el ritmo está aprovechado al máximo y en algunas ocasiones los versos emulan estribillos de canciones y juegos infantiles: “Subindo o valado, / pasando a xunqueira, / cruzando banzados / ou presas baleiras...” Al lado de estos poemas de varias estrofas hay otros que son casi haikus, pero regalan un tono de poesía popular y unos ritmos de cancionero que saben a veces a Lorca y a Juan Ramón, y otras a Gloria Fuertes: “Na praia dos lagartos / cada solpor / faise ao mar a barcaza / dun caracol”.
Como en casi toda la poesía para niños, los animales y plantas son los protagonistas absolutos de Na praia dos lagartos. Sin embargo, no debe creerse que no hay nada novedoso tras ese clásico armazón. Janeiro huye del ruralismo simplista, y la presencia de la naturaleza no es óbice para que aparezca una ironía que percibirán los niños de mayor edad y los adultos, para quienes también resultará delicioso este libro. Por ejemplo, al presentarnos a las mariposas: “As turistas que chegan / á praia dos lagartos / son de alta sociedade / con avión privado”; o en las alusiones a oficios urbanos, ya que la naturaleza no es un decorado idílico carente de conflictos: “O xabaril, ás veces, / fai de psiquiatra, / que ten para este oficio / moi boa maña”; o: “E dixo o moucho / moi avogado: / –Pelexar por tan pouco, / que ruín coidado!” Sirva la poesía que aúna justicia y belleza como arma educativa para los ciudadanos de mañana. Este libro es un buen ejemplo
MoisÉs R. Barcia


Poesía


Poemas de la Última noche de la tierra
Charles Bukowski
Trad. de Eduardo Moya Bayona
DVD poesía Barcelona, 2004
454 págs., 17,31 €

Las primeras noticias del Bukowski poeta no llegan a España hasta bien entrados los años noventa. Fue en una antología de textos de Anagrama –Peleando a la contra, 1995 – en la que había una buena muestra de sus poemas. Para entonces, Bukowski era más conocido como narrador. La crítica le había bautizado como padre del realismo sucio y su fama de antisistema le había proporcionado una legión de lectores y unos cuantos continuadores, Raymond Carver entre los más célebres. Luego llegarían traducciones de sus primeras tentativas poéticas –Madrigales de la pensión (Visor, 1999)– y el excelente Lo más importante es saber atravesar el fuego (La Poesía, señor hidalgo, 2003).
La vejez y la intuición de una muerte cercana pusieron a Bukowski a ordenar un poemario que se puede leer como unas memorias en verso.
La poesía de Bukowski es literatura de extremos. Se sitúa en el margen conceptual del género y, como dice Eduardo Moga en el prólogo, admite sin pérdida de sustancia la conversión a prosa. El propio Bukowski es un extremo de la literatura y de la vida, por eso no deja indiferente a nadie.
Se asoma un escritor cansado, nihilista, reflexivo a ratos, irreverente, casi siempre, de una ironía dulce. Y quizá sea esto último la gran novedad respecto a su obra conocida en castellano. El propio autor –con o sin pseudónimo– se erige en centro de la poesía. De él parten y a él van a parar estos poemas carentes de estructura lírica y desnudos de cualquier tipo de recurso retórico. Aparece una poesía desatada y mucho más precisa que sus famosos relatos. Paradójicamente, son estos textos el mejor vehículo para contar sus historias. Es una poesía muy visual, tan cinematográfica como el resto de su obra, pero sin el corsé de la forma narrativa. Obligado por el género a la concisión, Bukowski escribe, casi de manera enfermiza poemas libres de la retórica que tanto odiaba. Encuentra el modo adecuado de hilar su vida a través de los frescos que ofrece cada uno de los poemas, y aunque están hermanados con su novela, amplían el abanico tonal mostrando una sensibilidad desconocida, un Bukowski crepuscular inédito en prosa.
Estos poemas revelan al hombre que hay detrás de la coraza de viejo verde que le dio la fama. Podrían suponer un volver a empezar en el lugar que ha de ocupar Bukowski en la literatura.
IvÁn Serrano Tapiado


Poesía reunida, 1911-1982

Djuna Barnes
Trad. de Stutman Osías y Rosa Lentini
Ediciones Igitur. Tarragona, 2004
208 págs., 13,46 €

De Djuna Barnes (1892-1982) se conoce sobre todo El bosque de la noche (1936). Como sucede con bastantes otros, Barnes es la autora de una novela que eclipsa el resto de su obra. A esta visión inexacta ayuda que apenas haya traducciones que no sean de El bosque... o que, aún no haya una edición completa de sus poemas, algo que esta edición vine a paliar en alguna medida, una edición que ofrece junto a la versión literal de la antología, el original inglés acompañado de notas.
Barnes se inicia en el prodigioso albor del siglo xx, uno de esos momentos irrepetibles en la Literatura que son las vanguardias, y que en el ámbito anglosajón se denomina Modernism. Literariamente convive con T. S. Eliot, Amy Lowell, Ezra Pound, Wallace Stevens, Marianne Moore, William Carlos Williams o Hart Crane; pero también en Harlem están Langston Hughes o Sterling A. Brown. La vanguardia anglonorteamericana es una figura poliédrica de cuya nueva y meditada observación están brillando matices distintos que permiten el disfrute de otros modos poéticos alejados de la estela oficial.
Tampoco hay que olvidar que ese inicio es el momento de la era del Jazz, los felices años veinte en los que la moral y las costumbres puritanas se habían relajado. Desde este punto de vista hay que leer la poesía de Barnes, una mujer que busca la disidencia por sí misma, sabedora de lo aburrido y estrecho que es el corsé de cualquier mayoría moral. Se inicia en las postrimerías del Simbolismo, en la línea de Aubrey Beardsley –algo muy común por otra parte en muchos de sus compañeros– para evolucionar hacia una poesía más seca y descarnada, densa y meditativa –trayectoria también común en la poesía anglonorteamericana–. En su primera fase, a pesar de su cercanía a Eliot, Barnes escribe poemas alejados de la deshumanización artística que por entonces algunos preconizaban. Hay rasgos biográficos que sustentan el poema sin que eso signifique que Barnes cae en el confesionalismo sentimental privado que había arruinado tanta poesía postromántica.
Curiosamente, a partir de los años cincuenta, cuando en América se desarrolla la poesía confesional, Barnes vuelve su mirada hacia la concisión expresiva de las primeras vanguardias poéticas americanas. Los poemas de entonces, si bien no acabados, porque por entonces Barnes había hecho suya la idea de la obra en continuo proceso de creación y revisión, son variaciones sobre unos pocos temas, cuya lectura continuada crea un efecto sorprendente.
Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan


Ilimitada voz
José María Balcells
Publicaciones de la Universidad de Cádiz Cádiz, 2003
452 págs., 30 €

El adjetivo “ilimitada” del título nos predispone ya a una lectura diacrónica que ocupa, en este caso, cuatro generaciones de mujeres poetas, que no es poco decir: nada menos que unos sesenta años, toda la época de la dictadura y de la democracia. Una tarea mastodóntica.
Las poetas antologadas, unas ciento cincuenta, van desde las que surgieron en los años veinte hasta las que comienzan ahora. La de mayor edad, Concha Méndez, tiene ciento seis años, y la más joven, Elena Medel, sólo diecinueve. Entre una y otra aparecen todas las maneras posibles de la poesía de mujeres del siglo xx y lo que va del xxi: tendencias posmodernistas, del 27, rehumanizadoras, neorrománticas, postistas, sociales, novísimas, de la experiencia, del silencio, de la búsqueda... Pero dejemos esos nombres. Creo que lo verdaderamente importante es que en esta antología se puede ver la evolución de la mujer poeta y su actitud ante el arte, el mundo y el pensamiento en los últimos tiempos: un caso único en la historia de nuestra cultura.
Arrancando desde atrás, desde el 27, uno advierte en seguida la marginación a que fueron sometidas las poetas y cómo, poco a poco, después, fueron haciéndose con un sitio y una voz y adquiriendo una escritura propia, distinta. Así, desde Julia Uceda y María Victoria Atencia, hasta Clara Janés y Ana María Navales vemos surgir un verbo fulgurante que se deslinda de lo que se venía haciendo por hombres poetas y también, en ocasiones, por mujeres poetas. Luego, con nombres como Ana Rosetti y Juana Castro irrumpe otro modo, arrasante, radicalmente distinto. Y a partir de ahí podemos hablar de una poesía otra, de una verdadera revolución de la escritura y de mujer. Con Olvido García Valdés, Concha García, Neus Aguado, Carmen Borja y otras, estamos, así, ante una serie de apuestas diferentes, pero esclarecedoras.
El mérito de Balcells está en haber puesto sobre la palestra esta realidad, ya insoslayable: la escritura de las mujeres más que un género es una realidad. Balcells no sólo antologa, sino que sabe ir eligiendo los poemas y motivos en donde hay una novedad: la prioridad del cuerpo y del goce, no siempre del gozo; las formas del amor y del olvido; los motivos de la caza o la devoración...
Una antología no sólo es una selección, sino una opción y no la peor. En algunos casos es el principio del todo. La de Balcells no es la única, pero sí la que reúne una nómina más completa.
Jaime D. Parra

 
Ensayo


Entre paréntesis
Roberto Bolaño
Anagrama Barcelona, 2004
366 págs., 18 €

Una periodista le pregunta a Roberto Bolaño (1953-2003) si el mundo tiene remedio y él sentencia: “El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte.” Al leer estas palabras, en la entrevista que cierra este libro, no cuesta imaginar que en lugar de referirse al mundo el escritor chileno está lanzando un involuntario vaticinio del futuro que le aguarda a su propia obra narrativa: que está viva, que su perdurabilidad no tiene remedio y que sus lectores somos afortunados. Bolaño ha cruzado por la literatura como si de un meteorito se tratase hasta convertirse en una estrella de primer orden y todo ello en un corto lapso de tiempo, de 1996 al 2003. Un crédito literario que la reciente publicación por Anagrama de la monumental 2666 vendrá a remachar.
Esta recopilación de un centenar de textos dispersos de Bolaño, realizada por el más certero y capaz crítico español de literatura hispanoamericana, y uno de sus principales valedores, Ignacio Echevarría, es una guía muy útil y no un pórtico de entrada al “territorio” Bolaño. Con ella, algunas zonas de sombra se iluminan y se tienden conexiones hasta conseguir un perfil más completo del escritor chileno. Un libro en el que recalar una vez que ya se ha circulado por Llamadas telefónicas, Estrella distante, Los detectives salvajes o Nocturno de Chile; por citar sus títulos más sólidos. Esta seudoautobiografía elaborada con retales contiene razones de primera mano de sus filias y fobias (literarias, geográficas, políticas, etc.) y de los estrechos vínculos entre su odisea vital y su peripecia narrativa. La guinda del pastel la hubiese puesto alguna entrevista en la que el propio Bolaño refiriese algunos pasajes de su biografía; entre ellos, su regreso a Chile tras su estancia en México y su huída de Pinochilet.
El grueso del volumen lo forman las columnas que, principalmente sobre literatura, publicó en diferentes periódicos y que recuerdan sin desmerecer al Dietari de Pere Gimferrer. También encontramos tres discursos, impresiones sobre el Chile actual o artículos sobre viajes y lugares. En ellos, Bolaño nos hace partícipes de que la alta literatura es “la que osa adentrarse en la oscuridad con los ojos abiertos y que mantiene los ojos abiertos pase lo que pase”. Por último, lo que Bolaño aconseja a propósito de su poeta totémico, el chileno Nicanor Parra, bien puede aplicárselo a este chileno de Blanes: El que sea valiente que siga a Bolaño.
Quim PÉrez

Hasta los paranoicos tienen enemigos
David González
La Tapadera. Salamanca, 2004
88 págs., 9 €

A partir de los textos que llegaron a su web durante los 21 días que duró la invasión oficial de Iraq, el poeta y narrador asturiano David González, autor de poemarios como La carretera Roja (Celya, Salamanca, 2002), e incluido recientemente en la antología de relatos Golpes (DVD, 2004) construye una obra coral que pretende ser la memoria colectiva de una guerra. Hasta los paranoicos tienen enemigos es un ensayo novelístico a modo de mixtura informativa de noticias, datos y opiniones. Las voces de diversas nacionalidades, clases sociales, profesiones, se fusionan en una sola primera persona. Es la del cronista que atraviesa día a día la guerra oficial, escudriñando la amargura, el desasosiego y la destrucción en diferentes registros literarios, hasta erigirse en portavoz de la reflexión crítica y humanística, sin que por ello luzca un protagonismo excesivo.
La muerte, el embargo infinito –increíble el poema en que se hace un recuento de los productos que no pueden enviarse a Iraq–, la historia de los Estados Unidos como país invasor –encubridor de dictaduras y crímenes–, las opiniones de internautas, periodistas, madres, escritores y poetas, las acciones ciudadanas de protesta en España y en todo el planeta, los testimonios sin reservas que se suman a otras crónicas, reportajes, cartas y libros, son algunos de los fragmentos. Cabe destacar otros temas cruciales como la resistencia y la guerra santa, los hospitales, la historia de una cultura aniquilada y las huellas del dolor. El peculiar método para utilizar esa infinidad de fuentes –basta ver el listado de noticias de agencias, televisiones, diarios, buscadores y portales de donde procede el material manejado– se explica detalladamente en dos epílogos que revelan el trabajo y la gran capacidad del autor para modelar esta monumental información en un único texto de inquietante coralidad.
La muerte ha seguido siendo la voz de los EE.UU. una historia de torturas, terrorismo, represión, salarios idiotas, hambre y miseria, a la que ha sumado una carrera bélica espacial de siniestro hedor. Este libro es necesario. La literatura nos ronda y David González en este caso es su hacedor. Este collage de vivencias y sentidos está impreso en tinta roja, en clara alusión a la sangría de la guerra de Bush.
JuliÁn SÁnchez

DICCIONARIO CRÍTICO DE MITOS Y SÍMBOLOS DEL NAZISMO
Rosa Sala Rose
El Acantilado, Barcelona, 2003
508 págs., 28,85 €

Rosa Sala Rose ha firmado un interesante recorrido por los mitos y los símbolos del nazismo, en sintonía con otros diccionarios que, sobre los mitos de la guerra civil, han proliferado últimamente. En la introducción asistimos a la tónica del volumen: su irregularidad. En esas primeras páginas ya se alterna entre párrafos brillantes y otros que, en cambio, están por debajo de la expectativa que la propia autora ha generado. Entre los párrafos que brillan se encuentran los dedicados al desenmascaramiento de Alma Mahler o los que recuerdan que los escritos de Herny Ford fueron más citados por los enjuiciados en Nuremberg que el Mein Kampf. Sobre los otros, quien se acerque a esta obra, sin duda recomendable, sobre todo para aquellos que no estén familiarizados con el tema, los irá descubriendo según cuáles sean sus propias lecturas anteriores.
Entre las voces que articulan el diccionario, destacan la explicaciones de curiosidades significativas, como las que se recogen en“Nudismo” (defendido por los nacional-socialistas, en consonancia con su particular concepción del cuerpo y de lo ario) o en “Montserrat” (montaña mística de los nazis, visitada por varios miembros de su cúpula). Y las reseñas recogidas en llamadas como “Nietzsche”, que son la crónica de la apropiación que el nazismo hizo del pensamiento tanto de ese filósofo como de otros artistas germanos. También encontramos buenos resúmenes de los conceptos nazis de espacio o de “sangre y tierra”.
Kershaw es citado sólo una vez, aunque haya una voz que se llame “Hitler” y menudeen las menciones a la biografía del dictador genocida, Hilberg no aparece, tampoco Traverso. Abundan las referencias, en cambio, a Klemperer, Kracauer, Zweig. Evidentemente, es citado Cirlot. Aunque la bibliografía podría ser mayor, la documentación es suficiente para pergeñar una útil herramienta de consulta, construida desde el rigor y, sobre todo, desde la crítica. A ese respecto, cabe destacar que se esté editando en nuestro país un diccionario precisamente crítico (de una investigadora joven). Después de tanta mitología católico-nacionalista y de tanta historia endulcorada, sólo ese talante de disección puede conducir hacia un conocimiento más cercano a la verdad.
Jorge CarriÓn

PARADIGMAS PARA UNA METAFOROLOGÍA
Hans Blumenberg
Trotta, Madrid, 2003
257 págs., 15 €

Las preguntas más esenciales de la filosofía se concentran en esta obra que traduce por primera vez la Editorial Trotta y que se suma a la creciente publicación en lengua castellana que está teniendo uno de los pensadores de más impacto en este siglo.
Paradigmas para una metaforología compagina la belleza y la complejidad del ambicioso proyecto blumenberguiano que se dirige a elaborar una tipología de desarrollo histórico seguido por las metáforas que refieren a la estructura del mundo. La metafórica se pone al servicio de la comprensión como la dimensión simbólica que revela las cuestiones más profundas del ser humano. El programa fundamental de la filosofía, la pregunta por la verdad, no puede reconocerse en una perspectiva conceptual que trate de contestar teóricamente, pues es precisamente una radiación de fondo que se encuentra ya planteada en la misma esencia del hombre, no tiene respuesta porque se trata de la realidad más primitiva. La metáfora se entiende aquí como la reorganización trans-conceptual de todo acto vivencial, donde se agota el sentido del modelo de orientación y decisión que determina la cuestión de la verdad. La verdad es el producto de un procedimiento metódicamente guiado y, en consecuencia, las metáforas absolutas, término con el que Blumenberg identifica los paradigmas históricos que atribuyen a la verdad un determinado modo de comportamiento, dan prueba de que sólo se puede responder desde un contenido pragmático, pues estas metáforas son la referencia orientativa y la estructura del mundo que establecen la conducta y el sentido de cada época histórica. El cuestionarse del ser humano se reconoce en la verdad pragmática de estas metáforas que inducen a una determinada comprensión y a un comportamiento derivado de ésta. Cada paradigma histórico implica una visión íntegra de la realidad que se manifiesta en una metáfora que posibilita el sentido del mundo para el hombre.
Sin duda, Blumenberg propone un planteamiento radicalmente historicista al elaborar una historia de las metáforas hermanada con el problema de la verdad. La pregunta por el sentido se presenta desde una línea histórica que muestra cómo el hombre se ha relacionado con el mundo para hacer frente a las cuestiones que refieren a la esencia del ser humano. El trabajo llevado a cabo en Paradigmas para una metaforología aborda desde el mito hasta la ciencia para mostrar la necesidad de sentido que resulta imprescindible para la propia vivencia del mundo. La realidad se humaniza y se hace comprensible a través de lo que Blumenberg llama metáforas absolutas y que son precisamente el objeto de estudio de esta obra.
Ruth NÚÑez Ron

EL LIBRO BOBO DE BUSH
Comp. Fernando Úriz Martínez
Trad. de Fernando Úriz Martínez
Laetoli, Pamplona, 2004
136 págs., 6,72 €

En su ensayo Compadezcamos a los políticos, Enzensberger afirma: “Quizás haya llegado el momento de que dejemos de insultar a los políticos”. Y es que los políticos son personas atribuladas cuyo carisma ha de enfrentar por un lado la complicada tarea de la gestión común (que, además, se televisa en tiempo real) y, por otro, el inclemente juicio de la posteridad. Ahora bien, de sus apetencias, de sus prejuicios, de sus decisiones, pende el destino del común de los mortales, ése que realiza su tránsito vital en un vagón de metro.
Por ser quizás el estadista que maneja los designios de siete mil millones de terrícolas, el cerebro de George Bush debería resultar un prodigio de capacidades y sensibilidad. Pero, desde los tiempos en que gobernaba Florida, la opinión pública internacional viene acumulando pruebas de que su entramado neuronal quedó seriamente dañado por su su toxicomanía juvenil. El libro bobo de Bush constituye una más, quizás la más relevante, por cuanto que puede considerarse algo así como su legado intelectual. Recoge 161 frases entresacadas de declaraciones públicas del presidente, 161 máximas sobre temas diversos que demuestran no sólo su trágico desconocimiento de política, geografía, historia o economía, sino su incapacidad para hilar discursos coherentes.
Lateral ya publicó en el nº 101 una selección de bushismos bajo el título “Nueva poesía norteamericana”. La presente compilación se hace eco del fenómeno, que cuenta con su propia página en Internet. Lo mismo da para echarse las manos a la cabeza que para reírse a carcajadas y, además, es susceptible de ampliaciones futuras en caso de que John Kerry fracase en sus aspiraciones presidenciales. En cualquier caso, constituye la radiografía de un mandatario inepto, sí, pero también la de unos tiempos en que la discusión racional se encuentra al servicio del esloganismo financiero. Unos tiempos en que el máximo dirigente de los EE. UU. puede darse el lujo de declarar en una tribuna: “Tampoco hago muchos análisis. ¿Saben?, no dedico mucho tiempo a pensar por qué hago las cosas”. Prueben a quitar la palabra libro del título y verán como su contenido no cambia.
Roberto Valencia

Kafka y Auster ilustrados

DOS CLÁSICOS CONTEMPORÁNEOS

Seguramente poco tienen en común La metamorfosis de Kafka y El cuento de Auggie Wren de Auster. Casi nada, aparte de haberse publicado recientemente en formato álbum y de poner a nuestra disposición dos obras que nunca habían sido ilustradas antes en ninguna edición castellana.
A Gregorio lo conocemos a través de las palabras de Kafka, que minuciosamente y de una forma un tanto alejada, narran sus desgracias a partir del día en que el desdichado joven viajante despertó convertido en un insecto monstruoso. El ambiente surrealista y opresivo del relato nos viene dado por el uso del lenguaje y la construcción de unos personajes aparentemente sin atributos, a los que no acabamos de imaginar nunca, pero que nos introducen agónicamente en la historia. Uno de los relatos más célebres del siglo xx, que en esta nueva edición de Brosquil el ilustrador argentino Luis Scafati ha sabido recrear dichos espacios y personajes a través de unas ilustraciones en blanco y negro que comparten con el texto el desasosiego que se vive en la casa de Gregorio. La expresividad del jefe y la sirvienta y la imperturbabilidad de la mayor parte de rostros de los padres y la hermana, junto con las estancias desdibujadas, cerradas y oscuras, nos acompañan en una lectura en la que el propio Kafka es Gregorio y en la que el placer llega tanto de manos del relato como de la ilustración.
Diferente es el caso del estanquero Auggie, a quien se le conoce a través de las imágenes de Smoke o de Blue in the face, bajo el aspecto del actor Harvey Keitel. Publicado en el New York Times, el Cuento de Auggie Wren llegó al gran público a través de Smoke, por ser la última parte del film. En las dos películas, el estanco de Auggie es el punto de unión de personajes extraños, que pasan su vida o algunos momentos de ella en el barrio de Brooklyn. Escenario de historias cotidianas, el pequeño establecimiento se convierte en lugar de reunión de viejos y nuevos conocidos, entre los que se encontrará Paul Auster, a quien Auggie mostrará su bella y minuciosa obra de arte. Ahora, Auster y Wren se vuelven a encontrar en el estanco. Esta vez, la película pasa al papel y el cuento de Auggie –sobre cómo consiguió su máquina fotográfica– pasa a ser la historia central de este álbum magníficamente ilustrado por Isol. Un cuento de Navidad nada corriente, que tiene como escenario las calles llenas de gente del barrio neoyorquino y que nos ayuda a reflexionar sobre el paso del tiempo, a través de los detalles cotidianos que los transeúntes generan con el simple hecho de caminar hacia cualquier parte. Personajes de los que se conoce tan sólo su forma de pasar y que pueden, como en el caso de Auggie, convertirse en un instante en pequeños ladronzuelos, impostores o timadores. Un cuento sobre la ciudad y sus habitantes y sobre las relaciones que muchas veces se generan en ella y que la ilustradora argentina ha sabido captar con gran precisión. Pequeños collages, en los que tanto la pintura como el dibujo son importantes, nos introducen en un ambiente urbano, colorido y casi mágico, lleno de movimiento y pequeños detalles, que remiten a la obra de Auggie. Un relato que parte de la fotografía y unas ilustraciones que rememoran el ambiente de la esquina de Brooklyn relatada en el film, donde empieza todo, son los alicientes de este fantástico álbum.
De la palabra a la imagen y de la imagen a la palabra, los dos relatos presentados tienen pues en común su final: convertirse en álbum ilustrado. La ilustración ejerce, pues, de punto de encuentro entre un relato, el de Kafka, que conocemos a través de las palabras del autor, es decir, sólo del texto; y el de Auster, que fue popularizado por la película de Wayne Wang, es decir, principalmente a través del movimiento de las imágenes. El formato del libro ilustrado abunda en la literatura infantil, pero brilla por su ausencia en la literatura para adultos. Nos parece una opción novedosa e interesante y que seguro los amantes de la ilustración agradecerán.
Un Kafka en blanco y negro y un Auster lleno de colores cálidos se mezclan con las letras y se aproximan perfectamente al tono de cada uno de los relatos.
Anna Juan Cantavella

La metamorfosis
Franz Kafka. Trad. de Césa Aira. Ilustración de Luis Scafati. Brosquil, Valencia, 2004. 63 págs., 17 €
Cuento de Auggie Wren
Paul Auster. Trad. de Ana Nuño. Ilustración de Isol. Lumen, Barcelona, 2003. 31 págs., 14,50 €