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diciembre 2002
Nº 96

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El arte de la paranoia
Juan Gabriel VÁsquez

Tu rostro mañana
1. Fiebre y lanza
Javier Marías
Alfaguara, Madrid, 2002
475 págs., 19,50 €

Decir que ésta es la mejor novela de Javier Marías sería inexacto (y tal vez necio), porque ésta no es una novela: es una media novela. Decir que ésta es la mejor media novela de Javier Marías sería más preciso, pero también más soso. Hablar de Fiebre y lanza es ubicarse, necesariamente, entre estas dos opciones; es también acudir a la curiosa fórmula crítica de empezar por el final, porque la última línea de este libro contiene (comprimido, deshidratado) todo el material que necesita el crítico. La última línea dice: "Fin del Primer Volumen de Tu rostro mañana." Esa línea, en efecto, lo dice todo. Porque al sentarse a escribir una novela de novecientas páginas, Marías ha debido aceptar de buena gana un cambio de estrategia, toda una nueva manera de hacer las cosas, y eso es lo primero que nota el lector. Aquí no encontramos los comienzos explosivos de Corazón tan blanco, de Mañana en la batalla piensa en mí; como en las cajas fuertes, la apertura de Tu rostro mañana es de efecto retardado. Aquí no encontramos tampoco la variedad de anécdotas de las otras dos novelas, escenas secundarias encargadas del contrapunto dramático frente a la trama principal: para tener la longitud que tiene, Tu rostro mañana es terca en su univocidad, descaradamente monotemática, empecinadamente obsesiva. Aquí no encontramos, en fin, la estructura homogénea de antes, esa especie de autopista que, con todo y digresiones, retrospecciones y otras manías, obedecía sin chistar las reglas del tránsito: una vía, siempre hacia delante. La estructura de Tu rostro mañana adolece de una suerte de esquizofrenia del tiempo. El lector se encontrará con dos momentos: uno de ellos está bien sentado en el presente (es un decir), y transcurre en Oxford, entre una cena y la comida del día siguiente (con lo cual sentado es el participio justo); el otro momento es vagabundo y voluntarioso, y se mueve a su antojo entre el pasado, lo que ocurrió antes de Oxford, y el futuro, las consecuencias de Oxford. La alternancia de los dos tiempos produce efectos extraños, y no será raro que el lector desprevenido, igual que el narrador, tenga de vez en cuando la incómoda sensación de estar viendo lo que va a ocurrir.

El narrador de la nueva novela es un viejo amigo: el hombre, hasta ahora anónimo, que nos había contado Todas las almas. Ahora descubrimos que se llama Jacques Deza, pero ni siquiera esa certidumbre es completa, porque algunos le dicen Jaime y otros Jacobo, algunos Yago y otros Jack. Pues bien, al final de Todas las almas el señor Deza estaba viviendo en Madrid, casado con Luisa y ejerciendo de escéptico padre de un niño; al abrirse Tu rostro mañana, ha tenido además una niña, pero su matrimonio parece haber fracasado; y, para escapar de ese fracaso, ha regresado a Inglaterra. Vive en un piso londinense desde el cual camina hasta su trabajo en un edificio sin nombre. Es un tipo afortunado, porque ha conseguido que le paguen por especular. Así es la cosa: Deza ha sido contratado por la misma gente que años antes creó el servicio secreto británico, y su trabajo consiste en mirar a la gente y juzgar si esa gente será capaz de mentir, de matar, de traicionar. Le pagan, en fin, por ser lo que en inglés se llama un buen judge of character. Y ese empleo contiene una especie de justicia poética: Deza ha vivido toda su vida bajo el peso de la historia de su padre, que fue traicionado por su mejor amigo en los años de la Guerra Civil. "Lo que no entiendo ni nunca he entendido", le dice el hijo al padre, "es que tú no te maliciaras nada, que no lo vieras venir teniéndolo a dos palmos durante años y años, algo así está en el carácter." Deza, en cambio, es de los que se lo malicia, de los que lo ve venir. Al menos, eso es lo que cree; pero nada permite suponer que sea capaz de verse él mismo con la claridad con la que ve a los demás. "Sólo le interesa el exterior", se dice de él, "y por eso ve tan bien".

Si el narrador de Corazón tan blanco no quería saber, y acababa sabiendo, Jacques Deza no quiere contar, pero acaba por hacerlo. Y lo hace, además, con la tradicional prolijidad de los narradores de Marías: esos hombres que no sólo se dan cuenta de todo, sino que se dan cuenta de todo en todas sus formas posibles. Viendo a una persona en un vídeo, cualquiera de nosotros se sorprende pensando, por instinto, "Me cae bien" o "Me cae mal"; Deza, en cambio, se sorprende pensando en otras veintitrés opciones, que van desde "Me la comería a besos" hasta "Lo fusilaría sin pestañear". La hipertrofia de la percepción es una de las poéticas del estilo de Marías; también lo es su cariño por las disyuntivas. En una misma frase suelen encontrarse varias, pululando como banderitas de incertidumbre: a una mujer, su acompañante "la había arrastrado o guiado" con gente "mitad diplomática o financiera o política o empresarial, o quizá literaria o de profesión liberal", pero no por "querencia o sumisión o deseo o amorosidad". Como los que lo han antecedido en el arduo trabajo de narrar las novelas de Marías, Deza se ve acosado por el pasado, pero sobre todo por la sintaxis. Su personalidad especulativa e incierta es capaz de ampliar los períodos de su voz hasta extremos crueles; es también la razón de su lucidez, la expresión de su poderosa inteligencia. El estilo de Marías, congestionado pero extraordinariamente servicial, le ha permitido crear mundos angustiosos, pero el buen lector notará que esa angustia proviene menos de lo narrado que de la disposición paranoica de la frase, una frase que siempre duda, que no logra estar segura, que todo lo teme y a la que todo inquieta, que desconfía de la gramática tanto como de las personas. Y la paranoia ­todo el mundo lo sabe­ es contagiosa. En las novelas de Marías, los personajes suelen hablar en la voz del narrador, los documentos están escritos con la voz del narrador; y esto, que en una novela de convenciones realistas resultaría condenable, en estos ríos de estilo que son las novelas de Marías parece apenas consecuente, y a uno le chocaría encontrar que un personaje de importancia no sea capaz de digresiones inteligentes, de epigramas casuales, de alusiones isabelinas. Es así con Peter Wheeler ­un gran personaje: larger than life en muchos sentidos, y a la vez firmemente parado sobre la tierra­, cuyo monólogo final contiene las políticas del gobierno inglés durante la segunda guerra, agudas reflexiones sobre el silencio y la charlatanería, y, en medio de todo eso, alusiones generosas a Hamlet y a Enrique V y al Persiles de Cervantes.

Y es que nada es seguro en esta novela. Todo en ella induce a la desconfianza: hasta sus comas, hasta sus guiones son mentirosos. He dicho que el narrador trabaja en un edificio sin nombre; pues bien, la crisis nominativa no se detiene ahí. Deza responde a cinco formas posibles de su nombre de pila, Peter Wheeler cambia de apellido a mitad de la novela, y de Bertram Tupra dice el mismo Wheeler: "Sí, ya sé, suena a nombre inventado y bien pudiera serlo." A la pregunta What's in a name?, los personajes de Marías dicen: No tenemos ni idea. En rigor, la manera más sensata de leer Tu nombre mañana sería amarrar la novela a un detector de mentiras ­cada frase apisonada con correas y cubierta de electrodos, la pobre­; en su defecto, la clave de la lectura está en el más radical escepticismo. ¿Así que Deza recuerda y cita el diálogo que tuvo con Alan Marriott en Todas las almas? Pues bien, una inspección de Todas las almas revela que Deza, ese gran mentiroso, ahora ha puesto palabras en boca de Marriott, palabras que Marriott nunca dijo: "Mi memoria personal no cuenta. No es nada frente a los ojos de los demás. Frente a los ojos de ella. A los de usted." ¿Así que el padre de Deza comparte los rasgos y la biografía del padre de Marías? El lector se cuidará de identificaciones demasiado estrechas, sobre todo después de leer un texto de 1989 en el que Marías se refiere ­precisamente­ al narrador de Todas las almas: "Las semejanzas de ese personaje conmigo mismo en lo referente a su situación (digamos a lo comprobable) eran tan grandes que me pareció ridículo 'camuflarlo'. No hice ninguna descripción física de él ni le di nombre []. Si se prefiere, se puede utilizar la fórmula de que ese personaje era 'quien yo pude ser pero no fui'." Y, aunque no conozca este texto, el lector comprenderá que inquirir en las relaciones entre lo inventado y lo real suele ser ocioso, y es además extraño al espíritu de la ficción.

Todo esto quiere subrayar que el misterio de esta novela está en ella misma, y que resulta innecesario ceder (como yo he cedido) a ciertas curiosidades inocuas. Tu rostro mañana está llena de satisfacciones: la escena de lectura más absorbente que he leído en mucho tiempo; las páginas ilustradas con misteriosas fotografías o propagandas de tiempos de guerra, y su impacto en el texto; los motivos recurrentes, esa especie de marca de fábrica de las novelas de Marías. "Lo más arduo de las ficciones no es crearlas sino que duren, porque tienden a caerse solas", dice Deza. "Un esfuerzo sobrehumano, sostenerlas en el aire." No está hablando de literatura, sino de la mentira que agobia a una pareja inglesa. Pero esa pareja es todo lo que la novela no es: fría, artificial, predecible.