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enero
2004
Nº 109

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La
izquierda en la postmodernidad
Roger Bartra
La mitología política retrata a las izquierdas como la encarnación
de lo nuevo. Por ello, no hay peor pesadilla para la gente de izquierda
que la idea de que ha quedado rezagada y que no vive a la altura de los
nuevos tiempos modernos y postmodernos. ¿Es la izquierda un fenómeno
que se agotó durante el siglo que se acaba de ir? No lo creo, y
sin embargo no me cabe duda de que las izquierdas arrastran muchos rasgos
viejos que convendría enterrar. Esta situación ha hecho
pensar que se están volatilizando los límites entre la izquierda
y la derecha, sobre todo después de la quiebra y desaparición
del bloque socialista. ¿Cómo entender ahora la sobrevivencia
del "viejo" capitalismo y la derrota del "nuevo" socialismo?
La revolución reaccionaria
Ciertamente, el tramo final del siglo xx cambió el panorama político
mundial. En primer lugar, es un hecho que el capitalismo tejió
una inmensa red global, construida con la ayuda decisiva de los espectaculares
avances científicos y tecnológicos en computación,
genética, conductores, etcétera. En segundo lugar, ocurrió
otro proceso: una formidable expansión de la democracia política
en oleadas sucesivas fue barriendo del mapa de América Latina y
de Europa las dictaduras de diverso signo. Así, las dictaduras
fueron sustituidas por democracia en España, Grecia y Portugal
primero, el cono sur latinoamericano después, el bloque soviético
a continuación y, por último hasta México, justo
antes de terminar el siglo xx.
Quiero brevemente hacer referencia a algunos de los aspectos más
relevantes de los nuevos retos postmodernos que enfrenta la izquierda.
La izquierda más radical se enfrenta a una erosión brutal
de la esperanza en un progreso que debía conducir al capitalismo
hacia un colapso revolucionario o, al menos, a una gran renovación
encabezada por las fuerzas populares; en contraste, se han levantado a
un primer plano las nuevas dimensiones de la política, las formas
culturales de la legitimidad y las exigencias morales.
Podemos comprobar que la nueva cultura política ha erosionado la
idea de revolución, en otra época tan cara a la izquierda,
y que era la bandera que se enfrentaba a las típicas nociones derechistas
que querían conservar el orden establecido y los privilegios tradicionales.
Paulatinamente, la idea de revolución se está convirtiendo
en parte de una cultura reaccionaria, es decir, de hábitos que
reaccionan contra las nuevas tendencias democráticas. Se dirá,
con razón, que las corrientes socialdemócratas ya habían
hace mucho superado la tradición revolucionaria. Sin embargo, en
muchas partes del mundo, especialmente en América Latina, se mantenía
la ilusión de que era posible un tránsito cualitativo y
revolucionario a una nueva situación, gracias al apoyo directo
o indirecto del bloque socialista. Esa ilusión comenzó a
derrumbarse en 1989, y hoy ya no queda mucho de ella. En México
ya ni el subcomandante Marcos quiere llamarse revolucionario: prefiere
ser rebelde.
El drama de la revolución que se convierte en símbolo retardatario
lo hemos vivido de cerca, no sólo con nuestra revolución
de 1910. El néctar de la revolución cubana, muy cercano
al corazón de las izquierdas, se ha agriado ante la llegada de
un Termidor antidemocrático inaceptable. El apoyo de muchos sectores
de izquierda al gobierno castrista no puede ocasionar más que sequedad
y esterilidad, aunque se practique en nombre de la lucha contra un bloqueo
que -como todos sabemos- no hace otra cosa que fortalecer la dictadura
de Fidel Castro, además de empobrecer a la población cubana.
No sólo la izquierda extremista o "revolucionaria" entró
en crisis. La socialdemocracia también envejeció y sus tradicionales
tesis sobre la gestión de gobiernos fuertes y orientados hacia
el bienestar, con dosis variables de estatismo más o menos keynesiano,
han sufrido los embates de una expansiva "nueva derecha" durante
los años ochenta y noventa. Para contrarrestar esta expansión,
ha surgido una influyente "tercera vía" socialdemócrata,
teorizada por Anthony Giddens y encabezada por Tony Blair.
Uno de los fenómenos que deben enfrentar a las izquierdas, y que
se conecta con el franco retroceso de las tesis revolucionarias y estatistas,
es la paulatina marginación de los temas económicos en las
preocupaciones de la opinión
pública.
Ante la imposibilidad de cambios cualitativos en la estructura económica
y en la naturaleza del Estado (cambios "revolucionarios"), la
gestión financiera, fiscal o laboral tiende a ramificarse y, sobre
todo, a especializarse y tecnocratizarse. Las alternativas políticas
encuentran relativamente pocos asideros en la dimensión económica
y se desplazan cada vez más a planos simbólicos y metafóricos
referidos a las consecuencias culturales y éticas de la administración
gubernamental. Creo que, aunque parezca paradójico, esta tendencia
es tan fuerte en los países del llamado Tercer Mundo -con sus terribles
carencias económicas- como en las regiones más ricas y prósperas
del globo. Ello ocurre porque las experiencias políticas del siglo
xx han demostrado que las palancas fundamentales del desarrollo industrial
tienen un carácter más cultural que económico. Con
esto no quiero decir, por supuesto, que los graves problemas del atraso
económico se van a resolver con programas culturales. Quiero decir
que la sociedad civil entiende cada vez menos los programas económicos
y financieros si no van acompañados de, por decirlo así,
una traducción a términos y símbolos culturales y
morales. Este desplazamiento de la política hacia los territorios
culturales es un fenómeno estrechamente ligado a la gestación
de nuevas formas de legitimidad democrática.
El neoindigenismo
Para explorar someramente este desplazamiento, me referiré a la
vinculación entre el nacionalismo y el surgimiento de un neoindigenismo
que exalta los símbolos étnicos de la identidad. Como es
sabido, son muy raros, si acaso existen, los ejemplos en que las fronteras
de una nación coinciden exactamente con los linderos étnicos.
La definición de los espacios nacionales suele implicar un cierto
grado de violencia cultural, y de violación de las delimitaciones
étnicas. La razón de Estado suele imponerse sobre la razón
étnica, aunque al pasar el tiempo la etnicidad puede vengarse de
la política y provocar dificultades. Aún Estados nacionales
aparentemente bien definidos como Francia muestran las cicatrices de antiguas
heridas étnicas: los Pirineos, como se sabe, son una frontera política
que dividió a los antiguos conglomerados culturales que formaban
los catalanes y los vascos. Y estos últimos siguen proporcionando
un cierto caldo de cultivo para conflictos violentos a ambos lados de
la frontera franco-española.
Las razones de las grandes potencias imperiales, al aceptar la descolonización,
han provocado aún más grandes tensiones al ignorar casi
siempre la geografía étnica. La definición de los
espacios nacionales suele contradecir la geografía prenacional
de las regiones antiguamente colonizadas. En todo caso, sea en Bosnia
o en el Kurdistán, esta dislocación suele auspiciar la violencia.
Al mismo tiempo, la identidad nacional ha recurrido con frecuencia a símbolos
étnicos para definirse. Es lo que evidentemente ocurre en México,
donde la misma palabra que significa a la nación entera tiene su
origen en el nombre de una de las más poderosas etnias con las
que se toparon los españoles al conquistar la región: los
mexicas. Y el escudo nacional es un símbolo que exhibe claramente
su origen étnico, al ser una referencia a la fundación mítica
de Tenochtitlán.
Por supuesto que la naturaleza étnica de los símbolos y
nombres de la nación es borrada por la intención claramente
centralista de su uso. El escudo se asocia obligatoriamente a la bandera,
y ambos símbolos han sufrido muchas vicisitudes. Con frecuencia
se han ligado a la imaginería devota, tanto a la figura de la Virgen
de Guadalupe como (el color blanco) a la supuesta pureza de la religión
católica. La misma imagen de la Virgen de Guadalupe se ha convertido
en un símbolo indígena y nacional, a pesar de su obvio origen
castellano.
Estas paradojas nos llevan a reconocer el carácter irracional de
los símbolos nacionales. ¿Acaso hay mayor evidencia de esta
irracionalidad que el himno, otro de los más caros símbolos
de la nación? El tono agresivo, bélico y castizo del himno
nacional hace evidente su irracionalidad, así como el carácter
desfasado y caduco de sus referencias a arcángeles, dedos de Dios,
laureles de triunfo, banderas empapadas en sangre, destinos celestiales
y demás simbología de origen obviamente ajeno a las etnias
aborígenes.
Por supuesto, los símbolos no surgen en las culturas como parte
de procesos racionales, ni se pueden entender con argumentos extraídos
de la lógica aristotélica. Señalar la irracionalidad
de los símbolos nacionales no es una descalificación ni
una crítica, sino la comprobación de un hecho cultural.
Esa irracionalidad cristaliza en tradiciones que exaltan el carácter
atemporal (es decir, eterno) de los símbolos nacionales. Así,
el hecho de exaltar los valores decimonónicos de la guerra patriótica
contra osados enemigos no debe afectar el culto nacionalista a la identidad,
pues esta profunda dislocación entre las metáforas y la
realidad actual es en sí misma la prueba del carácter perenne
de los valores nacionales. Cuanto más absurdos sean los valores
exaltados, más se acrecienta su carácter abstracto y atemporal,
al grado que, como se sabe, algunos llegan a creer en la existencia eterna
de un antihéroe amenazador llamado Masiosare.
Los símbolos étnicos de la identidad nacional mexicana han
sido poderosos mitos alimentados por el nacionalismo postrevolucionario
que se expandió con fuerza a lo largo del siglo pasado. Como todos
los mitos, estimularon diversos rituales y cultos a personajes indígenas
heroicos (como Benito Juárez) o semidivinos (como Cuauhtémoc).
Con el tiempo, sin embargo, los rituales y los actos de culto fueron perdiendo
sustancia y se convirtieron en aburridos procesos oficiales muy burocratizados.
Podemos decir que estamos asistiendo a la transformación de los
símbolos en signos. Los símbolos son imágenes dinámicas
que influyen y reorganizan su contorno y que, al representar una idea,
lo hacen en forma plástica. En contraste, los signos constituyen
una relación abstracta y fija entre el significante y el significado.
Por eso el álgebra y la matemática requieren de signos,
pero son incapaces de operar con símbolos.
Los símbolos nacionales se han ido vaciando de vida y, en esa medida,
se convierten en signos. El escudo nacional, por ejemplo, es hoy un signo
que, impreso en un papel, en una pared o en una tela, señala el
carácter oficial de un tránsito o de un espacio. Lo mismo
ocurre con la bandera y sus colores. El contenido indígena o prehispánico
de muchos símbolos ligados a la identidad nacional se ha vuelto
un signo abstracto que alude a valores muertos y delimita espacios petrificados
de culto oficial. En realidad ya no son símbolos, sino signos que
adornan los actos de traspaso e investidura de poderes y que marcan los
recintos ceremoniales para distinguirlos de los lugares comunes propios
de la sociedad civil.
Futuro de signo
Así, si nos preguntamos por el futuro de los símbolos étnicos
de la identidad nacional, podemos afirmar que el destino de muchos de
ellos es convertirse en signos. Tarde o temprano el futuro de los símbolos
patrióticos posiblemente sea el de amontonarse en las bodegas de
los museos y en los archivos oficiales. Por supuesto, así como
podemos comprobar la muerte de muchos símbolos étnicos,
es posible observar su nacimiento o su revitalización. No hay que
ir muy lejos para contemplar este hecho.
El movimiento guerrillero indígena de Chiapas, que surge a la luz
pública en 1994, retoma una imagen que era ya un signo rígido.
La figura de Emiliano Zapata, con sus bigotes, cananas y sombrero, era
poco más que un signo usado por algunos sectores de la burocracia
política para aludir a una vocación revolucionaria ya enterrada
largo tiempo atrás. El EZLN recicló el signo y lo convirtió
en un símbolo de la lucha de los indígenas, junto con los
pasamontañas tomados en préstamo de los alpinistas y los
atracadores de bancos, que no son precisamente parte de la indumentaria
étnica de algún grupo. Pero ello no le resta fuerza. Al
revés: le proporciona un atractivo halo de misterio y un aura romántica.
Sin embargo, como es bien sabido, el nacimiento de los símbolos
étnicos zapatistas no fue un estímulo para el fortalecimiento
de la unidad y la identidad nacionales. Por el contrario, fue una señal
muy clara de que la cultura política nacionalista hegemónica
se hallaba en una crisis profunda. Y una de las consecuencias más
visibles de esta crisis fue el desplome de la dictadura del Partido Revolucionario
Institucional y el comienzo de la transición democrática.
Ahora es evidente que las estructuras legitimadoras
basadas en la identidad postrevolucionaria y nacionalista han dejado de
operar.
El vacío dejado por el nacionalismo no se llena simplemente con
nacionalismo renovado. Hay dirigentes de izquierda que intentan una operación
de rescate, y proponen una especie de esperanto político con fuertes
dosis de populismo. Pero este lenguaje es tan poco eficaz como el nacional-salinismo
tecnocrático que intentó renovar al viejo nacionalismo revolucionario.
Por otro lado ha surgido con fuerza el tema de la nación pluriétnica
y multicultural. Hay un alud de demandas que proceden de minorías
o subculturas marginales y de grupos étnicos largo tiempo discriminados.
La operación de rescate nacionalista consistiría en escoger
unos cuantos símbolos procedentes del mosaico étnico para
agregarlos a la galería de vitrinas, e intentar al mismo tiempo
cooptar a los grupos que los alientan, para integrarlos al sistema paraestatal
de mediaciones. No le veo mucho futuro a una operación de esta
naturaleza.
Ya no es posible simplemente ofrecerle alimentos étnicos al viejo
ogro nacionalista famélico, para renovarle sus fuerzas. Las nuevas
tensiones étnicas en realidad forman parte de inmensas redes culturales
transnacionales y postpatrióticas. El fortalecimiento de una nueva
legitimidad democrática se encuentra en la conexión de estas
redes con un tejido sólido de civilidad radicalmente autónoma
donde se gesten nuevas reglas para el juego democrático. ¿Qué
función podrán tener en este nuevo contexto los símbolos
étnicos? Podemos observar que se derrama un flujo de imaginería
simbólica hacia estas redes culturales, donde ocurren procesos
sintomáticos, desde las manipulaciones más burdas de un
ecologismo folcloroide o la militancia ultrajosa apoyada en cosmogonías
pseudoaborígenes, hasta fenómenos creativos como la literatura
en lengua indígena inspirada en antiguas metáforas o el
renacimiento artístico de simbologías prehispánicas
en manos de hábiles artesanos. Sin embargo, no creo que estos hechos
sean especialmente provechosos para desfragmentar la identidad nacional.
Nuevos enjambres de símbolos de muy diverso origen fortalecerán
la idea de que la identidad de los mexicanos es un flujo cambiante que
se aloja en la convivencia democrática, en la diversidad y en la
coexistencia de los sectores más disímbolos. Ha llegado
la época de lo disímbolo, y queda atrás la ansiedad
política por la unificación simbólica.
Roger Bartra es antropólogo,
sociólogo político, miembro del Instituto de Investigaciones
Sociales de la UNAM y autor entre otros títulos de El salvaje artificial,
El salvaje en el espejo, La jaula de la melancolía y La democracia
ausente: El pasado de una ilusión.
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