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julio - agosto 1998
Nº 43/44

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Inglbauer
GÉZA OTTLIK

Iglbauer es el encuadernador de mis libros. Cada tres o cuatro semanas comparece con su pesada cartera, la coloca en mi mesa de escritorio, extiende sus papeles marrones de envolver y se cala unos lentes de pinza. Lleva lentes de pinza. Hace unos años me lo recomendó un amigo mío.

­¿Dónde encuadernas tú los libros? ­me preguntó.

En ninguna parte, respondí.

­Bueno, entonces toma nota: Gyula Iglbauer, Külsôerdôsor, 32.

Por favor, ­dijo mi amigo­ es un hombre muy correcto. Pasa a domicilio. Es cuidadoso y trabaja barato. Hazle encuadernar tus libros.

No discutí su indicación: bueno, puede ser. Estuvimos conversando sobre otras cosas y de repente volvió a sacar el tema de Iglbauer.

­Bueno, mira, sólo quiero decirte una cosa... Y es, que él vive de esto.

­¿Ah, sí? ­repuse.

­Sí, en fin, no es joven. Tendrá cincuenta y cinco o sesenta años.

­¿Ah, sí, de veras?­repliqué otra vez. Mi amigo vacilaba. Al final desembuchó.

­En definitiva, mira, estuvo en un manicomio, pero sólo tres años.

En este punto ya presté atención. Mi amigo insistió en que Iglbauer no era ningún demente, que salió completamente normal y que sólo estaba enfermo de los nervios. Pero yo pensé que si estuvo en tratamiento durante tres años, es que algo tendría de loco. Aun así, le escribí una nota y un buen día Iglbauer se presentó en mi casa.

Se presentó dando un pequeño taconazo. Era un hombre bajo, de abundante pelo rojizo, de maneras exquisitamente corteses, con algunos dientes de oro y anteojos de pinzas, como ya dije. Se llevó tres libros míos. Poco tiempo después, los devolvió bellamente encuadernados. A partir de entonces volvió regularmente a casa con motivo de los libros, y mi mujer y yo lo estudíamos sin tregua para concretar en qué medida estaba loco.

Yo examinaba las novelas encuadernadas por él, las miraba por un lado y por otro, contemplaba sus dorados, las guardas, las letras capitales, la numeración de las páginas. No vi ningún error. Estuvimos haciendo algunos cálculos y de modo inesperado le interpelé: "¿Cuánto son seis por seis?". O le pregunté (estábamos en el segundo año de la guerra): "¿Qué piensa, señor Iglbauer, cuándo terminará la guerra?" Siempre respondía con sosiego: "treinta y seis", decía, o "por favor, si yo lo supiera". Si algún loco había aquí, éramos más bien nosotros, mi mujer y yo, porque a sus espaldas llamábamos "Gyuszi" al digno y meritísimo Iglbauer. "Ha venido Gyuszi", decía mi mujer en voz baja cuando él se sacaba el abrigo en el vestíbulo con solemne lentitud.

Ciertamente encuadernaba mis libros bien y barato. Le llevaba horas de tranvía el ir y venir de la Külsôerdôsor al Pasarét, donde vivo. Un verano, cuando estábamos escogiendo telas, soltó casualmente, entre dos frases, que su esposa había recibido unas acciones de tabacos.

­Vaya, ­dije con alegría­ así ustedes van a ir mejor ahora.

­¿Por qué? ­preguntó tibiamente.

Capté que se sentía humillado. Se avergonzaba de lo pobres que eran. Me pidió prestadas las obras de sir Walter Scott para leerlas. Me llamaba señor redactor, aunque no soy redactor. De todos modos, eso lo hacen también otras personas. Sin embargo, yo no podía explicarme por qué motivo había estado internado durante tres años en el manicomio.

Cierta vez, apareció con un traje de tela amarilla, trayendo sus habituales paquetes marrones. Era el tercer verano que encuadernaba libros para mí. Desplegó sus hojas de papel y se caló los lentes de pinza.

­Señor redactor ­dijo­ me he dado cuenta de que en los últimos tiempos usted da menos libros a encuadernar.

­Así es ­dije, porque era verdad.

­Además ­prosiguió­ esta novela en dos tomos quedará mal si se encuaderna en uno solo.

­Ya va bien así.

­Bien, querido señor redactor, sabrá usted que la vida se ha encarecido notablemente. Ha subido el precio de las subsistencias. Aumentan los impuestos.

Ciertamente, pensé yo, aquel buen hombre seguía cobrando las encuadernaciones al mismo precio de dos años antes, aunque el coste de la tela y los demás materiales habían aumentado. No habrá podido sacar mucho beneficio de los dos pengös que me cobraba. En realidad, podríamos elevar el precio de las encuadernaciones.

­La situación es difícil ­continuó Iglbauer­. Todo el mundo está agobiado, no es una vergüenza, por favor. En una palabra, yo había pensado cobrarle al señor redactor por cada encuadernación un pengö ochenta en vez de los dos pengös.

Se me quedó mirando mansamente detrás de sus lentes de pinza. Vi que pensaba de veras lo que decía y entonces empecé a entender que era conveniente separar a un hombre así de los demás con un muro de dos metros, y a los demás de él.