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junio 2000
Nº 66

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en portada

Juan Marsé
Disparidades electivas sobre 'Rabos de lagartija'

CARLES ÁLVAREZ GARRIGA
MARSÉ BARRANQUISTA

Sobrecoge a cualquiera la prevención extraliteraria de que sea poco menos que obligatorio empezar señalando que, casi como excepción en este tiempo y en este idioma, Marsé es el creador de un mundo novelesco personal, además de escritor de intachable ética y trabajador paciente y meticuloso. Tal introito ­que él terminaría gustoso "y patatín y patatán" o "yo tengo mi mentira verdadera y pim pam fuera"­, entraña el riesgo de enmascarar hasta la invisibilidad una modestia narrativa que, bajo la aparente sencillez de lo popular, rehúye el énfasis de la prosa sonajero y abarca tanto su deuda con el oficio en el sentido artesanal, decimonónico y démodé del término, cuanto la fidelidad a una historia que de tan truculenta y triste exige ser contada exactamente con la vacilante inexactitud de Si te dicen que caí o de Rabos de lagartija.

En otro momento habrá que detenerse a analizar con qué sabio disimulo, de Últimas tardes con Teresa a El embrujo de Shanghai ­por poner dos casos paródicamente rectificados en los burlones retratos de Señoras y señores, en las viñetas de Confidencias de un chorizo o en alguna escena telefónica de El amante bilingüe­, el lenguaje marseano gana autenticidad y lirismo mediante una treta idiomática de pasmosa sagacidad: el rescate de los diálogos en un castellano diglósico, aturullados de barbarismos acharnegados anteriores a los inútiles planes de normalización lingüística a lo Marshall, revela no sólo su oído de tísico para detectar expresiones que harán saltar las dióptricas lágrimas de un lexicógrafo petrarquista residente en Zaragoza, sino también la constatación de que el diccionario es un armario desvencijado para encerrar cadáveres, mientras vivos y aun fantasmas pueden campar con chunga, libres de académicas cortapisas.

Rabos de lagartija está infestada de bromas privadas y de expresiones como "me la refanfinfla". En ésta, que a los lectores no catalanes ha de parecer tan pintoresca y colorista como los americanismos jergales en las novelas del boom, Marsé se ha permitido un nuevo e inolvidable descenso al barranco de la memoria, a la saga de barrio. Marsé pícaro, Marsé murri, Marsé poeta. ¡Por muchos años!

LLUÍS IZQUIERDO
EL PASADO, EN EL PRESENTE DEL RESCATE

La cuestión, y el mejor envite que supone la literatura urbana para el novelista contemporáneo desde la tradición realista, es el de averiguarse y emplazar al lector en el laberinto de calles y sucesos en el asfalto y sus alrededores. Y la inevitable rectificación a dicho sumario es no obstante, o por lo mismo, la elipsis discursiva y una imaginación capaz de entreverar ahí los sueños y desplazar el aparato descriptivo. Metabolizarlo y hacerlo también materia de ficción.

Son sueños, y también evocaciones y conjuros de un talante romántico; pero stendhaliano. Un talante que acendre el realismo fáctico en el imaginario de la realidad, el solo verdadero y asumible tras las discriminaciones de receta. No hay otro empeño sino el de captar la urdimbre evanescente del vivir.

Frente a la pretensión de ofrecer el panorama entretenido ­que se borra a medida que se lee­ del mundo, y al que dedican su inspiración a fecha fija los componedores de best sellers, Juan Marsé opta por el solo punto de doble fondo (eso sí, best written) que es la ciudad y su memoria. Es decir, las irradiaciones del pasado y el contrapunto de luces y sombras ­de evasiones y miserias­ que recíprocamente traman esas instancias del decir que son las voces en los estupendos diálogos de los personajes y de sus fantasmas.

Puntos de arranque son Ronda del Guinardó, Historia de detectives o El embrujo de Shangai, como meras indicaciones. En rigor, gran parte de la narrativa hasta la presente se encuentra aquí: el humor seco de Rulfo, la alusión y la analogía de símbolos ­tener buen oído, que es como tener buena vista­, evocadores de una imagen de El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, o algún sintagma que parecería extraído (voces, ámbitos) de Truman Capote.

Pero es la precisión de poesía y novela combinadas (Guerra y paz y el poema "La rosa enferma" de William Blake) la diana impecable a que apunta Rabos de lagartija. Homenaje claro a sus modelos y, de paso, reconocimiento de su manera de hacer, como un habitante que sabe la perspectiva desde la que atender al vendaval. A la manera de Víctor, desde esa mirada se contempla la estructura total, interior, del edificio narrativo. Como un panóptico asociable a las otras miradas: la del padre, anestesista contra la anestesia, muerto; la de David, que morirá por intentar apresar el pulso de la vida como es, sin retoques, en un homenaje no tan indirecto a la fotografía de reportaje en el instante preciso, la huelga de tranvías de 1951 en este caso.

Finalmente, se trata de sembrar la mejor literatura con los tesoros de la jerga académicamente subalterna ­narrativamente insuperable­ que, en boca de Víctor, suena cázame guerripa. Y ahí afluyen ­el chico no pronuncia bien­ un guripa lejano, pero sobre todo el deseo máximo: alcánzame Guerra y paz.

MANOLO MARTÍN SORIANO
AGAMENÓN, SU PORQUERO Y SANCHO PANZA

Abría Antonio Machado su Juan de Mairena (sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo) con la siguiente sentencia dialogada:

"La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

Agamenón.- Conforme.

El porquero.- No me convence".

Lo extraordinario de semejante comienzo no es, sin embargo, la rumbosa exposición del relativismo, sino el conseguir, empleando para ello tan sólo tres líneas, tamaña demostración de "justicia poética": en la otra verdad del arte, la Historia y la historia se dan la mano, permitiéndose incluso el porquero, representante de la segunda, tutear y contradecir al mitológico representante de la primera. El tema no es nuevo en literatura; ésta llevaba cuatro siglos sumiéndose en sus interioridades, al menos desde que Sancho Panza, en el Quijote (se admiraba Machado, también en su Mairena, de las "botas de siete leguas" de Cervantes) lograra de un morisco aljamiado la traducción de un cartapacio en el que pudo leer algo tan alejado del retrato que de su dama hizo el caballero a quien servía como esto:

"Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha."

Y de aquí arranca el desafío que Juan Marsé propone al lector de Rabos de lagartija: contar la verdad. Pero si Mairena, como antes se leyó, es un profesor apócrifo, si el manuscrito que Sancho halla en el cartapacio corresponde a Cide Hamete Benengeli, o Berenjena, historiador arábigo, ¿quién cuenta Rabos de lagartija? Un nonato que, en el momento en que la novela arranca, no tiene más de cuatro meses de gestación. Ahora bien, la novela ¿no empieza antes, encabezada por cuatro días, una de las cuales apunta que el poeta es un fingidor? En la novela ¿no se dice de uno de los protagonistas: "llevas la mentira en la sangre, chaval"?

La verdad, evidentemente, se encuentra en el tono narrativo, un tono paródico que podría ser deudor por igual de Cervantes y de Machado y que está dirigido, curiosamente, contra sí mismo, contra su narrativa anterior: desasiéndose en la mayor medida posible de todos sus recursos estilísticos, enfrentándolos en su propia escritura, Marsé logra con su nueva novela ­un alegato contra la desmemoria cimentado de modo paradójico en la memoria vicaria, un cumplido y brutal retrato de la ausencia­ su mejor edificio narrativo; por fin, como Juan de Mairena reclamaba, curiosamente desde Cervantes, un arquitecto, y no un arrimador de ladrillos.

El lector percibirá sin duda en la novela otras muchas cosas que no se mencionan en este mentidero sobre la verdad en Rabos de lagartija. Pero, volviendo a Sancho Panza, "Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera."

KARMEN OCHANDO
DESDE EL AGUA

Bastaría la palma de la mano para abarcar el barrio del Guinardó en un plano de Barcelona a escala; poco más o menos, depende de la proporción, de lo que se precisaría para cubrir la representación de los espacios sureños de Faulkner, los páramos fantasmales de Rulfo, el Madrid de Galdós o la urbanidad dublinesa de Joyce. Y sin embargo, ¿cuántas páginas no habrán surgido de la voluntad de hurgar en las tantas vidas contenidas en esos, si acaso, poco más de veinte centímetros de papel?

En Rabos de lagartija, Juan Marsé regresa a sus lugares favoritos. Sin embargo, ni Barcelona ni el Guinardó constituyen mera escenografía para los otra vez vencidos de la contienda civil española. Antes bien, paisaje y personajes se funden en un claroscuro en el que las referencias temporales ­seis años que transcurren desde la bomba de Hiroshima hasta la huelga de tranvías de marzo de 1951­ sirven de marco para albergar las maltrechas y, no obstante, sabias vidas protagonistas de Daniel y su hermano nonato David, de Víctor Bartra, el padre desaparecido, y de su esposa, la pelirroja, maestra de escuela represaliada; y las secundarias historias del inspector Galván, de Paulino Bandolet, amigo de Daniel, y de Chispa, un perro enfermo.

Marsé proporciona en esta ocasión distintos tipos de carga simbólica a los espacios reales de su Guinardó de siempre. El todavía nonato David observa el mundo desde el vientre materno que, en su cálida fluidez, posibilita una narración de lo real desde el asombro y la imaginación de quien todavía carece de realidad. El hogar de realquilados, en donde la madre de Daniel pasa las horas pedaleando en una vieja máquina de coser, se verá en no pocas ocasiones traspasado por la presencia ingrata del inspector Galván, un policía de la brigada social que acabará enamorándose de la pelirroja. El barranco posee un doble significado, el real, en tanto que en él juegan Daniel y su amigo Paulino, y el imaginario, puesto que es el punto de encuentro del adolescente con los fantasmas del padre (un héroe borracho que trabajó para la resistencia) y del perro muerto. La oscuridad del cine Delicias cobija los jugueteos eróticos de Daniel y Paulino. Abajo, lejana e impersonal, Barcelona se extiende en una especie de anonimato urbano del que sólo se tiene noticia de un bar próximo a la jefatura central de policía y el barrio chino.

Los diálogos arrastran al lector hasta las entrañas de Rabos de lagartija y lo convierten en testigo en silencio, si no partícipe, de unos hechos que integrará a través de la palabra. Como resultado de un más que depurado dominio del género novelístico, que le permite la incursión en terrenos antes escasamente transitados por él (experimentación estructural y, sobre todo, coqueteo con códigos narrativos que apelan a una recepción no mimética), Juan Marsé consigue que la historia de Daniel Bartra contada por su hermano nonato proporcione entidad mítica a la ciudad y sus habitantes, reales o literarios.